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Naturaleza

Leo que el capullo
del cerezo sakura,
y también el capullo del durazno
y el de la ciruela, caen al suelo
apenas mecidos por la brisa
sin estar plenos.

Su momento de mayor belleza
es allí, sobre la hierba.
Tras la caída
se hacen completos.

Los miro y bajo el tibio sol
aprendo.

Haikus de pájaros
(2008: de Alada claridad, editorial Pre-Textos, Valencia)

Volar implica trascender límites prefijados, viajar a velocidad de pensamiento, manejar lejanías, agigantar la percepción hasta extenderla al cosmos. Se entiende la atracción que los pájaros ejercen sobre los artistas, buscadores de horizontes lejanos. Las aves simbolizan una huída de los barrotes de la jaula. No hilan ni tejen, no guisan, no piensan. Viven sin preocuparse, pueden irse (y se van) por las ramas. Experimentan gozo al existir fuera de toda medida o cálculo. Habitan un cielo sin teorías. Los más vivos de los seres vivientes, son como ángeles.

El hombre sueña hacer cierto el intento de Ícaro. Y sólo empieza a vivir su condición terráquea cuando, a su pesar, reconoce que tal hazaña le resulta imposible. El ave se transforma en objeto de su atenta y algo nostálgica observación. Para entender de pájaros hay que pasar tiempo al aire libre, caminar por montañas y prados, ponerse mentalmente a la intemperie (en japonés, nozarashi: clave del haiku). Así percibo a Yosa Buson, poeta y pintor japonés del siglo XVIII (1716-1784).

Leyendo estos cincuenta haikus suyos sobre vuelos diversos, sorprende cuánto sabe de aves este hombre de Osaka. En una época sin bibliotecas públicas ni manuales de ornitología, su ciencia pajarera provino del conocimiento de la cultura clásica japonesa y china y de frecuentes recorridos por costas y montes de la isla de Honshu. Buson era sin duda un buen haijin (hombre del haiku): afincado en el estudio y el vagabundeo, cazador de momentos fugaces, observador de la naturaleza. Sin dejar de ser un artista avisado. Cargando mesita y pinceles a campo traviesa, siempre dispuesto a practicar las reglas del kachôga, arte de dibujar y pintar flores y pájaros (Las otras dos categorías de la pintura tradicional del sudeste de Asia –jimbutsuga, retrato, y sansuiga, paisaje- no formaron parte de su arte).

El vuelo de los haikus de Buson resume su doble condición de pintor y poeta, maestro con un sólo pincel de pelo de marta. El vuelo de su arte se anuda en un único gesto: erguido, a mano alzada, fijando el paso irrepetible del instante. Su tarea es captar lo que pasa volando. No se trata de simples avecillas en un jardín bucólico sin viento. Sus haikus tratan de capturar, y volver a soltar, vuelos de aves que, en apenas diecisiete sílabas, consiguen esbozar el sutil movimiento del alma. Porque, me apresuro a decirlo, las aves de Buson no residen sólo en la naturaleza del Japón central sino, antes que nada, en la volátil mente del poeta. Hurguemos en la trama compleja de su arte: despojarse para comprender el vuelo de las aves, despojarlas para llenar con esa libre vida nuestra mente.

