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Extrañamiento del lenguaje

Usar la propia mano como almohada.
El cielo lo hace con sus nubes,
la tierra con sus terrones
y el árbol que cae
con su propio follaje.
Sólo así puede escucharse
la canción sin distancia,
la canción que no entra en el oído
porque está en el oído,
la única canción que no se repite.
Todo hombre necesita
una canción intraducible.

Otra voz canta

Por detrás de mi voz
– escucha, escucha –
otra voz canta.

Viene de atrás, de lejos;
viene de sepultadas
bocas, y canta.

Dicen que no están muertos
– escúchalos, escucha –
mientras se alza la voz
que los recuerda y canta.

Escucha, escucha;
otra voz canta.

Dicen que ahora viven
en tu mirada.
Sostenlos con tus ojos,
con tus palabras;
sostenlos con tu vida
que no se pierdan,
que no se caigan.

Escucha, escucha;
otra voz canta.

No son sólo memoria,
son vida abierta,
continua y ancha;
son camino que empieza.

Cantan conmigo,
conmigo cantan.

Dicen que no están muertos;
escúchalos, escucha,
mientras se alza la voz
que los recuerda y canta.

Cantan conmigo,
conmigo cantan.

No son sólo memoria,
son vida abierta,
son camino que empieza
y que nos llama.

Cantan conmigo,
conmigo cantan

I

Un corazón ya sin fuego

Abandonado en una calle de tierra

Obitó.

Parece japonés.

Obitó.

Hasta suena gracioso. Y es todo lo contrario.

Obitó.

Cinco letras. Una palabra. Una acción terminal para pronunciar la peor noticia que puedan llegar a recibir.

Obitó.

Verbo en pasado perfecto. Excelente definición de lo que fue una vida. Algo pasado. Algo único. No importa si fue una vida buena o mala. Fue algo único porque existió. Y ahora ya no más porque…

Obitó.

Cuando pronunciamos la palabra obitó lo que les intentamos decir es que su ser querido, esa persona por la que ustedes lamentablemente nos conocieron bajo esta circunstancia particular, falleció.

Está muerta.

Obitó.

Obitó es una palabra, un verbo, que jamás se pronuncia en una clínica privada. Porque donde hay dinero de por medio es otro el procedimiento. Porque si se paga es para recibir algo diferente. Algo mejor. En teoría. La práctica igual avala. Pero podrían recibir algo mejor. El consuelo de tontos es que peor están los que no tienen obra social. Y esa es una verdad irrefutable.

Les comentaba que en una clínica privada a los familiares nunca se les dice obitó. Se los hace ir a esperar a una sala especialmente preparada para esta situación. Una habitación generosa en espacio. Paredes y techo pintados de blanco. Una habitación impecable. Inmaculada. Solo con un sofá enorme. Pesado. Un único sofá que invita a sentarse en el sí o sí. No hay sillas. No hay mesas ni mesitas. No hay flores porque no hay floreros. Tampoco cuadros. No hay nada más que ese sofá enorme donde suelen esperar apretados los familiares. No hay nada más que ese sofá y música. Música clásica que sale de parlantes ocultos. Música clásica o algún tema de Vangelis.

Si alguna vez a ustedes los hacen pasar a un lugar así, prepárense. Sean conscientes de lo que sigue. Porque esas paredes y techos blancos impecables e inmaculados, ese sillón enorme y la música clásica o el tema de Vangelis sonando por los parlantes les están diciendo que la persona por la que están ustedes ahí falleció.

Antes les vamos a dar la mano. Un apretón firme. Seguro. Nos vamos a presentar. Les vamos a decir nuestro nombre inmediatamente después de aclararles que somos personal médico de esa institución, de esa prestigiosa clínica de la cual nos sentimos honrados de formar parte.

