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Descendencia

Soy mujer mi mujer.

Soy niña mi niña.

 

Soy mujer la mujer

Soy niña la niña.

Yo sé trabajar.

Soy niña mi niña.

Mis pies trabajan.

Mis manos saben.

Soy mujer mi mujer.

Me hiciste mujer.

Me regalaste mujer.

Mujer de las Flores.

Madre de Cielo.

 

Mujer de las Rosas.
Niña de las Rosas.

 

Florida Mujer de las Rosas

Niña de las Rosas en Flor.

 

Me diste niña

Me labraste niña.

 

Me sacaste niña.
Me sacaste mujer.

Me metiste una mujer adentro.

 

Mujer del Huipil de Seda.

Niña del Huipil de Seda.

 

Mujer del Huipil de Lana.

Niña del Huipil de Lana.

 

Soy niña mi niña.

Soy mujer mi mujer.

 

Me diste mi ánima.

Me regalaste mi muerte.

Me metiste mi alma adentro.

Soy la mujer del Huipil Araña.

Soy la niña del Huipil Araña.

Mujer de la Flor de Bromelia.

Mujer de la Flor de Konkon.

La luna está llena.

La mujer está en flor.

Mi niña mi niña.

Mi mujer la mujer.

Dame mi cabeza,

mete en mi corazón

tus tres agujas,

tus tres telares, tus jícaras,

las puntas de tus husos.

Soy niña mi niña.

Soy mujer mi mujer.

 

Loxa Jiménes Lópes, en Conjuros y ebriedades, del Taller Leñateros

“La práctica del movimiento me llevó a descubrir al hombre humanamente.
Cuando sucede esto, se siente el verdadero amor.
La práctica de la expresión me permitió descubrir la necesidad que tenemos de liberarnos y el miedo que tenemos de que esto se produzca.
La práctica del ritmo me permitió conectarme con mi mundo emocional y a través de él, descubrir los ritmos de cada pueblo, desde el nuestro. (No confundir ritmo con coreografía o compás).
El Hatha Yoga me permitió descubrir el mundo en sus distintas dimensiones, mis resonadores y mi responsabilidad en la relación entre mi personalidad y mi ego, y entre mi esencia y mi sensibilidad y cómo estaba yo ubicada en todos estos aspectos y qué relación tengo Yo personalidad con todo esto.
La Plástica Griega me permitió conocer e identificar la expansión psicofísica y tener la experiencia de lo que realmente significa un instante armónico entre el cosmos y mi todo.
La información y la comunicación telepática me permitió sacar conclusiones y me ayudó a meterme a experimentar lo que intuía.
La intuición fue mi acicate para buscar informarme permanentemente.
Tenía miedo y no quería equivocarme. El miedo a equivocarme me llevó a informarme en todo lo que podía encontrar y como no encontré muchas explicaciones, me entregué a experimentar personalmente.
Como no podía ni puedo quedarme con lo que adquiero y necesito exteriorizarlo, comencé a contar lo que me acontecía. Contando, encontré quienes se interesaron en hacer la experiencia y así pude experimentar y comprobar. Descubrí las leyes.
Por suerte encontré muchas personas a quienes les interesaba lo que hacía y hago. Desde luego que cada uno sigue la experiencia mientras lo necesita y esté en el campo de su interés.
Lo que he descubierto no es nuevo. Es tan antiguo, bueno, como el hombre…”
Susana Rivara de Milderman del Libro: “Hacia el equilibrio entre la Ética y la Estética

La castaña, por Hernán Ronsino

Un relato inédito de Hernán Ronsino que, como sus novelas La descomposición (2009, Glaxo (2009) y Lumbre (2013), tensa las palabras entre el recuerdo y aquello que nunca puede ser dicho. Escribir con los ojos en el presente, y aun así saber que eso ya es pasado. “Yo estuve en Liscia, nona, acabo de llegar”, dice el nieto, como si eso pudiera ser más que la ilusión de haber estado, como siempre.

