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Cuerpo

Podía oler en sus cabellos el humo de la madera quemada. Y ella, en la lana del jersey, podía oler el cuerpo de él, el aceite de la lámpara, y tierra. La luz de la linterna, el fuego, el río, la cama fría, la mano pequeña, fuerte y quieta de Jean bajo su jersey. Apropiarse de la visión de ella. Aprender y nombrar y guardar todo lo que ve en su rostro mientras él, también, se convierte en parte de su expresión, una forma de escuchar que pronto incluirá el conocimiento que ella tenga de él. Aprenderse cada matiz a medida que éstos revelen un nuevo pasado, así como todo lo que ahora podría ser posible. Conocer en su piel las inconsistencias de la edad: sus manos y muñecas y orejas de niña, sus brazos y piernas suaves y firmes de mujer joven; cada parte anatómica de nosotros parece adquirir una madurez distinta y, durante mucho tiempo, permanece así. ¿Cómo es posible que el cuerpo envejezca con tanta inconsistencia? Al mirarla sentada al otro lado de la mesa, o mirándola ahora, con su cara junto a la de ella, con sus brazos y piernas en paralelo, cómo cede su rostro al escucharle, dando paso a otro rostro y a otro, siempre un abrirse nuevo, una apertura latente; así es como el amor se abre al amor, como el más mínimo cambio de la luz o del aire sobre la superficie del agua. Tumbado a su lado, imaginó que incluso sus propios pensamientos podrían alterar la cara de ella.

Anne Michaels, en La cripta de invierno

Ann Deverià la miró —pero con una mirada para la que mirar es ya una palabra demasiado fuerte —mirada maravillosa que en ver sin preguntarse nada, ver y basta —algo así como dos cosas que se tocan —los ojos y la imagen —una mirada que no toma sino que recibe, en el silencio más absoluto de la mente, la única mirada que de verdad podría salvamos —virgen de cualquier pregunta, aún no desfigurada por el vicio del saber —única inocencia que podría prevenir las heridas de las cosas cuando desde fuera penetran en el círculo de nuestro sentir —ver —sentir —porque no sería más que un maravilloso estar delante, nosotros y las cosas, y en los ojos recibir el mundo entero —recibir —sin preguntas, incluso sin asombro —recibir —sólo —recibir —en los ojos— el mundo.

Alessandro Baricco, en Océano mar

Torso de aire
Supongamos que sí cambias tu vida.
Y el cuerpo es más
que una porción de la noche, sellada
con moretones. Supongamos que despiertas
y encuentras tu sombra reemplazada
por un lobo negro. El chico, hermoso
y perdido. Entonces llevabas el cuchillo
a la pared. Escarbas y escarbas
hasta que encuentras una moneda de luz
y puedes asomarte, por fin,
a la felicidad. El ojo
te mira de vuelta desde el otro lado,
esperando.

Hablándole al dolor

 

Ah, dolor, no debiera darte el trato

de un perro vagabundo

que llega hasta la puerta trasera por si logra

un trozo de pan duro, un hueso mondo.

Debería confiar en ti.

 

Debería halagarte y conseguir

que pasaras adentro y ofrecerte

un rincón propio,

con una vieja alfombra para echarte

y tu propia escudilla.

 

Te piensas que no sé que llevas tiempo

instalado en mi porche.

Quieres que quede listo tu sitio genuino

antes de que sea invierno. Necesitas

tu nombre, tu collar, la chapa

de identificación. Y necesitas

el derecho a espantar a los intrusos,

a quedarte en mi casa y

sentirla como propia,

a mí como algo tuyo

y a ti

como mi propio perro.

duermo conmigo / acostada boca abajo duermo
conmigo / para el lado derecho duermo conmigo /
duermo conmigo abrazada conmigo / no hay noche tan
larga en la que no duerma conmigo / como un trovador
agarrado al laúd duermo conmigo /  duermo
conmigo bajo de la noche estrellada / duermo conmigo
mientras los demás cumplen años / duermo
conmigo a veces con los anteojos / y en medio de la oscuridad sé que estoy durmiendo conmigo / y quien quisiera dormir conmigo
va a tener que dormir al lado.

