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Colores

Pedro es amigo de Juan. Juan es amigo de Melina. Melina es amiga de la luna.

Por eso, cuando la luna empieza a perder su redondez, los ojos alargados de Melina hierven de lágrimas, su tazón de leche se pone viejo en un rincón, y no hay caricias que la alegren.

Días después, cuando la luna desaparece por completo, Melina sube a los techos y allí se queda, esperando que la luna regrese al cielo como aparecen los barcos en el horizonte.

Melina es la gata de Juan. Juan es amigo de Pedro. Pedro es el dueño de la luna.

La luna de Pedro no es tan grande ni tan redonda, tiene color de agua con azúcar y sonríe sin boca. Y es así porque Pedro la pintó a su gusto en un enorme cuadro nocturno, mitad mar, mitad cielo.

Pedro, el pintor de cuadros, pasa noches enteras en su balcón. Y desde allí puede ver la tristeza de Melina cuando no hay luna. Gata manchada de negro que anda sola por los techos.

¿Les dije que Melina es la gata de Juan? ¿Les dije que Juan se pone triste con la tristeza de Melina?

Juan se pone muy triste cuando Melina se pierde en el extraño mundo de los techos, esperando el regreso de la luna. Y siempre está buscando la manera de ayudar a su amiga. Por eso, apenas vio el nuevo cuadro que Pedro había pintado, Juan tuvo una idea.

Y aunque se trataba de una luna ni tan grande ni tan redonda, color de agua con azúcar, podía alcanzar para convencer a Melina de que un pedacito de mar y una luna quieta se habían mudado al departamento de enfrente.

Juan cruzó la calle, subió siete pisos en ascensor y llamó a la puerta de su amigo. Pedro salió a recibirlo con una mano verde y otra amarilla. Juan y Pedro hablaron durante largo rato y, al fin, se pusieron de acuerdo. Iban a colgar el enorme cuadro en el balcón del séptimo piso para que, desde los techos de enfrente, Melina creyera que la luna estaba siempre en el cielo. Eso sí, tendrían que colgarlo al inicio de la noche y descolgarlo al amanecer.

Pedro es un pintor muy viejo. Juan es un niño muy niño. La luna del cuadro no es tan redonda ni tan grande. Y Melina, la gata, no es tan sonsa como para creer que una luna pintada es la luna verdadera.

Apenas vio el cuadro colgado en el balcón de enfrente, Melina supo que esa no era la verdadera luna del verdadero cielo. También supo que ese mar, aunque era muy lindo, no tenía peces. Entonces, la gata inclinó la cabeza para pensar qué debía hacer.

¿Qué debo hacer?, pensó Melina para un lado.

¿Qué debo hacer?, pensó Melina para el otro.

“La luna está lejos y Juan está cerca. Juan es capaz de reconocerme entre mil gatas manchadas de negro. Para la luna, en cambio, yo debo ser una gata parecida a todas en un techo parecido a todos. Y aunque la luna del pintor Pedro no es tan grande ni tan redonda es la luna que me dio el amor”

Melina es amiga de Juan. Juan es amigo de Pedro. Pedro es amigo de los colores.

Juan creyó que un cuadro podía reemplazar al verdadero cielo. Porque para eso están los niños, para soñar sin miedo.

Melina dejó de andar triste en las noches sin luna, porque para eso tenía la luna del amor.

Y Pedro sigue pintando cielos muy grandes, porque para eso están los colores: para acercar lo que está lejos.

Mar del otoño, vienen
verdes tus olas, aunque ya debieran
estrellarse en espumas amarillas.
Me gustaría, mar, llegar mañana
a tus riberas y encontrarte todo
como un bosque caído.
Me internaría, mar, en ti pisándote
con la misma dulzura que las hojas,
de aquellas arboledas,
distantes del colegio,
que se iban muriendo hacia la playa.
Andaría por tí, mar del otoño,
hasta sentirme extraviado, hasta,
verme perdido entre tus olas secas.
¡Qué soledad entonces, qué alegría,
lejos, incluso, mar, de lo que amo,
en tus mudos dominios!
Pero no; que yo sé que no estás muerto,
que no te mueres nunca y nos ofreces,
en tu espejo continuo, lo que acaso
debiera ser la imagen verdadera
de nuestra simple infatigable vida.

