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Final de la Narración de Arthur Gordon Pym

(La traducción de Cortázar, de Alianza Editorial, es mucho mejor. Pero no la encontré online. Cuando pueda, la transcribo y la subo)


 

1 de marzo. Muchos fenómenos inusitados nos indicaban ahora que estábamos entrando en una región de maravilla y novedad. Una alta cordillera de leve vapor gris aparecía constantemente en el horizonte sur, fulgurando a veces con rayos majestuosos, lanzándose de este a oeste, y otros en dirección contraria, reuniéndose en la cumbre, formando una sola línea. En una palabra, mostrando todas las variaciones de la aurora boreal. La altura media de aquel vapor, tal como se veía desde donde estábamos, era de unos veinticinco grados. La temperatura del mar parecía aumentar por momentos, alterándose perceptiblemente el color del agua. 2 de marzo. Hoy, gracias a un insistente interrogatorio a nuestro prisionero, nos hemos enterado de muchos detalles relacionados con la isla de la masacre, con sus habitantes y con sus costumbres; pero ¿puedo detener ahora al lector con estas cosas? Sólo diré, no obstante, que supimos por él que el archipiélago comprendía ocho islas; que estaban gobernadas por un rey común, llamado Tsalemon o Psalemoun, el cual residía en una de las más pequeñas; que las pieles negras que componían la vestimenta de los guerreros provenían de un animal enorme que se encontraba únicamente en un valle, cerca de la residencia del rey; que los habitantes del archipiélago no construían más barcas que aquellas balsas llanas, siendo las cuatro canoas todo cuanto poseían de otra clase, y éstas las habían obtenido, por mero accidente, en una isla grande situada al sudeste; que el nombre de nuestro prisionero era Nu-Nu; que no tenía conocimiento alguno del islote de Bennet, y que el nombre de la isla que había dejado era Tsalal. El comienzo de las palabras Tsalernon y Tsalal se pronunciaba con un prolongado sonido silbante, que nos resultó imposible imitar, pese a nuestros repetidos esfuerzos, sonido que era precisamente el mismo de la nota lanzada por la garza negra que comimos en la cumbre de la colina.

3 de marzo. El calor del agua es ahora realmente notable, y su color está experimentando un rápido cambio, no tardando en perder su transparencia, adquiriendo en cambio una apariencia lechosa y opaca. En nuestra inmediata proximidad suele reinar la calma, nunca tan agitada como para poner en peligro la canoa; pero nos sorprendemos con frecuencia al percibir, a nuestra derecha y a nuestra izquierda, a diferentes distancias, súbitas y dilatadas agitaciones de la superficie, las cuales, como advertimos por último, iban siempre precedidas de extrañas fluctuaciones en la región del vapor, hacia el sur.

4 de marzo. Hoy, con objeto de agrandar nuestra vela, mientras la brisa del norte se apagaba sensiblemente, saqué del bolsillo de mi chaqueta un pañuelo blanco. Nu-Nu estaba sentado a mi lado y, al rozarle por casualidad el lienzo en la cara, le acometieron violentas convulsiones. Éstas fueron seguidas de un estado de estupor y modorra, y unos quedos murmullos de: «¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!».

5 de marzo. El viento había cesado por completo; pero era evidente que seguíamos lanzados hacia el sur, bajo la influencia de una corriente poderosa. Y a del agua era extremado, incluso desagradable al tacto y su tono lechoso cayó sobre la canoa y sobre la amplia superficie del agua, mientras la llameante palpitación se disipaba entre el vapor y la conmoción se apaciguaba en el mar. Nu-Nu se arrojó entonces de bruces al fondo de la barca y no hubo manera de convencerle para que se levantase.

