archivo

Mar

Los nadadores de aguas abiertas
hablan del agua, incansables;
la diferencian, la asocian
como si persiguieran
un rastro infinito.
El agua que describen
no es solo agua,
entre el pedregullo y las arenas
se carga de sólidos
entre las corrientes
toma la fuerza
de un animal prehistórico.
Más densa, más liviana,
amarga, abrazadoramente cálida.
El agua en la que se sumergen
nunca es la misma,
pero no repiten,
encarnan precarizada
la frase de Heráclito.
Los nadadores testean
cuando respiran tensos
al filo de la hipotermia,
cuando el barro del fondo
enturbia las antiparras,
cuando se dejan ir también,
en un placer amniótico.
Más tersas, más ásperas,
más dulces;
cuando la brazada avanza
descubren. Levantan
esa planicie inestable
buscan cómo sostenerse
o remontar,
igual que en el gran océano
del vivir,
qué objeto servirá
para fijar el rumbo
o qué es el equilibrio
sin apoyo.
En el aliento
la obsesión por el agua.
Los nadadores alzan
oscuras masas de soledad;
emergen entre enormes
intocadas masas líquidas,
siempre al borde
de ser tragados,
siempre en el límite
de lo incompatible.
En una deriva
picada por vientos
entre algas y desechos
de los tiempos modernos
nadar el mar
como se nada lo real.
Abro la puerta de mi casa,
soy la nadadora
que con los brazos vuelve
a un rudimentario atavismo.
Espíritu del agua,
abrime el paso,
mundo de la carne
y de los intercambios humanos
voluptuoso y denso,
cuál es el resquicio:
agua reticente atravieso
agua herida, agua
del primer sí.

Estoy en el Taller de Objetos con Paula Panfili y en el laboratorio de arte Fuera de Cuadro con Fabi Di Luca en el galpón de La Grieta.

Miro el espacio y observo cómo se disponen las paredes, herramientas, máquinas, los materiales, libros e insumos de la enseñanza, es un espacio con esta forma que fue adquiriendo, que está en permanente movimiento y se transforma a ritmo de lo que deseamos.

El espacio-taller de artes visuales para chicos es compartido por diferentes propuestas y producciones durante la semana, esto le impregna un móvil maravilloso que solo sucede acá arriba: un día te vas y has dejado en el cordel 36 trapitos teñidos con cúrcuma porque experimentamos ese método antiguo de lograr el amarillo pero al otro día llegás y hay una ballena de tres metros colgada en el techo.

¿Será transparente para que miremos su interior vacío?

¿Quiénes son los niños que han osado dejarla encima de mi cabeza?

Lo significativo es atender las señales que están emitiendo esos elementos realizados por los chicos, creo que el alcance poético de esas piezas y lo que se dice en torno a ellas, supera el dossier de las teorías.

Sabemos que la ballena es el continente de la idea, los bocetos, los despiezos, la bibliografía, los amigos que nos ayudaron a realizar y que se han utilizado dos rollos de alambre dulce y varios rollos de papel film, es decir, podemos modular la materia hasta lograr una beluga transparente con esqueleto alámbrico. Pero más nos interesan las conversaciones y el agua de las miradas que se sumergen hacia lo invisible porque nos permite imaginar que el animal durante la noche nada tragando otros peces o escucha el rumor del viento en la superficie o que el alumbrado público ingresa y se desparrama sobre su lomo convirtiéndolo en fantasma o simplemente sueñe con ser mariposa como en el cuento chino o tal vez llore porque extraña a sus padres. Nunca sabremos si esto sucede antes o después pero lo cierto es que en un momento estamos todos adentro de la ballena aprendiendo con otros. He aquí el monstruo. He aquí el arte.

Andrea Iriart, tomado de revista Boba

Recojo una concha en forma de oreja. La acerco a la mía, dicen que se oyen las olas. No me da esa impresión. El efecto es el del eco de una cisterna, repite el murmullo que está dentro de mi oído, el tobogán de sonidos en un laberinto. Con la otra oreja oigo amplificado el enjuague de la ola en la grava. Es el sonido más antiguo del mundo, está aquí desde las edades de la tierra. Ya estaba cuando nadie podía oírlo. Pasaron millones de años antes de que pudiera meterse en un oído. Son pensamientos que ascienden desde los pies descalzos sobre la grava fronteriza entre la tierra y el mar. Si uno duerme cerca, a saber qué sueños tendrá. Dentro de los míos ruedan avalanchas, un rayo incendia un árbol, golpeo con un hacha un tronco que no cede, me enzarzo con un oso que sigue matándome. Debe de estribar en los sueños la diferencia entre quienes viven con los montes y quienes están cerca del mar. ¿Y los de las ciudades atestadas? Decido que se sueñan entre ellos.

