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Acciones

El espino

Al lado tuyo, pero no
de tu mano: así te miro
andar por el jardín
de verano: las cosas
que no pueden moverse
aprenden a mirar. No necesito
perseguirte a través
del jardín; en cualquier parte
los humanos dejan
señal de lo que sienten, flores
esparcidas en el polvo del camino, todas
blancas y doradas, algunas
levemente alzadas
por el viento de la tarde. No necesito
seguirte adonde estás ahora,
hundido en la ponzoña de este campo, para
saber la causa de tu huida, de tu humana
pasión, de tu rabia: ¿por qué otra cosa
dejarías caer todo aquello
que has acumulado?

Primer recuerdo

Hace mucho me hirieron. Viví

para vengarme

de mi padre, no

por lo que fue

sino por lo que era yo:

desde el principio de los tiempos,

en la infancia, pensé

que el dolor significaba

que no era amada.

Significaba que yo amaba.

Mi soplete:
En una esquina de la explanada, donde se amontonan los neumáticos usados, hay un rosal. Pegado al eucalipto. El rosal ha echado un brote que medirá unos cinco metros y ahora trepa por el tronco del árbol buscando la luz para
florecer. ¡Cinco metros! ¡Ciento treinta espinas! Las conté. Para contarlas tuve que levantar el renuevo de vez en cuando, y me pinché en el brazo un par de veces. No sé por qué quería contarlas. Puede que porque quería
hablarte de la determinación de la rosa. Ciento treinta espinas.
Tú y yo estamos entre dos generaciones. La primera la constituye la hermandad de quienes se hallaban muy próximos a nosotros y murieron o fueron asesinados. Muchos de ellos a una edad más temprana que la que tenemos ahora tú y yo. Nos esperan con los brazos abiertos.
La segunda es la hermandad de los jóvenes, para quienes somos un ejemplo. La vida que hemos elegido vivir los anima. Con los brazos abiertos, nos mandan que sigamos adelante…
Nos encontramos entre las dos. ¡Ojalá, guapo mío, estuviéramos el uno en los brazos del otro!
¿Es algo que hice hace mucho tiempo? ¿O es algo que quería hacer y todavía no he hecho? Igual da. El caso es que en algún momento pensé en poner mi mano en una carta, dibujar su contorno y enviártela. Un poco después de
cuando fuera que lo pensara, me topé con un libro en el que enseñaban a dibujar manos y lo abrí y lo vi página a página. Decidí comprármelo. Se parecía a la historia de nuestra vida. Todas las historias son también historias de manos, manos que agarran, que sopesan, que señalan, que unen, que amasan, que enhebran, que acarician; manos abandonadas en el sueño, manos que cortan, que comen, que limpian, que tocan música, que rascan, que asen, que pelan, que se aferran, que aprietan un gatillo, que se cruzan.
En cada página del libro hay un delicado dibujo de manos ejecutando una acción específica. Te voy a copiar una.
Te estoy escribiendo.
Y me miro las manos, que quieren tocarte, y me parecen obsoletas, porque hace tanto que no te acarician.
Tu A’ida

John Berger, en De A para X

Podando los geranios, me veo

como soy, semidesnudo en el calor,

tratando de sostener un pequeño universo

de oscurecidos tonos, marchitos de lluvia y sol,

cabizbajos y temblorosos al sentir las tijeras

mientras separo las flores marchitas de entre las vivas,

como el hombre solitario llena su vacío con palabras,

no por consuelo ni para señalar lo que es bueno,

sino para decir algo verdadero y corpóreo

que sea prueba de su existencia. 

Ahora quisiera hablar de los sonidos.

El mundo está lleno de sonidos.

No puedo hablar de todos ellos.

Hablaré de sonidos que importan.

Para hablar de sonidos, produzco sonidos.

Creo – un acto original que realicé en el mismo momento en que emergí en esta tierra.

La creación es ciega. La creación es sonora.

«En el comienzo, Dios creó el cielo y la tierra» – con su boca.

Dios nombró el universo, pensando en voz alta.

Los dioses egipcios existieron a partir de que Atum, el creador, los nombró.

Mithra existió a partir de las vocales y las consonantes.

Los dioses terribles existieron a partir del trueno.

Los dioses fructíferos existieron a partir del agua.

Los dioses mágicos existieron a partir de la risa.