Y, haciendo un alarde de ademanes y en ocasiones entrelazando los dedos o uniendo solo las yemas, les vamos a enumerar que aun en un centro médico como ese, a pesar de haber hecho todo lo correcto en el procedimiento llevado a cabo, dado el cuadro del paciente, y que incluso disponiendo de los elementos más idóneos y modernos, el cuerpo de la persona por la que ustedes están ahí presentes no resistió. Que el cuerpo de su ser querido fue el que no aguantó. Aunque nosotros hicimos todo lo humanamente posible para salvarlo. Pese a nuestros extraordinarios esfuerzos. Y más.

Vamos a dejar que lloren sobre nuestros hombros. Incluso nosotros mismos nos vamos a permitir palmear sus espaldas y si consideráramos que hace falta hasta abrazarlos. Sí, somos profesionales. Pero antes que nada somos seres humanos. Si se ponen violentos y empiezan a gritar solo vamos a dar un paso atrás para alejarnos lo mínimo y necesario como para que ustedes se desahoguen tranquilos.

Seguramente van a tener ganas de romper todo. Pero no hay nada. Solo ese sofá enorme y pesado en una habitación inmaculadamente blanca. Van a rugir. Van a rabiar. Se van a dar cuenta de que ya nada se puede hacer. Se van a sentir impotentes. Y entonces volverán a escuchar esa música clásica o algún tema de Vangelis y después se van a escuchar llorar desconsolados.

Entonces les vamos a ofrecer un hombro o el pecho para que terminen de descargarse sobre nosotros. Y lo van a aceptar porque otra cosa no hay. Y mientras sollocen les vamos a palmear la espalda y hasta abrazarlos, si lo consideramos necesario. Cuando estén un poco más tranquilos, cuando puedan levantar la cabeza, les vamos a hacer notar la presencia de una enfermera que les va a pedir que la acompañen. La enfermera les va a dar su pésame. Los va a llevar a la administración donde los empleados también les van a decir que sienten mucho su pérdida. Y juntos van a empezar todos los trámites necesarios.

Más y más blanco. Mucho papelerío. Van a firmarlos todos. Antes de que lo piensen dos veces los empleados administrativos se van a encargar de poner una lapicera en sus manos. Están en estado de shock. Es lógico. No pueden procesar todo lo que está pasando. Por eso los guían tan fácil y por eso se dejan guiar. Porque uno cuando está así prefiere que otro se ocupe. Que sea otro el que se haga cargo. Se van a entregar a ese «necesito que me firme acá» porque les va a hacer bien creer, por lo menos eso piensan inconscientemente, que con su aprobación los otros son los que se van a ocupar.

Eso es algo real. Verdadero. Porque para que ellos, los administrativos de la clínica, empiecen a moverse lo primero que ustedes firmaron fue que entendían todo lo allí detallado por escrito y que estaban de acuerdo con lo que nosotros, los doctores, les informamos. Que el único responsable de que su ser querido dejara de existir es su cuerpo y no el prestigioso personal médico de esa clínica privada.

Con una firma, ustedes nos están desligando de otro término antipático para nosotros como profesionales. Nos están desligando de un futuro juicio por haber ejercido una posible mala praxis.

Todo esto en una clínica privada donde —prepaga mediante— jamás se pronuncia la palabra, el verbo, obitó. Todo lo contrario a un hospital público, donde obitó es lo primero que uno aprende a decir en estos casos.

—¿Parientes de fulano de tal? ¿Sí? Su familiar obitó a las tantas horas y tantos minutos del día de hoy. Por favor dirigirse a la comisaría correspondiente a hacer la denuncia para poder retirar el cuerpo de este nosocomio.

Palabras más, palabras menos, lo importante desde el punto de vista judicial es decirles siempre obitó.

Para una persona que se está enterando de que perdió a un ser querido escuchar «obitó» es como recibir una cachetada seca.

¿Obitó? ¿Obitó? ¿Qué carajo es obitó?

Obitó es una palabra que desconcierta.

Obitó es algo tan inesperado como lo que está anunciando.

Obitó es un antes y un después.

Obitó, mal que les pese, es un término que igual se llega a entender.

