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De todos modos, creer para crecer y crear:
ya distinguimos los chingolos de los gorriones
y sabemos que el pasaje Bollini solo dura dos cuadras,
pero, aún así, nos acompaña.

Truena sordamente, como si desde arriba nos hablaran,
y aunque es confuso entender lo que nos dicen
-siempre es confuso lo que los de arriba nos dicen-,
¿alcanzaremos a ver tanta belleza desde alguna ventana?
¿hay una puerta para entrar al mundo?
¿un balbuceo?
¿una palabra?

No sé:
perdí el papel donde tenía la dirección exacta.

 

Alberto Szpunberg, en Sol de noche

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Fugaz, rara, la vida

Cabra entre las cabras, cedro
entre los cedros; agua fresca
en el chubasco, terrón reseco
en la sequía; carancho
tras el conejo, cuis en el buche
de la culebra; brote en el plantío,
remolino en la borrasca; pez
en el pico de la grulla, ratón
entre las patas de la tarántula.
Flor que nace de la flor, jabalí
que embiste bajo la lluvia, ardilla
que rápida asoma y se oculta.
Mi propio cuerpo germinando
en la tierra húmeda; mi alma…
que va en la brisa, que se precipita
con el aguacero, que susurra en
el disturbio del río, en la mudez
del presagio. Caravana salvaje
de la que somos parte; un día aves,
otro ciervos, otro hormigas, otro leones,
o vendaval o alud o luna llena…
Vanos, triviales, breves, leves,
somos chispazo, apenas un gesto
en el descomunal y secreto ajetreo.

 

César Bandín Ron

La memoria de la tierra sagrada
Por Liliana Ancalao Meli
Tomado de la página del Festival de poesía de Medellín