Los dioses místicos existieron a partir de ecos distantes.

Toda creación es original. Todo sonido es nuevo.

Ningún sonido puede ser repetido de manera exacta. Ni siquiera tu mismo nombre. Cada vez que se lo pronuncia es diferente. Y un sonido oído una vez no es lo mismo que un sonido oído dos veces, así como un sonido oído antes no es lo mismo que un sonido oído después.

Todo sonido se suicida y no vuelve. Los músicos lo saben. Ninguna frase musical puede repetirse de manera idéntica dos veces.

Los sonidos no pueden conocerse de la misma manera que puede conocerse lo que se ve. La visión es reflexiva y analítica. Coloca las cosas una junto a la otra y las compara (escenas, diapositivas, diagramas, figuras … ). Esta es la razón por la cual Aristóteles prefería la visión como «la fuente principal de conocimiento».

Se puede conocer lo que se ve. Se puede nombrar lo que se ve.

Lo sonoro es activo y generativo. Los sonidos son verbos. Como toda creación, el sonido no es comparable. Por lo tanto, no puede existir una ciencia del sonido, sólo sensaciones … intuiciones … misterios …

En el mundo occidental, y por algún tiempo, la vista ha sido el referente para toda experiencia sensorial. Predominaron las metáforas visuales y los sistemas escalares. Se inventaron ficciones interesantes para pesar o medir sonidos; alfabetos, escrituras musicales, sonogramas. Pero todos saben que no se puede pesar un susurro o contar las voces de un coro o medir la risa de un niño.

Posiblemente sea ir demasiado lejos afirmar que en una cultura aural, la ciencia, especialmente la física, la matemática y sus subordinadas -estadística, fisiología, psicología empírica, dibujo, demografía, la banca, etc. (la lista es larga)- desaparecerían. Tal vez sea suficiente decir que en culturas puramente aurales ellas no aparecen.

¿Me fui de tema?

Estaba diciendo que todo en el mundo había sido creado por el sonido y analizado por la vista. Dios primero habló, y recién después vio que estaba bien.

¿Qué pasa si no está bien? Entonces, Dios destruye con sonido. El ruido mata. La guerra. El Diluvio Universal. El Apocalipsis.

El ruido bloquea. Convierte el lenguaje en un políglota; es lo que sucedió en Babel. Cuando el ruido del mundo se convirtió en algo tan grande que molestaba «incluso a las partes interiores de los dioses», éstos liberaron el Diluvio Universal (Epic of Glgamesh).

Algunos dicen que el sonido del apocalipsis será de una intensidad tal que destruirá los oídos (Mahoma en el Corán o Juan de Patmos en la Revelación). Otros sostienen que «el mundo no terminará con una explosión, sino con un gemido». En cualquier caso, va a sonar, porque todos los acontecimientos traumáticos conservan el sonido como su medio expresivo: guerra, violencia, amor, locura. Sólo la enfermedad es silenciosa y no consiente el análisis.

Vengan conmigo y siéntense en la platea de la vida. Los asientos son gratuitos y el entretenimiento es continuo.

La orquesta mundial está tocando permanentemente. La oímos de adentro y de afuera; de cerca y de lejos.

No existe el silencio para los vivos.

No tenemos párpados en los oídos.

Estamos condenados a oír.

Oigo con mi pequeño oído …

La mayor parte de los sonidos que oigo están ligados a cosas. Uso los sonidos como indicios para identificar dichas cosas. Si están ocultas, los sonidos las revelarán. Oigo a través de la selva, a la vuelta de la esquina y por encima de los montes.

El sonido llega a lugares a los que la vista no puede.

El sonido se zambulle por debajo de la superficie.

El sonido penetra hasta el corazón de las cosas.

Si dejo de tener en cuenta las cosas a las cuales el sonido está ligado el mundo fenomenológico desaparece. Me vuelvo ciego. Soy arrastrado sensualmente por la vasta música del universo.

Todo en este mundo tiene su sonido – incluso los objetos silenciosos. Conocemos los objetos silenciosos golpeándolos. El hielo es delgado, la caja está vacía, la pared es hueca.

He aquí una paradoja: dos cosas se tocan pero sólo se produce un sonido. Una pelota rebota contra la pared, una baqueta golpea un tambor, un arco frota una cuerda. Dos objetos: un sonido.

