archivo

Naturaleza

Fugaz, rara, la vida

Cabra entre las cabras, cedro
entre los cedros; agua fresca
en el chubasco, terrón reseco
en la sequía; carancho
tras el conejo, cuis en el buche
de la culebra; brote en el plantío,
remolino en la borrasca; pez
en el pico de la grulla, ratón
entre las patas de la tarántula.
Flor que nace de la flor, jabalí
que embiste bajo la lluvia, ardilla
que rápida asoma y se oculta.
Mi propio cuerpo germinando
en la tierra húmeda; mi alma…
que va en la brisa, que se precipita
con el aguacero, que susurra en
el disturbio del río, en la mudez
del presagio. Caravana salvaje
de la que somos parte; un día aves,
otro ciervos, otro hormigas, otro leones,
o vendaval o alud o luna llena…
Vanos, triviales, breves, leves,
somos chispazo, apenas un gesto
en el descomunal y secreto ajetreo.

 

César Bandín Ron

Anuncios

Oralitura: una opción por la memoria

Oralitura es un término acuñado por el poeta mapuche Elicura Chihuailaf para diferenciar esta manifestación estética contemporánea de la llamada “literatura precolombina”. Como en ésta, los autores somos originarios, pero mucho ha acontecido en el río de la historia y en la contemporaneidad aunque abrevemos de la misma fuente, nuestra cosmovisión, somos distintos y nuestra producción cultural también lo es.
Desde 1492 hasta la actualidad pueblos y culturas de este continente han sufrido complejas suertes en su permanente conflicto con el pueblo y la cultura vencedora. La política monocultural aplicada ayer por los conquistadores y los colonizadores, y hoy por los Estados, es sinónimo de muerte ya que provocó y provoca el exterminio de pueblos y la desaparición de culturas.
Lamentablemente muchos de los nuestros nacen hoy en el desierto de la ignorancia. ya que desconocen su pasado histórico y se averguenzan de su circunstancia inmediata. Este desconocimiento es consecuencia de esta aplicación sistemática de superioridad cultural desde las instituciones del poder: escuela, iglesia, policía y municipio. La tiranía disfrazada de paternalismo ha abonado durante siglos el campo de la indigencia, del alcoholismo y de la mediocridad de no poder desarrollar la propia cultura ancestral ni poder acceder a los escalones de la cultura dominante.
Esta ignorancia de la identidad originaria deja como única opción la Invislbllidad, la confusión en el anonimato de las múltiples Identidades que ofrece el sistema.
Muchos de nosotros hemos estado allí.
¿Qué curiosidad, qué impulso, qué insatisfacción nos despertaron? En mi caso, fue un proceso alimentado por todas esas inquietudes, un camino que me fue llevando a la decisión de asumir mi identidad originaria y con esta decisión a la posibilidad de recibir mi herencia histórica y cultural.
Una historia de horror y de dolor, una pesadilla de torturas.
Una historia de abuso que hoy continúa. Una historia que genera intranquilidad y desconfianza. Ésa es la herencia de quienes decidimos ser parte de nuestro pueblo. Con esta elección también heredamos la conciencia de ser una continuidad histórica que nos filia al destino de nuestros lonkos Kaupolikan y Kallfukura y al de nuestras comunidades de Lonko Purán y de Likan Ray.
La conciencia de ser parte de un pueblo nos hace ser responsables del resguardo de una cultura, porque la pérdida de la memoria, el olvido, que es una de las modalidades de la muerte, acecha a los pueblos originarios hoy. Memoria y conocimiento son sinónimos.