7 de marzo. Hoy hemos preguntado a Nu-Nu acerca de los motivos que impulsaron a sus compatriotas a matar a nuestros compañeros; mas parecía dominado, demasiado dominado por el terror para darnos una respuesta razonable. Seguía obstinadamente en el fondo de la barca; y, al repetirle nuestras preguntas respecto al motivo de la matanza, sólo respondía con gesticulaciones idiotas, tales como levantar con el índice el labio superior y mostrar los dientes que este cubría. Eran negros, hasta ahora no habíamos visto los dientes de ningún habitante de Tsalal.

8 de marzo. Hoy flotó cerca de nosotros uno de esos animales blancos cuya aparición en la playa de Tsalal era más evidente que nunca. Hoy se produjo una violenta agitación del agua muy cerca de la canoa. Fue acompañada, como de costumbre, por una fulgurante fluctuación del vapor en su cumbre y una momentánea separación en su base. Un polvo blanco y fino, semejante a la ceniza —pero que ciertamente no era tal — cayó sobre la canoa y sobre la amplia superficie del agua, mientras la llameante palpitación se disipaba entre el vapor y la conmoción se apaciguaba en el mar. Nu-Nu se arrojó entonces de bruces al fondo de la barca y no hubo manera de convencerle para que se levantasen.

9 de marzo. Toda la materia cenizosa caía ahora incesantemente sobre nosotros, y en grandes cantidades. La cordillera de vapor al sur se había elevado prodigiosamente en el horizonte, y comenzaba a tomar una forma más clara. Sólo puedo compararla con una catarata ilimitada, precipitándose silenciosamente en el mar desde alguna inmensa y muy lejana muralla que se alzase en el cielo. La gigantesca cortina corría a lo largo de toda la extensión del horizonte sur. No producía ruido alguno.

21 de marzo. Sombrías tinieblas se cernían sobre nosotros; pero de las profundidades lechosas del océano surgió un resplandor luminoso que se deslizó por los costados de la barca. Estábamos casi abrumados por aquella lluvia de cenizas blanquecinas que caían sobre nosotros y sobre la canoa, pero que se deshacía al caer en el agua. La cima de la catarata se perdía por completo en la oscuridad y en la distancia. Pero era evidente que nos acercábamos a ella a una velocidad espantosa. A intervalos eran visibles en ella unas anchas y claras grietas, aunque sólo momentáneamente, y desde esas grietas, dentro de las cuales había un caos de flotantes y confusas imágenes, soplaban unos vientos impetuosos y poderosos, aunque silenciosos, rasgando en su carrera el océano incendiado.

22 de marzo. La oscuridad había aumentado sensiblemente, atenuada tan sólo por el resplandor del agua reflejando la blanca cortina que teníamos delante. Múltiples aves gigantescas y de un blanco pálido volaban sin cesar por detrás del velo, y su grito era el eterno «¡Tekeli-li!» cuando se alejaban de nuestra vista. En este momento, Nu-Nu se agitó en el fondo de la barca; pero al tocarle vimos que su espíritu se había extinguido. Y entonces nos precipitamos en brazos de la catarata, en la que se abrió un abismo para recibirnos. Pero he aquí que surgió en nuestra senda una figura humana amortajada, de proporciones mucho más grandes que las de ningún habitante de la tierra. Y el tinte de la piel de la figura tenía la perfecta blancura de la nieve.

 

Edgar Allan Poe, en Narración de Arthur Gordon Pym

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El mundo fue creado por dos dioses, el uno llamado Corazón de los Cielos y el otro Corazón de la Tierra. Al encontrarse, entrambos fertilizaron todas las cosas al nombrarlas. Nombraron a la tierra, y la tierra fue hecha. La creación, a medida que fue nombrada, se disolvió y multiplicó, llamándose niebla, nube o remolino de polvo. Nombradas, las montañas se dispararon desde el fondo del mar, se formaron mágicos valles y en ellos crecieron pinares y cipreses. Los dioses se llenaron de alegría cuando dividieron las aguas y dieron nacimiento a los animales. Pero nada de esto poseía lo mismo que lo había creado, esto es la palabra. Bruma, ocelote, pino y agua, mudos. Entonces los dioses decidieron crear los únicos seres capaces de hablar y de nombrar a todas las cosas creadas por la palabra de los dioses. Y así nacieron los hombres, con el propósito de mantener día con día la creación divina mediante lo mismo que dio origen a la tierra, el cielo y cuanto en ellos se halla: la palabra.