Están sentados en la vereda, en unos sillones de mimbre. Hace calor. Los pájaros chillan cada tanto entre las ramas. La nona teje y hace balancear los pies, que no llegan a tocar el piso. Y mientras teje cuenta de su pueblo, Liscia, en Italia; cuenta que trabajaba en el campo; cuenta de la guerra, de la miseria, del barco que la trajo al país. Entonces él le dice: Yo estuve en Liscia, nona, acabo de llegar, recorrí las callecitas, busqué tu casa, te imaginé andando por ahí. La nona deja de tejer, sorprendida, deja, incluso, de balancear los pies. Y lo mira, en silencio. Cómo, dice, estuviste en la Liscia. Él asiente con la cabeza. La nona mira a lo lejos, tratando de acomodar algo. Lo único que le sale es preguntar por la castaña. Y cómo está la castaña, dice y lo mira con esos ojos azules parecidos al color del río Treste que cruza el valle. Él dice la verdad. Dice que la castaña está seca y dice que antes de que llegue la primavera la van a cortar de raíz para plantar otra. La nona se queda en silencio. Mira un punto lejano. Y enseguida vuelve a tejer. Teje un rato. Cuando vuelve a mover los pies, él comprende que todo lo que han charlado se ha disuelto en una bruma espesa. Él comprende que la nona, tal cual le han dicho, cuando empieza a mover los pies se olvida de todo. Pero no pasará mucho para que la nona vuelva, como si nada, a contar de la Liscia, del trabajo en el campo, de la guerra, del hambre, de un viaje en barco a la Argentina. Entonces él insiste. Cree que es necesario decirlo otra vez: Yo estuve en la Liscia, nona. Y detalla los lugares, las calles, las personas. Ella, sorprendida, suspende otra vez el tejido, deja de mover los pies, mira un punto lejano como acomodando algo. Pregunta por la castaña. Entonces él dice – y cree que hacer eso es lo mejor – que ahora hay tres castañas, la más vieja donde vos jugabas y dos más. Están frondosas, nona, grandes, llenas de pájaros. La nona se emociona y mira a lo lejos, mira un punto. Se seca los ojos y vuelve a dar la batalla del tejido, los entramados, la lana interminable que desovilla. Ahora la nona dice que en la Liscia había víboras así de grandes; dice que desde la Liscia se escuchaba el canto de los gallos de los otros pueblitos que resplandecían en las montañas: San Buono, Palmoli, Carunchio; dice que se oía también el sonar de las campanas de esas iglesias. Y habla del río Treste, cristalino, que corre silencioso por el valle, habla de los viajes que hacía con las cubas en la cabeza para lavar la ropa o para juntar agua. Dice que desde el río la castaña era lo primero que se veía. En verano, dice, dibujaba una sombra parecida a un lobo hambriento. Después se queda en silencio, respira mirando un punto a lo lejos y le pregunta: ¿Así que ahora hay tres? Él asiente con la cabeza. La nona sonríe, dice: Qué lindo. Y vuelve a tejer, vuelve a tejer moviendo los pies, hamacándolos en el aire, sin que lleguen, por ejemplo, a tocar el piso.

Hernán Ronsino
Buenos Aires, EdM, 2015

Era una mujer con una escoba o una pala de basura o un estropajo o una cuchara de revolver en la mano. Se la veía mientras cortaba un pastel a la mañana, tarareando, o sacando el pastel del horno al mediodía, o metiéndolo al atardecer en la despensa. Movía las tintineantes tazas de porcelana como un campanero suizo. Se deslizaba por los pasillos con la regularidad de una aspiradora eléctrica, buscando, encontrando, y ordenando. Todas las ventanas eran espejos, que recogían el sol. Entraba dos veces, por lo menos, en cualquier jardín, con el rastrillo en la mano, y cuando ella pasaba, las flores alzaban los dedos temblorosos al aire cálido. Dormía serenamente, y no daba más de tres vueltas en la noche, tan abandonada como un guante blanco que una mano pronto daría vuelta al alba. Al despertar tocaba a la gente como si fuesen cuadros, enderezándolos en la pared.

Pero, ¿ahora?

— Abuela -decían todos-. Bisabuela.

Ahora era como si se obtuviese al fin el total de una enorme suma. La bisabuela había rellenado pavos, pollos, pichones, caballeros, y muchachos. Había lavado techos, muros, inválidos, y niños. Había extendido linóleos, reparado bicicletas, curado relojes, atizado hornos, vertido yodo en diez mil lastimaduras. Sus manos habían flotado alrededor, arriba y abajo, apaciguando esto, sosteniendo esto otro, arrojando pelotas, sacudiendo mazos de croquet, sembrando en tierra negra, o cubriendo budines, guisos y niños somnolientos. Había bajado persianas, encendido velas, movido llaves… y envejecido. Treinta billones de cosas empezadas, llevadas adelante, terminadas y concluidas. Y ahora todo se sumaba, se escribía el total, se colocaba el decimal último, el último cero. Y ahora, también, tiza en mano, ella retrocedía alejándose de la vida, en una hora silenciosa, antes de tomar el borrador.

— Veamos ahora -dijo la bisabuela-. Veamos…

Sin ruido ni alboroto, recorrió la casa en un interminable inventario en espiral, y llegó al fin a las escaleras, y sin anunciarlo especialmente subió hasta su cuarto donde se acostó como la huella de un fósil entre las frescas sábanas nevadas, y empezó a morir.

Otra vez las voces:

— ¡Abuela! ¡Bisabuela!

El rumor descendió por el pozo de la escalera, golpeó el piso, se extendió en ondas por los cuartos; salió por ventanas y puertas, y corrió por la calle de olmos hasta la cañada verde.

— Acercaos, ¡aquí!

La familia rodeó la cama.

— Dejadme descansar -murmuró la abuela.

La enfermedad no podía descubrirse con un microscopio; era un cansancio suave, pero creciente. Sentía que el cuerpo de gorrión le pesaba cada vez más; somnoliento, más somnoliento, muy somnoliento.

En cuanto a sus hijos y los hijos de sus hijos… parecía imposible que un acto semejante, tan simple, el más despreocupado, despertara tantas aprensiones.

— Bisabuela, escucha. Lo que haces no es mejor que romper un contrato. Sin ti, esta casa

se derrumbará. ¡Debes darnos por lo menos un año de aviso!

La bisabuela abrió un ojo. Noventa años miraban en calma a sus médicos como un fantasma de polvo, desde la alta ventana de una cúpula, en una casa que se vacía rápidamente.

— ¿Tom?

El chico fue enviado, solo, a la cama susurrante.

— Tom -dijo la anciana débilmente, desde muy lejos-, en los mares del Sur los hombres saben un día que es tiempo de estrechar la mano de los amigos y decir adiós, y embarcarse. Así lo hacen, y es natural, es la hora. Así es hoy. Yo soy muy parecida a ti, cuando te quedas en el cine los sábados, desde la tarde hasta las ocho o las nueve, y hay que enviar a tu padre para que te traiga a casa. Pero Tom, cuando los mismos cowboys empiezan a disparar contra los mismos indios en las mismas montañas, entonces es mejor levantarse y marcharse, sin arrepentirse ni darse vuelta. Así me voy, mientras soy feliz y no me he aburrido.