Y ésa es la otra herencia que nos corresponde: el conocimiento. Conocimiento al que hay que acceder primero, para luego hacerlo circular dentro de nuestro pueblo.
Reconocer la propia ignorancia es un gran paso para avanzar hacia el conocimiento, asumimos como aprendices de la propia cultura nos lleva al encuentro con los kimche, los sabios dispuestos a enseñar, y nos lleva a los espacios de práctica.
El aprendizaje se realiza a través de la práctica de nuestra cultura y se enriquece con el estudio de otras culturas originarias.
Danzar la misma y las distintas danzas, de la selva, de la estepa, de las quebradas, ponerle el cuerpo al conocimiento.
Venir del humo, de la polvareda, de los amaneceres a la intemperie, de las marchas en medio de las avenidas, del desprecio de los sabuesos del winka, de las lágrimas del año nuevo.
Y encontrarme un día allí, en la rueda, entre los poetas. Hermanos kom, keshua, nahuatl, wichol, kariña, las mismas calles y el mismo cemento, los mismos libros y el mismo reclamo en las plazas. La misma herencia y las palabras buscando su cauce.
La tradición oral es el universo que se respira en el aire de nuestras reuniones, el universo incontenible dentro de nuestro cuerpo. La memoria.
La memoria entre los antiguos había circulado sólo en forma oral. Fue una decisión de nuestros pueblos usar los grafemas occidentales para escribir el idioma originario.
Escribir la memoria en una pelea por defenderla del olvido. Juan Paulo Wirimilla dice: “…la memoria es un árbol al que se le da vueltas a la siniestra del reloj”, y Chihuailaf agrega: “…escribo a orillas del fogón que arde en la memoria”,
¿Cómo se escribe esto que siempre anduvo en los árboles, tirado a la sombra de los helechos y los musgos, descolorido por el sol en las piedras de la estepa, salado en la transparencia de las orillas? ¿Cómo se escriben los colores escandalosos de los pájaros y la resistencia delicada de nuestros tejidos? ¿Cómo se escribe la voz gastada que nos cuenta de una estrella que cae y se clava en el pecho de una niña?
¿Cómo se escriben la profundidad y los ecos que nos transforman en cántaros a las mujeres?
Se escribe en el idioma originario, en la lengua que sigue siendo materna, mapuzungun, aunque la aprendamos como segunda lengua, y también en el otro idioma: castellano, inglés, francés, portugués…
Las traducciones van y vienen, desde la primera a la segunda lengua y viceversa, y en las vueltas las palabras se pulen entre sí como piedras.
La oralitura como expresión artística de nuestra cosmovisión marca una continuidad cultural entre lo que hemos sido y lo que somos hoy. Viviendo en las comunidades y en las ciudades, transitando permanentemente el camino entre ambos espacios. Siendo con nuestras vidas el espacio de convivencia y de conflicto: entre tradición y modernidad, entre lo comunitario y lo individual, entre el idioma originario y el idioma impuesto.
Los escritores originarios transitamos del canto espontáneo de catarsis personal, al canto de autor con intencionalidad estética. Del mito, la conversación, los sucedidos, transmitidos oralmente como memoria del pueblo, a la escritura creativa donde todo se funde para sustentar lo nuevo.
Hemos abrevado en la literatura universal y hemos latido con la húmanidad de los autores de distintos tiempos y culturas. Llegaron a nosotros con esta lengua impuesta, lengua con la que aquí intento transmitir oralitura.

Comodoro Rivadavia, enero de 2005

La memoria de la tierra sagrada
Por Liliana Ancalao Meli
Tomado de la página del Festival de poesía de Medellín