 

 

eu durmo comigo

eu durmo comigo/ deitada de bruços eu durmo
comigo/ virada pra direita eu durmo comigo/ eu
durmo comigo abraçada comigo/ não há noite tão
longa em que não durma comigo/ como um trovador
agarrado ao alaúde eu durmo comigo/ eu durmo
comigo debaixo da noite estrelada/ eu durmo comigo
enquanto os outros fazem aniversário/ eu durmo
comigo às vezes de óculos/ e mesmo no escuro sei que
estou dormindo comigo/ e quem quiser dormir comigo
vai ter que dormir ao lado.

Podría darles decenas de ejemplos de mediadores que, cada uno con su reflexión
propia, hacen que la lectura sea un arte profundamente vivo. Todos saben que lo que está actuando es una transmisión de experiencia. Transmitir el gusto por la lectura es un asunto relacionado con la propia apetencia del mediador por esta actividad; con su disponibilidad hacía el otro, su capacidad de observar y de interrogar sus propias maneras de actuar; con la reflexión, los conocimientos y la intuición a la hora de sentir cuales son las obras que van a resonar para tal o cual persona; pero también con una calidad de presencia, una energía, un deseo, una vitalidad; una habilidad que permite recuperar, detrás del texto, la voz de su autor, un ritmo, un movimiento, una melodía, unas «tierras adentro» de sensaciones, de emociones, un cuerpo.
En todas las partes del mundo, quizá sean una minoría los que estén interesados en la
experiencia de la lectura y en el contacto con las obras de arte, pero se trata de una minoría muy activa y a menudo muy inventiva. En estos tiempos tan brutales, preservan unos momentos de transmisión cultural que escapan a la obsesión cuantitativa y al barullo ambiente para proteger un espacio de pensamiento, una dignidad y una parte de libertad, de sueño, de algo inesperado.

 
Leer y hacer uso de una biblioteca escolar:
¿y eso, para qué sirve hoy en día?
Michèle Petit. Santiago de Compostela, 2011

 

https://leer.es/documents/235507/353837/Michele_Petit.pdf/243b4211-5311-4c74-8476-f381815a5a4f

A veces, de pronto, extraño a la niña tímida que fui. El pelo atado, las rodillas juntas, la inclinación de la cabeza, la mirada un poco escondida. La encuentro intacta en las fotos de entonces.

Hablaba poco, la voz baja, siempre un paso atrás en la escuela, en las clases de italiano, en el grupo de amigas. Era alta en esa época, la última de la fila, la  del último banco en el aula. Era buena alumna, tranquila, sonriente.

Extraño especialmente su silencio, su cabeza metida en el silencio.

Muchas veces quisiera poder  volver a ese silencio. No de soledad, ni de tristeza. Silencio de lentitud. No había apuro para los días, hacía las tareas con tranquilidad, hablaba poco, escuchaba. Leía.

Recuerdo una vez, una imagen que quedó grabada para siempre, un detalle que todavía destella.

Amalia llegó al grupo en 4º o 5º grado. Una nena alegre que se hizo rápido amiga de todas. Linda, iluminada.

Una mañana, en el recreo, yo estaba parada en una ronda de compañeras y ella vino desde atrás y me subió las medias. Nada más que eso. Y reírnos.

Usábamos pollera y medias tres cuartos, seguramente azules. Se les aflojaban los elásticos y se caían. Algunas chicas usaban cancanes bajo las medias, yo no. Era como un lujo ponerse cancanes y también un poco sofisticado para mi familia, lo pienso ahora.

Ese gesto de Amalia, un gesto corporal, de contacto corporal, en esos años setenta, de poco contacto físico entre nosotras, me sorprendió. Me avergonzó un poco por mis medias caídas, pero a la vez lo sentí como un gesto amoroso, una complicidad.

No sé por qué estoy recordando esto hoy. Pero ese gesto decidido y cálido, fue un destello de algo; un instante perdido en el mar de recreos de la escuela primaria que quedó brillando, una estrellita.  Algo con mi timidez, algo con la amistad, algo con lo humano. Un aviso de los encuentros que vendrían después, la posibilidad de recibir.

A esa nena extraño a veces. Sé que sabía cosas que ahora ignoro. De la poesía, por ejemplo.

 

Quisiera, por un momento, su cabeza silenciosa, serena, sin necesidad de demostrar nada, de decir nada. Una cabeza limpia, mirando el mundo, ocupada en sus pensamientos. Haciendo silencio.

 

Laura Forchetti, en http://pasodelosteros.blogspot.com/