Douglas fue citado luego.

— Abuela, ¿quién arreglará el techo la primavera próxima?

Todos los meses de abril, desde que había calendarios, uno creía oír un pájaro carpintero en el techo de la casa. Pero no, era la bisabuela que transportada allí de algún modo, cantaba martillando clavos, reemplazando tejas, ¡muy alto en el cielo!

— Douglas, no dejes que nadie arregle las tejas si el trabajo no lo divierte.

— No, abuela.

— Cuando llegue abril, pregunta: ¿Quién quiere arreglar el techo? Y si una cara se ilumina, ésa es la indicada, Douglas. Pues desde ese techo puedes ver el pueblo entero que va hacia el campo, y el campo que va hacia el borde de la tierra, y el río que canta, y el lago matinal, y los pájaros en los árboles debajo de ti, y lo mejor del viento a tu alrededor. Cualquiera de estas cosas basta para que alguien quiera subir al techo algún amanecer de primavera. Es una hora maravillosa, si se le da una oportunidad…

La voz de la anciana bajó hasta ser un suave aleteo. Douglas se echó a llorar. La abuela se incorporó otra vez.

— Vamos, ¿por qué lloras?

— Porque mañana no estarás aquí -dijo Douglas.

La anciana volvió un espejito de mano hacia el niño. Douglas vio su propia cara y la de ella en el espejo, y luego miró otra vez a la bisabuela que decía: -Mañana a la mañana me levantaré a las siete y me lavaré detrás de las orejas. Iré a la iglesia con Charlie Woodman, y a un picnic en el Electric Park. Nadaré, correré descalzo, me caeré de los árboles, masticaré goma de menta… ¡Douglas, qué barbaridad! ¿Te cortas las uñas, no es cierto?

— Sí, abuela.

— Y no lloras cada siete años, cuando tu cuerpo deja las células muertas y añade otras nuevas a los dedos y el corazón. ¿No te importa, no es cierto?

— No, abuela.

— Bueno, piénsalo, muchacho. El hombre que no se corta las uñas es un loco. ¿Has visto alguna serpiente que no quiera abandonar la vieja piel? Todo lo que hay en esta cama es uñas y piel de serpiente. Si respiro con fuerza, me desharé en copos. Lo importante no es el yo que está aquí acostada, sino el yo sentado al borde de la cama, y que me mira, el yo que está abajo preparando la cena, o en el garaje bajo el coche, o en la biblioteca, leyendo. Lo que cuenta son las partes nuevas. Yo no muero realmente. Nadie con una familia muere realmente. Se queda alrededor. Durante mil años a partir de hoy todo un pueblo de mis descendientes morderá manzanas ácidas a la sombra de un gomero. ¡Esa es mi respuesta a las preguntas importantes! Rápido, que vengan los otros.

Al fin desfiló toda la familia, como gente que habla con alguien que espera el tren en la estación.

— Bueno -dijo la abuela-, aquí estoy. No soy humilde, y me gusta veros alrededor de la cama. La semana próxima habrá que hacer algunos trabajos en el jardín, y limpiar los armarios, y comprar algunas ropas para los niños. Y como la parte mía que se llama bisabuela, por conveniencia, no estará aquí, esas otras partes mías llamadas tío Bert y Leo y Tom y Douglas, y todos los otros nombres tendrán que encargarse de eso.

— Sí, abuela.

— No quiero ninguna reunión aquí mañana. No quiero que nadie diga dulzuras de mí. Yo lo he dicho todo a su hora. He probado todos los platos y he bailado todos lo bailes; ahora he aquí una tarta que no he mordido, una canción que no he silbado. Pero no tengo miedo. Soy verdaderamente curiosa. La muerte no meterá ningún mendrugo en mi boca que yo no saboree con cuidado. Así que no os preocupéis. Ahora, marchaos todos, y dejadme dormir…

En alguna parte una puerta se cerró silenciosamente.

— Así es mejor.

Sola, la abuela se tendió cómodamente en la cálida playa de nieve de hilo y lana, de sábanas y mantas, y lo colores de la colcha eran tan brillantes como los banderines de los viejos circos. Acostada allí, se sintió pequeña, secreta como esas mañanas de ochenta raros años atrás cuando, al despertarse, acomodaba los huesos tiernos en la cama.

Hace muchos años, pensó, tuve un sueño y disfrutaba de él realmente cuando alguien me despertó. Ese día nací. ¿Y ahora? Ahora, veamos… Lanzó su mente hacia atrás. ¿Dónde estaba? Noventa años… ¿Cómo tomar el hilo de aquel sueño perdido? Extendió una manita. Allí… Si, eso era. Sonrió. Volvió la cabeza sobre la almohada hundiéndose más en la cálida duna de nieve. Así era mejor. Ahora, sí, ahora veía cómo el sueño se formaba poco a poco en la mente, con la serenidad de un mar que se mueve a lo largo de una costa interminable y siempre fresca. Dejó ahora que el viejo sueño la rozara y la levantara de la nieve, y la hiciese flotar sobre la cama ya apenas recordada.

Abajo, pensó, están puliendo la plata y revolviendo el sótano, y barriendo los pasillos. Podía oírlos vivir en toda la casa.

