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Mediación cultural

Habitar los lugares (Michèle Petit)

Recuerdo esos alumnos de 11 o 12 años cuyas redacciones me había mostrado una profesora de Lengua -niños que habían crecido en ambientes en los que la lectura no tenía lugar y donde la transmisión oral parecía poco presente-. Después de haberles hecho leer un pasaje de la Odisea, les había dado de tema: “Como Ulises, ustedes hacen un viaje. Llegan a un país extranjero, descríbanlo”. Prácticamente ningún niño había imaginado un país. Un varónn había citado un pueblo de provincia donde había tenido que pasar unas vacaciones. Otro había descrito largamente un combate contra unos Pókemon. Una niña había evocado… la clase de Lengua. Eso era el país extranjero (lo que hace pensar: ¿estaba encantada o pasmada por lo extranjero?). En cambio, en el caso de algunos niños, los libros ilustrados, los cuentos, las historietas y las películas inspiran sus redacciones, del mismo modo que irrigan los guiones de los juegos que ponen en escena todos los días, introduciendo en ellos nuevos personajes, otras geografías, aventuras inéditas, además de las que se repiten como un ritual.

El hábitat también tiene mucho que ver con lo imaginario. Si tienen la suerte de tener un cuarto propio, los niños lo amueblan con sus fantasías, historias, se rodean de esos héroes cuyas hazañas admiran. Como Zahia Rahmani y su hermano, que adornan el granero con murales inspirados en sus lecturas.

Sobre los muros de ese cuarto del granero están inscritos con tinta negra los pocos dibujos que mi hermano trazó durante lo que él y yo llamábamos nuestras lecturas norteamericanas. En ellos pueden verse jinetes yanquis codeándose con vaqueros y saliendo de un cañón al galope, dispuestos a atacar como para ir a una batalla que se libraba justo frente a nosotros. Frente a ellos están unos indios momentáneamente detenidos alrededor del fuego, proyectando sus sombras sobre las lonas de sus tipis. De ese muro se desprende una atmósfera tranquila y serena que me hace pensar que mi hermanos se identificaba con ellos. Sobre otro tramo está pintada una figura de un suplicante que tiene sus manos, copiada de un álbum fotográfico de esculturas chinas […] Aunque mi padre nunca fue a ese lugar, nos reprochaba que pasáramos en él demasiado tiempo con tal de escapar a su mirada. Para él no tenía ningún valor e ignoraba el trabajo que le habíamos dedicado. Es un milagro que ese refugio que nos acogió a ambos como si fuera un reino haya conservado esas huellas de nuestra adolescencia, esa decoración de sombras que intentó ser un homenaje a nuestras lecturas.

Evoqué más arriba la proximidad de la lectura con el arte de las cabañas, las múltiples metáforas espaciales que emplea la gente cuando nos cuenta de sus lecturas. En los libros, nos apropiamos de fragmentos de espacios ficticios para dejar allí nuestra alma y dar forma a lugares donde vivir, porque no se vive en las cotizaciones de la Bolsa, en el temor de las locuras fanáticas o de las catástrofes naturales. Se vive en medio de objetos que proyectan sobre nuestra vida cotidiana un poco de belleza, de fábulas, de sueños, de historias que nunca acontecieron, que tal vez no acontecerán jamás, pero que no por ello dejan de contribuir a definirnos.

Lo que vuelve habitables los lugares es, por supuesto, que hayan sido pensados con arte y ciencia por arquitectos, urbanistas, y por aquellos y aquellas que viven en ellos; es la presencia o el recuerdo, entre las paredes, de seres queridos; también que no estén limitados a la realidad material, sino aireados por ese aspecto imaginario que transforma lo familiar y abre hacia otra parte, otra dimensión, un poco como un sueño, como algo cuya huella conservamos.

Michèle Petit, Leer el mundo: experiencias actuales de transmisión cultural, FCE, México, 2015, p. 137-139

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Darle sentido al espacio (Michèle Petit)

La lectura y la contemplación de obras de arte incitan, a veces, a mirar con ojos nuevos. […] Los escritores y los artistas abren los ojos y los oídos. Se apoderan de algunos objetos y a partir de ellos cuentan mil historias tallando las palabras. “El objetivo de mis novelas es dirigrme al lector y decirle: ‘Mira y presta atención’, señala Richard Ford en una entrevista. Para él , la novela es “una manera de inclinarse sobre la dulzura misteriosa de la vida”.

A eso ya aspiraba el poeta inglés Wordsworth, según Colerdige: “Adornar con el encatno de la novedad los objetos más cotidianos, suscitar un sentimiento análogo al de lo sobrenatural y depsertando la mente del adormecimiento en el que la hunde la rutina, dirigirla hacia los esplendores que ofrece el universo a nuestros ojos”. […]

Es por eso también que hombres y mujeres siguen jugando, en todas partes, aún cuando el barco de la lectura hace agua: para que los objetos familiares recuperen sus colores, su sensualidad, su poesía: para que lo cotidiano no se reduzca a lo banal, a lo rutinario, a los únicos espacios en los que se desarrollan las actividades ordinarias. Estos serían quizá inhabitables, sin relieve, si no tuviéramos puntos de pasaje hacia otro lado, hacia otro tiempo, hacia otros registros de la lengua.

Proponer literatura y obras de arte es animar el espacio concreto, darle sentido. Es introducir a otro mundo que abre radicalmente ese espacio material, de manera vital para quien se siente fuera de lugar, fuera de juego. Entre lugares ficcionales y materiales, los intercambios serán incesantes. Territorios familiares servirán de decorado, de cimientoa las páginas leídas. Unos espacios literarios o cinematográficos se engancharán a un punto de lo real, y este se verá por ello transformado. Al menos es deseable que así sea, para que recorriendo las calles o las plazas, las orillas del río o los jardines, se abran recuerdos, fantasías, todo un “territorio interior”. Para que la mirada que llevamos a lo que nos rodea esté viva.

Michèle Petit, Leer el mundo: experiencias actuales de transmisión cultural, FCE, México, 2015, p. 120-121