 

Rafael Alberti

La tormenta

Giorgione se inspiraba en la tormenta
para exaltar la calma pensativa.
La atención hace igual: no se lamenta,

se vuelca en la mirada detenida,
como una fuente. Arriba,
el rayo, abajo el esplendor

de la tarde dorada, suspendida
como una flor.
La mujer amamanta, el caminante

respira resplandor.
Todo vibra sereno y delicado
sin límites precisos. Una ruina

es un único ahora del color,
como el árbol, el puente o la cortina
de nubes. La atención

es su fuente:
el mundo es diferente,
ahora o nunca.
Hugo Padeletti, en Guirnaldas para un luto

El verde

Amanece con lluvia
los primeros sonidos de la casa
son los crujidos de la madera
y su perfume, el primer olor;
hay árboles aunque aún no estén
abiertas las ventanas
Cualquier gajo brota
bajo este régimen de mareas
y humedad persistentes:
un fresno
macheteado
casi al ras del suelo
ha vuelto a crecer;
una rama de álamo usada
como estaca para colgar
una boya, se reabre en hojas,
vuelve a ser un álamo;
un sauce caído
hizo otra raíz con su tronco
y convierte la entrada
en un arco de sauce
El desmonte es continuo:
zumbidos de machete,
la sierra que resuena
desde lejos y sin claros
ni camino de sirgas
un escondido territorio
salvaje reaparece:
brotes dormidos
de malezas y enramadas,
un secreto
de semillas al calor;
las crecidas, las lluvias
el agua socavante de las islas
al verde, lo devuelven.

 

CHOMÜNGEN/ EL OTOÑO

kalfu me decía mi abuela
y me traía flores de manzanas…
Elicura Chihuailaf

son las últimas uvas y los primeros membrillos
son las manzanas cayendo con las hojas
las cortinas de álamos remojadas en el río

los fresnos gigantes amarillos como velas encendidas en la noche

lorenzo quilaqueo me dice este chomüng de las hojas
anuncia el último ciclo del año
ya es tiempo de guardar los animales
protegerlos del rigor del frío

hay que volver a las rukas dice
a los lugares reparados para invernada

chomüngen es tiempo de calma/
el suelo se abriga con las hojas
la semilla sueña el árbol que vendrá

tiempo de encender el fuego y vivir las noches largas
de convivir adentro de las casas y volver a contar
los relatos antiguos a los hijos.

En noches como esta
la abuela eufemia preguntaba
por qué los árboles se desnudan para llegar al invierno

de qué hablan las raíces en el sueño de la tierra

nunca pude contestarle esas cosas
hay un lenguaje del mundo que olvidamos

los hombres volvemos a la tierra
sin saber muchas cosas de la tierra
ignoramos
y muchas veces hablamos sin respeto

ahora hay tantos reflejos y variaciones de amarillo
cómo haré para guardarlos en los ojos?

Cómo resistir el invierno sin la memoria del otoño

(en la ciudad el olvido es blanco como una helada)

Final de la Narración de Arthur Gordon Pym

(La traducción de Cortázar, de Alianza Editorial, es mucho mejor. Pero no la encontré online. Cuando pueda, la transcribo y la subo)


 