— Está bien -suspiró la bisabuela mientras el sueño la llevaba flotando-. Como todo en esta vida, es lo adecuado.

Y el mar la llevó otra vez a lo largo de la costa.

40

Desbautizar el mundo,
sacrificar el nombre de las cosas
para ganar su presencia.

El mundo es un llamado desnudo,
una voz y no un nombre,
una voz con su propio eco a cuestas.

Y la palabra del hombre es una parte de esa voz,
no una señal con el dedo,
ni un rótulo de archivo,
ni un perfil de diccionario,
ni una cédula de identidad sonora,
ni un banderín indicativo
de la topografía del abismo.

El oficio de la palabra,
más allá de la pequeña miseria
y la pequeña ternura de designar esto o aquello,
es un acto de amor: crear presencia.

El oficio de la palabra
es la posibilidad de que el mundo diga al mundo,
la posibilidad de que el mundo diga al hombre.

La palabra: ese cuerpo hacia todo.
La palabra: esos ojos abiertos.

-Si uno rastrea en los orígenes de Corrientes, observa que el correntino es diferente a sus vecinos, que tiene una identidad propia y distintiva. ¿Cuánto de esas particularidades se la debe al guaraní?

-Hace 4.500 años que el guaraní llegó a Corrientes. Los nombres de nuestros lugares, nuestras actitudes, nuestras costumbres, nuestra manera de ser son guaraníes. Y eso implica un idioma con un contenido poético increíble. Cabeza en castellano no tiene nada de poesía, pero en guaraní significa el hueso que contiene el alma. Niño es cunumí, que en guaraní significa pequeña ternura. Lo mismo si digo otoño, que significa el tiempo de las hojas caídas. Estoy escribiendo un libro sobre eso, sobre la metáfora guaraní, tema que empecé a tratar en los años 80.
Tenemos un origen ancestral guaranítico que no se perdió. No se puede borrar del mapa una cultura por una ley, por un decreto. En 1770 Carlos III prohibió hablar cualquier idioma aborigen. Las actas de los gobiernos se hacían en guaraní. Hoy en día se habla pero no se escribe y eso me preocupa porque estudio la etimología de las palabras y no estudiando eso se pierde lo bello del idioma. Ninguna cultura alcanza la belleza metafórica del guaraní. Y hubo quien dijo que donde comenzaba el guaraní terminaba la civilización. Lo dijo un prócer que tiene estatuas por todos lados. Pasaron cosas terribles con el guaraní: hacia 1825 en Itatí vivían guaraníes con guaraníes, pero extinguieron el Cabildo Indio de Itatí y se repartieron los bienes: le sacaron hasta la corona de la virgen en los años de Bernardino Rivadavia. Y en 1856 prohibieron los apellidos guaraníes. Y todo venía de los guaraníes de Itatí: las artesanías, la música. La clave es cambiarte la cultura. Por eso hay que ver la etimología de las palabras, donde está el origen de las cosas.(…) Los habían obligado a cambiar el apellido, pero los pájaros, los ríos, los árboles, son guaraníes.

Donde nace el chamame.

Pocho habla bajo, lento, correcto, con el dulce sabor de su provincia, esa especie de música que el correntino tiene en sus palabras. Hace 32 años tiene un programa en AM Radio Corrientes. Hace una década está al aire en FM Radio Universitaria y lleva un cuarto de siglo en FM Capital. (…)

-¿Cuál es la relación del guaraní con la música?
-El guaraní tiene dos tipos de música, la sacra, que es el chamamé, un rezo danza para los días de lluvia. Chamamé significa “estar en la lluvia con el alma mía”. Para el guaraní la palabra era el alma. Y era un canto rezo para los días de lluvia. La lluvia era el bien más preciado que Dios le regalaba para equilibrarles el alma y la mente, además de ser utilitaria para sus cosechas. Las reuniones entre los más sabios de la tribu se hacían los días de lluvia y se llamaban AMANDAYÉ, que quiere decir amar la lluvia y lo que dice la lluvia. Se habla poco de estos temas en los encuentros de folklore. El sapucay no es ese grito que pegan ahora: esto es burdo, un invento de los gringos para dejarlos bajos a los guaraníes. Sapucay significa “le quema el sonido en los ojos”, porque era un canto pronunciado en voz muy alta, con el que se adoraba a Dios y se le pedía que no finalizara el mundo en los días de eclipse. El sapucay era para los días de eclipse.

-¿Por eso el chamamé es una religión para el correntino, no?
-El guaraní no rezaba arrodillado sino que rezaba en ronda: era un rezo danza. El chamamé significaba para el guaraní crear la palabra mientras danzamos en ronda. Cuando llega el jesuita, con la religión católica, el chamamé sigue atado a lo religioso, pero antes el chamamé era sólo canto, pronunciado con el instrumento de Dios. Después vienen la guitarra y el acordeón, con las misiones jesuíticas. Es posible que haya llegado desde Europa el acordeón, pero una investigación propia aleja cada vez más esa chance: un trabajo habla del chamamé tocado en 1841 con acordeón y guitarra, por Francisco Reyes Ortiz, un granadero de San Martín que se hizo cura. Se encuentran muchas cosas andando. Los guaraníes tienen danzas que imitan a los pájaros.

Tocar con el corazon.

