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Archivo de la etiqueta: antropología

Cuentan los okangon (grupo de Canadá) que el viejo, el jefe, fue quien creó el mundo. Lo hizo con una mujer. Le dijo que sería la madre de todos los hombres que habitarían el mundo. Esa mujer es la Tierra. En nuestros tiempos, aunque parezca que ya no es una persona, la Tierra tiene todavía sus piernas y sus brazos, su corazón, su carne, sus huesos y su sangre. Los inmensos árboles del bosque y los pastos de la pradera son su cabello, la tierra es su carne, las piedras de los arroyos y las rocas de las montañas son sus huesos; el aire es su aliento. La Tierra está acostada y nosotros vivimos sobre ella. Cuando hace frío, tirita y se encoge; cuando hace calor, suda y crece. Cuando se mueve, hay terremotos que destruyen todo.
La Tierra también es nuestra madre, pues el viejo tomó un poco de su carne, la amasó en bolas, como barro, y modeló a las personas. Así fue como aparecieron los hombres y las mujeres por primera vez en el mundo.

 

En Hijos de la primavera, FCE. Méx. 1994

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“En las junglas de las islas Andaman, es posible reconocer una sucesión distintiva de olores durante una considerable parte del año, uno de otro, en la medida que distintos árboles y hojas se van transformando en flores. Los andamaneses han, entonces, adoptado un original método de marcar los diferentes períodos del año utulizando las flores odoríferas que crecen en diferentes épocas del año. Entonces su calendario es un calendario de aromas”

A.R. Radcliffe-Brown

Los indígenas de México creen que al mismo tiempo que nace un niño o niña, nace también un animal y que la suerte de ambos es semejante: lo que sucede a la persona le pasa al animal y lo que acontece al animal lo reciente la persona. Si el animal muere, la persona morirá muy pronto. A ese animal que es compañero de una persona se le llama nagual. Los huaves, que viven en la costa sur de México, creen que cada persona tiene tres naguales que lo acompañan desde su nacimiento, uno de aire, uno de tierra y otro de agua. Los naguales pueden ser animales o también un rayo o un viento o un trueno. Uno de estos naguales es el principal y los otros dos no son tan importantes; si uno de los naguales menores muere, la persona puede seguir viva. Dicen que la persona que ve la cara de su nagual adquiere mucho poder, porque puede aprender a tomar la forma de ese animal. Antes se podía saber mejor cuál era el nagual de cada persona: se reconocía al fijarse cómo se portaban los niños. Las madres veían a sus hijos para saber cuál era su nagual: si un niño dormía sin cerrar los ojos, su nagual debía ser culebra. Si a otro le ladraban mucho los perros era señal de que su nagual era un tlacuache o algún animal de monte, que no se para por el pueblo. Cuando alguien no se podía estar quieto y de cualquier cosa brincaba, nervioso, a lo mejor tenía nagual tigre. Se sabía si una mujer era viento del sur en la forma de caminar. Un hombre era culebra si caminaba como por abajo, agachado. Eso era posible antes porque tardaban en bautizar a las criaturas y se les notaba más su nagual. Ahora ya no es tan fácil, porque un nagual apenas se deja ver en personas ya bautizadas y con nombres cristianos, ya benditos.

Federico Navarrete, “Los naguales: animales compañeros de los hombres” en Hijos de la primavera: vida y palabras de los indios de América, México, FCE, 2001

Ngaï, ngaï, ngaï

 

En un rito de Aranda o Arunta (Australia Central) para obtener agua, mientras los actores levan a cabo penosas sangrías que simbolizan la lluvia, los coros cantan: “Ngaï, ngaï, ngaï…”. No sabríamos lo que quiere decir ese grito, ni siquiera que es una onomatopeya, si Strehlow no nos lo hubiera dicho, pues así se lo dijeron sus autores indígeneas, que la palabra imita al ruido de las gotas del agua al caer sobre la roca; es mmás, no sólo imita el ruido actual, sino que imita muy bien el de las gotas de la tormenta mítica que desencadenaron, en otro tiempo, los antepasados de los dioses del clan totémico del agua. Todo queda contenido en esa sílabam la palabra, el verso, el canto más primitivo sólo sirve en función de los comentarios que pueden hacerse en torno a su mística.

Marcel Mauss, En: Sociología y antropología, Tecnos, Madrid, p. 277