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Cuerpo

Pensó que la verdadera tragedia de envejecer consiste en que allá, dentro de nosotros, sigue un eterno muchacho que no registra el paso del tiempo. Ese, cuyos secretos desdoblamientos había percibido con notable claridad en su retiro en el Cañón de Aracuriare, se reservaba la prerrogativa de no envejecer ya que cargaba consigo la porción de sueños truncos, tercas esperanzas, empresas descabelladas y promisorias en las que el tiempo no cuenta, es más, no es concebible. Un día, el cuerpo se encarga de dar el aviso y, por un momento, despertamos a la evidencia de nuestro deterioro: alguien ha estado viviéndonos y gastando nuestras fuerzas. Pero, de inmediato, tornamos al espejismo de una juventud sin mácula y así hasta el despertar final, bien conocido.

Álvaro Mutis, en Maqroll el gaviero

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Fugaz, rara, la vida

Cabra entre las cabras, cedro
entre los cedros; agua fresca
en el chubasco, terrón reseco
en la sequía; carancho
tras el conejo, cuis en el buche
de la culebra; brote en el plantío,
remolino en la borrasca; pez
en el pico de la grulla, ratón
entre las patas de la tarántula.
Flor que nace de la flor, jabalí
que embiste bajo la lluvia, ardilla
que rápida asoma y se oculta.
Mi propio cuerpo germinando
en la tierra húmeda; mi alma…
que va en la brisa, que se precipita
con el aguacero, que susurra en
el disturbio del río, en la mudez
del presagio. Caravana salvaje
de la que somos parte; un día aves,
otro ciervos, otro hormigas, otro leones,
o vendaval o alud o luna llena…
Vanos, triviales, breves, leves,
somos chispazo, apenas un gesto
en el descomunal y secreto ajetreo.

 

César Bandín Ron

Decimos no I
(Poema diario para acompañar a los cumpas en su marcha contra la megaminería)

El cuerpo sabe hablar
y habla.

Dice camino
y dice no
a la muerte.

Dice camino
y dice no
al saqueo.

El cuerpo sabe hablar
y habla.

Dice marchemos
por la ruta
paso a paso
juntémonos las partes
los nosotros,
este cuerpo de agua
espesa
cosida con mil hilos
de memoria.

Esas lenguas de oro
que hoy brillan
su abundancia
son la sequía
de nuestra propia
sed.

Las espigas soñadas
no son nuestro
alimento
ni nuestro sueño.

El cuerpo sabe hablar
y habla.

Camina
con los ojos abiertos.

 

Decimos no II

El viento es la bandera.

 

Las sombras que resisten

bajo el sol

rodado

en la meseta

flamean entre alas

abiertas.

 

El cielo con sus lonas

guarda el vuelo

necesario.

 

Nos ampara.

 

El viento es la bandera.

 

¿Escuchás como

lleva nuestra voz?

 

No pasarán

por aquí

no pasarán.

 

El caminar retumba

en la meseta,

esa madre infinita

que improvisa la humedad

y el verdor

en lo reseco.

 

El viento es la bandera.

 

¿Escuchás como

lleva nuestra voz?

 

No pasarán.

 

Luciana Mellado, tomado de revista op. cit y de Comunicación patagónica

 

 

“Tal vez pintáramos sobre nuestra propia piel, con ocre y carbón, mucho antes de pintar sobre la piedra. Pero hace cuarenta mil años, en todo caso, dejamos huellas de manos pintadas en las paredes de las cuevas de Lascaux, de Ardennes, de Chauvet.
El pigmento negro utilizado para pintar los animales estaba compuesto por dióxido de manganeso y cuarzo molido, y casi la mitad de la mezcla era fosfato de calcio. Para hacer fosfato de calcio hay que calentar huesos a cuatrocientos grados centígrados, y luego molerlos.
Fabricábamos pinturas con los huesos de los animales que pintábamos.
Ninguna imagen olvida este origen.”

“El futuro proyecta su sombra sobre el pasado. Así, los primeros gestos lo contienen todo; son una especie de mapa. Los primeros días de una ocupación militar, la concepción de un hijo, semillas y tierra.
El dolor es la más pura destilación del deseo. Con la primera tumba, con esa primera siembra de un nombre en la tierra, se invento la memoria.
Ninguna palabra olvida este origen.”

 

Anne Michaels, en La cripta de invierno

Madre primeriza

 

Una semana después de que naciera nuestra hija,

me arrinconaste en la habitación de huéspedes

y nos hundimos en la cama.

Me besaste y me besaste, mi leche desató su

nudo corredizo y caliente a través de mis pezones,

empapó mi blusa. Toda la semana había olido a leche,

leche fresca, agria. Empecé a latir:

mi sexo había sido desgarrado como un trapo

por la corona de su cabeza, me habían cortado con un cuchillo

y cosido, los puntos tiraban de la piel –

y la primera vez que te rompen, no sabes

que vas a cicatrizar, mejor que antes.

Me acosté con miedo y sangre y leche

mientras me besabas y me besabas, tus labios calientes,

hinchados como los de un adolescente, tu sexo grande y seco,

todo tú tan tierno, te inclinaste sobre mí,

sobre el nido de puntadas, sobre

lo rajado y desgarrado, con la paciencia de alguien que

encuentra un animal herido en el bosque

y se queda con él, a su lado

hasta que vuelva a estar entero, hasta que pueda correr de nuevo.