Con inmensa responsabilidad vine a traerles estas palabras, como ser humano de este planeta, como mujer, como parte del pueblo mapuche, un pueblo que después de una hecatombe, viene juntando lentamente sus pedazos.
Vengo del sur, del principio de mi mundo, lugar al que hoy llaman patagonia, lugar al que hoy publicitan turísticamente como fin del mundo.
Allá donde vivo es una ciudad con un nombre muy extraño, se llama Comodoro Rivadavia, queda en la costa del Océano Atlántico.
A esta ciudad llegaron, muy jóvenes mi papá Ancalao y mi mamá Meli, quienes debieron dejar el campo, corridos por la pobreza material. Debieron abandonar un espacio limitado y asignado por el estado argentino, después de la Guerra del desierto. Debieron dejar el campo porque no era suficiente para dar sustento a todos, cambiar el ciclo de la siembra y el ciclo de las pariciones, por un empleo, un salario, horarios y patrones.
De este hermoso par, nacimos seis hijos. Cuando nací en 1961, mi familia estaba instalada en un campamento petrolero. En aquel momento la empresa que administraba la extracción de este combustible fósil era holandesa. Mi papá fue obrero petrolero durante 30 de sus años y mi mamá fue empleada doméstica de los administradores de la empresa.
Nosotros como niños, pasamos jugando, sobre puentes de metal bajo los que corrían arroyitos de agua con aceite y petróleo en la superficie. Pisamos la tierra negra de petróleo alrededor de los pozos abandonados. Nosotros, los desmemoriados.
Hoy, la cuenca del Golfo San Jorge, en la que se encuentra la ciudad de Comodoro Rivadavia, sigue siendo un lugar de explotación petrolera, se extrae petróleo del suelo y también de la plataforma submarina.
Hoy, a los habitantes de la ciudad nos controlan el consumo de agua y periódicamente cortan el suministro a los distintos barrios, hasta que se vuelven a llenar las reservas. Las administradoras del recurso justifican los cortes de agua con la rotura de las cañerías que transportan el agua desde los lagos, pero todos sospechamos que son las empresas petroleras que operan en la zona las que utilizan el agua en cantidades exorbitantes para extraer el petróleo.
Y estamos entrampados, aún, los que no necesitamos trabajar para las petroleras, testigos de la depredación de la tierra y muchos, siendo parte, mes a mes, año a año, por un salario, una obra social, una jubilación.
Es la trampa del capitalismo.
En el sur de este continente, nació mi historia, el relato de mi pueblo Mapuche.
En mi historia hay un antes y un después de lo que los más ancianos recuerdan como el tiempo “cuando se perdió el mundo”, un antes y un después de lo que historiadores occidentales llaman “conquista del desierto y pacificación de la Araucanía”, aproximadamente en el año 1880 del calendario gregoriano.
Un antes y un después del momento en que la primera bala del Winchester trizó el universo. El rifle que el capitalismo compró al ejército chileno-argentino para que nos eliminara.
Tuvieron que matarnos para clavar sus garras deforestadoras, desertificantes, depredadoras, contaminantes; sus garras civilizadas, en el wall Mapu, el territorio. Y nos mataron de diferentes modos: a balazos, desangrados, hambreados, separándonos de nuestros hijos, borrándonos la memoria.
Ahí, cuando se perdió el mundo. Cuando pisotearon la tierra. Cuando destruyeron el puente de la cordillera con fronteras, cuando los latifundios clavaron los postes del alambre y parcelaron el territorio. Hace poco más de un siglo. Silenciaron nuestro idioma, desarmaron nuestra organización política, desmembraron nuestros lazos amorosos, desparramaron a nuestros parientes, delimitaron nuestros espacios, trajeron una religión y una educación ajenas a la naturaleza.
Nuestra historia ha estado siempre, espiritualmente, ligada a la tierra. Nuestra relación con la tierra no es sólo de extracción para recoger sus frutos y cosechas, sino de veneración. Cíclicamente nos renovamos con sus fuerzas. Las fuerzas de la tierra a las que respetamos y a las que hacemos propicias cumpliendo con nuestros rituales.
Nuestra historia ha estado siempre, resistentemente, ligada a la historia del planeta. Nuestra memoria oral recuerda los relatos de inundaciones, erupciones volcánicas y terremotos que dieron vuelta el espacio, lo sacudieron hasta hacernos pensar que era nuestro fin. Y la realización del ritual, el nguillatun, ese tiempo- espacio adonde ofrendamos y pedimos, nos volvió a acomodar en el ciclo de la vida.
Pero el cataclismo de la guerra y la depredación de la tierra no pertenecen a la historia del planeta sino a la historia de la humanidad. Esta muerte desembarcó aquí con el winka, con su cosmovisión, que considera al hombre como el rey del planeta, que considera que el río, el pájaro y el aire, existen para estar a su servicio, que considera a la tierra como un recurso económico.