Carlos Fuentes, en El naranjo

…las victorias regias que flotaban cerca de las orillas, las bandejas verdes y circulares, y al costado de cada una, en la punta de un tallo largo y medio sumergido que evocaba un cordón umbilical, la flor de un blanco rojizo que se había abierto en el atardecer, para relumbrar con un resplandor apagado durante la noche y volver a cerrarse al alba hasta el anochecer del día siguiente, las victorias regias que los indios guaraníes llamaban irupé y que le hicieron pensar a Pichón, a causa de esa flor un poco separada del círculo verde pero dependiente de él, igual que un planeta y su satélite, en esas diosas arcaicas y solitarias que, fecundándose a sí mismas, parían por entre sus miembros vigorosos un dios menor, blanco, espigado y frágil, con el que se elevaban en vuelo nupcial antes de abandonarlo a la mesa del sacrificio para hacerlo despedazar y perpetuar de ese modo su propio culto.

 

Juan José Saer, en La pesquisa

“No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez.
Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?…
Éstas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera”.

 

Sandor Marai, en El último encuentro

I

Un corazón ya sin fuego

Abandonado en una calle de tierra

Obitó.

Parece japonés.

Obitó.

Hasta suena gracioso. Y es todo lo contrario.

Obitó.

Cinco letras. Una palabra. Una acción terminal para pronunciar la peor noticia que puedan llegar a recibir.

Obitó.

Verbo en pasado perfecto. Excelente definición de lo que fue una vida. Algo pasado. Algo único. No importa si fue una vida buena o mala. Fue algo único porque existió. Y ahora ya no más porque…

Obitó.

Cuando pronunciamos la palabra obitó lo que les intentamos decir es que su ser querido, esa persona por la que ustedes lamentablemente nos conocieron bajo esta circunstancia particular, falleció.

Está muerta.

Obitó.

Obitó es una palabra, un verbo, que jamás se pronuncia en una clínica privada. Porque donde hay dinero de por medio es otro el procedimiento. Porque si se paga es para recibir algo diferente. Algo mejor. En teoría. La práctica igual avala. Pero podrían recibir algo mejor. El consuelo de tontos es que peor están los que no tienen obra social. Y esa es una verdad irrefutable.

Les comentaba que en una clínica privada a los familiares nunca se les dice obitó. Se los hace ir a esperar a una sala especialmente preparada para esta situación. Una habitación generosa en espacio. Paredes y techo pintados de blanco. Una habitación impecable. Inmaculada. Solo con un sofá enorme. Pesado. Un único sofá que invita a sentarse en el sí o sí. No hay sillas. No hay mesas ni mesitas. No hay flores porque no hay floreros. Tampoco cuadros. No hay nada más que ese sofá enorme donde suelen esperar apretados los familiares. No hay nada más que ese sofá y música. Música clásica que sale de parlantes ocultos. Música clásica o algún tema de Vangelis.

Si alguna vez a ustedes los hacen pasar a un lugar así, prepárense. Sean conscientes de lo que sigue. Porque esas paredes y techos blancos impecables e inmaculados, ese sillón enorme y la música clásica o el tema de Vangelis sonando por los parlantes les están diciendo que la persona por la que están ustedes ahí falleció.

Antes les vamos a dar la mano. Un apretón firme. Seguro. Nos vamos a presentar. Les vamos a decir nuestro nombre inmediatamente después de aclararles que somos personal médico de esa institución, de esa prestigiosa clínica de la cual nos sentimos honrados de formar parte.