1 de marzo. Muchos fenómenos inusitados nos indicaban ahora que estábamos entrando en una región de maravilla y novedad. Una alta cordillera de leve vapor gris aparecía constantemente en el horizonte sur, fulgurando a veces con rayos majestuosos, lanzándose de este a oeste, y otros en dirección contraria, reuniéndose en la cumbre, formando una sola línea. En una palabra, mostrando todas las variaciones de la aurora boreal. La altura media de aquel vapor, tal como se veía desde donde estábamos, era de unos veinticinco grados. La temperatura del mar parecía aumentar por momentos, alterándose perceptiblemente el color del agua. 2 de marzo. Hoy, gracias a un insistente interrogatorio a nuestro prisionero, nos hemos enterado de muchos detalles relacionados con la isla de la masacre, con sus habitantes y con sus costumbres; pero ¿puedo detener ahora al lector con estas cosas? Sólo diré, no obstante, que supimos por él que el archipiélago comprendía ocho islas; que estaban gobernadas por un rey común, llamado Tsalemon o Psalemoun, el cual residía en una de las más pequeñas; que las pieles negras que componían la vestimenta de los guerreros provenían de un animal enorme que se encontraba únicamente en un valle, cerca de la residencia del rey; que los habitantes del archipiélago no construían más barcas que aquellas balsas llanas, siendo las cuatro canoas todo cuanto poseían de otra clase, y éstas las habían obtenido, por mero accidente, en una isla grande situada al sudeste; que el nombre de nuestro prisionero era Nu-Nu; que no tenía conocimiento alguno del islote de Bennet, y que el nombre de la isla que había dejado era Tsalal. El comienzo de las palabras Tsalernon y Tsalal se pronunciaba con un prolongado sonido silbante, que nos resultó imposible imitar, pese a nuestros repetidos esfuerzos, sonido que era precisamente el mismo de la nota lanzada por la garza negra que comimos en la cumbre de la colina.

3 de marzo. El calor del agua es ahora realmente notable, y su color está experimentando un rápido cambio, no tardando en perder su transparencia, adquiriendo en cambio una apariencia lechosa y opaca. En nuestra inmediata proximidad suele reinar la calma, nunca tan agitada como para poner en peligro la canoa; pero nos sorprendemos con frecuencia al percibir, a nuestra derecha y a nuestra izquierda, a diferentes distancias, súbitas y dilatadas agitaciones de la superficie, las cuales, como advertimos por último, iban siempre precedidas de extrañas fluctuaciones en la región del vapor, hacia el sur.

4 de marzo. Hoy, con objeto de agrandar nuestra vela, mientras la brisa del norte se apagaba sensiblemente, saqué del bolsillo de mi chaqueta un pañuelo blanco. Nu-Nu estaba sentado a mi lado y, al rozarle por casualidad el lienzo en la cara, le acometieron violentas convulsiones. Éstas fueron seguidas de un estado de estupor y modorra, y unos quedos murmullos de: «¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!».

5 de marzo. El viento había cesado por completo; pero era evidente que seguíamos lanzados hacia el sur, bajo la influencia de una corriente poderosa. Y a del agua era extremado, incluso desagradable al tacto y su tono lechoso cayó sobre la canoa y sobre la amplia superficie del agua, mientras la llameante palpitación se disipaba entre el vapor y la conmoción se apaciguaba en el mar. Nu-Nu se arrojó entonces de bruces al fondo de la barca y no hubo manera de convencerle para que se levantase.

7 de marzo. Hoy hemos preguntado a Nu-Nu acerca de los motivos que impulsaron a sus compatriotas a matar a nuestros compañeros; mas parecía dominado, demasiado dominado por el terror para darnos una respuesta razonable. Seguía obstinadamente en el fondo de la barca; y, al repetirle nuestras preguntas respecto al motivo de la matanza, sólo respondía con gesticulaciones idiotas, tales como levantar con el índice el labio superior y mostrar los dientes que este cubría. Eran negros, hasta ahora no habíamos visto los dientes de ningún habitante de Tsalal.

8 de marzo. Hoy flotó cerca de nosotros uno de esos animales blancos cuya aparición en la playa de Tsalal era más evidente que nunca. Hoy se produjo una violenta agitación del agua muy cerca de la canoa. Fue acompañada, como de costumbre, por una fulgurante fluctuación del vapor en su cumbre y una momentánea separación en su base. Un polvo blanco y fino, semejante a la ceniza —pero que ciertamente no era tal — cayó sobre la canoa y sobre la amplia superficie del agua, mientras la llameante palpitación se disipaba entre el vapor y la conmoción se apaciguaba en el mar. Nu-Nu se arrojó entonces de bruces al fondo de la barca y no hubo manera de convencerle para que se levantasen.