Hoy, todos sabemos, que esta agonía que lleva poco más de un siglo en el sur, se inició mucho antes en el resto del planeta. Sabemos también que la destrucción se ha acelerado en el último siglo. En el siglo pasado, siglo del vértigo, en el que nacimos los aquí presentes.
En la historia de mi pueblo yo nací dos generaciones después de la guerra del desierto. Nosotros, los Ancalao Meli, como muchos otros niños mapuche nacidos en la ciudad, éramos inconcientes del dolor de la tierra, no sabíamos quiénes éramos, de qué pueblo, qué raíces, qué historia. El estado se había ocupado de borrarnos la memoria. Ésa había sido parte de su política de integración.
Nacimos en el tiempo de la desmemoria. Fuimos niños y adolescentes sin memoria. Esta desmemoria conveniente a los estados nacidos de la matanza y el robo, conveniente también a las dictaduras militares.
El año 1992, cuando se cumplieron los quinientos años del desencuentro, marcó un hito en nuestra conciencia y aquellos que nos veníamos cuestionando nuestra identidad, comenzamos a actuar para recuperar la memoria.
Y la memoria nos sigue trayendo respuestas que iluminan.
Ahora sé que soy mapuche, que mapuche significa ser humano de la tierra.
Ahora sé que el idioma que nació de mi pueblo, allí, en el principio del mundo y desde el principio del mundo es el mapudungun, que significa el idioma de la Tierra.
Ahora sé, que el kultrún, nuestro instrumento sagrado, representa al planeta, a wenu Mapu que es el espacio de la atmósfera, a trufken Mapu que es la superficie y a minche Mapu que es el subsuelo. Que en el kultrún se representan los cuatro ciclos de las estaciones a partir del Wiñoy Tripantu, el año nuevo que en nuestro hemisferio sur es en el mes de junio.
Ahora que las fuerzas de la naturaleza están cortadas por alambrados, cables y caños.
Minche Mapu entubada
Trufken Mapu habitada por herejes
Wenu Mapu sofocada por gases.
Ahora que al planeta le niegan su condición de sacro.
Este relato de la historia del pueblo mapuche, nos encuentra en este milenio, haciendo circular, nuevamente, la memoria.
La memoria de los pueblos debe regresar hasta esa etapa en que la Tierra era sagrada, para recuperar sus rituales y restaurar nuestra fuerza. La fuerza que necesitamos para hacer frente a sus depredadores.
Porque aquella vez no se perdió el mundo.
Mientras Francisco Pascasio Moreno, prócer de los naturalistas argentinos, organizaba la exhibición de nuestros esqueletos en las vitrinas del museo natural de la ciudad de La Plata, mientras el perito Moreno donaba con generosidad 7.500 has de nuestro territorio al estado argentino, para la creación de un área protegida como Parque Nacional, mientras los winkas pensaban cómo proteger a la naturaleza de sí mismos; algunos de sus prisioneros de guerra pudieron huir.
Huyeron de las ciudades, de las casas de los ricos, adonde se los había entregado como esclavos, de los campos de concentración, de los campos con propietarios; y rumbearon al lugar en el que habían estado sus comunidades.
Los relatos que vamos recuperando, ahora, nos iluminan.
Siempre, hay un anciano que cuenta lo que quedó en la memoria de la familia: un hombre, o una mujer, a veces un niño, perdido en la inmensidad de un paisaje desconocido. Un ser humano hambriento, sediento, cansado, que quiere volver a reunirse con sus seres amados, comienza a sentir que no podrá con su cuerpo.
Entonces aparece un nahuel, el tigre… o un pangue, el puma, a veces un pájaro, el ñanco. Un newen, una fuerza de la naturaleza, compasivo. Que guía al extraviado, que escucha sus palabras de dolor, le trae alimento, le señala las aguadas, lo acompaña hasta que está a salvo.
Y allí en el medio del agradecimiento del ser humano de la tierra, surge el taüll el canto sagrado de esa fuerza propicia, el taüll atesorado que nos recuerda que la Mapu nos siguió reconociendo, después del cataclismo de la guerra.
Hace poco tiempo, escuché el canto del bosque en la voz de un machi muy joven. Un canto profundo y hermoso, que acariciaba el estómago. Estábamos todos muy conmovidos respirando ese momento sagrado, al lado de un río, Kurru leufu. Y la voz del machi se quebró y comenzó a llorar y el canto del bosque era un llanto: grave y sombrío.
En ese momento se depositó en mí, esta conciencia espiritual de la naturaleza, esta conciencia de ser parte de un tejido delicado, poderoso y ahora, dañado.
Mientras preparo estas palabras recuerdo, emocionada, que mañana, nos juntaremos como desde hace algunos sábados, en un barrio de la ciudad, a cantar.
A aprender canciones del vivir cotidiano. A aprender las canciones sagradas correspondientes a nuestro linaje. Las canciones para venerar a las fuerzas de la tierra, a sus newenes.