Y, haciendo un alarde de ademanes y en ocasiones entrelazando los dedos o uniendo solo las yemas, les vamos a enumerar que aun en un centro médico como ese, a pesar de haber hecho todo lo correcto en el procedimiento llevado a cabo, dado el cuadro del paciente, y que incluso disponiendo de los elementos más idóneos y modernos, el cuerpo de la persona por la que ustedes están ahí presentes no resistió. Que el cuerpo de su ser querido fue el que no aguantó. Aunque nosotros hicimos todo lo humanamente posible para salvarlo. Pese a nuestros extraordinarios esfuerzos. Y más.

Vamos a dejar que lloren sobre nuestros hombros. Incluso nosotros mismos nos vamos a permitir palmear sus espaldas y si consideráramos que hace falta hasta abrazarlos. Sí, somos profesionales. Pero antes que nada somos seres humanos. Si se ponen violentos y empiezan a gritar solo vamos a dar un paso atrás para alejarnos lo mínimo y necesario como para que ustedes se desahoguen tranquilos.

Seguramente van a tener ganas de romper todo. Pero no hay nada. Solo ese sofá enorme y pesado en una habitación inmaculadamente blanca. Van a rugir. Van a rabiar. Se van a dar cuenta de que ya nada se puede hacer. Se van a sentir impotentes. Y entonces volverán a escuchar esa música clásica o algún tema de Vangelis y después se van a escuchar llorar desconsolados.

Entonces les vamos a ofrecer un hombro o el pecho para que terminen de descargarse sobre nosotros. Y lo van a aceptar porque otra cosa no hay. Y mientras sollocen les vamos a palmear la espalda y hasta abrazarlos, si lo consideramos necesario. Cuando estén un poco más tranquilos, cuando puedan levantar la cabeza, les vamos a hacer notar la presencia de una enfermera que les va a pedir que la acompañen. La enfermera les va a dar su pésame. Los va a llevar a la administración donde los empleados también les van a decir que sienten mucho su pérdida. Y juntos van a empezar todos los trámites necesarios.

Más y más blanco. Mucho papelerío. Van a firmarlos todos. Antes de que lo piensen dos veces los empleados administrativos se van a encargar de poner una lapicera en sus manos. Están en estado de shock. Es lógico. No pueden procesar todo lo que está pasando. Por eso los guían tan fácil y por eso se dejan guiar. Porque uno cuando está así prefiere que otro se ocupe. Que sea otro el que se haga cargo. Se van a entregar a ese «necesito que me firme acá» porque les va a hacer bien creer, por lo menos eso piensan inconscientemente, que con su aprobación los otros son los que se van a ocupar.

Eso es algo real. Verdadero. Porque para que ellos, los administrativos de la clínica, empiecen a moverse lo primero que ustedes firmaron fue que entendían todo lo allí detallado por escrito y que estaban de acuerdo con lo que nosotros, los doctores, les informamos. Que el único responsable de que su ser querido dejara de existir es su cuerpo y no el prestigioso personal médico de esa clínica privada.

Con una firma, ustedes nos están desligando de otro término antipático para nosotros como profesionales. Nos están desligando de un futuro juicio por haber ejercido una posible mala praxis.

Todo esto en una clínica privada donde —prepaga mediante— jamás se pronuncia la palabra, el verbo, obitó. Todo lo contrario a un hospital público, donde obitó es lo primero que uno aprende a decir en estos casos.

—¿Parientes de fulano de tal? ¿Sí? Su familiar obitó a las tantas horas y tantos minutos del día de hoy. Por favor dirigirse a la comisaría correspondiente a hacer la denuncia para poder retirar el cuerpo de este nosocomio.

Palabras más, palabras menos, lo importante desde el punto de vista judicial es decirles siempre obitó.

Para una persona que se está enterando de que perdió a un ser querido escuchar «obitó» es como recibir una cachetada seca.

¿Obitó? ¿Obitó? ¿Qué carajo es obitó?

Obitó es una palabra que desconcierta.

Obitó es algo tan inesperado como lo que está anunciando.