Otro caso en el que 1 más 1 es igual a 1.

Tampoco es posible unir sonidos sin que cambien su carácter. La paradoja de Zeno: «Si una medida de granos derramado sobre el piso produce un sonido, cada grano y cada parte de cada grano deben producir también un sonido, lo cual, en realidad, no es cierto»:

En acústica, la suma es igual a una diferencia.

Los sonidos me hablan de espacios, sean grandes o pequeños, estrechos o amplios, interiores o exteriores. Los ecos y la reverberación me brindan información acerca de superficies y obstáculos. Con un poco de práctica puedo comenzar a oír «sombras acústicas», tal como hacen los ciegos.

El espacio auditivo es muy diferente del espacio visual. Nos encontramos siempre en el borde del espacio visual, mirando hacia adentro del mismo con nuestros ojos. Pero siempre nos encontramos en el centro del espacio auditivo, oyendo hacia afuera con el oído.

En consecuencia, la conciencia visual no es igual a la conciencia aural. La conciencia visual mira hacia adelante. La conciencia aural está centrada.

Yo me encuentro siempre en el corazón del universo sonoro.

Me habla con sus muchas lenguas.

Me habla con las lenguas de los dioses.

No se puede controlar o estructurar el universo acústico. Más bien lo contrario. Esta es la razón por la cual las sociedades aurales son consideradas no progresivas; es que no miran hacia adelante.

Si quiero ordenar el mundo debo convertirme en un «visionario». Entonces, cierro mis oídos y construyo cercas, líneas de propiedad, caminos rectos, paredes.

Todos los temas principales de la ciencia y la matemática desarrollados en el mundo occidental son silenciosos (el continuo espacio-tiempo de la relatividad, la estructura atómica de la materia, la teoría ondulatoria-corpuscular de la luz) y los instrumentos desarrollados para su estudio, el telescopio y el microscopio, la ecuación, la gráfica y, por encima de todo, el número, son también silenciosos.

La estadística trata con un mundo de cantidades que se presume silencioso.

La filosofía trata con un mundo fenomenológico que se presume silencioso.

La economía trata con un mundo material que se asume silencioso.

Incluso la religión trata con un Dios que se ha vuelto silencioso.

La música occidental también está concebida a partir del silencio. Durante dos mil años ha estado madurando dentro de paredes.

Las paredes introdujeron una cuña entre la música y el paisaje sonoro. Los dos se separaron y se volvieron independientes.

La música dentro; el pandemonium (es decir, los demonios) afuera.

Pero todo lo que se ignora regresa. La oscuridad vehemente del paisaje sonoro regresa para enfrentarnos en la forma de contaminación sonora.

En tanto problema articulado el ruido pertenece exclusivamente a las sociedades occidentales. Se trata de la disonancia entre el espacio visual y acústico. El espacio acústico permanece soslayado porque no puede ser poseído. Se le retiran los privilegios – una alcantarilla sonora. Hoy vemos el mundo sin oírlo, desde atrás de edificios vidriados.

En una sociedad aural todos los sonidos son importantes, aún cuando apenas se los alcance a oír casualmente.

«En el momento en que oigas el grito de la grulla inicia la plantación de invierno» (Hesiodo: Trabajos y días).

En Ontario la señal para parar de taladrar los arces es cuando se oyen las ranas de primavera; después de ello, el hielo se derrite, la savia es más oscura, el jarabe es inferior.

Otro ejemplo: un hombre camina por la nieve. Se puede saber la temperatura a partir del sonido de sus pasos. Es una forma distinta de percibir el medio ambiente; una en el que los sentidos no están divididos; una que reconoce que toda la información está interconectada.

Algunos sonidos son tan únicos que una vez que uno los oye jamás podrá olvidarlos: el aullido de un lobo, la llamada del somorgujo, una locomotora a vapor, una ametralladora.

En una sociedad aural sonidos como éstos pueden ser resaltados y mimetizados en una canción y en el habla tan fácilmente como la sociedad visual puede hacer un dibujo o un mapa.

La sociedad visual siempre se muestra sorprendida por la capacidad de retención aural de personas que no pasaron aún por la fase visual. El Corán, la Kabala y la Ilíada fueron memorizados una vez.

Recuérdalo.

