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Sabiduría

 

Baja una anciana de las lanchas.
Los hombres ayudan a su paso sin tocarla porque suyo es el reino de los hongos.
Celebran una boda las manzanas.

Un joven resigna su corazón oliendo su vestido: ha sido santa en su juventud y no ha mostrado su desnudez sino a las lámparas. Entrado el siglo la luz de kerosene era el perfume de las mantas.

Trajo al mundo a un ciervo parecido a un hombre, encontró en el monte un ángel con la cabeza partida y lo amamantó: pezón y leche de las cabras.
Le incendiaron la casa.

Está bajando una anciana de las lanchas.
Los niños le huyen porque suyo ha sido el reino de los hongos.

Viene a las islas para dejarse. “Quiero morir de pie, no voy a entrar a las casas para echarme sobre los trapos. Morir parada como los palos de luz, y que los hombres comenten en los rancheríos: Hay un diablo entre los mimbres, habría que quemarlo.”

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No tengas nada en las manos
ni una memoria en el alma,

que cuando un día en tus manos
pongan el óbolo último,

cuando las manos te abran
nada se te caiga de ellas.

¿Qué trono te quieren dar
que Atropos no te lo quite?

¿Qué laurel que no se mustie
en lo arbitrios de Minos?

¿Qué horas que no te conviertan
en la estatura de sombra

que serás cuando de noche,
estés al fin del camino?

Coge las flores, mas déjalas
caer, apenas miradas.

Al sol siéntate. Y abdica
para ser rey de ti mismo.

Ricardo Reis

 

redacciones

 

alguna vez sentiste la fragilidad de las cosas
el hilo delgado
la trama invisible que sostiene lo visible?

alguna vez viste el océano de nubes
su oleaje desatado sobre el mundo?

alguna vez supiste algo absolutamente
sin saber por qué?

alguna vez deseaste cruzar el mar
ser extranjero
hablar en lenguas
despertarte y no ser ese
pasajero en trance de todos los espejos?

alguna vez te viste y no eras vos
sino extranjero de tu propia cara
en tu casa y en tu cuerpo?

alguna vez tus manos no te hicieron caso
aves ajenas alzándose en tu contra?

alguna vez
te viste desde afuera
y tuviste deseos intensos
de deshacerte como lluvia
disolverte como un eco en la montaña?

de esas cosas no se habla en los diarios

/// tres sujetos fuertemente armados

 

Jorge Spíndola, en Perro lamiendo luna

En la antigua igua filosofía india budista existe un concepto llamado “Samadhi” que se refiere a un nivel concreto de concentración. Según y cómo se aborda, es una noción bastante sencilla de comprender. Cuando leemos un libro, estamos concentrados en leer el libro. Cuando vamos a pescar, nos concentramos únicamente en los movimientos y temblores del hilo de pesca. Cuando fregamos el suelo, no hacemos nada más que fregar el suelo.

En cuanto a la vida cotidiana, cuando emprendemos una acción sencilla, trataremos de concentrarnos completamente en lo que estamos haciendo. También trataremos de sentirnos envueltos y apoyados por toda la energía que despliega el universo. Normalmente, nuestros pensamientos están diseminados por todas partes. Fregamos el suelo pero nos “olvidamos” de lo que estamos haciendo y acabamos pensando en lo que pasó ayer, en los ruidos que hacen los vecinos, o en la deuda con la compañía del gas. En un estado semejante es imposible absorber la energía del universo. El objeto de nuestra concentración no es lo importante, sino la propia acción de concentrarse. Desarrollar esta capacidad de concentración nos ayuda a entrar en el estado de Samadhi. Una vez que lo hemos alcanzado empezaremos a sentir la existencia de “algo más” que nuestra energía personal.

(…)

Yo trato de aplicar esta práctica a mi vida cotidiana. Cuando me levanto por la mañana y me lavo los dientes, trato de concentrarme únicamente en “lavarme los dientes”. Desgraciadamente, siempre me distraigo, entonces intento poner toda la atención en la actividad de cepillar los dientes, pero resulta que me encuentro a mí mismo pensando en cosas como, por ejemplo: “Hoy no puedo dejar de ir al banco… después tengo que hacer una llamada… espero que hoy el metro no vaya muy lleno…” Es muy difícil concentrarse únicamente en lavarse los dientes.

 

Yoshi Oida, en El actor invisible

Äjte’ te’ dzundy
mokaya’
mojk’jäyä
Kedgä’kätpatzi jojmorambä äj’ nwirun’jindam
ngobigbatzi äj’ dzokoyjin tumdumäbä tämbu
jindire’ suñ’gomujsibätzi yä’ Nasakobajk
Nä’ tzambatzi te’ kotzojk’ komi
ojnayajpatzi jach’tanä’ram
Dzemiajpatzi te’ joyjoyeram’
äj’ ore’ maka yayi’angas
mumu’is yajk mujsä juche nkätu äj’ iri yä’ Nasakobajkäjsi

———-

Soy el sembrador
protector de esta tierra
la flor del maíz
Observo con mis ojos antiguos
elijo con el corazón cada semilla
no es en balde mi conocimiento del mundo
Converso con el dueño del cerro
riño con las plantas malignas
Soy el provocador de los seres invisibles
mi voz se escucha hasta los confines de las montañas
porque nadie podrá negra mi paso por el universo

 

Mikeas Sánchez, en Mojk´jäyä / Mokaya, Editorial Pluralia

Toma un retazo de artaud, cualquiera.
Por ejemplo allí donde dice:
dilatar el yo de mi noche interna,
de la nada interna
de mi yo

O:
el hombre ha caído de su roca imantada.

Empieza a hilar.
Empieza desde el silencio a hilar.
No es una imagen.
Toma una hebra de hilo,
de lana, de seda, esparto, metal candente.
Borda, urde, teje.
Piensa en la hebra como en una voz.
La voz de un pájaro.

Borda, teje.
Presta atención.
Escucha el ritmo.
Escucha el ritmo del canto que te sigue.

Deja que habite el hilo
que se teje en tus manos, el telar.

Tradúcelo.
El ritmo, el canto, la hebra de esparto
o seda o hilo —quizás de espanto,
el hilo de metal rebelde y frío.
Ya la trama iniciada, interrumpida..
¿La oyes?
Es tu voz ahora.
No la voz con la que hablas, sino
la voz con la que se habla en ti.

Toma ahora un retazo de alguno
de los que enloquecieron de sus voces.
Por ejemplo:
Aúlla el frío blanco
cual los gritos helados de un espejo.

O:
Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea
con una boca de papel.

Marídalos con hilos.
Téjelos.

¿Se va poblando la tela?
¿Va floreciendo la noche
en ella?

Entra. Habítala. Haz un hogar de leños
en un rincón cualquiera
y siéntate allí.
Sigue tejiendo, urdiendo, traduciendo
el crepitar de las llamas.
El ritmo
no lo olvides; el canto
—armónico del fuego.
Déjalo arder.
Hasta que se haya apagado la voz
del último rescoldo.
Junta un puñado de cenizas tibias.
Guárdalas dentro de una cáscara de nuez
-la encontrarás en el revés de la tela.

Tráela contigo.

Pon un pie en el portal, el marco,
el bastidor de la noche.

Sal. Vuelve.
Toma la nuez y plántala
en el seno del árbol más cercano,
aquel de ramas fuertes, retorcidas.

Ya no habrá silencio más
que donde tú lo busques.

Lo demás será el pájaro.
Pájaros
gorjeando en la copa.

 

Mercedes Rofféen La ópera fantasma, Bajo la luna