Obitó es un antes y un después.

Obitó, mal que les pese, es un término que igual se llega a entender.

Para cuando los familiares o conocidos pueden reaccionar, ya no tenemos que estar delante de ellos. Cumplimos con el procedimiento correcto. También con lo legal. Se informó que el paciente obitó. Hasta ahí llegó nuestra responsabilidad.

No hay que dar más explicaciones. No hay que develar detalles del fallecimiento. Nunca. El momento del llanto es el ideal para aprovechar a irse. Cuando se confunden en un abrazo. Ahí es donde hay que desaparecer. Donde hay que dejarlos solos para que cuando vuelvan en sí reciban de otros doctores, enfermeros o policías custodiando el recinto la misma información: se tienen que dirigir a la comisaría y hacer la denuncia para retirar el cuerpo.

No tienen que saber el apellido del doctor que les informó del deceso. Nunca se lo vamos a dar. Son muy pocos los que miran en el guardapolvo el apellido. De hecho, los únicos médicos que llevan sus apellidos en los guardapolvos son los que recién empiezan. Los que todavía no saben cómo se hace el trabajo. Les decía que son muy pocos los que miran el guardapolvo porque cuando uno los llama y les dice «obitó» no existe otra cosa más que ese momento trágico.

Después viene un juego en el que todos nos cubrimos las espaldas. Los policías custodiando el hospital, enfermeros, doctores, todos… cuando se acercan preguntándonos por el doctor que les informó de la muerte primero les preguntamos si saben cómo se llama. Ante la negativa les pedimos que nos lo describan físicamente. Sea joven o viejo, pelado o barbudo, morocho o rubio, gordo o flaco, porteño o provinciano; siempre va a ser «seguro el Doctor González. Ya se lo busco».

Se van a cansar de esperar al «Doctor González». Cada vez los van a atender con más mala predisposición cuando pregunten por el paradero del «Doctor González». El «ya se lo busco» en todas esas bocas cambiará a un «discúlpenme, estoy trabajando». Y si es necesario se llegará al definitivo «entienda que su familiar no es el único paciente que obitó hoy. Permiso».

Obitó.

O – B I – TÓ.

Otra vez esa palabra.

Volverán a sentirse impotentes. Volverán a llorar. Si nos llegaran a agredir físicamente: peor para ustedes porque se les va a complicar más. Van a bajar los brazos, tarde o temprano, los van a bajar. Y cuando se resignen van a terminar yendo a la comisaría a hacer la denuncia. A su regreso, la administración del hospital va a tener listo todo el papeleo para que firmen y puedan velar al muerto en paz. Para que firmen y las cosas sigan su rumbo. Para hacer el velorio, hacer el entierro y después de una vez por todas poder descansar. Por lo menos un rato. Para que a ninguno, por más que no estemos en una clínica privada, se le vaya a ocurrir endilgarnos ese otro término que ya les mencioné: mala praxis.

Cuando se es joven, sobre todo cuando se está estrenando título y el juramento hipocrático todavía se respira, a uno como profesional no le alcanza con decir solo obitó. Y desoyendo a los que tienen experiencia en el tema, a los compañeros de mayor antigüedad, nos involucramos en cada uno de los obitó que tuvimos que pronunciar. Es ahí donde, en lugar de desligarnos, nos entregamos a lo que no deberíamos y el obitó nos empieza a consumir.

Años de guardia a cuestas y lamentablemente la propia experiencia vivida enseñan que el médico que labura bien en lo público algo está haciendo mal en lo privado. Que si el trabajo marcha sobre rieles en lo personal va a pasar todo lo contrario. El que tiene buen corazón, haciendo lo correcto, se enferma. Pierde parejas. Pierde a los hijos. Porque se pierde en darle a otros lo que no puede brindar en su propia casa.