Con inmensa responsabilidad vine a traerles estas palabras, como ser humano de este planeta, como mujer, como parte del pueblo mapuche, un pueblo que después de una hecatombe, viene juntando lentamente sus pedazos.
Vengo del sur, del principio de mi mundo, lugar al que hoy llaman patagonia, lugar al que hoy publicitan turísticamente como fin del mundo.
Allá donde vivo es una ciudad con un nombre muy extraño, se llama Comodoro Rivadavia, queda en la costa del Océano Atlántico.
A esta ciudad llegaron, muy jóvenes mi papá Ancalao y mi mamá Meli, quienes debieron dejar el campo, corridos por la pobreza material. Debieron abandonar un espacio limitado y asignado por el estado argentino, después de la Guerra del desierto. Debieron dejar el campo porque no era suficiente para dar sustento a todos, cambiar el ciclo de la siembra y el ciclo de las pariciones, por un empleo, un salario, horarios y patrones.
De este hermoso par, nacimos seis hijos. Cuando nací en 1961, mi familia estaba instalada en un campamento petrolero. En aquel momento la empresa que administraba la extracción de este combustible fósil era holandesa. Mi papá fue obrero petrolero durante 30 de sus años y mi mamá fue empleada doméstica de los administradores de la empresa.
Nosotros como niños, pasamos jugando, sobre puentes de metal bajo los que corrían arroyitos de agua con aceite y petróleo en la superficie. Pisamos la tierra negra de petróleo alrededor de los pozos abandonados. Nosotros, los desmemoriados.
Hoy, la cuenca del Golfo San Jorge, en la que se encuentra la ciudad de Comodoro Rivadavia, sigue siendo un lugar de explotación petrolera, se extrae petróleo del suelo y también de la plataforma submarina.
Hoy, a los habitantes de la ciudad nos controlan el consumo de agua y periódicamente cortan el suministro a los distintos barrios, hasta que se vuelven a llenar las reservas. Las administradoras del recurso justifican los cortes de agua con la rotura de las cañerías que transportan el agua desde los lagos, pero todos sospechamos que son las empresas petroleras que operan en la zona las que utilizan el agua en cantidades exorbitantes para extraer el petróleo.
Y estamos entrampados, aún, los que no necesitamos trabajar para las petroleras, testigos de la depredación de la tierra y muchos, siendo parte, mes a mes, año a año, por un salario, una obra social, una jubilación.
Es la trampa del capitalismo.
En el sur de este continente, nació mi historia, el relato de mi pueblo Mapuche.
En mi historia hay un antes y un después de lo que los más ancianos recuerdan como el tiempo “cuando se perdió el mundo”, un antes y un después de lo que historiadores occidentales llaman “conquista del desierto y pacificación de la Araucanía”, aproximadamente en el año 1880 del calendario gregoriano.
Un antes y un después del momento en que la primera bala del Winchester trizó el universo. El rifle que el capitalismo compró al ejército chileno-argentino para que nos eliminara.
Tuvieron que matarnos para clavar sus garras deforestadoras, desertificantes, depredadoras, contaminantes; sus garras civilizadas, en el wall Mapu, el territorio. Y nos mataron de diferentes modos: a balazos, desangrados, hambreados, separándonos de nuestros hijos, borrándonos la memoria.
Ahí, cuando se perdió el mundo. Cuando pisotearon la tierra. Cuando destruyeron el puente de la cordillera con fronteras, cuando los latifundios clavaron los postes del alambre y parcelaron el territorio. Hace poco más de un siglo. Silenciaron nuestro idioma, desarmaron nuestra organización política, desmembraron nuestros lazos amorosos, desparramaron a nuestros parientes, delimitaron nuestros espacios, trajeron una religión y una educación ajenas a la naturaleza.
Nuestra historia ha estado siempre, espiritualmente, ligada a la tierra. Nuestra relación con la tierra no es sólo de extracción para recoger sus frutos y cosechas, sino de veneración. Cíclicamente nos renovamos con sus fuerzas. Las fuerzas de la tierra a las que respetamos y a las que hacemos propicias cumpliendo con nuestros rituales.
Nuestra historia ha estado siempre, resistentemente, ligada a la historia del planeta. Nuestra memoria oral recuerda los relatos de inundaciones, erupciones volcánicas y terremotos que dieron vuelta el espacio, lo sacudieron hasta hacernos pensar que era nuestro fin. Y la realización del ritual, el nguillatun, ese tiempo- espacio adonde ofrendamos y pedimos, nos volvió a acomodar en el ciclo de la vida.
Pero el cataclismo de la guerra y la depredación de la tierra no pertenecen a la historia del planeta sino a la historia de la humanidad. Esta muerte desembarcó aquí con el winka, con su cosmovisión, que considera al hombre como el rey del planeta, que considera que el río, el pájaro y el aire, existen para estar a su servicio, que considera a la tierra como un recurso económico.
