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Sombras

Aquí estoy entonces, solo sobre la tierra, sin tener más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo. El más sociable y el más cariñoso de los humanos ha sido proscrito de ella por un acuerdo unánime. Buscaron entre los refinamientos de su odio cuál podía ser el tormento más cruel para mi alma sensible, y rompieron violentamente todos los lazos que me ataban a ellos. Yo habría amado a los hombres a despecho de ellos mismos; sólo dejando de serlo pudieron eludir mi afecto. Ahí están, entonces, extranjeros, desconocidos, nulos en definitiva para mí, ya que así lo quisieron. Pero yo, desligado de ellos y de todo, ¿qué soy yo mismo? Eso es lo que me queda por averiguar. Desgraciadamente, esa búsqueda debe ir precedida de una mirada a mi situación: es una idea por la cual es necesario que pase para llegar de ellos hasta mí.

Hace quince años más o menos que estoy en esta extraña situación. Todavía me parece un sueño (…) Sacado no sé cómo del orden de las cosas, me vi precipitado en un caos incomprensible en el que no distingo nada de nada; y cuánto más pienso en mi situación presente, menos puedo entender adónde estoy.

En El paseante solitario

Ciégate para siempre:
también la eternidad está llena de ojos-
allí
se ahoga lo que hizo caminar a las imágenes
al término en que han aparecido,
allí
se extingue lo que del lenguaje
también te ha retirado con un gesto,
lo que dejabas iniciarse como
la danza de dos palabras sólo hechas
de otoño y seda y nada.

 

 

De Cambio de aliento. 1967
Versión de José Ángel Valente

“Conozco un modo de vida que es sombra leve desatada al viento y balanceándose levemente en el suelo: vida que es sombra fluctuante, levitación y sueños en el día abierto: vivo la riqueza de la tierra.
Sí. La vida es muy oriental. Solamente algunas personas escogidas por la fatalidad del acaso probaron de la libertad esquiva y delicada de la vida. Es como saber arreglar flores en un jarrón: una sabiduría casi inútil. Esa libertad fugitiva de vida no debe ser jamás olvidada: debe estar presente como un efluvio.
Vivir esa vida es más un recordar indirecto de ella que un vivir directo. Parece una suave convalecencia de algo que sin embargo podría haber sido absolutamente terrible. Convalecencia de un placer frígido. Sólo para los iniciados la vida entonces se torna frágilmente verdadera. Y se está en el ínstante-ya: se come la fruta en su vigencia.”

Clarice Lispector, Agua vivaI (fragmento)

Sombra y flores

Verde paraje apenas poblado:
ese almacén es todavía el campo;
el camino es de tierra y paciencia;
el viento es manso, fresco,
es una verdadera gracia del cielo
como sin duda lo son estos árboles
y el mes en el que sueltan sus flores.
Octubre, al pie del tarumá.
Antes, algún lapacho.
No, no olvido al jacarandá
de rima obligatoria y flor tan divina
que no rima con nada ni con nadie.
No dejaré de lado al árbol del pitogüé,
tampoco al palo
borracho entre las nubes que dicen ser sus flores.
Y bueno, no seré botánico, pero canto
a un Paraguay de pétalos,
de pétalos y sombra dulce para esperar un rato,
para secar el llanto, para seguir andando.

de “Pitogué, y otras hojas del cancionero, ofrecidas con el retrato de un músico, la confesión de una sombra y el adiós a un ángel” (Arandurá Editorial, 1999 – Asunción del Paraguay)

En el monte me acostumbré a vivir con los árboles. Ellos también tienen sus ruidos. Porque las hojas en el aire silban. Hay un árbol que es grande como una hoja blanca. De noche parece un pájaro. Ese árbol para mí que hablaba. Hacía “uch uch ui ui uch uch”. Los árboles también echan sombras. Las sombras no hacen daño, aunque por las noches, uno no debe pasar por encima de ellas. Yo creo que las sombras de los árboles son como el espíritu de los hombres. El espíritu es el reflejo del alma. Ése se ve.

Miguel Barnet, en Biografía de un cimarrón, p. 52