Es duro, muy duro, enfrentarse con uno mismo y declarar que la relación con tu mujer obitó. Que lo que hay entre vos y tu hijo obitó. Darte cuenta de que hasta tu vocación de servicio obitó. Que lo único que te queda para seguir adelante es eso: la palabra obitó.

El obitó es el remedio. El obitó es el medicamento apropiado. El obitó es la cura para este tipo de males: trabajar en la guardia de un hospital público.

Pronunciar la palabra obitó es un reflejo.

Pronunciar la palabra obitó es poder reaccionar para no quedar pegado.

Pronunciar la palabra obitó es lograr justamente que aquel que obitó no termine siendo uno.

Y después de haber enterrado un matrimonio, varias parejas, amistades y hasta un hijo; después de haber perdido trabajos en clínicas tan exclusivas como lejanas en un currículum donde no las puedo mencionar, después de haber perdido mi norte, si hay algo en lo que creo, si hay algo a lo que me aferro día a día, eso es el obitó.

La palabra obitó es lo único que me queda.

Pero esta madrugada no la voy a poder pronunciar.

Porque todo lo vivido anteriormente, toda esa experiencia adquirida, no es nada ante esta situación absolutamente nueva en mi haber: la de los familiares del paciente, la de sus conocidos, teniendo el control. Personas que no van a entender, que no quieren escuchar, que su ser querido obitó.

Leonardo Oyola, primer capítulo de Kryptonita

Era una mujer con una escoba o una pala de basura o un estropajo o una cuchara de revolver en la mano. Se la veía mientras cortaba un pastel a la mañana, tarareando, o sacando el pastel del horno al mediodía, o metiéndolo al atardecer en la despensa. Movía las tintineantes tazas de porcelana como un campanero suizo. Se deslizaba por los pasillos con la regularidad de una aspiradora eléctrica, buscando, encontrando, y ordenando. Todas las ventanas eran espejos, que recogían el sol. Entraba dos veces, por lo menos, en cualquier jardín, con el rastrillo en la mano, y cuando ella pasaba, las flores alzaban los dedos temblorosos al aire cálido. Dormía serenamente, y no daba más de tres vueltas en la noche, tan abandonada como un guante blanco que una mano pronto daría vuelta al alba. Al despertar tocaba a la gente como si fuesen cuadros, enderezándolos en la pared.

Pero, ¿ahora?

— Abuela -decían todos-. Bisabuela.

Ahora era como si se obtuviese al fin el total de una enorme suma. La bisabuela había rellenado pavos, pollos, pichones, caballeros, y muchachos. Había lavado techos, muros, inválidos, y niños. Había extendido linóleos, reparado bicicletas, curado relojes, atizado hornos, vertido yodo en diez mil lastimaduras. Sus manos habían flotado alrededor, arriba y abajo, apaciguando esto, sosteniendo esto otro, arrojando pelotas, sacudiendo mazos de croquet, sembrando en tierra negra, o cubriendo budines, guisos y niños somnolientos. Había bajado persianas, encendido velas, movido llaves… y envejecido. Treinta billones de cosas empezadas, llevadas adelante, terminadas y concluidas. Y ahora todo se sumaba, se escribía el total, se colocaba el decimal último, el último cero. Y ahora, también, tiza en mano, ella retrocedía alejándose de la vida, en una hora silenciosa, antes de tomar el borrador.

— Veamos ahora -dijo la bisabuela-. Veamos…

Sin ruido ni alboroto, recorrió la casa en un interminable inventario en espiral, y llegó al fin a las escaleras, y sin anunciarlo especialmente subió hasta su cuarto donde se acostó como la huella de un fósil entre las frescas sábanas nevadas, y empezó a morir.

Otra vez las voces:

— ¡Abuela! ¡Bisabuela!

El rumor descendió por el pozo de la escalera, golpeó el piso, se extendió en ondas por los cuartos; salió por ventanas y puertas, y corrió por la calle de olmos hasta la cañada verde.

— Acercaos, ¡aquí!

La familia rodeó la cama.

— Dejadme descansar -murmuró la abuela.