Seguiremos recuperando la memoria:

fill Mapu kiñekisungey ka inchiñ ka tüfa püllungey,
toda la tierra es una sola alma y somos parte de ella.

a Kathryn A. Kopp

Como desplegar
el cuerno de la abundancia
espigas finísimas, esbeltas
piedras preciosas, oro
cerbatanas de jade
góndolas
cristales como lunas
soles como los ojos del tigre
apenas vislumbrado entre las hojas
y el rumor de las hojas al rozarse
y el océano
la insistencia nocturna de los grillos
la luna blanca como una pregunta
o el asombro
noches como perlas enlazadas
centellas como calles vivas
y el tiempo ancho como la llanura

 

Mercedes Roffé, en La noche y las palabras

“Los alfabetos existen
la lluvia de los alfabetos
la lluvia que se cuela
la gracia, la luz
interespacios y formas
de las estrellas, de las piedras

el curso de los ríos
y las emociones del espíritu

las huellas de los animales
sus calles y caminos

la construcción de nidos
consuelo de los hombres

luz diurna en el aire
los signos del cernícalo

comunión del sol y del ojo
en el color

la manzanilla silvestre
en el umbral de las casas

el montón de nieve, el viento
la esquina de la casa, el gorrión

escribo como el viento
que escribe con la escritura
serena de las nubes

o rápidamente en el cielo
como con golondrinas
en trazos que desaparecen
escribo como el viento
que escribe en el agua
estilizada y monótonamente

o rueda con el pesado alfabeto
de las olas
sus hilos de espuma
escribo en el aire
como escriben las plantas
con tallos y hojas

o dando vueltas como con flores
en círculos y mechones
con puntos e hilos

escribo como el borde de la playa
escribe una orla
de crustáceos y algas

o delicadamente como con nácar
los pies de la estrella de mar
y la baba del mejillón

escribo como la primavera
temprana que escribe
el alfabeto común
de anémonas, de hayas
de violetas y de acederillas

escribo como el verano
infantil como el trueno
sobre las cúpulas de la linde del bosque
como blanco oro cuando maduran
el relámpago y el campo de trigo

escribo como un otoño
marcado por la muerte escribo
como esperanzas inquietas
como tormentas de luz
atravesando recuerdos brumosos

escribo como el invierno
escribo como la nieve
y el hielo y el frío
y la oscuridad y la muerte
escriben

escribo como el corazón
que late escribo
el silencio del esqueleto
y de las uñas y de los dientes
del pelo y del cráneo

escribo como el corazón
que late escribo
el susurro de las manos
de los pies, de los labios
de la piel y del sexo

escribo como el corazón
que late escribo
los sonidos de los pulmones
de los músculos
del rostro, del cerebro
y de los nervios

escribo como el corazón
el corazón que late
los gritos de la sangre y de las células
de las visiones, del llanto
y de la lengua. ”

 

 

 

Fragmento