Pocho es un juntador de libros: tiene más de 20 diccionarios de lenguas aborígenes; bibliografía guaranítica, franciscana y jesuítica; videos, láminas y casetes de audio, con testimonios vivenciales y música correntina antigua. Pero también es un coleccionista de sonidos, propios y extraños, con 34 obras integrales registradas. (…)  “Tocar es lo mismo que acariciar a la guaina (novia): uno conoce célula por célula de su guaina, como conoce cuerda por cuerda su guitarra. La música no es una ciencia: es un sentimiento que se toca”.

Anda lento el hombre que renunció a ser una celebridad nacional para ser un mito correntino: nunca quiso salir de su lugar, de la casa repleta de libros, de diarios, casetes, de discos. El autor de Pueblero de Allá Ité elige estar cerca del río, en su modesta casa. “De lo que sé, sé que no sé nada. Por eso me quedé siempre en Corrientes.”

 

Fragmento de nota a Pocho Roch. Por Esteban Raies. Revista El Federal. Corrientes.

http://elfederal.com.ar/nota/revista/24284/no-hay-una-cultura-mas-bella-que-la-guarani

 

TRANSCRIÇÃO DO “PORANDUBA”- Escuela Granada. Facilitadora Nicia Grillo. 2012. Río de Janeiro.