La enfermedad no podía descubrirse con un microscopio; era un cansancio suave, pero creciente. Sentía que el cuerpo de gorrión le pesaba cada vez más; somnoliento, más somnoliento, muy somnoliento.

En cuanto a sus hijos y los hijos de sus hijos… parecía imposible que un acto semejante, tan simple, el más despreocupado, despertara tantas aprensiones.

— Bisabuela, escucha. Lo que haces no es mejor que romper un contrato. Sin ti, esta casa

se derrumbará. ¡Debes darnos por lo menos un año de aviso!

La bisabuela abrió un ojo. Noventa años miraban en calma a sus médicos como un fantasma de polvo, desde la alta ventana de una cúpula, en una casa que se vacía rápidamente.

— ¿Tom?

El chico fue enviado, solo, a la cama susurrante.

— Tom -dijo la anciana débilmente, desde muy lejos-, en los mares del Sur los hombres saben un día que es tiempo de estrechar la mano de los amigos y decir adiós, y embarcarse. Así lo hacen, y es natural, es la hora. Así es hoy. Yo soy muy parecida a ti, cuando te quedas en el cine los sábados, desde la tarde hasta las ocho o las nueve, y hay que enviar a tu padre para que te traiga a casa. Pero Tom, cuando los mismos cowboys empiezan a disparar contra los mismos indios en las mismas montañas, entonces es mejor levantarse y marcharse, sin arrepentirse ni darse vuelta. Así me voy, mientras soy feliz y no me he aburrido.

Douglas fue citado luego.

— Abuela, ¿quién arreglará el techo la primavera próxima?

Todos los meses de abril, desde que había calendarios, uno creía oír un pájaro carpintero en el techo de la casa. Pero no, era la bisabuela que transportada allí de algún modo, cantaba martillando clavos, reemplazando tejas, ¡muy alto en el cielo!

— Douglas, no dejes que nadie arregle las tejas si el trabajo no lo divierte.

— No, abuela.

— Cuando llegue abril, pregunta: ¿Quién quiere arreglar el techo? Y si una cara se ilumina, ésa es la indicada, Douglas. Pues desde ese techo puedes ver el pueblo entero que va hacia el campo, y el campo que va hacia el borde de la tierra, y el río que canta, y el lago matinal, y los pájaros en los árboles debajo de ti, y lo mejor del viento a tu alrededor. Cualquiera de estas cosas basta para que alguien quiera subir al techo algún amanecer de primavera. Es una hora maravillosa, si se le da una oportunidad…

La voz de la anciana bajó hasta ser un suave aleteo. Douglas se echó a llorar. La abuela se incorporó otra vez.

— Vamos, ¿por qué lloras?

— Porque mañana no estarás aquí -dijo Douglas.

La anciana volvió un espejito de mano hacia el niño. Douglas vio su propia cara y la de ella en el espejo, y luego miró otra vez a la bisabuela que decía: -Mañana a la mañana me levantaré a las siete y me lavaré detrás de las orejas. Iré a la iglesia con Charlie Woodman, y a un picnic en el Electric Park. Nadaré, correré descalzo, me caeré de los árboles, masticaré goma de menta… ¡Douglas, qué barbaridad! ¿Te cortas las uñas, no es cierto?

— Sí, abuela.

— Y no lloras cada siete años, cuando tu cuerpo deja las células muertas y añade otras nuevas a los dedos y el corazón. ¿No te importa, no es cierto?

— No, abuela.

— Bueno, piénsalo, muchacho. El hombre que no se corta las uñas es un loco. ¿Has visto alguna serpiente que no quiera abandonar la vieja piel? Todo lo que hay en esta cama es uñas y piel de serpiente. Si respiro con fuerza, me desharé en copos. Lo importante no es el yo que está aquí acostada, sino el yo sentado al borde de la cama, y que me mira, el yo que está abajo preparando la cena, o en el garaje bajo el coche, o en la biblioteca, leyendo. Lo que cuenta son las partes nuevas. Yo no muero realmente. Nadie con una familia muere realmente. Se queda alrededor. Durante mil años a partir de hoy todo un pueblo de mis descendientes morderá manzanas ácidas a la sombra de un gomero. ¡Esa es mi respuesta a las preguntas importantes! Rápido, que vengan los otros.