Por partida doble, entonces, Buson es hombre de observación y de miradas. Para él la condición aérea nada tiene de etérea. Es más bien una actitud personal y un ejercicio de contacto sensible con el mundo exterior. El asunto del arte es volar. Y la gracia (o el ángel) consiste en saber qué implica. Sus haikus se deslizan como aves que se elevan. Le fascina las que aprenden o se disponen a volar. Se fija en cómo ha de armonizar el pájaro su “voluntad” con la del viento, ese otro espíritu que sopla cuando le viene en gana. Por eso no ha de extrañarnos que Buson piense a la cometa dotada de idéntica característica volátil. También nos muestra aves capaces de fijar rumbo contra el viento: garzas, cuervos, grullas, palomas. Y en su extensa taxonomía poética no deja de mencionar otras que pierden rumbo en la tormenta o huyen escapando de los depredadores, sean halcones, perros o humanos. Condición volátil tiene la consistencia de los élitros de cigüeña desplegados, o la presencia de la cola de un faisán cobrizo. Hasta que pierde compostura, como en el cuerpo sin vida de un pichón en el suelo. O cuando la bandada se dispersa. O en la nube que desaparece del horizonte, hecha filamentos. O en el humo de incienso que se pierde de puro elevarse. Y en la voz o el canto del pájaro, que muere apenas llega a nuestro oído. La condición alada toma posesión del firmamento, donde flotan gaviotas y gorriones. Aunque no sólo de aves presume el cielo: también de mariposas y hasta de murciélagos, que el poeta trata como si fueran pájaros y que suelen ordenarse como tales en las recopilaciones tradicionales de haikus, de Yosa u otros. Con frecuencia los pájaros de Buson aparecen cantando. Vamos de la mano del poeta por praderas y cañadas, en la playa o a gran altura. Con su ayuda podemos distinguir gorjeos de graznidos y reconocer si lo que escuchamos son trinos o chillidos. Nos volvemos cómplices del filoso despertar del gallo o de palomas que ruculan suavemente. Nos hacemos amigos del cuclillo de cinco notas o de aves más vulgares, de trino binario. No nos dice qué música produce el ruiseñor japonés. Pero sabemos que es de los más escuchados. Vamos comprendiendo que poeta es quien vive pendiente del canto del mundo y es capaz de transformarlo en voz propia. Forma pedestre y radical de compartir la condición de pájaro.

A veces cuesta reconocer el estilo de cada maestro de haiku. Se los puede distinguir justamente por su forma de mirar pájaros. Los de Bashô señalan la primacía del orden natural y la inclusión en ella de las aves, sin rebeldía ni premeditación, en la inocencia gozosa de la vida animal. Los de Issa van al otro extremo: no dejan de señalar la condición caída, inarmónica, de la creación, el dolor, la debilidad, la injusticia, el enigma insoluble de la vida. Buson tiene vuelo propio: humaniza a las aves. Las acerca a los hombres. Sin apresarlas, las pone al alcance de su mirada. Las escudriña de día, en su propia luminosidad. También les permite expresar dimensiones que pensamos humanas. Muchas de ellas aparecen en diversas estaciones: la golondrina circula también en primavera; hay cigüeñas para toda estación. Las que son errantes gozan de largas temporadas sedentarias: el cuco o el ganso silvestre. Las de ribera se muestran tímidas y a la vez sociables. Solemne, el faisán es el colmo de la armonía que un hombre puede pensar. Unas aves son solitarias, como el cucú, los gorriones van en bandadas, o en colonias igual que cormoranes y hasta en pareja, como el pato mandarín. Humildes como golondrinas, atolondradas igual que los chorlitos o con candor infantil de pichonzuelos.

Más estéticos que los de Ryôkan, más errantes que los de Shiki, los pájaros de Buson se caracterizan por su hon-i o autenticidad. La intención original y sincera es tocar el corazón de la aérea condición de nuestra vida. Verifica su destino, mediante minuciosa observación del paso del tiempo y de las características emotivas cuando pasa el hombre por el mundo en su tiempo. Escuchando el canto de Manuel Machado, transformo apenas su sonido. Lo hago mío para nombrar el arte de pájaros de Yosa Buson: alada claridad.

PRIMAVERA

Pr/1

el día
navega lentamente,
faisanes
posando sobre el puente

osoki hi ya kiji no oriiru
hasino ue

Pr/2

ricitos del agua
que enjuaga la azada,
los ibis salvajes
vuelan a distancia

kamo toku kuwa sosogu mizu no
uneri kana

Pr/3

aves de la ribera,
farolitos de Kioto
allá lejos

mizutori ya chosin toki
nishi no kyo

Pr/4

a los saltos, briosos,
incómodos, con frío,
don y doña gorrión
en su nido

tobikawasu yatake-gokoro
oyasuzume

Pr/5

aquí mismito,
escuché ayer cantar
las avecitas

kashiko nite kino mo kikinu
kankodori

Pr/6

duermes en la campana
de bronce oscurecido,
¡mariposa!