El ser humano visual tiene instrumentos para ayudar a retener las memorias visuales (pinturas, libros, fotografías). ¿Cuál es el dispositivo para retener memorias aurales?

La repetición.

La repetición es el medio de la memoria para el sonido.

La repetición es el medio por el cual los sonidos son retenidos y explicados.

La repetición es el medio por el cual la historia del mundo se afirma.

La repetición nunca analiza; simplemente insiste.

La repetición hace que el escucha participe en la declaración, no comprehendiéndolo, sino conociéndolo.

«Está escrito, pero te digo que… » Y te lo diré una y otra vez, porque hay que Oír para Creer.

Cuando logramos liberarnos del predominio del mundo visual-analítico y lo reemplazamos por la intuición y la sensación, comenzamos a descubrir nuevamente la verdadera afinación del mundo y la exquisita armonía de todas sus voces.

Encontraremos el centro.

Entonces, todo el cuerpo se convertirá en oído y todos los sonidos vendrán a ti, los conocidos y los desconocidos, los dulces, los tristes y los urgentes.

Cuando mi cuerpo yace en la noche blanco y azul en la cama, todos los sonidos llegan a mí desde su propio acorde, sin apuro, extrañamente mezclados, los levemente tonales y los suaves crujidos de las montañas. En ese momento, oír es estar en alerta máxima … y oigo cantos delante mío … cuando voy más allá «al país que ama el silencio».


(*) Publicado originalmente en:
R. Murray Schafer: Voices of Tyranny, Temples of Silence
Traducción: Grupo Paisaje Sonoro, tomado de eMe

«Primera etapa, pequeña etapa», dicen los camelleros de las caravanas persas, que saben de sobra que, en la misma noche de la partida, todos se dan cuenta de repente de que se han olvidado algo en casa. Por lo general, tan solo se recorre un farsar, para dar tiempo a los despistados a acercarse a su hogar y volver a la caravana antes de que amanezca. Para mí, esta forma de tener en cuenta los despistes es una razón más para amar Persia. No creo que en este país exista ni una sola disposición práctica que pase por alto la irreductible imperfección humana.

Nicolás Bouvier, en Los caminos del mundo

Ahora

Decir lo que se ve, lo que se ha visto.

Yo vi una jirafa de papel maché, enorme, en una calle de Marsella. Una mañana. Y vi una y otra vez los libros que había en la rodilla de la jirafa y elegí uno y lo llevé hasta el cuarto de un hotel marroquí.

Vi una lluvia torrencial en una plaza de Lyon y acepté el paraguas que me ofrecieron en la mesa de un café.

Vi a Saint Michel enorme e iluminado en la esquina del boulevard y caminé dando vueltas hasta perderme.

Vi un ciervo detenido mirándome en el bosque de Mont Noir y vi el loquero de Bailleul y vi las paredes, los niños, el café deshabitado de Saint-Jans-Cappel y el cementerio donde está Nadja. Y escuché las charlas sobre India y la desoladora violencia y escribí cartas en papel de avión desde un cuarto que daba al bosque, cartas que se retrasaban por la furia de un volcán.

Vi todas esas escaleras en Lisboa. Los cigarrillos encendidos al paso por alguien que no conocía. Henrique y su caminata de noche, la luz increíble de esas calles blancas, un salón de té con Manuel y Rosario.

Vi el techo de una sala de emergencias de un aeropuerto en un país extranjero. Y vi mi cara irreconocible, otra cara donde debía estar la mía, un espejo de otra ciudad extranjera, otro país, el terro estrepitoso de perder el rostro. Marcel Schwob. Los “sin cara”. El humo saliendo de las bocas.

Yo vi cosas que no terminaba de entender. Luces.

Vi trenes de carga tapados de piedras. Y me subí a muchos vagones. Vagones detenidos  o en movimiento. Los perseguía corriendo al lado de las vías.

Yo vi haces de luz donde flotaban pequeñas partículas en tantos lugares donde estuve encerrada. 

Y oí conversaciones que no me estaban destinadas e hice lo que pude para entender o para no entender, según fuera el caso.

Yo miré desde ventanas de casas, departamentos, hoteles, pensiones, aviones, colectivos, trenes, hospitales, aeropuertos, edificios. Yo iré hacia afuera buscando algo que hubiera quedado ahí. Como si hubiera cierta serenidad en pensar que hay un adentro y un afuera. Mirar la calle desde la ventana de un refugio celebrando no estar a la intemperie.

