Peloponeso, el nombre que tiene una guerra adentro, una guerra que duró treinta años, cambió el nombre y la fisionomía de las provincias, desperdigó por el mundo un ejército de sátrapas que gobernaba el imperio en nombre del rey. Camino a la escuela con María nos gustaba pronunciar esas palabras, Micenas, Egeo, Epidauro, Jónico, nos entretenía más aprenderlas con saltitos y palmadas que perdidas en la lección de historia griega. Antes o después de cristo era como tirar el pañuelito al agua y volverlo a recoger.
Por el desfiladero de la imaginación tocábamos las ruinas de Corinto y saludábamos a los hombres de túnicas que bebían amaban y mataban con el mismo fervor olímpico de algunos reyes actuales. Saltábamos la soga en una calle de mármol que iba de la ciudad al puerto y un coro de mujeres sentadas en las terrazas con las piernas cruzadas nos miraban como espectadoras entusiastas, son las mujeres que disuelven los ejércitos me decía María que nunca pudo pronunciar Lisístrata sin que se le trabe la lengua. Así, como protagonistas de un teatro de papel que representábamos toda la tarde en la esquina, atravesábamos puertas de antiguas fortalezas y secretos pasadizos hacia las nuestras hasta la hora en que los escarabajos rebotaban contra la luz de mercurio. Lo demás era un barrio obrero, una calle entoscada que nos llevaba a la fábrica de dulce de leche, un potrero de paja brava y más allá el descampado donde imaginábamos pedazos de cielo adentro del mar para que rebalse de dicha nuestro anhelo de zarpar en una nave hacia el vellocino de oro.
Cuando los escarabajos exhaustos comenzaban a caer era hora de entrar a casa. Adentro de la casa había un televisor blanco y negro, adentro del televisor una señora de grandes rulos, vestía un saco escote en V y un collar de perlas. Movía la boca, movía la boca y con su dedo en alto tocaba dos islas del sur. Afuera sobre el lomo de la vereda retumba aún el golpe de la palabra sátrapa.

 

Andrea Iriart, en Los limites imaginarios (en edición)

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red
los días nacen heridos
y tengo que caminar descalza por la isla
repetir como un mantra
esta es mi casa
este el bastión de mi fe y mi deseo
no van a poder con nosotros
el río que en la mañana brilla como mil perlas
lleva mi voz
rebelión cotidiana y pequeña
el río que sabe
trae voces amigas
no estamos solos
tenemos algo de hormigas
trazando caminos invisibles
en la costura de la tierra

La mayor diferencia entre la prosa y la poesía no radica en una cuestión de ritmo, de música o de mayor o menor presencia del elemento racional. En estos rubros, en contra de la opinión corriente, prosa y poesía son iguales. La verdadera diferencia, diría la única, es que sólo hay una forma de escribir un poema, y es verso a verso, mientras no se escriben un cuento o una novela línea por línea. El cuentista y el novelista siempre saben un poco más de lo que están escribiendo; el poeta sólo sabe, de lo que escribe, el verso que lo tiene ocupado, y más allá de él no sabe nada; así, cada nuevo verso lo toma de sorpresa. Todo poema está fincado sobre la sorpresa de quien lo escribe y, en consecuencia, sobre su nula voluntad de construir algo, que se reafirma a cada paso, en cada verso. Siendo en mucha mayor medida que la prosa un arte de la escucha, la poesía debe ajustar cuentas con cada paso que da, antes de concebir el siguiente, y por eso carece de expectativas. La prosa, en cambio, es industriosa. Se dirige hacia un punto, todo lo nebuloso que se quiera, pero real. Como un hombre que avanza por un sendero en medio de una espesura sofocante, no puede ver más allá de unos cuantos metros, pero algo ve; la poesía es como un hombre en una cueva oscura, que antes de dar el siguiente paso debe afianzar ambos pies y encomendarse a Dios. En esto radica su mayor dificultad, pero también su condición más indolora con respecto a la prosa, que es dolorosísima, porque al admitir cierto grado de planeación, nunca se deja abandonar por completo y absorbe a su autor aun cuando éste no escribe, mientras que el poeta, no pudiendo planear nada, cuando interrumpe su poema para dedicarse a otra cosa, lo olvida fácilmente y no lo recuerda hasta el momento en que lo reanuda. La prosa es tiránica e implacable, pero juega limpio; la poesía es huidiza y engañosa: no concede nada, no promete nada. El último verso de un poema sella algo que un segundo antes no existía. No hay pues poemas truncos. En cambio, toda la prosa, en un sentido, es inconclusa.