Erri De Luca, en La natura expuesta

Este es un lugar, donde nosotras las antiguas mujeres del viento
guardábamos las piedras coralinas, lavadas con las plantas del desastre.

Oh, cuando el mar traía riñones de los unicornios
con el solo conjuro de la sal
y el aceite de iguana y el pan de los leprosos
eran los comestibles de nuestras grandes barcas, cuando
íbamos cantando, como ardientes tormentas de flores al crepúsculo,
al llegar La noche por las playas ansiosas con negros remadores.

Este era el lugar para los amuletos.
Lejos de los tumultos, de los hombres que ignoran su antípoda celeste,
de ciudades pobladas de banderas, letrinas, narradores,
con los ciegos orfebres de la magia,
los buscadores de árboles de niebla y de piedras alquímicas,
con niños que nacieron de las perlas
en ostrales de náufragos antiguos, acostumbrados a los sortilegios. ¿Acaso tú no guardas, junto a tu corazón, bajo calientes
ropas sudadas por los siglos,
esa piedra jerárquica que mudará tu sombra en ardiente perfume? ¿No llevas por ventura un anillo de hierbas
que te sofocará con su lujuria y gozarás la muerte? ¿No conoces acaso este lugar que cambia de mirada en un mar tembloroso?
¿Dónde está el ascendente del origen con lenguaje de cielos? ¡Tuya es la eternidad en un ramo de flores del azufre que comerás cantando! -Así dice el cronista del mar con amuletos, una raza
reciente que ignora sus augurios.

Romilio Ribero

Oye y no se oye. Sumida en una gota de resina, clava el hacha. Absorta la mirada en un junco, siembra y desmata. Se asoma a la ventana y no se ve.
Explora la exuberancia de líneas en el mapa como si fuera el diagrama de una selva remota, negra, ronca, inextricable. La ordena con el dedo. Descarta un ramal como quien descorre una cortina. La ausente de sí misma ha oído el llamado del mar.
Llega a un arenal implacable, un cielo gris. La bruma funde el borde de la isla. -Allá, detrás, no hay nada. Solo yo. Sola yo -se anima. Se descubre. Tienta con el pie la inmensidad. -Está fría -ríe. Y retrocede triunfante.
Llano de plomo. Vientre de cocodrilo. Canto monótono y sereno, siempre igual. La indiferencia la incluye. Bosteza y se amodorra. Sueña con un océano azul exacto, un pueblo blanco, antiguo, donde es el cura, el médico, el maestro, la anciana sentada en el portal, el chico que vela la única canoa, el enamorado, la puta y el pintor. Ella es el agua azul y el pueblo blanco, el sí y el no y el bien y el mal diáfanos -el bien muy grande, y como un grano de arroz el mal, de pequeñito.
Allá, detrás, un caserío, el barro, latas, la carcaza de un auto, cables, ruido, un charco, ropa vieja tendida, un surtidor, grafitti, una mendiga, una iglesia como un almacén, una casa como un barco hundido.
Se despereza la ausente y se incorpora. La inmensidad la despide agitando la mano. Ella le deja la huella de sus pies y una promesa falsa. Despliega el mapa y busca el paraíso.

 

Mercedes Roffé, en La noche y las palabras (de «Motivos para escribir»)

Os Argonautas
O Barco!
Meu coração não aguenta
Tanta tormenta, alegria
Meu coração não contenta
O dia, o marco, meu coração
O porto, não…

Navegar é preciso
Viver não é preciso…

O Barco!
Noite no teu, tão bonito
Sorriso solto perdido
Horizonte, madrugada
O riso, o arco da madrugada
O porto, nada…

Navegar é preciso
Viver não é preciso…

O Barco!

O automóvel brilhante
O trilho solto, o barulho
Do meu dente em tua veia
O sangue, o charco, barulho lento
O porto, silêncio!…

Navegar é preciso
Viver não é preciso…