Eugenia Almeida, en Inundación

Lo que más siento, en punto a detalles de mi vida que se me han olvidado, es no haber hecho un diario de mis viajes. Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie y solo. El andar tiene para mí algo que me anima y aviva mis ideas; cuando estoy quieto, apenas puedo discurrir: es preciso que mi cuerpo esté en movimiento para que se mueva mi espíritu. La vista del campo, la sucesión de espectáculos agradables, la grandeza del espacio, el buen apetito, la buena salud que se logran caminando, la libertad del mesón, el alejamiento de todo lo que me recuerda la sujeción en que vivo, de todo lo que me recuerda mí situación, desata mi alma, me comunica mayor audacia para pensar, parece que me sumerge en la inmensidad de los seres para que los escoja, los combine y me los apropie a mi gusto sin molestias ni temores. Así dispongo como árbitro de la Naturaleza entera; mi corazón, vagando de un objeto a otro, se asocia, se identifica con los que le halagan, se rodea de encantadoras imágenes, se embriaga de sentimientos deliciosos. Si para darles mayor fijeza me entretengo en describirlos dentro de mi mismo, ¡qué pincel tan vigoroso, qué frescura de colorido, qué energía de expresión logro comunicarles! Dícese que en mis obras se ha encontrado algo de todo esto, a pesar de haber sido escritas en el ocaso de mi vida.
Ah, si se hubiesen visto las de mis primeros años, las que he hecho durante mis viajes, todas las que he compuesto, pero que no he escrito nunca!… ¿Por qué no escribirlas?, se dirá. -¿Y para qué?, replicaré yo; ¿por qué desprenderme del encanto de mis goces para decir a los demás cuánto gozaba? ¿Qué me importaban a mi los lectores, ni el público, ni la tierra, mientras yo me cernía en los espacios? Y además, ¿llevaba acaso papel ni plumas? Si hubiese pensado en ello no se me hubiera ocurrido nada. Yo no preveía que tendría más tarde ideas que revelar al mundo. Se me ocurren cuando ellas quieren, no cuando yo quiero. O no se me ocurren, o vienen en tropel y me anonadan por su fuerza y por su número. No habrían bastado diez volúmenes diarios. ¿Ni cómo tener tiempo para tanto? Cuando llegaba a un punto, no pensaba más que en comer bien; cuando me ponía en marcha, sólo en hacer mi camino. Conocía que un nuevo paraíso me esperaba fuera, y no tenía otro pensamiento que ir en su busca.

En Las confesiones

Los nadadores de aguas abiertas
hablan del agua, incansables;
la diferencian, la asocian
como si persiguieran
un rastro infinito.
El agua que describen
no es solo agua,
entre el pedregullo y las arenas
se carga de sólidos
entre las corrientes
toma la fuerza
de un animal prehistórico.
Más densa, más liviana,
amarga, abrazadoramente cálida.
El agua en la que se sumergen
nunca es la misma,
pero no repiten,
encarnan precarizada
la frase de Heráclito.
Los nadadores testean
cuando respiran tensos
al filo de la hipotermia,
cuando el barro del fondo
enturbia las antiparras,
cuando se dejan ir también,
en un placer amniótico.
Más tersas, más ásperas,
más dulces;
cuando la brazada avanza
descubren. Levantan
esa planicie inestable
buscan cómo sostenerse
o remontar,
igual que en el gran océano
del vivir,
qué objeto servirá
para fijar el rumbo
o qué es el equilibrio
sin apoyo.
En el aliento
la obsesión por el agua.
Los nadadores alzan
oscuras masas de soledad;
emergen entre enormes
intocadas masas líquidas,
siempre al borde
de ser tragados,
siempre en el límite
de lo incompatible.
En una deriva
picada por vientos
entre algas y desechos
de los tiempos modernos
nadar el mar
como se nada lo real.
Abro la puerta de mi casa,
soy la nadadora
que con los brazos vuelve
a un rudimentario atavismo.
Espíritu del agua,
abrime el paso,
mundo de la carne
y de los intercambios humanos
voluptuoso y denso,
cuál es el resquicio:
agua reticente atravieso
agua herida, agua
del primer sí.