9 de marzo. Toda la materia cenizosa caía ahora incesantemente sobre nosotros, y en grandes cantidades. La cordillera de vapor al sur se había elevado prodigiosamente en el horizonte, y comenzaba a tomar una forma más clara. Sólo puedo compararla con una catarata ilimitada, precipitándose silenciosamente en el mar desde alguna inmensa y muy lejana muralla que se alzase en el cielo. La gigantesca cortina corría a lo largo de toda la extensión del horizonte sur. No producía ruido alguno.

21 de marzo. Sombrías tinieblas se cernían sobre nosotros; pero de las profundidades lechosas del océano surgió un resplandor luminoso que se deslizó por los costados de la barca. Estábamos casi abrumados por aquella lluvia de cenizas blanquecinas que caían sobre nosotros y sobre la canoa, pero que se deshacía al caer en el agua. La cima de la catarata se perdía por completo en la oscuridad y en la distancia. Pero era evidente que nos acercábamos a ella a una velocidad espantosa. A intervalos eran visibles en ella unas anchas y claras grietas, aunque sólo momentáneamente, y desde esas grietas, dentro de las cuales había un caos de flotantes y confusas imágenes, soplaban unos vientos impetuosos y poderosos, aunque silenciosos, rasgando en su carrera el océano incendiado.

22 de marzo. La oscuridad había aumentado sensiblemente, atenuada tan sólo por el resplandor del agua reflejando la blanca cortina que teníamos delante. Múltiples aves gigantescas y de un blanco pálido volaban sin cesar por detrás del velo, y su grito era el eterno «¡Tekeli-li!» cuando se alejaban de nuestra vista. En este momento, Nu-Nu se agitó en el fondo de la barca; pero al tocarle vimos que su espíritu se había extinguido. Y entonces nos precipitamos en brazos de la catarata, en la que se abrió un abismo para recibirnos. Pero he aquí que surgió en nuestra senda una figura humana amortajada, de proporciones mucho más grandes que las de ningún habitante de la tierra. Y el tinte de la piel de la figura tenía la perfecta blancura de la nieve.

 

Edgar Allan Poe, en Narración de Arthur Gordon Pym

De los colores

-Dominique Simonnet: ‘Cuando pensamos en el blanco, no podemos dejar de sentir una ligera vacilación y preguntarnos si realmente es un color… ¿Le parece una pregunta sacrílega a un especialista como usted?

-Michel Pastoreau: Es una pregunta muy moderna, que no habría tenido ningún sentido hace tiempo. Para nuestros antepasados, no había ninguna duda: el blanco era un verdadero color (e incluso, uno de los tres colores básicos del sistema antiguo, con el mismo rango que el rojo y el negro). Ya en las paredes grisáceas de las grutas paleolíticas se utilizaban materias gredosas para colorear de blanco las representaciones animales y en la Edad Media se añadía blanco sobre el pergamino de los escritos iluminados (que eran beige claro o cáscara de huevo). En las sociedades antiguas, se definía lo incoloro como todo lo que no contenía pigmentos. (…) Al convertir el papel en el principal soporte de los textos e imágenes, la imprenta introdujo una equivalencia entre lo incoloro y el blanco, y este último pasó a ser considerado como el grado cero del color, o como su ausencia. Ya no estamos en esta fase… Después de mucho debatir entre físicos, al fin se ha vuelto a la sabiduría antigua y volvemos a considerar el blanco como un color con todas las de la ley.

D. S: ‘Nuestro antepasados eran entonces especialmente perspicaces al respecto.

M. P: Sí. Incluso distinguían el blanco mate del blanco brillante: en latín, ‘albus’ (el blanco mate, que en francés ha dado ‘albâtre’ -alabastro- y ‘albumine’ -albúmina-) y ‘candilus’ (el brillante, que ha dado “candidato”, el que lleva un atuendo blanco brillante para presentarse al sufragio de los electores).

(…)

D. S: ‘Queda que en nuestro vocabulario el blanco está asociado a la ausencia, a la falta: una página blanca (sin texto), una voz blanca (sin timbre), una noche blanca o en blanco (sin sueño), una bala blanca (sin pólvora), un cheque en blanco (sin importe)… O también: “¡Me he quedado en blanco!”.