tsurigane ni tomarite nemuru
kocho kana

Pr/7

labran campos
sobre el templo
(sobre un cerro
canta el gallo

hata utsu ya mine no obo no
tori no koe
Pr/8

canta el ruiseñor
con su pequeña boca
inmensamente abierta

uguisu no naku ya chiisaki
kuchi aite

Pr/9

el primer trino
del ruiseñor parece
caerse de una rama

uguisu no eda fumi hazusu
hatsune kana

Pr/10

mientras canta
el ruiseñor, se junta
la familia y yanta

uguisu ya kanai soroute
Meshi-jibun

Pr/11

canta el ruiseñor:
un poco hacia aquí,
un poco hacia allí

uguisu no nakuya achimuki
kochira muki

Pr/12

ruiseñores que vuelan
de aquí para allá
sobre la aldea

uguisu no achi kochi to suru ya
koie gachi
es salir del pantano
y escuchar de nuevo
al ruiseñor

waga yado no uguisu kikan
no ni idete

Pr/14

un hombre por el campo
en un día que muere
sin que se escuchen ruiseñores

uguisu ni hinemosu toshi
hata no hito

Pr/15

la cometa
en el mismo lugar:
¿es el cielo de ayer?

ikanobori kino no sorano
aridokoro

Pr/16

el ocaso y la caza
del faisán al pie
al pie de un monte
en primavera

hikururu kiji utu haru no
yamabe kana

Pr/17

de pronto el perro se soltó
y fue tras un faisán
en Takaradera

muku to okite kiji ou inu ya
takaradera

Pr/18

caza del faisán
volviendo a casa,
después de mediodía

kiji utte kaeru ieji no
hi wa takashi

Pr/19

el campo (la nube,
que creía estancada,
se ha marchado)

hata utsu ya ugokanu kumo mo
nakunarinu

Pr/20

la golondrina
sale agitadamente
del pabellón dorado

futameite kin no ma wo deru
tsubame kana

Pr/21

los caseros cazando
una serpiente, cerca
del gorjeante
nido de las golondrinas

tsubakurame naite ja wo utsu
koie kana

Pr/22

retorno de ánades
sobre campos de arroz
bajo nubes lunadas

kaeru kari tagoto no tsuki no
kumoru yo ni

Pr/23

el ganso se ha marchado
y el arrozal junto a la casa
se ve tan lejano

kari yukite kadota no toku
omowaruru

Pr/24

anoche se marcharon,
también hoy, y de noche
ya no quedan ánades

kini ini kyo ini kari no
naki yo kana

Pr/25

el sol muere en la tarde
y alguien pisa su sombra
larga
como la cola de un faisán

yamadori no o wa fumu haru no
irihi kana

VERANO

Vr/1

cuclillo
atravesando
la antigua Kioto

hototogisu heianjo wo
sujikai ni

Vr/2

un paje se suena y
de mientras
el cucú canta

hashitanaki nyoju no kusame ya
hototogisu

Vr/3

cortesana que escribe
un poema
y un cuco pequeño

hototogisu uta yomu yujo
kikoyu nari

Vr/4

es más fresco ese son
cuando se aleja por fin
de la campana

suzushisaa ya kane wo hanaruru
kane no koe

Vr/5

los ermitaños
son humanos y las aves
simples aves

sennin wa hito kankodori wa
tori nari keri

Vr/6

pajarito nacido
en la horquilla de un árbol
(me imagino)

kankodori ki no mata yori
umareken

Vr/7

¿de qué vive
el cuclillo?
(lo ignoro)

nani kute iruka mo shirazu
Kankodori
Vr/8

todo el prestigio
para las palomas,
¿y qué pasa con el cuclillo
del Himalaya?

muzukashiki hato no reigi ya
kankodori

Vr/9

la tos seca
del bonzo y el trino
del cuco

gotsugotsu to sozu no seki ya
kankodori

Vr/10

¿está cantando
la calabaza que arranqué?
¡pero si es un avecita!

waga suteshi fukube ga naku ka
kankodori

Vr/11

el gorrión en un pueblo
escondido entre hojas caídas
(chaparrón de verano)

yudachi ya kusaba wo tsukamu
mura-suzume

Vr/12

no ha venido este año
el viejo cuidador
de cormoranes

oinarishi ukai kotoshi wa
mienu kana

Vr/13

cosecha del grano:
¿de qué se asombra el gallo
en el tejado?