Al fin desfiló toda la familia, como gente que habla con alguien que espera el tren en la estación.

— Bueno -dijo la abuela-, aquí estoy. No soy humilde, y me gusta veros alrededor de la cama. La semana próxima habrá que hacer algunos trabajos en el jardín, y limpiar los armarios, y comprar algunas ropas para los niños. Y como la parte mía que se llama bisabuela, por conveniencia, no estará aquí, esas otras partes mías llamadas tío Bert y Leo y Tom y Douglas, y todos los otros nombres tendrán que encargarse de eso.

— Sí, abuela.

— No quiero ninguna reunión aquí mañana. No quiero que nadie diga dulzuras de mí. Yo lo he dicho todo a su hora. He probado todos los platos y he bailado todos lo bailes; ahora he aquí una tarta que no he mordido, una canción que no he silbado. Pero no tengo miedo. Soy verdaderamente curiosa. La muerte no meterá ningún mendrugo en mi boca que yo no saboree con cuidado. Así que no os preocupéis. Ahora, marchaos todos, y dejadme dormir…

En alguna parte una puerta se cerró silenciosamente.

— Así es mejor.

Sola, la abuela se tendió cómodamente en la cálida playa de nieve de hilo y lana, de sábanas y mantas, y lo colores de la colcha eran tan brillantes como los banderines de los viejos circos. Acostada allí, se sintió pequeña, secreta como esas mañanas de ochenta raros años atrás cuando, al despertarse, acomodaba los huesos tiernos en la cama.

Hace muchos años, pensó, tuve un sueño y disfrutaba de él realmente cuando alguien me despertó. Ese día nací. ¿Y ahora? Ahora, veamos… Lanzó su mente hacia atrás. ¿Dónde estaba? Noventa años… ¿Cómo tomar el hilo de aquel sueño perdido? Extendió una manita. Allí… Si, eso era. Sonrió. Volvió la cabeza sobre la almohada hundiéndose más en la cálida duna de nieve. Así era mejor. Ahora, sí, ahora veía cómo el sueño se formaba poco a poco en la mente, con la serenidad de un mar que se mueve a lo largo de una costa interminable y siempre fresca. Dejó ahora que el viejo sueño la rozara y la levantara de la nieve, y la hiciese flotar sobre la cama ya apenas recordada.

Abajo, pensó, están puliendo la plata y revolviendo el sótano, y barriendo los pasillos. Podía oírlos vivir en toda la casa.

— Está bien -suspiró la bisabuela mientras el sueño la llevaba flotando-. Como todo en esta vida, es lo adecuado.

Y el mar la llevó otra vez a lo largo de la costa.

“Conozco un modo de vida que es sombra leve desatada al viento y balanceándose levemente en el suelo: vida que es sombra fluctuante, levitación y sueños en el día abierto: vivo la riqueza de la tierra.
Sí. La vida es muy oriental. Solamente algunas personas escogidas por la fatalidad del acaso probaron de la libertad esquiva y delicada de la vida. Es como saber arreglar flores en un jarrón: una sabiduría casi inútil. Esa libertad fugitiva de vida no debe ser jamás olvidada: debe estar presente como un efluvio.
Vivir esa vida es más un recordar indirecto de ella que un vivir directo. Parece una suave convalecencia de algo que sin embargo podría haber sido absolutamente terrible. Convalecencia de un placer frígido. Sólo para los iniciados la vida entonces se torna frágilmente verdadera. Y se está en el ínstante-ya: se come la fruta en su vigencia.”

Clarice Lispector, Agua vivaI (fragmento)