M. P: Es cierto que el léxico ha conservado algunas huellas. Pero en nuestro imaginario asociamos espontáneamente el blanco a otra idea: la de la pureza y la inocencia. Este símbolo es extraordinariamente fuerte, es recurrente en las sociedades europeas y lo encontramos en África y en Asia. En casi cualquier punto del planeta, el blanco remite a lo puro, a lo virgen, a lo limpio, a lo inocente…

(Fragmentos extraídos de BREVE HISTORIA DE LOS COLORES. Michel Pastoureau, entrevistado por Dominique Simonnet. Editorial Paidós)

Variaciones de la luz

Un revuelo naranja al poniente
en lucha libre con el violeta
donde se hace de repente un claro
verde como aquel rayo purísimo
perseguido en la juventud
y al fondo el coro de gallinetas
y un silencio al frente que corta
el tajo de luna con más silencio
y plata y noche hasta que sólo
quedan las luces de tu casa
a veces como mágicas naranjas
dulces y en la soledad amargas

A las 17 y 40, hacia el oeste, el cielo parecía abarrotado por un edificio complicado, perfectamente horizontal por debajo, a imagen del mar, que asemejaba despegarse por una incomprensible elevación encima del horizonte o también por la interposición de una invisible y densa capa de cristal. En su cima se fijaban, y colgaban hacia el cénit, por el efecto de alguna gravedad invertida, tinglados inestables, pirámides hinchadas, ebulliciones cuajadas en un estilo de molduras que pretendían representar nubes, pero que las nubes mismas imitaban —ya que evocaban el pulido y el relieve de la madera esculpida y dorada—. Este montón confuso, que escondía al sol, se destacaba en tintes sombríos con raros destellos, salvo hacia lo alto, donde se desvanecían pavesas encendidas. Más arriba aún, matices rubios se desataban en sinuosidades descuidadas que parecían inmateriales, de una textura puramente luminosa. Siguiendo el horizonte hacia el norte, el motivo principal se afinaba, se elevaba en un desgranarse de nubes detrás de las cuales, muy lejos, se desprendía una barra más alta y efervescente en la cima. Del lado más cercano al sol —aún invisible— la luz bordaba esos relieves con vigoroso ribete. Más al norte, los modelados desaparecían y no quedaba más que la barra sola, apagada y chata, que se borraba en el mar. Por el sur aparecía otra vez la misma barra, pero coronada por grandes losas anubarradas que reposaban como dólmenes cosmológicos sobre las crestas humosas del pedestal. Cuando se volvía completamente la espalda al sol, mirando hacia el este, se veían, por último, dos grupos superpuestos de nubes estiradas a lo largo, que se destacaban como a contraluz por la incidencia de los rayos solares sobre un plano secundario de muralla apezonada y ventruda, pero muy etérea y nacarada de reflejos rosados, malva y plateados. Mientras tanto, detrás de los celestes arrecifes que obstruían occidente, el sol evolucionaba poco a poco; a medida que caía, uno cualquiera de sus rayos hacía reventar la masa opaca o se abría paso por vías cuyo trazado, en el momento en que el rayo solar surgía, recortaba el obstáculo en una pila de sectores circulares, diferentes en tamaño e intensidad luminosa. Por momentos la luz se reabsorbía como un puño que se cierra, y el manguito nebuloso sólo dejaba penetrar uno o dos dedos centelleantes y tiesos. O bien un pulpo incandescente se adelantaba fuera de las grutas vaporosas, precediendo a una nueva retracción. En una puesta de sol hay dos fases muy distintas. Primero el astro es arquitecto. Sólo después, cuando sus rayos ya no llegan directos, sino reflejados, se transforma en pintor. Desde que se oculta detrás del horizonte, la luz se debilita y hace aparecer planos cada vez más complejos. La plena luz es la enemiga de la perspectiva, pero entre el día y la noche cabe una arquitectura tan fantástica como efímera. Con la oscuridad todo se aplasta de nuevo, como un juguete japonés maravillosamente coloreado. Exactamente a las 17 y 45 se esbozó la primera fase. El sol estaba bajo, sin tocar aún el horizonte. Cuando salió por debajo del edificio nebuloso, pareció reventar como una