mugui aki ia nani ni odoroku
iane no tori

OTOÑO

Otñ/1

primer rocío:
a cierta distancia
la grulla (la miro)

hatsushimo ya mazurau tsuru wo
toku miru

Otñ/2

aguacero:
la garza mojada,
la grulla seca

sagui nurete tsuru ni ji teru
shigure kana

Otñ/3

brisa en la tarde:
caricia de patas
de garza en el agua

yukaze ya misu aosagi no
hagi wo utu

Otñ/4

el faisán en la rama,
mueve y mueve las patas
y la noche se alarga

yamadori no eda fumikaturu
yonaga kana
Otñ/5

la comadreja espía a
los patos mandarines
del estanque

oshidori ya itachi no nosoku
ike furushi

Otñ/6

regocijado,
escucho pajaritos
en el tejado

kotori kuru oto ureshisa yo
itabisashi

Otñ/7

bosque adentro:
se oyen hachas leñadoras,
pájaros carpinteros

teono utu oto mo kobukashi
keratutuki

Otñ/8

gansos en vuelo
dibujan una línea y la luna
estampa el sello

ichigyo no kari ya hayama ni
tsuki wo insu
Otñ/9

el cielo de otoño
(???????????)
(???????????)

aki no sora kino ya tsuru wo
hanachitaru

INVIERNO

Inv/1

murciélagos viven
ocultos en el roto
paraguas

komori no kakure sumikeri
yaburegasa

Inv/2

esa avecita:
la devora una ardilla
en el campo reseco

musasabi no kotori hamioru
kareno kana

Inv/3

el pájaro chilla
y el ruido del agua a
la red de pesca
deja en sombra

yori naite mizuoto kururu
ajiro kana

Inv/4

aves sobre el agua,
mujer lava verdura
en una barca

mizutori ya fune ni na arau
onna ari

Inv/5

avecitas y dos
palanquines se ven
entre árboles secos

mizudori ya kareki no naka ni
kago nicho

Inv/6

canta el pajarillo,
sin padre ni madre
ni posteridad

oya mo naki ko mo naki koe ya
kankodori

Mi poesía es de género fantástico
como el agua, los perros y mis hijos.
Sucede cuando hay sol o cuando hay luna,
cuando abundan los frutos o las flores,
al desbocarse el viento o con la brisa,
cuando cantan los pájaros
o cuando, misteriosos, enmudecen.
Mi poesía adora a los insectos
y a la madera de los árboles,
se presenta y se va como una estrella.
creí que ella trataba de asuntos cotidianos,
no, mi poesía pertenece
al género fantástico,
como el olor del pasto, los ríos o el silencio.

 

Roberto Malatesta, en La estrella roja

Rehén de la colina

1
Oh candoroso embriagado entre loros,
entre isletas subiendo hasta el nivel de la
colina,
canta en tu boca el canto ardiente de otra boca,
y cuando la sangre sube hasta tus ojos es
porque están quebradas todas las fulguraciones
del sollozo en tu pecho.
Canta, viejo rehén de la colina.
Arde, candoroso de alcohol negro, que con palmas
salvajes tienen hijos que retornan al viento,
al gemido del clima en el olor áspero y cruel
de las arañas del estero,
en aquel paisaje de cristal desprendido del fuego.

2
Asombra al mundo en un paisaje de enero,
oh demente,
oh luz de la humedad.
Ah colgado sediento de unos ojos,
duerme, duerme bajo la luz del padre al otro
extremo del poder y la delicadeza.
En tus ojos la berlina del viaje amarillo arde
helada.
Beso tras beso el pasajero toca la raya de ácido
caliente del retorno.
Sé piadoso con el otro límite de tu fragilidad,
padre aletargado por el sol,
presión de la locura de una tierra suspendida en
la tela del agua y del fuego.

