archivo

Frutas

Jardín protegido

 
Ya tuve suficiente.
Respiro con dificultad.
Todo camino termina, toda calle,
todo sendero conduce al final
a la cima de la colina –
así que aminorá el paso,
o encontrate con la misma pendiente del otro lado,
y lanzate.
Ya tuve suficiente –
claveles, clavelinas, siemprevivas,
hierbas, berros.
Oh por el latigazo de una rama–
en este lugar
no hay olor a resina
ni sabor a corteza, a pasto común,
aromático, astringente –
sólo hay canteros y canteros de claveles perfumados.
¿Acaso han visto bajo techo frutos
que busquen la luz?–
¿las peras envueltas en trapos
protegidas de la escarcha,
los melones, casi maduros,
asfixiados en paja?
¿Y por qué no dejar que las peras se aferren
a la rama vacía?
Tanta persuasión sólo dará
una fruta más amarga –
Déjenlas aferrarse, madurar por sí mismas,
demostrar su valor,
mordidas y marchitas por la escarcha
para caer, al final, hermosas
con su abrigo rojizo.
O al melón –
Déjenlo desteñir su amarillo
bajo la luz invernal,
aunque sepa ácido –
es mejor el sabor de la escarcha –
la escarcha exquisita –
que el de la paja de embalar.
Por esta belleza,
belleza sin fuerza,
la vida se ahoga.
Yo quiero que el viento rompa
y disperse estos tallos rosados,
que arranque su cabezas fragantes y
las arroje sobre las hojas secas –
que esparza las ramitas en los caminos,
los gajos rotos.
que arrastre las ramas grandes de los pinos
y las lance desde un bosque lejano
justo encima del huerto de melones,
que rompa las peras y los membrillos–
que deje los árboles por la mitad, destrozados, retorcidos
mostrando que la lucha fue valiente.
Oh que borre este jardín
para olvidar, para encontrar una belleza nueva
en un lugar atroz
atormentado por el viento.

En la verdulería de Titi se pesa hasta el sabor del verano

I

En la verdulería el verano
sorprende más que en un campo de flores.
¡Oh, gran Titi de Berisso,
entre cajones de lechugas bolivianas,
frutillas de Brasil, bananas de Ecuador
y una redonda, inverosímil papa
de orgullosa existencia argentina!

El diario, acá, recobra su naturaleza
para envolver la abundancia del mundo.
Y la única realidad entre tanta materia fugaz
no depende sino de una sucia balanza
donde se pesa, colorido y exuberante,
hasta un kilo del mismísimo Dios .

II

Equilibrio de nubes en las manos.
Titi sobre la balanza posa última
una pera casi roja sobre cuatro verdes.
¿Cuánto más debe pesar el sabor de un verano?

Esa balanza sabe desniverlarse
hasta con el peso de una mirada.

Y aún cuando el tiempo lo aplaste todo
hay un punto en que la quieta aguja
rompe el cero inicial y sube y baja
no más allá de los veintiún gramos.

Luego, nada deja de ser
rigurosa quietud en el conjunto.

¿Sentís?
Es ahora el peso de la luz.
Empuja arriba.
Pero ¿Sentís?
¿Quién diría que también esto termina?

Osvaldo Picardo

UNA MANZANA

La redondez de la manzana no tienta al gusano.
La redondez de la manzana no seduce a la avispa.
El gusano, la avispa,
quieren la pulpa de la manzana.

Al poeta tampoco lo seduce la redondez de la manzana,
ni siquiera le gusta la pulpa.

Pero la manzana sobre la mesa
no le resulta indiferente;
la manzana que a cada segundo
muere un poco;
la manzana abandonada
expuesta a la violencia del aire.

Jorge Aulicino