yema de huevo y embadurnar de luz las formas donde aún se retardaba. Esta efusión de claridad dio rápidamente lugar a una retirada: los alrededores se volvieron opacos, y en ese vacío ahora distante —el límite superior del océano y el inferior de las nubes— se pudo ver una cordillera de vapores, antes deslumbrante e indiscernible, ahora aguda y oscura. Al mismo tiempo, de chata como era al principio, se iba tornando voluminosa. Esos pequeños objetos sólidos y negros se paseaban, migración ociosa a través de una ancha placa enrojeciente que, iniciando la fase de los colores, subía lentamente del horizonte hacia el cielo. Poco a poco, las profundas construcciones de la tarde se replegaron. La masa que había ocupado todo el día el cielo occidental apareció laminada como una hoja metálica alumbrada detrás por un fuego primero dorado, luego bermellón, después cereza. Este iba disipando, y limpiaba y arrebataba, en un torbellino de partículas, unas nubes contorsionadas que se desvanecieron lentamente. Innumerables redes vaporosas surgieron en el cielo; parecían tendidas en todos los sentidos: horizontal, oblicuo, perpendicular y hasta en espirales. A medida que declinaban, como un arco que baja o se endereza para rozar cuerdas distintas, los rayos del sol las hacían estallar sucesivamente, primero a una, luego a otra, en una gama de colores que se creyera propiedad exclusiva y arbitraria de cada una. Cada red, al manifestarse, presentaba la nitidez, la precisión y la delicada rigidez del vidrio hilado; poco a poco se disolvía, como si su materia recalentada por una exposición en un cielo todo henchido de llamas, oscureciéndose y perdiendo su individualidad, se extendiera como una capa cada vez más delgada hasta desaparecer de la escena, descubriendo una nueva red recién hilada. Finalmente, no hubo sino matices confusos que se mezclaban, así, como en una copa, los líquidos superpuestos de colores y densidades diferentes empiezan lentamente a confundirse, a pesar de su aparente estabilidad. Después se hizo muy difícil seguir un espectáculo que parecía repetirse con un desplazamiento de minutos y a veces de segundos, en puntos alejados del cielo. Hacia el este y muy arriba, una vez que el disco solar comenzó a herir el horizonte opuesto, se vieron nubes hasta ese momento invisibles, en tonalidades malva ácido. La aparición se desarrolló rápidamente, se enriqueció con detalles y matices; luego todo comenzó a borrarse en forma lateral, de derecha a izquierda, como con un paño deslizado segura y lentamente. Al cabo de algunos segundos sólo quedó la pizarra depurada del cielo sobre la muralla de nubes. Éstas pasaban a los blancos y a los grisáceos mientras el cielo se volvía rosado. Del lado del sol, una nueva barra se elevaba detrás de la primera, transformada en cemento uniforme y confuso. Ahora brillaba la otra. Cuando sus irradiaciones rojas se debilitaron, los matices del cénit, que aún no habían intervenido, adquirieron lentamente volumen. Su cara inferior se volvió dorada y resplandeció; su cima, antes centelleante, pasó a los colores castaño y violáceo. Al mismo tiempo, su contextura parecía vista a través de un microscopio: se descubrió hecha de mil pequeños filamentos que sostenían, como un esqueleto, sus formas rollizas. Ahora, los rayos del sol desaparecieron completamente. El cielo no presentaba más que rosados y amarillos: camarón, salmón, lino, paja; se sentía que también esta riqueza discreta se desvanecía. El paisaje celeste renacía en una gama de blancos, azules y verdes. Empero, pequeños rincones del horizonte gozaban aún de una vida efímera e independiente. A la izquierda, un velo inadvertido se afirmó de golpe como un capricho de verdes misteriosos y mezclados; éstos pasaron progresivamente a rojos, primero intensos, luego sombríos, luego violetas, luego carbonosos… Y ya no fue más que la huella irregular y ligera de una barra de carbonilla sobre un papel granulado. Por detrás, el cielo era de un amarillo verdoso alpino, y la barra continuaba opaca, con un contorno bien marcado. En el cielo del