Fugaz, rara, la vida

Cabra entre las cabras, cedro
entre los cedros; agua fresca
en el chubasco, terrón reseco
en la sequía; carancho
tras el conejo, cuis en el buche
de la culebra; brote en el plantío,
remolino en la borrasca; pez
en el pico de la grulla, ratón
entre las patas de la tarántula.
Flor que nace de la flor, jabalí
que embiste bajo la lluvia, ardilla
que rápida asoma y se oculta.
Mi propio cuerpo germinando
en la tierra húmeda; mi alma…
que va en la brisa, que se precipita
con el aguacero, que susurra en
el disturbio del río, en la mudez
del presagio. Caravana salvaje
de la que somos parte; un día aves,
otro ciervos, otro hormigas, otro leones,
o vendaval o alud o luna llena…
Vanos, triviales, breves, leves,
somos chispazo, apenas un gesto
en el descomunal y secreto ajetreo.

 

César Bandín Ron

Oralitura: una opción por la memoria

Oralitura es un término acuñado por el poeta mapuche Elicura Chihuailaf para diferenciar esta manifestación estética contemporánea de la llamada «literatura precolombina». Como en ésta, los autores somos originarios, pero mucho ha acontecido en el río de la historia y en la contemporaneidad aunque abrevemos de la misma fuente, nuestra cosmovisión, somos distintos y nuestra producción cultural también lo es.
Desde 1492 hasta la actualidad pueblos y culturas de este continente han sufrido complejas suertes en su permanente conflicto con el pueblo y la cultura vencedora. La política monocultural aplicada ayer por los conquistadores y los colonizadores, y hoy por los Estados, es sinónimo de muerte ya que provocó y provoca el exterminio de pueblos y la desaparición de culturas.
Lamentablemente muchos de los nuestros nacen hoy en el desierto de la ignorancia. ya que desconocen su pasado histórico y se averguenzan de su circunstancia inmediata. Este desconocimiento es consecuencia de esta aplicación sistemática de superioridad cultural desde las instituciones del poder: escuela, iglesia, policía y municipio. La tiranía disfrazada de paternalismo ha abonado durante siglos el campo de la indigencia, del alcoholismo y de la mediocridad de no poder desarrollar la propia cultura ancestral ni poder acceder a los escalones de la cultura dominante.
Esta ignorancia de la identidad originaria deja como única opción la Invislbllidad, la confusión en el anonimato de las múltiples Identidades que ofrece el sistema.
Muchos de nosotros hemos estado allí.
¿Qué curiosidad, qué impulso, qué insatisfacción nos despertaron? En mi caso, fue un proceso alimentado por todas esas inquietudes, un camino que me fue llevando a la decisión de asumir mi identidad originaria y con esta decisión a la posibilidad de recibir mi herencia histórica y cultural.
Una historia de horror y de dolor, una pesadilla de torturas.
Una historia de abuso que hoy continúa. Una historia que genera intranquilidad y desconfianza. Ésa es la herencia de quienes decidimos ser parte de nuestro pueblo. Con esta elección también heredamos la conciencia de ser una continuidad histórica que nos filia al destino de nuestros lonkos Kaupolikan y Kallfukura y al de nuestras comunidades de Lonko Purán y de Likan Ray.
La conciencia de ser parte de un pueblo nos hace ser responsables del resguardo de una cultura, porque la pérdida de la memoria, el olvido, que es una de las modalidades de la muerte, acecha a los pueblos originarios hoy. Memoria y conocimiento son sinónimos.
Y ésa es la otra herencia que nos corresponde: el conocimiento. Conocimiento al que hay que acceder primero, para luego hacerlo circular dentro de nuestro pueblo.
Reconocer la propia ignorancia es un gran paso para avanzar hacia el conocimiento, asumimos como aprendices de la propia cultura nos lleva al encuentro con los kimche, los sabios dispuestos a enseñar, y nos lleva a los espacios de práctica.
El aprendizaje se realiza a través de la práctica de nuestra cultura y se enriquece con el estudio de otras culturas originarias.
Danzar la misma y las distintas danzas, de la selva, de la estepa, de las quebradas, ponerle el cuerpo al conocimiento.
Venir del humo, de la polvareda, de los amaneceres a la intemperie, de las marchas en medio de las avenidas, del desprecio de los sabuesos del winka, de las lágrimas del año nuevo.
Y encontrarme un día allí, en la rueda, entre los poetas. Hermanos kom, keshua, nahuatl, wichol, kariña, las mismas calles y el mismo cemento, los mismos libros y el mismo reclamo en las plazas. La misma herencia y las palabras buscando su cauce.
La tradición oral es el universo que se respira en el aire de nuestras reuniones, el universo incontenible dentro de nuestro cuerpo. La memoria.
La memoria entre los antiguos había circulado sólo en forma oral. Fue una decisión de nuestros pueblos usar los grafemas occidentales para escribir el idioma originario.
Escribir la memoria en una pelea por defenderla del olvido. Juan Paulo Wirimilla dice: “…la memoria es un árbol al que se le da vueltas a la siniestra del reloj», y Chihuailaf agrega: “…escribo a orillas del fogón que arde en la memoria»,
¿Cómo se escribe esto que siempre anduvo en los árboles, tirado a la sombra de los helechos y los musgos, descolorido por el sol en las piedras de la estepa, salado en la transparencia de las orillas? ¿Cómo se escriben los colores escandalosos de los pájaros y la resistencia delicada de nuestros tejidos? ¿Cómo se escribe la voz gastada que nos cuenta de una estrella que cae y se clava en el pecho de una niña?
¿Cómo se escriben la profundidad y los ecos que nos transforman en cántaros a las mujeres?
Se escribe en el idioma originario, en la lengua que sigue siendo materna, mapuzungun, aunque la aprendamos como segunda lengua, y también en el otro idioma: castellano, inglés, francés, portugués…
Las traducciones van y vienen, desde la primera a la segunda lengua y viceversa, y en las vueltas las palabras se pulen entre sí como piedras.
La oralitura como expresión artística de nuestra cosmovisión marca una continuidad cultural entre lo que hemos sido y lo que somos hoy. Viviendo en las comunidades y en las ciudades, transitando permanentemente el camino entre ambos espacios. Siendo con nuestras vidas el espacio de convivencia y de conflicto: entre tradición y modernidad, entre lo comunitario y lo individual, entre el idioma originario y el idioma impuesto.
Los escritores originarios transitamos del canto espontáneo de catarsis personal, al canto de autor con intencionalidad estética. Del mito, la conversación, los sucedidos, transmitidos oralmente como memoria del pueblo, a la escritura creativa donde todo se funde para sustentar lo nuevo.
Hemos abrevado en la literatura universal y hemos latido con la húmanidad de los autores de distintos tiempos y culturas. Llegaron a nosotros con esta lengua impuesta, lengua con la que aquí intento transmitir oralitura.