A Criação do Mundo na versão Tupi Guarani, contada por Kaká Werá Jecupé

No começo de tudo, quando não havia tempo ainda, havia Yamandu. Yamandu é “o silêncio que tudo ilumina”, é o ancestral de todos os ancestrais. Num determinado dia, dentro da própria luminosidade Yamandu, que é mais que qualquer sol, Yamandu quis conhecer a dimensão de si mesmo. Foi quando ele se encolheu, dentro do Grande Início, e recolheu dentro de si mesmo e viu que era vasto. Yamandu quis conhecer toda a dimensão de si, então se transformou numa coruja. Não essa coruja que nós vemos agora, mas a coruja primordial. E como coruja Yamandu se viu dentro da Grande Noite e viu que era vasto. Yamandu queria conhecer a sua altura, o seu comprimento, então se transformou num colibri: Mainu, na língua guarani. E como Mainu, o colibri, Yamandu conseguiu voar velozmente em todas as dimensões de si: voou acima, abaixo e ao centro. E viu que era vasto. Então Yamandu, o silêncio sagrado, luminoso, quis conhecer a totalidade de si, foi quando se recolheu dentro de si mesmo e se transformou num gavião real, Macauã. E com Macauã ele voou na mais longe das alturas e viu a totalidade de si. Então ele pensou: “Precisamos criar mundos”.
Foi então que ele cantou e do seu canto as estrelas começaram a nascer. E ele cantou, cantou e cantou, até quando num determinado momento ele disse:
– Os mundos todos estão criados.
Foi então que ele se recolheu dentro de si mesmo e se transformou num Grande Sol. E do ventre desse Grande Sol, Coaracy, é que nasceu Tupã. Tupã, nascido do próprio coração de Yamandu, começou a cantar ajudando Yamandu a criar os mundos.
Mas um dia Tupã sonhou com a nossa Mãe Terra. Foi quando ele criou do seu próprio pensamento um petenguá. Petenguá é um cachimbo sagrado. E através do petenguá ele soprou o espírito da futura Mãe Terra. E o espírito da futura Mãe Terra ficou viajando pelo espaço, se alongando, se transformou numa serpente luminosa e prateada. Até o momento em que ela escolheu um lugar e disse:
– É aqui.
E naquele lugar ela se enrodilhou e adormeceu. Ela se transformou numa tartaruga, um imenso jabuti.
Algum tempo depois Tupã foi seguindo o rastro do espírito da Terra que havia sido deixado pelo espaço, no grande céu, até chegar ao lugar onde havia escolhido para adormecer e sonhar. Tupã olhou e no casco da grande tartaruga desenhou as futuras montanhas, os futuros vales, os futuros rios, desenhou as futuras cachoeiras. E pensou:
“É preciso pôr alguém ali para continuar a Criação. Eu tenho muitas tarefas para fazer”.
Então Tupã, do seu próprio coração, criou o nosso primeiro ancestral, Nhanderovussu, o primeiro ser humano. Só que naquele tempo ele era alado. Nós o chamamos também de Avadiquaquá, “o primeiro adornado”. E quando Tupã disse: “Vai, vai continuar a criação lá na Terra”, nosso primeiro ancestral não sabia como andar na Terra, não sabia habitar na Terra. Foi então que ele retornou a Tupã e disse:
– Mas eu não sei viver na Terra.
E Tupã falou:
– Procure as quatro direções. Em cada direção você encontrará um “nhendejara”, um professor, um guia
E Tupã foi embora.
Nhanderovussu, nosso primeiro ancestral, então voltou à Terra e foi em direção ao Sul.
E no Sul ele viu uma palmeira azul, Endovidju. Nhanderovussu, nosso primeiro ancestral, foi até a palmeira azul e disse:
– Ei , você! Você pode me ensinar alguma coisa sobre viver aqui na Terra?
Endovi disse:
– É claro que eu posso, entra em mim e você vai aprender a viver na Terra.
Então Nhanderovussu entrou na palmeira e se tornou a própria palmeira.
Foi quando sentiu pela primeira vez, através das raízes, o que era estar na Terra. E viu que era muito bom. E foi ficando, foi ficando, foi ficando…
Até que um dia Endovidju disse:
– Você já aprendeu muito comigo. Pode ir embora.
Nhanderovussu, nosso primeiro ancestral, saiu da palmeira e foi em direção ao Norte. E no Norte encontrou uma rocha. Ele olhou para Rocha e disse:
– Você pode me ensinar alguma coisa sobre viver aqui na Terra?
A rocha disse:
– Claro. Entra em mim que você vai aprender.
Então Nhanderovussu entrou na rocha e se tornou a própria rocha. E ficou meditando, olhando os poentes e os nascentes. Muito, muito, muito tempo depois a rocha disse:
– Você já aprendeu comigo o que tinha que aprender. Pode continuar a sua jornada. Sai.
Nhanderovussu saiu. E foi em direção ao oeste. Foi quando ele encontrou a primeira onça ancestral, Yauaretê. Ele disse pra ela:
– Você pode me ensinar alguma coisa sobre viver aqui na Terra?
Ela disse:
– Claro. Entra em mim.
Foi quando pela primeira vez Nhanderovussu sentiu o cheiro da Terra, olhou a Terra com os olhos de onça, pisou na Terra com quatro patas. Andou, depois correu. E viu que era muito bom estar aqui na Terra. Então Yauaretê, a onça ancestral, disse:
– Pronto, você já aprendeu comigo, agora sai.
E deixou Nhanderovussu no pé de uma montanha, ao leste. Nhanderovussu olhou para o alto da montanha e viu que ali tinha uma gruta, bem no alto, e dessa gruta saía uma luz que lhe chamou a atenção. E ele subiu …
Quando chegou no interior da gruta ele viu que essa luz saía de uma serpente prateada, que estava sentada, enrolada no chão, e o mirava silenciosamente. Nhanderovussu perguntou:
– Quem é você?
Ela disse:
– Eu sou o Espírito da Terra.
– Ah! Então você pode me ensinar alguma coisa sobre viver aqui.
– Mas é claro que eu posso.
– Então me mostre.
Então o Espírito da Terra foi recolhendo do próprio chão a poeira e o barro, e foi formando um assento: os dois pés … foi formando um tronco, um corpo, uma cabeça, todo de barro. Colocou dois cristais no alto da cabeça, umedeceu com as gotas que caíam do alto da caverna e disse para Nhanderovussu:
– Entra aqui que você vai aprender sobre a Terra.
Nhanderovussu entrou naquele corpo de barro, naquele assento, e foi a primeira vez que ele conseguiu andar sob dois pés. Ele saiu em direção à entrada da gruta porque o sol brilhava lá fora e ele viu pela primeira vez, com os olhos de cristal, todo o horizonte, e disse:
– Isso é muito bonito. Isso é muito bonito.
Foi então que Nhanderovussu percebeu que a Terra era maravilhosa e seu coração entoou um canto.
A mãe Terra, que nós chamamos de Nhandessi, disse para ele:
– Eu preciso te falar algumas coisas. Você tem o poder que vem da própria Terra, a qual você está portando. Você também tem o poder das águas, você tem o poder das pedras e tem o poder das plantas. Presta atenção nisso. Esse é um presente que eu te dou, quando eu teci esse assento que você porta. Agora você também tem um poder maior, você tem o poder de Tupã. Preste atenção em cada palavra. Tudo que sair da sua boca é um espírito vivo.
Nhanderovussu agradeceu os ensinamentos da Mãe Terra e ficou pensando em tudo aquilo enquanto caminhava olhando toda a criação que Tupã havia deixado: as montanhas, o céu, o chão. Então de repente ele olhou para o céu azul e disse:
– Arara!
E da palavra “arara” nasceu a primeira arara, o primeiro pássaro azul. Ele ficou espantado e disse.
– Nossa! Araraí!
E nasceu uma arara pequena.
– Arararuna!
E nasceu a arara vermelha.
E começou a falar coisas que lhe vinham na cabeça:
– Tucano! Mainu! Mainuí! Araponga!
Da sua boca nasceram muitos pássaros. E os pássaros nasciam e voavam. E ele continuou andando e experienciando aquela sensação. Ele olhou então para o rio e disse:
– Pirarucu!
E nasceu o primeiro peixe.
– Tambaqui!
E outro peixe nascia.
E foi falando muitos nomes que viraram peixes. Muitos e muitos nomes. Ele olhou para o chão e falou:
– Djacaré!
E ele olhou para o lado e disse:
– Panambi!
Nasceu a primeira borboleta.
E ele foi cantando nomes:
– Paca! Tatu! Cotia …
(A cotia não. A cotia veio muito tempo depois.)
E ele foi cantando, cantando, cantando nomes. Até o dia que ele olhou para os lados e viu que estavam todos os seres criados: os seres das águas, os seres do céu, os seres da terra.
Ele voltou até aquela gruta e encontrou novamente com o espírito da Terra e disse:
– Nanhandessi – que é “a Sagrada Mãe” – eu vim te devolver o corpo que você me emprestou, porque eu aprendi a viver na Terra e porque eu aprendi a criar na Terra.
A mãe Terra disse:
– Não precisa me devolver, fica contigo. É seu para sempre.
Nhanderovussu falou:
– Não! Mas eu devolvi para a palmeira quando a palmeira me ensinou. Eu devolvi para a rocha quando a rocha me ensinou. Eu devolvi para a onça quando a onça me ensinou.
Nhandessi, a nossa mãe Terra, falou:
– Não, não precisa me devolver.
Precisa, não precisa … Até que a mãe Terra disse:
– Olha, faz o seguinte: anda mais um pouco pelo mundo, vive mais um pouco a sua experiência nesse chão, depois quando você realmente cansar você não precisa mais vir até mim; abre um espaço em qualquer lugar e entregue esse manto que eu te dei.
Então assim foi feito. Nhanderovussu desceu e continuou a cantar. Cantou durante muito tempo, cantou muitas coisas. Muitas vidas nasceram. E as vidas que foram nascendo foram fazendo amizade umas com as outras e também com Nhanderovussu. Até um dia em que ele disse:
– Agora eu me vou.
Abriu um espaço numa clareira na floresta, entregou o manto que a mãe Terra havia lhe dado nesse espaço e ficou somente o seu espírito. E voou e se transformou no Sol. Esse Sol que nós vemos hoje é Nhanderovussu, nosso primeiro ancestral.