oeste pequeñas estrías horizontales de oro centellearon todavía un instante, pero hacia el norte era casi de noche: la muralla apezonada sólo presentaba convexidades blanquecinas bajo un cielo de cal. Nada hay más misterioso que el conjunto de procedimientos, siempre idénticos pero imprevisibles, que usa la noche para suceder al día. Su signo aparece súbitamente en el cielo, acompañado de incertidumbre y de angustia. Nadie puede predecir la forma que adoptará esta vez, única entre todas las otras, el surgimiento de la noche. Por una alquimia impenetrable, cada color llega a metamorfosearse en su complementario, cuando sabemos bien que, en la paleta, sería imprescindible abrir un nuevo pomo para obtener el mismo resultado. Pero para la noche, las mezclas no tienen límite, pues ella inaugura un espectáculo fantasmagórico: el cielo pasa del rosado al verde; es porque no he visto que ciertas nubes se han vuelto rojo vivo, y así, por contraste, hacen aparecer verde un cielo que era completamente rosado. Pero este rosado, sumamente claro, ya no puede competir con el valor muy subido del nuevo matiz que, no obstante, yo no había notado, pues el paso del dorado al rojo no sorprende tanto como el del rosado al verde. La noche se introduce como por superchería. De esa manera, la noche comenzaba a sustituir el espectáculo de los oros y las púrpuras por su negativo, donde los tonos cálidos eran reemplazados por blancos y grises. La placa nocturna reveló lentamente un paisaje marino por encima del mar; inmensa pantalla de nubes que se deshilachaban frente a un cielo oceánico en penínsulas paralelas, como una costa plana y arenosa que estirara sus flechas en el mar, vista desde un avión a baja altura e inclinado sobre un ala. La ilusión se acrecentaba por los últimos destellos del día, que al caer muy oblicuamente sobre esas puntas nebulosas, les daban una apariencia de relieve que evocaba sólidas rocas —también ellas, aunque a otras horas, esculpidas de sombras y de luz—, como si el astro ya no pudiera aplicar sus buriles centelleantes a pórfidos y granitos, sino tan sólo a sustancias débiles y vaporosas, conservando el mismo estilo en su caída. Sobre ese fondo de nubes semejante a un paisaje costero, a medida que el cielo se limpiaba, aparecieron playas, lagunas, multitud de islotes y bancos de arena invadidos por el océano inerte del cielo, que acribillaba de fiordos y de lagos interiores la capa que se iba disgregando. Y porque el cielo que bordeaba esas flechas nubosas simulaba un océano, y porque el mar refleja de costumbre el color del cielo, ese cuadro celeste reconstituía un paisaje lejano donde el sol parecía ponerse nuevamente. Por otra parte, era suficiente mirar hacia el verdadero mar, bien abajo, para escapar al espejismo; ya no era la placa ardiente del mediodía ni la superficie graciosa y ondulada del crepúsculo. Los rayos del día, casi horizontales, sólo iluminaban el lado de las pequeñas olas que se volvía hacia ellos, en tanto que el otro lado permanecía a oscuras. El agua, de esa manera, tomaba un relieve de sombras nítidas, marcadas, excavadas como en un metal. Toda transparencia había desaparecido. Entonces, por un tránsito muy habitual pero, como siempre, imperceptible e instantáneo, la tarde dio paso a la noche. Todo se vio cambiado. En el cielo, opaco en el horizonte, de un amarillo lívido más arriba, en paso al azul hacia el cénit, se dispersaban las últimas nubes que el fin del día destacaba. Muy rápidamente ya no fueron más que sombras extenuadas y enfermizas, como los montantes de un decorado que, después del espectáculo, en un escenario sin luz, se ven pobres, frágiles y provisionales, y se cae en cuenta de que la realidad cuya ilusión llegaron a crear no dependía de su naturaleza, sino de algún engaño de iluminación o de perspectiva. Cuanto más habían vivido y evolucionado poco rato antes, tanto más parecían ahora congeladas en una forma inmutable y dolorosa, en medio del cielo cuya oscuridad creciente haría que muy pronto se confundieran con él.

 

Claude Lévi-Strauss, en Tristes trópicos