 

Fabio Morabito, en El idioma materno

Fernando y Alicia se conocen, se gustan y empiezan a salir. Ella vive sola, él con sus padres. Una tarde ella le pide que la acompañe a su casa porque debe cambiarse de ropa para ir a una cena. Lo invita a subir, pero él titubea y le dice que todavía no está listo para conocer su casa. Ella insiste, pero él repite que no está listo. A Alicia le gusta ese recato de él. Te taparé los ojos, le dice. Suben al departamento, le cubre los ojos con un pañuelo, lo hace sentarse en el sofá de la sala y va a su cuarto a cambiarse. Cuando regresa, le ofrece un café. Platican, se dan un beso, toman otro café y él sigue con los ojos vendados. ¿Te gusta mi casa?, le pregunta Alicia, y Fernando contesta que se siente muy cómodo en ella. Entonces vente a cenar mañana, le dice. Él titubea, pero Alicia le asegura que volverá a cubrirle los ojos. En efecto, cuando llega al otro día, ella le pone la venda y le hace un tour por el departamento, poniendo unos objetos en su mano para que los conozca con el tacto, entre ellos una foto de sus padres, y golpea cada cosa para que Fernando escuche su sonido. Completa el recorrido acústico arrastrando sillas, rompiendo un vaso, abriendo los grifos de la cocina y corriendo el 30 agua del retrete. Después lo lleva a su cuarto y ahí, en la cama, se le entrega sin pedirle que se quite la venda. En las siguientes semanas hacen el amor de la misma forma. Él ahora se mueve en esa casa con soltura, ya casi no choca contra los muebles como los primeros días y, por fin, le anuncia que está listo. Llega sin la venda en los ojos y cuando ella le abre la puerta, se queda inmóvil mirando la sala y el comedor, que conoce tan bien. ¿Es como te lo imaginabas?, le pregunta ella temblando. Nunca es como uno se lo imagina, responde él. Tómate tu tiempo, le dice ella, y se encierra en su cuarto. Él pasa revista a todo el departamento y acaricia cada objeto casi sin mirarlo, inquieto por la idea de que la verá desnuda, y se acerca poco a poco a su recámara donde ella aguarda nerviosa y ruega que le guste toda la casa, incluido su cuerpo.

 

Fabio Morabito, En El idioma materno

“Los alfabetos existen
la lluvia de los alfabetos
la lluvia que se cuela
la gracia, la luz
interespacios y formas
de las estrellas, de las piedras

el curso de los ríos
y las emociones del espíritu

las huellas de los animales
sus calles y caminos

la construcción de nidos
consuelo de los hombres

luz diurna en el aire
los signos del cernícalo

comunión del sol y del ojo
en el color

la manzanilla silvestre
en el umbral de las casas

el montón de nieve, el viento
la esquina de la casa, el gorrión

escribo como el viento
que escribe con la escritura
serena de las nubes

o rápidamente en el cielo
como con golondrinas
en trazos que desaparecen
escribo como el viento
que escribe en el agua
estilizada y monótonamente

o rueda con el pesado alfabeto
de las olas
sus hilos de espuma
escribo en el aire
como escriben las plantas
con tallos y hojas

o dando vueltas como con flores
en círculos y mechones
con puntos e hilos

escribo como el borde de la playa
escribe una orla
de crustáceos y algas

o delicadamente como con nácar
los pies de la estrella de mar
y la baba del mejillón

escribo como la primavera
temprana que escribe
el alfabeto común
de anémonas, de hayas
de violetas y de acederillas

escribo como el verano
infantil como el trueno
sobre las cúpulas de la linde del bosque
como blanco oro cuando maduran
el relámpago y el campo de trigo

escribo como un otoño
marcado por la muerte escribo
como esperanzas inquietas
como tormentas de luz
atravesando recuerdos brumosos

escribo como el invierno
escribo como la nieve
y el hielo y el frío
y la oscuridad y la muerte
escriben

escribo como el corazón
que late escribo
el silencio del esqueleto
y de las uñas y de los dientes
del pelo y del cráneo

escribo como el corazón
que late escribo
el susurro de las manos
de los pies, de los labios
de la piel y del sexo

escribo como el corazón
que late escribo
los sonidos de los pulmones
de los músculos
del rostro, del cerebro
y de los nervios

escribo como el corazón
el corazón que late
los gritos de la sangre y de las células
de las visiones, del llanto
y de la lengua. ”

 

 

 

Fragmento

La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo….

 

 

En El arco y la lira

Yo creo que cuando uno escribe hay dos voces –como mínimo–: la voz que uno identifica como propia y la voz extraña. Elijo siempre que quede la voz que me resulta extraña. La voz propia es el disparador del poema. Una situación, una frase en una revista que tiene el rango de algo que puede ser poesía. Eso va al papel y se trabaja hasta que su significado se expande y ya no dice una sola cosa, como en la publicidad, sino que sus preguntas son múltiples -siempre está en estado de pregunta, aunque aparente afirmar algo-. Es decir, de hechos personales, en los que nos involucramos emotivamente, sale un poema, como algo que nos excede y que, en la repetición, nos cambia, nos altera, como una luz de giro. Creo que es clave para un escritor leer literatura de registros diferentes: esto expande la percepción, modifica la paleta de colores.

 

Fabián Casas, citado en Frugoni, Sergio: Imaginación y escritura