Para cuando los familiares o conocidos pueden reaccionar, ya no tenemos que estar delante de ellos. Cumplimos con el procedimiento correcto. También con lo legal. Se informó que el paciente obitó. Hasta ahí llegó nuestra responsabilidad.

No hay que dar más explicaciones. No hay que develar detalles del fallecimiento. Nunca. El momento del llanto es el ideal para aprovechar a irse. Cuando se confunden en un abrazo. Ahí es donde hay que desaparecer. Donde hay que dejarlos solos para que cuando vuelvan en sí reciban de otros doctores, enfermeros o policías custodiando el recinto la misma información: se tienen que dirigir a la comisaría y hacer la denuncia para retirar el cuerpo.

No tienen que saber el apellido del doctor que les informó del deceso. Nunca se lo vamos a dar. Son muy pocos los que miran en el guardapolvo el apellido. De hecho, los únicos médicos que llevan sus apellidos en los guardapolvos son los que recién empiezan. Los que todavía no saben cómo se hace el trabajo. Les decía que son muy pocos los que miran el guardapolvo porque cuando uno los llama y les dice «obitó» no existe otra cosa más que ese momento trágico.

Después viene un juego en el que todos nos cubrimos las espaldas. Los policías custodiando el hospital, enfermeros, doctores, todos… cuando se acercan preguntándonos por el doctor que les informó de la muerte primero les preguntamos si saben cómo se llama. Ante la negativa les pedimos que nos lo describan físicamente. Sea joven o viejo, pelado o barbudo, morocho o rubio, gordo o flaco, porteño o provinciano; siempre va a ser «seguro el Doctor González. Ya se lo busco».

Se van a cansar de esperar al «Doctor González». Cada vez los van a atender con más mala predisposición cuando pregunten por el paradero del «Doctor González». El «ya se lo busco» en todas esas bocas cambiará a un «discúlpenme, estoy trabajando». Y si es necesario se llegará al definitivo «entienda que su familiar no es el único paciente que obitó hoy. Permiso».

Obitó.

O – B I – TÓ.

Otra vez esa palabra.

Volverán a sentirse impotentes. Volverán a llorar. Si nos llegaran a agredir físicamente: peor para ustedes porque se les va a complicar más. Van a bajar los brazos, tarde o temprano, los van a bajar. Y cuando se resignen van a terminar yendo a la comisaría a hacer la denuncia. A su regreso, la administración del hospital va a tener listo todo el papeleo para que firmen y puedan velar al muerto en paz. Para que firmen y las cosas sigan su rumbo. Para hacer el velorio, hacer el entierro y después de una vez por todas poder descansar. Por lo menos un rato. Para que a ninguno, por más que no estemos en una clínica privada, se le vaya a ocurrir endilgarnos ese otro término que ya les mencioné: mala praxis.

Cuando se es joven, sobre todo cuando se está estrenando título y el juramento hipocrático todavía se respira, a uno como profesional no le alcanza con decir solo obitó. Y desoyendo a los que tienen experiencia en el tema, a los compañeros de mayor antigüedad, nos involucramos en cada uno de los obitó que tuvimos que pronunciar. Es ahí donde, en lugar de desligarnos, nos entregamos a lo que no deberíamos y el obitó nos empieza a consumir.

Años de guardia a cuestas y lamentablemente la propia experiencia vivida enseñan que el médico que labura bien en lo público algo está haciendo mal en lo privado. Que si el trabajo marcha sobre rieles en lo personal va a pasar todo lo contrario. El que tiene buen corazón, haciendo lo correcto, se enferma. Pierde parejas. Pierde a los hijos. Porque se pierde en darle a otros lo que no puede brindar en su propia casa.

Es duro, muy duro, enfrentarse con uno mismo y declarar que la relación con tu mujer obitó. Que lo que hay entre vos y tu hijo obitó. Darte cuenta de que hasta tu vocación de servicio obitó. Que lo único que te queda para seguir adelante es eso: la palabra obitó.

El obitó es el remedio. El obitó es el medicamento apropiado. El obitó es la cura para este tipo de males: trabajar en la guardia de un hospital público.