…………

La creación del mundo.

En el comienzo de todo, cuando no había ni tiempo todavía, estaba Yamandú.
Yamandú es el silencio que todo lo ilumina, es el ancestro de todos los ancestros.
Un día dentro de su propia luminosidad Yamandú, que es más que cualquier sol, quiso conocer la dimensión de sí mismo. Fue cuando se encogió dentro del gran inicio y recorrió dentro de sí mismo y vio que era vasto.
Yamandú quiso conocer toda dimensión de sí entonces se transformó en una lechuza. No esa lechuza que nosotros vemos ahora, una lechuza primordial. Y como una lechuza Yamandú se vio dentro de la gran noche y vio que era vasto. Yamandú quiso conocer su altura, y su largo entonces se transformó en un colibrí. Mainu en lengua guaraní. Y como colibrí Yamandú consiguió volar velozmente en todas las dimensiones de sí: voló encima, voló abajo y al centro de sí. Y vio que era vasto.
Entonces Yamandú, que es el silencio sagrado, luminoso, quiso conocer la totalidad de sí, fue cuando se recogió dentro de sí mismo y se transformó en gavilán. Macaua. Y como Macaua voló a lo más lejos de las alturas y vio la totalidad de sí. Entonces pensó: Precisamos crear mundos.
Fue entonces que él cantó y de su canto las estrellas comenzaron a nacer. Y el cantó, cantó y cantó, hasta que en un determinado momento él dijo: Los mundos están todos creados.
Fue entonces que él se reconoció dentro de sí mismo y se transformó en un Sol Grande. Y en el vientre de ese Sol Grande, Coracy, del que nació Tupa. Tupa, nacido del propio corazón de Yamandú, comenzó a cantar ayudando a Yamandú a crear el universo.

Un día Tupa soñó con nuestra Madre Tierra. Fue cuando él creó de su propio pensamiento un petenguá. Petenguá es una pipa sagrada. Y a través de la petenguá sopló el espíritu de la futura Madre Tierra. Y el espíritu de la futura madre Tierra se quedó viajando por el espacio. Alargándose se transformó en una serpiente luminosa y plateada. Hasta el momento en que ella escogió un lugar y dijo:
-Es aquí.
En aquel lugar ella se enrolló adormeciéndose.
Ella se transformó en una Tortuga, una inmensa tortuga.
Un tiempo después Tupa fue siguiendo el rastro del espíritu de la Tierra que había dejado por el espacio, en el gran cielo, hasta llegar al lugar que había escogido para adormecer y soñar. Tupa vio en el caparazón de la tortuga los dibujos de las futuras montañas, los futuros valles, los futuros ríos, los dibujos de las futuras cascadas. Y pensó:
Es preciso alguien para continuar la creación. Yo tengo muchas tareas que hacer.
Entonces Tupa de su propio corazón, creo nuestro primer ancestro. Nhanderovussu, el primer ser humano. Sólo que en aquel tiempo él era alado. Avadiquaquá, “el primer adornado”
Y cuándo Tupa dijo “ Vas a continuar la creación en la Tierra” nuestro primer ancestro no sabía como andar en la Tierra, no sabía habitar en la Tierra..
Fue entonces que el retornó a Tupa y dijo:
-Pero yo no se vivir en la Tierra.
Y Tupa dijo:
-Viaja en las cuatro direcciones. En cada dirección encontrarás un Nhendejara, un maestro, un guía.
Nhanderovossu, nuestro primer ancestro, volvió a la Tierra y fue en dirección al Sur.