Hoy, todos sabemos, que esta agonía que lleva poco más de un siglo en el sur, se inició mucho antes en el resto del planeta. Sabemos también que la destrucción se ha acelerado en el último siglo. En el siglo pasado, siglo del vértigo, en el que nacimos los aquí presentes.
En la historia de mi pueblo yo nací dos generaciones después de la guerra del desierto. Nosotros, los Ancalao Meli, como muchos otros niños mapuche nacidos en la ciudad, éramos inconcientes del dolor de la tierra, no sabíamos quiénes éramos, de qué pueblo, qué raíces, qué historia. El estado se había ocupado de borrarnos la memoria. Ésa había sido parte de su política de integración.
Nacimos en el tiempo de la desmemoria. Fuimos niños y adolescentes sin memoria. Esta desmemoria conveniente a los estados nacidos de la matanza y el robo, conveniente también a las dictaduras militares.
El año 1992, cuando se cumplieron los quinientos años del desencuentro, marcó un hito en nuestra conciencia y aquellos que nos veníamos cuestionando nuestra identidad, comenzamos a actuar para recuperar la memoria.
Y la memoria nos sigue trayendo respuestas que iluminan.
Ahora sé que soy mapuche, que mapuche significa ser humano de la tierra.
Ahora sé que el idioma que nació de mi pueblo, allí, en el principio del mundo y desde el principio del mundo es el mapudungun, que significa el idioma de la Tierra.
Ahora sé, que el kultrún, nuestro instrumento sagrado, representa al planeta, a wenu Mapu que es el espacio de la atmósfera, a trufken Mapu que es la superficie y a minche Mapu que es el subsuelo. Que en el kultrún se representan los cuatro ciclos de las estaciones a partir del Wiñoy Tripantu, el año nuevo que en nuestro hemisferio sur es en el mes de junio.
Ahora que las fuerzas de la naturaleza están cortadas por alambrados, cables y caños.
Minche Mapu entubada
Trufken Mapu habitada por herejes
Wenu Mapu sofocada por gases.
Ahora que al planeta le niegan su condición de sacro.
Este relato de la historia del pueblo mapuche, nos encuentra en este milenio, haciendo circular, nuevamente, la memoria.
La memoria de los pueblos debe regresar hasta esa etapa en que la Tierra era sagrada, para recuperar sus rituales y restaurar nuestra fuerza. La fuerza que necesitamos para hacer frente a sus depredadores.
Porque aquella vez no se perdió el mundo.
Mientras Francisco Pascasio Moreno, prócer de los naturalistas argentinos, organizaba la exhibición de nuestros esqueletos en las vitrinas del museo natural de la ciudad de La Plata, mientras el perito Moreno donaba con generosidad 7.500 has de nuestro territorio al estado argentino, para la creación de un área protegida como Parque Nacional, mientras los winkas pensaban cómo proteger a la naturaleza de sí mismos; algunos de sus prisioneros de guerra pudieron huir.
Huyeron de las ciudades, de las casas de los ricos, adonde se los había entregado como esclavos, de los campos de concentración, de los campos con propietarios; y rumbearon al lugar en el que habían estado sus comunidades.
Los relatos que vamos recuperando, ahora, nos iluminan.
Siempre, hay un anciano que cuenta lo que quedó en la memoria de la familia: un hombre, o una mujer, a veces un niño, perdido en la inmensidad de un paisaje desconocido. Un ser humano hambriento, sediento, cansado, que quiere volver a reunirse con sus seres amados, comienza a sentir que no podrá con su cuerpo.
Entonces aparece un nahuel, el tigre… o un pangue, el puma, a veces un pájaro, el ñanco. Un newen, una fuerza de la naturaleza, compasivo. Que guía al extraviado, que escucha sus palabras de dolor, le trae alimento, le señala las aguadas, lo acompaña hasta que está a salvo.
Y allí en el medio del agradecimiento del ser humano de la tierra, surge el taüll el canto sagrado de esa fuerza propicia, el taüll atesorado que nos recuerda que la Mapu nos siguió reconociendo, después del cataclismo de la guerra.
Hace poco tiempo, escuché el canto del bosque en la voz de un machi muy joven. Un canto profundo y hermoso, que acariciaba el estómago. Estábamos todos muy conmovidos respirando ese momento sagrado, al lado de un río, Kurru leufu. Y la voz del machi se quebró y comenzó a llorar y el canto del bosque era un llanto: grave y sombrío.
En ese momento se depositó en mí, esta conciencia espiritual de la naturaleza, esta conciencia de ser parte de un tejido delicado, poderoso y ahora, dañado.
Mientras preparo estas palabras recuerdo, emocionada, que mañana, nos juntaremos como desde hace algunos sábados, en un barrio de la ciudad, a cantar.
A aprender canciones del vivir cotidiano. A aprender las canciones sagradas correspondientes a nuestro linaje. Las canciones para venerar a las fuerzas de la tierra, a sus newenes.

