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Mientras amanece

 

Los ronroneos de los gatos
la lluvia que cae del cielo
el pan del amanecer
y las alas del picaflor
que no se ven

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Liberación deseada

Qué gran cosa es
si llegamos de afuera
y en nuestros ojos
al venir, traemos
el vuelo de la paloma.
Si traemos también
en el yugo del alma
el suspiro de la libertad
y en nuestra piel
la salud del viento.

 

Sãso potapy

Tuichaite mba’e niko
pe okágui jajúrõ
ha ñande resápe
jaru jajukuévo
pykasu veve. Jarurõ avei
ñane ánga sãre
sãso pytuhê
ha ñande pirére
yvytu resãi (2002: 48).

 

 

 

 

El pujo

De una hora a la otra, él va cambiando,
perdiendo alguna vieja habilidad.
Con las rodillas dobladas, el cuerpo color hojalata
y el pelo negro y gris engrasado
como para un ritual, de cabeza,
mi padre avanza, hora a hora,
hacia la muerte. Y siento cada centímetro suyo
atravesándome, igual que cada hijo
que bajó lentamente por mi cuerpo,
como si yo fuese Dios y sintiera los ríos
pujar en mí, la presión de la tierra, el universo
mismo acarreado simple y sólidamente,
pasando a través de mi cuerpo como una servilleta
a través de un aro—
como si mi padre pudiera vivir y morir
a salvo dentro de mí.

Vuelvo a 1937

Los veo en la entrada de la universidad,
veo a mi padre
bajo el arco de piedra ocre
con las tejas rojas brillando como platos
de sangre inclinados detrás de su cabeza, veo
a mi madre con unos pocos libros sobre la cadera
parada contra la columna de ladrillitos,
con el portón de hierro todavía abierto detrás,
las puntas de las espadas bajo el viento de mayo.
Están a punto de graduarse, están a punto de casarse,
son chicos, son tontos, lo único que saben es
que son inocentes, nunca le harían daño a nadie.
Quiero acercarme y decirles paren,
no lo hagan —ella es la mujer equivocada,
él es el hombre equivocado, van a hacer cosas
que ni se imaginan que podrían hacer,
van a hacerles cosas malas a sus hijos,
van a sufrir de un modo del que nunca oyeron hablar,
van a querer morirse. Quiero
acercarme a ellos, ahí bajo esa luz de fin de mayo, y decírselos,
que la cara de ella, linda y hambrienta se dé vuelta a mirarme,
con su cuerpo hermoso y lamentable intacto,
que la cara de él, apuesta y arrogante, se dé vuelta a mirarme,
con su cuerpo hermoso y lamentable intacto,
pero no lo hago. Quiero vivir.
Los levanto como los muñecos de papel, macho y hembra, que son
y los froto a la altura de la cadera como astillas de pedernal, como para
sacarles chispas, les digo
hagan lo que estaban por hacer, que yo voy a contarlo.

 

Poema tardío a mi padre

De pronto pensé en ti
de chico en esa casa, los cuartos sin luz
y la chimenea caliente con el hombre frente a ella,
silencioso. Te movías a través del aire pesado
en tu belleza, un niño de siete años,
indefenso, inteligente, había cosas que el hombre
hacía a tu lado, y era tu padre,
el molde del que estaba hecho. Abajo en el
sótanos, los barriles de manzanas dulces,
recogidas del árbol bien maduras, se pudrían y
se pudrían, y más allá de la puerta del sótano
el arroyo corría y corría, y algo no te fue
dado, o algo te fue
quitado, algo con lo que habías nacido, de modo que
aún a los 30 y 40 te llevabas
cada noche la medicina aceitosa a los labios para que te ayudara
a caer en la inconsciencia. Siempre pensé que
el punto era lo que nos hiciste a nosotros
como hombre grande, pero después recordé a aquel
niño formándose delante del fuego, los
pequeños huesos dentro de su alma
retorcidos y rotos desde el tallo, los pequeños
tendones que sujetaban el corazón en su lugar
se quebraron. Y lo que te hicieron
tu no me lo hiciste. Cuando te amo ahora,
me gusta pensar que le estoy dando mi amor
directamente a ese niño en el cuarto del fuego,
como si pudiera llegarle a tiempo.