En el Sur vio una Palmera azul, Endovidju.
Nhanderovussu, nuestro primer ancestro, fue hasta la Palmera azul y le dijo.:
-Ey vos! Podés enseñarme alguna cosa sobre vivir acá en la Tierra?
Endovi dijo:
-Y claro que puedo! Entra en mí y vas a aprender a vivir acá en la Tierra.
Entonces Nhanderovussu entró en la palmera y se tornó él mismo Palmera.
Fue cuando sintió por primera vez, a través de las raíces, lo que era estar en la Tierra. Y vio que era muy bueno.
Y se fue quedando, quedando, quedando.
Hasta que un día Endovi dijo:
-Vos ya aprendiste mucho conmigo. Podés irte.
Nhanderovussu, nuestro primer ancestro, salió de la Palmera y fue en dirección al Norte.
En el Norte encontró una Piedra. Él la miró y dijo:
-Vos me podés enseñar una alguna cosa sobre vivir acá en la tierra?
La Piedra dijo:
-Claro, entra en mí que vas a aprender.
Entonces Nhanderovussu entró en la Piedra y se tornó una propia piedra. Se quedó meditando, mirando las ponientes y las nacientes, Mucho tiempo después la Piedra dijo:
-Vos ya aprendiste conmigo lo que tenías que aprender. Podés continuar con tu vida, andá…
Nhanderovussu salió y fue en dirección al oeste. Fue cuando encontró el primer Jaguar y le dijo:
-Vos me podés enseñar alguna cosa sobre vivir acá en la tierra?
Y el Jaguar le dijo..
-Claro, entra en mí.
Fue cuando por primera vez Nhanderovussu sintió el olor de la Tierra, miró la Tierra con los ojos del jaguar, pisó la Tierra con las cuatro patas. Camino, después corrió. Y vio que era muy bueno estar acá en la Tierra. Entonces el Jaguar ancestral, dijo:
-Bueno, vos ya aprendiste conmigo, ahora salí.
Y dejó a Nhanderovussu al pie de una montaña al Este. Nhanderovussu miró para lo alto de la montaña y vio que había una gruta, y de esa gruta salió una luz que le llamó la atención. Y él subió.
Cuando llegó en el interior de la gruta él vió que esa luz salía de una serpiente plateada, que estaba sentada, enrollada en el suelo y lo miraba silenciosamente.
Nhanderovussu le preguntó:
-Quién sos vos?
Ella dijo:
-Yo soy el espíritu de la Tierra.
-Ah entonces me podés enseñar sobre cómo es vivir acá.
-Claro que puedo!
Entonces el espíritu de la tierra fue recogiendo del mismo suelo el polvo y el barro, y fue formando un asiento, los dos pies, fue formando un tronco, un cuerpo, una cabeza, todo de barro.
Colocó dos cristales en lo alto de la cabeza, los humedeció con las gotas que caían de arriba de la caverna y dijo para Nhanderovussu
-Entrá aquí que vos vas a aprender sobre la tierra.
Nhanderovussu entró en aquel cuerpo de barro, en aquel asiento de barro y fue por primera vez que el consiguió andar sobre sus dos pies. Él salió en dirección a la entrada de la gruta porque el sol brillaba allá afuera y vio por primera vez, con los ojos de cristal, todo el horizonte y dijo:
-Esto es muy hermoso, esto es muy hermoso
Fue entonces cuando sintió la belleza de la tierra en su corazón..entonces cantó!
Y la madre Tierra dijo para él:
-Es preciso hablarte de algunas cosas. Vos tenés el poder que viene de la propia Tierra, porque la llevás con vos a dónde vayas. Vos también tenés el poder de las aguas. Vos también tenés el poder de las piedras y el de las plantas. Prestá atención en eso. Este es un presente que yo te dí, cuando moldee el asiento que vos llevás. Pero ahora tenés un poder mayor, vos tenés el poder de Tupa. Prestá atención en cada palabra: Todo lo que sale de tu boca es un espíritu vivo.

Nhanderovussu agradeció las enseñanzas de la Madre Tierra y se quedó pensando en todo aquello mientras caminaba mirando toda la creación que Tupa había dejado: el suelo, las montañas, el cielo. Entonces de repente el miró para el azul del cielo y dijo:
-Arara! (Guacamayo)
Y de la palabra “arara” nació el primer guacamayo, el primer pájaro azul. él se quedó espantado y dijo:
-Ayyy noo, Araraí!
Y nació un guacamayo pequeño.
Y comenzó a decir cosas que se le veían a la cabeza:
-Túcan! Colibrí! ….
De su boca nacieron muchos pájaros. Y los pájaros nacían y volaban. Y él continuó anadando y experimentando aquella sensación. Él miró entonces para el río y dijo:
-Piraracu
Y nació el primer pez.
-Tambaquí.
Y otro pez nacía.
Y fue diciendo muchos nombres que se transformaban en peces. Muchos y muchos nombres. él miró para el suelo y dijo:
-Yacaré!
Y el miró para el otro lado y dijo:
-Panambí!
Nació así la primera mariposa.
Él fue cantando nombres:
-Paca! Tatu! (armadillo)
Él fue cantando, cantando, cantando nombres. Hasta que un día que él miró para los dos lados y le pareció que estaban todos los seres creados: los seres de las aguas, los seres del cielo, los seres de la tierra

Él volvió hasta aquella gruta y se encontró nuevamente con el espíritu de la Tierra y dijo:
-Sagrada Madre, te vine a devolver el cuerpo que vos me prestaste, porque ya aprendí a vivir y a crear en la Tierra
Y la Madre dijo:
-No precisas devolvérmelo, tenelo con vos. Es tuyo para siempre.
Nhanderovussu dijo:
-No. Si yo se lo devolví a la Palmera cuando la Palmera me enseñó. Yo se lo devolví a la Piedra cuando la Piedra me enseñó. Yo devolví al Jaguar cuando el Jaguar me enseñó.
-No, precisa.
Preciso, no precisa…Hasta que la Tierra habló:
-Mirá hacé lo siguiente: andá un poco mas por el mundo, viví un poco más tu experiencia en este suelo, después cuando vos realmente te canses no precisás venir a verme a mí, abre un espacio en cualquier lugar y entrega ese manto que yo te di.

Entonces así fue hecho. Nhanderovussu continuó cantando. Cantó durante mucho tiempo, cantó muchas cosas. muchas vidas nacieron. Y de las vidas que nacieron fueron haciendo amistades unas con otras.

Hasta que un día el dijo -Ahora yo me voy.

Abrió un espacio en el claro del monte, entregó el manto que la Madre le había dado en ese espacio se quedó solamente su espíritu . Y voló y se transformó en Sol. Ese Sol que nosotros vemos hoy es Nhanderovussu, nuestro primer ancestro, nuestro abuelo.