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Cuerpo

La piel

Tu contacto
Tu piel
Suave fuerte tendida
Dando dicha
Apegada
Al amor a lo tibio
Pálida por la frente
Sobre los huesos fina
Triste en las sienes
Fuerte en las piernas
Blanda en las mejillas
Y vibrante
Caliente
Llena de fuegos
Viva
Con una vida ávida de traspasarse
Tierna
Rendidamente íntima
Así era tu piel
Lo que tomé
Que diste.

Cuando miro el cielo y no hay nubes, sobre el celeste aparece algo que suele estar ahí pero no vemos. Acostado en un parque o playa mirando el cielo sin apuro, allí los descubrís. Pequeñísimos fragmentos movedizos, diminutas basuras que solamente se verían en un microscopio, navegando sobre la superficie del ojo. Tienen formas caprichosas, bailan alrededor, negándose a ser mirados. Pues si querés enfocar en ellos, se disparan, se deslizan rápido hacia otras aguas del ojo. Se van, zambullen o desaparecen momentáneamente para volver luego, cuando retornás al cielo. Siempre inasibles, en un idioma con letras que no reconocemos.

Fidel Sclavo, en Yo soy el que no está (p. 100)

Las flores de las márgenes del camino…

 

Las flores de las márgenes del camino en la noche.

Solas ante la noche como espumas ligeras,

con su dulce secreto para el aire plateado.

 

El aire andaba sobre ellas como un pálido velo

y recogía su sueño, apenas sueño, y vacilaba

ante el signo iluminado del gran río lejano

y la ceniza extática y perlada del “bajo”.

 

Las flores de las márgenes del camino en la noche.

Criaturas desconocidas y acaso efímeras de la noche agreste.

La noche, sin embargo, respiraba con ellas,

y una sonrisa erró un momento sobre los labios distraídos de los

viajeros retardados.

 

Respiraba por ellas algo ensimismada la noche campesina,

y el humilde destino de las flores fue del hálito tardío

que, espíritu argentado, tocó de repente las colinas…

 

Las flores de las márgenes del camino en la noche.

Entreabieron, siquiera un instante, unos labios agradecidos.

Fueron, siquiera un instante, otra flor fugitiva

de otro paisaje íntimo súbitamente azul.

 

Y otro anhelo, un minuto, se unió al suyo en la noche,

fue uno con el suyo en un minuto de la noche.

 

Y no estuvieron solas, un minuto siquiera, con la noche

y con el aire pálido, indeciso ante humos y señales de nácares,

ni se perdieron solas en el soplo aún más pálido, más pálido, del

ángel de la madrugada…