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Sombras

Breve sol

A la última hora del sol los rayos atraviesan

por el aire, eligiendo: “éste sí, éste no.”

Quedan en sombra

la mayoría; los elegidos brillan

con cortezas doradas. Ascendiendo

la luz alcanza otros follajes, deja éstos

y alumba uno lejano. Ya no hay tiempo

de llegar hasta allí.

¿Quién sabe? Vamos.

¿Acaso fue en un marco de ilusión,
En el profundo espejo del deseo,
O fue divina y simplemente en vida
Que yo te vi velar mi sueño la otra noche?

En mi alcoba agrandada de soledad y miedo,
Taciturno a mi lado apareciste
Como un hongo gigante, muerto y vivo,
Brotado en los rincones de las noches
Húmedos de silencio,
Y engrasados de sombra y soledad.

Te inclinabas a mí supremamente,
Como a la copa de cristal de un lago
Sobre el mantel de fuego del desierto;
Te inclinabas a mí, como un enfermo
De la vida a los opios infalibles
Y a las vendas de piedra de la Muerte;
Te inclinabas a mí como el creyente
A la oblea de cielo de la hostia…
—Gota de nieve con sabor de estrellas
Que alimenta los lirios de la Carne,
Chispa de Dios que estrella los espíritus—.
Te inclinabas a mí como el gran sauce
De la Melancolía
A las hondas lagunas del silencio;
Te inclinabas a mí como la torre
De mármol del Orgullo,
Minada por un monstruo de tristeza,
A la hermana solemne de su sombra…
Te inclinabas a mí como si fuera
Mi cuerpo la inicial de tu destino
En la página oscura de mi lecho;
Te inclinabas a mí como al milagro
De una ventana abierta al más allá.

¡Y te inclinabas más que todo eso!

Y era mi mirada una culebra
Apuntada entre zarzas de pestañas,
Al cisne reverente de tu cuerpo.
Y era mi deseo una culebra
Glisando entre los riscos de la sombra
A la estatua de lirios de tu cuerpo!

Tú te inclinabas más y más… y tanto,
Y tanto te inclinaste,
Que mis flores eróticas son dobles,
Y mi estrella es más grande desde entonces.
Toda tu vida se imprimió en mi vida…

Yo esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico; un abrazo
De cuatro brazos que la gloria viste
De fiebre y de milagro, será un vuelo!
Y pueden ser los hechizados brazos
Cuatro raíces de una raza nueva:

Y esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico…
¡Y cuando,
te abrí los ojos como un alma, vi
Que te hacías atrás y te envolvías
En yo no sé qué pliegue inmenso de la sombra!

Aquí estoy entonces, solo sobre la tierra, sin tener más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo. El más sociable y el más cariñoso de los humanos ha sido proscrito de ella por un acuerdo unánime. Buscaron entre los refinamientos de su odio cuál podía ser el tormento más cruel para mi alma sensible, y rompieron violentamente todos los lazos que me ataban a ellos. Yo habría amado a los hombres a despecho de ellos mismos; sólo dejando de serlo pudieron eludir mi afecto. Ahí están, entonces, extranjeros, desconocidos, nulos en definitiva para mí, ya que así lo quisieron. Pero yo, desligado de ellos y de todo, ¿qué soy yo mismo? Eso es lo que me queda por averiguar. Desgraciadamente, esa búsqueda debe ir precedida de una mirada a mi situación: es una idea por la cual es necesario que pase para llegar de ellos hasta mí.

Hace quince años más o menos que estoy en esta extraña situación. Todavía me parece un sueño (…) Sacado no sé cómo del orden de las cosas, me vi precipitado en un caos incomprensible en el que no distingo nada de nada; y cuánto más pienso en mi situación presente, menos puedo entender adónde estoy.

En El paseante solitario

Ciégate para siempre:
también la eternidad está llena de ojos-
allí
se ahoga lo que hizo caminar a las imágenes
al término en que han aparecido,
allí
se extingue lo que del lenguaje
también te ha retirado con un gesto,
lo que dejabas iniciarse como
la danza de dos palabras sólo hechas
de otoño y seda y nada.

 

 

De Cambio de aliento. 1967
Versión de José Ángel Valente