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Archivo del Autor: porlamaleza

Este es un lugar, donde nosotras las antiguas mujeres del viento
guardábamos las piedras coralinas, lavadas con las plantas del desastre.

Oh, cuando el mar traía riñones de los unicornios
con el solo conjuro de la sal
y el aceite de iguana y el pan de los leprosos
eran los comestibles de nuestras grandes barcas, cuando
íbamos cantando, como ardientes tormentas de flores al crepúsculo,
al llegar La noche por las playas ansiosas con negros remadores.

Este era el lugar para los amuletos.
Lejos de los tumultos, de los hombres que ignoran su antípoda celeste,
de ciudades pobladas de banderas, letrinas, narradores,
con los ciegos orfebres de la magia,
los buscadores de árboles de niebla y de piedras alquímicas,
con niños que nacieron de las perlas
en ostrales de náufragos antiguos, acostumbrados a los sortilegios. ¿Acaso tú no guardas, junto a tu corazón, bajo calientes
ropas sudadas por los siglos,
esa piedra jerárquica que mudará tu sombra en ardiente perfume? ¿No llevas por ventura un anillo de hierbas
que te sofocará con su lujuria y gozarás la muerte? ¿No conoces acaso este lugar que cambia de mirada en un mar tembloroso?
¿Dónde está el ascendente del origen con lenguaje de cielos? ¡Tuya es la eternidad en un ramo de flores del azufre que comerás cantando! -Así dice el cronista del mar con amuletos, una raza
reciente que ignora sus augurios.

Romilio Ribero

Hablándole al dolor

 

Ah, dolor, no debiera darte el trato

de un perro vagabundo

que llega hasta la puerta trasera por si logra

un trozo de pan duro, un hueso mondo.

Debería confiar en ti.

 

Debería halagarte y conseguir

que pasaras adentro y ofrecerte

un rincón propio,

con una vieja alfombra para echarte

y tu propia escudilla.

 

Te piensas que no sé que llevas tiempo

instalado en mi porche.

Quieres que quede listo tu sitio genuino

antes de que sea invierno. Necesitas

tu nombre, tu collar, la chapa

de identificación. Y necesitas

el derecho a espantar a los intrusos,

a quedarte en mi casa y

sentirla como propia,

a mí como algo tuyo

y a ti

como mi propio perro.

duermo conmigo / acostada boca abajo duermo
conmigo / para el lado derecho duermo conmigo /
duermo conmigo abrazada conmigo / no hay noche tan
larga en la que no duerma conmigo / como un trovador
agarrado al laúd duermo conmigo /  duermo
conmigo bajo de la noche estrellada / duermo conmigo
mientras los demás cumplen años / duermo
conmigo a veces con los anteojos / y en medio de la oscuridad sé que estoy durmiendo conmigo / y quien quisiera dormir conmigo
va a tener que dormir al lado.

 

 

eu durmo comigo

eu durmo comigo/ deitada de bruços eu durmo
comigo/ virada pra direita eu durmo comigo/ eu
durmo comigo abraçada comigo/ não há noite tão
longa em que não durma comigo/ como um trovador
agarrado ao alaúde eu durmo comigo/ eu durmo
comigo debaixo da noite estrelada/ eu durmo comigo
enquanto os outros fazem aniversário/ eu durmo
comigo às vezes de óculos/ e mesmo no escuro sei que
estou dormindo comigo/ e quem quiser dormir comigo
vai ter que dormir ao lado.

Placeres

Me gusta descubrir
lo que no ve
una vista simple, pero está

dentro de algo de otra naturaleza,
en reposo, escindido.
Plumas de vidrio, ocultas

en la pulpa blanca: las espinas de calamar
que arranco y dejo
en el colador cuchillada a cuchillada—

Afiladas por la velocidad como para traspasar
un corazón, pero frágiles, la materia
desmintiendo el diseño

Oh una fruta, el mamey

envuelto en la piel áspera y marrón, la carne
rosa-ámbar y el carozo:
el carozo, una gema de madera tallada y

pulida, de color nuez, con la forma
de una castaña de Pará, aunque más grande,
tan grande como para llenar
la palma hambrienta de una mano.

Me gusta el tallo jugoso que crece
por la hoja más basta,
y el resplandor amarillo manteca
de la copa ceñida donde la campaña
se abre fría y azul en una mañana calurosa.

Miel en la mesa

Te colma con la esencia suave
de flores desaparecidas, se transforma
en un hilo filoso como un pelo que seguís
desde el frasco de miel sobre la mesa

hasta la puerta, por el piso,
y que todo el tiempo se espesa,

se hace más hondo y salvaje, bordeado
de ramas de pinos y de piedras húmedas,
de huellas de ocelotes y de osos, hasta que

bosque adentro
te encaramás a un árbol, arrancás la corteza,
y flotás, tragando panales que chorrean,
trozos de árbol, abejas aplastadas — un sabor
hecho de todo lo perdido, en el que todo lo perdido se encuentra.

Dormir en el bosque

Creí que la tierra me recordaba,
me recibió tan tierna, arreglándose
la pollera oscura , con los bolsillos
llenos de semillas y de líquenes. Dormí
como nunca, como una piedra
en el lecho del río, nada
más que mis pensamientos entre el fuego blanco
de las estrellas y yo, y ellos flotaban
livianos como polillas entre las ramas
de los árboles perfectos. Toda la noche
oí respirar los pequeños reinos
a mi alrededor, los insectos, y los pájaros
que hacían su trabajo en la oscuridad. Toda la noche
subí y bajé, como en el agua, forcejeando
con una condena luminosa. A la mañana
me había convertido en algo mejor
por lo menos una docena de veces.