Seguiremos recuperando la memoria:

fill Mapu kiñekisungey ka inchiñ ka tüfa püllungey,
toda la tierra es una sola alma y somos parte de ella.

No es fácil encontrar una piedra

Había una vez una ciudad.
Y en la ciudad un hombre, un hombre triste.
Para escapar a su tristeza, el hombre huyó.
Cruzó el centro. Las veredas angostas. Las calles llenas de gente.
Dejo atrás letreros luminosos. Ruidos de bocinas. Chimeneas de fábricas. Semáforos. Atravesó los barrios. Las casas chatas. Los baldíos con paraísos. Las esquinas llenas de chicos. Sin detenerse ni una vez.
Y al atardecer llegó al campo, una llanura verde donde las vacas pastaban. En el campo el hombre buscó una piedra. No es fácil encontrar una piedra en la llanura, pero el hombre buscó y buscó hasta encontrarla. Y sobre ella se echó a llorar.
El brazo en ángulo sobre la piedra y sobre el brazo la cabeza del hombre que lloraba. Ese atardecer, cerca de esa piedra, pasó un chico.
Cuando el chico vió al hombre llorando, sintió el impulso de preguntarle cuál era la razón de su pena. Pero se contuvo.
Volvió a pasar junto a la piedra, unos días después y el hombre seguía llorando. Entonces el chico se animó: “Hace meses que estas sobre esa piedra llorando, ¿qué es lo que te pasa?”
El hombre que lloraba levantó la cabeza y como quien cuenta un sueño contó:

“Yo vivía en la ciudad. Y en la ciudad estaba triste. Para olvidar mi tristeza intenté escapar. Crucé el centro. Las veredas angostas. Las calles llenas de gente. Dejé atrás letreros luminosos. Ruidos de bocinas. Chimeneas de fábricas. Semáforos. Atravesé los barrios. Las casas chatas. Los baldíos con paraísos. Sin detenerme ni una sola vez. Al atardecer llegué al campo, a estas llanuras donde las vacas pastan. Quise encontrar una piedra.  No es fácil encontrar una piedra en la llanura, pero yo busqué y busqué hasta conseguirla. Y sobre ella me eché a llorar.
El brazo en ángulo sobre la piedra y sobre el brazo mi cabeza.
Lloré desconsoladamente, las lágrimas resbalaron por mi rostro.
Los rayos del sol se filtraron entre mi brazo y mi cabeza.
Y la luz tocó mis lágrimas.
Y el agua de mis lágrimas descompuso esa luz en mil colores.
Y era tan hermoso que tuve que seguir llorando para verlo.”

La rebelión de las cosas

¿Escuchaste a las cosas hablar?
¿murmurarte su calma
cuando entrás a tu casa?
vasijas, libros, piedras recogidas
una muchedumbre por los estantes
te interpela.
¿Las escuchás rebelarse?
¿decirte de tu alteración
al manipularlas?
se vuelca la sartén
se derrama el aceite y pudo
haber sido
una catástrofe.
¿Escuchaste a las cosas hablar?
a veces incluso dar lecciones,
de termodinámica con la vibración
que las desliza,
con el calor
que las hace intratables,
o de astronomía
cuando una planta te indica
por su palidez el exceso
de luz, las entradas
del sol, según las épocas.
Maestras silenciosas del azar
y los cambios, en la repetición:
es julio y ya están abriendo
los pimpollos de jazmín.
Limpiaste de hojas el cantero
y sin buscarlo creció un helecho.
Un círculo de irregularidades
a cada instante te convoca;
verdadera academia
socrática de la convivencia.
Cada perla hallada, un mundo
completo y orgánico.
Cada día afinar
la escucha.

Alicia Genovese
(de La línea del desierto, Gog y Magog 2018)

Liberación deseada

Qué gran cosa es
si llegamos de afuera
y en nuestros ojos
al venir, traemos
el vuelo de la paloma.
Si traemos también
en el yugo del alma
el suspiro de la libertad
y en nuestra piel
la salud del viento.

 

Sãso potapy

Tuichaite mba’e niko
pe okágui jajúrõ
ha ñande resápe
jaru jajukuévo
pykasu veve. Jarurõ avei
ñane ánga sãre
sãso pytuhê
ha ñande pirére
yvytu resãi (2002: 48).