Pronunciar la palabra obitó es un reflejo.

Pronunciar la palabra obitó es poder reaccionar para no quedar pegado.

Pronunciar la palabra obitó es lograr justamente que aquel que obitó no termine siendo uno.

Y después de haber enterrado un matrimonio, varias parejas, amistades y hasta un hijo; después de haber perdido trabajos en clínicas tan exclusivas como lejanas en un currículum donde no las puedo mencionar, después de haber perdido mi norte, si hay algo en lo que creo, si hay algo a lo que me aferro día a día, eso es el obitó.

La palabra obitó es lo único que me queda.

Pero esta madrugada no la voy a poder pronunciar.

Porque todo lo vivido anteriormente, toda esa experiencia adquirida, no es nada ante esta situación absolutamente nueva en mi haber: la de los familiares del paciente, la de sus conocidos, teniendo el control. Personas que no van a entender, que no quieren escuchar, que su ser querido obitó.

Leonardo Oyola, primer capítulo de Kryptonita

Poseo a medida que designo; y éste es el esplendor de tener un lenguaje. Pero poseo mucho más en la medida que no consigo designar. La realidad es la materia prima, el lenguaje es el modo como voy a buscarla, y como no la encuentro. Pero del buscar y no del hallar nace lo que yo no conocía, y que instantáneamente reconozco. El lenguaje es mi esfuerzo humano. Por destino tengo que ir a buscar y por destino regreso con las manos vacías. Mas regreso con lo indecible. Lo indecible me será dado solamente a través del lenguaje. Sólo cuando falla la construcción, obtengo lo que ella no logró.

La pasión según G. H.

LISPECTOR, CLARICE.

La palabra es costillal. La escribo en uno de los relatos de mi primer libro. La repito varias veces, en la historia. Hay en el interior de esa palabra el murmullo de asados, de reuniones y partidos de truco: es decir, noches de verano, interminables. Resuenan los ecos de una lengua erosionada, una lengua mal hablada, que dice, por ejemplo, las casa. Tengo presente, todo el tiempo, la memoria de esa lengua erosionada a la hora de escribir costillal. Por eso cuando me encuentro, en las pruebas de imprenta, con las anotaciones de la correctora, me enfrento a un dilema. La correctora tacha la palabra costillal y pone, claro, la palabra costillar. Leí varias veces el relato con la palabra correcta. Y cada vez que pasaba por ahí, me encontraba con una palabra muerta. Una zona desierta que no me representaba. Una lengua del centro, oficial. Pensé en esa correlación. En el uso o la custodia de la lengua. Las semejanzas entre los maestros y la figura del corrector. Finalmente decidí corregir a la correctora. Y volví a escribir, sobre la palabra correcta, esa que dejaba brotar el eco de una lengua erosionada, es decir, una lengua cargada de vitalidad.

 

Hernán Ronsino

Una noche, después de haber hecho los deberes, leí un libro en que un Bandolero iba por un camino de abedules. Yo no sabía qué eran abedules pero suponía que fueran plantas. Había dejado de leer porque tenía mucho sueño, pero iba para la cama con la palabra abedules en los labios. Después de acostado pensaba en cómo habrían hecho para ponerles nombres a las cosas. No sabía si les habrían buscado nombres para después poder acordarse de ellas cuando no estuvieran presentes, o si les habrían tenido que adivinar los nombres que ellas tendrían antes que las conocieran. También pudiera haber sido que las gentes de antes ya tuvieran nombres pensados y después los repartieran entre las cosas. Si fuera así yo le hubiera puesto el nombre de abedules a las caricias que hicieran a un brazo blanco: abe sería la parte abultada del brazo blanco y los dules serían los dedos que lo acariciaban. Entonces prendí la luz, saqué de la cartera el cuaderno y el lápiz y escribí: “Yo quiero hacerle abedules a mi maestra”. Después saqué la goma, borré y apagué la luz.

 

Felisberto Hernández, en Tierras de la memoria