tu voz está oscura
de besos que no me diste/
de besos que no me das/
la noche es polvo de este exilio/

tus besos cuelgan lunas
que hielan mi camino/ y
tiemblo
debajo del sol/

tu boz sta escura
di bezus qui a mí no dieras/
di bezus qui a mí no das/
la nochi es polvu dest’ixiliu/

tus bezus inculgan lunas
qui yelan mi caminu/y
timblu
dibaxu dil sol/

A la edad de trece años robaba dinero a mis padres. Sustraía todos los días las monedas suficientes para ir al cine, al que iba siempre solo, huyendo del clima agobiante de mi casa. Iba a la primera función vespertina, cuando el cine estaba prácticamente vacío. No recuerdo una sola película, un solo título, una sola imagen de lo que desfilaba ante mis ojos. Creo que el sentimiento de ser un ladrón me impedía disfrutar del espectáculo y procuraba no mirar a la cara a la empleada de la taquilla que, estaba seguro, adivinaba de dónde venía el dinero con que pagaba el boleto. Casi no tenía amigos en esa época, mi desempeño en el colegio había caído en picada y el cine era mi único alivio. Robaba a la misma hora, después de comer, aprovechando la breve siesta de mis padres. Me temblaban las manos al hurgar en los bolsillos del saco de mi padre y en el monedero de mi madre. Reconocía al tacto las monedas que necesitaba sustraer y sólo me llevaba la cantidad justa para la entrada, ni una moneda más. Ignoro qué repercusión tuvieron esos hurtos en mi vida y me he preguntado si no influyeron en mi inclinación literaria; si la escritura no ha sido una prolongación de ellos, porque me otorgaron, junto con la vergüenza y el remordimiento, una tendencia introspectiva que más tarde me llevó a leer muchos libros y escribir yo mismo unos cuantos. No me arrepiento pues de esos hurtos y pienso incluso que habría que enseñar en los talleres literarios a robar pequeñas cantidades de dinero, porque cuando se escribe con intensidad se está en realidad robando, sustrayendo de los bolsillos del lenguaje las palabras necesarias para aquello que uno quiere decir, justo esas palabras y ni una más. Todavía hoy, después de muchos años, acostumbro levantarme muy temprano para escribir, cuando todo el mundo está dormido. No concibo la escritura como una actividad preclara, sino furtiva. Busco las monedas justas para huir del clima agobiante de siempre. Como me levanto muy temprano, mis amigos me admiran por mi disciplina.

 

Fabio Morábito, en El idioma materno

Si no envejeciéramos, si el tiempo y su paso no estuvieran construidos en el propio código de la vida, la reproducción sería innecesaria y no existiría la sexualidad. Siempre ha estado claro que la sexualidad es un salto de la especie por encima de la muerte; es ésta una de las verdades que preceden a la filosofía.
El amor también intenta saltar sobre la muerte, pero, por definición, su salto no puede ser igual que el salto de la especie porque el ser amado constituye la imagen más definida, más diferenciada que pueda imaginar la mente humana. Cada uno de tus cabellos.
El impulso sexual de reproducirse y llenar el futuro es un impulso contra la corriente del tiempo que fluye sin cesar hacia el pasado. La información genética que garantiza la reproducción actúa contra la disipación. El animal sexual —como el grano de trigo— es una prolongación del pasado hacia el futuro. La escala de ese ámbito, que abarca milenios, y la distancia cubierta por ese breve circuito temporal que es la fertilización son tales que la sexualidad deviene algo impersonal, incluso para las mujeres y los hombres. El mensaje es más importante que el mensajero. La fuerza impersonal de la sexualidad se opone al no menos impersonal paso del tiempo; es su antítesis.
La pugna de estas dos fuerzas contrapuestas no sólo crea, sino también sujeta todas las vidas. El hablar de «sujeción» es otra manera de definir la Existencia. Lo que nos resulta desconcertante en la Existencia es que representa al mismo tiempo la quietud y el movimiento. La quietud de un equilibrio creado por el movimiento de dos fuerzas que se oponen.
La fuerza de la sexualidad será por siempre algo inacabado, incompleto. O, mejor dicho, finaliza, pero sólo para volver a empezar; siempre como si fuera la primera vez.
Por el contrario, el ideal del amor es contenerlo todo. «Ahora comprendo —escribía Camus— lo que ellos llaman gloria: el derecho a amar sin límites». Esta ausencia de límites no es pasiva, pues la totalidad que el amor exige sin descanso es precisamente la totalidad que el tiempo parece fragmentar y esconder. El amor es reconstruir el corazón de esa sujeción que es la existencia.
John Berger, en Y nuestros rostros, vida, breves como fotos