Comodoro Rivadavia, enero de 2005

La memoria de la tierra sagrada
Por Liliana Ancalao Meli
Tomado de la página del Festival de poesía de Medellín

Con inmensa responsabilidad vine a traerles estas palabras, como ser humano de este planeta, como mujer, como parte del pueblo mapuche, un pueblo que después de una hecatombe, viene juntando lentamente sus pedazos.
Vengo del sur, del principio de mi mundo, lugar al que hoy llaman patagonia, lugar al que hoy publicitan turísticamente como fin del mundo.
Allá donde vivo es una ciudad con un nombre muy extraño, se llama Comodoro Rivadavia, queda en la costa del Océano Atlántico.
A esta ciudad llegaron, muy jóvenes mi papá Ancalao y mi mamá Meli, quienes debieron dejar el campo, corridos por la pobreza material. Debieron abandonar un espacio limitado y asignado por el estado argentino, después de la Guerra del desierto. Debieron dejar el campo porque no era suficiente para dar sustento a todos, cambiar el ciclo de la siembra y el ciclo de las pariciones, por un empleo, un salario, horarios y patrones.
De este hermoso par, nacimos seis hijos. Cuando nací en 1961, mi familia estaba instalada en un campamento petrolero. En aquel momento la empresa que administraba la extracción de este combustible fósil era holandesa. Mi papá fue obrero petrolero durante 30 de sus años y mi mamá fue empleada doméstica de los administradores de la empresa.
Nosotros como niños, pasamos jugando, sobre puentes de metal bajo los que corrían arroyitos de agua con aceite y petróleo en la superficie. Pisamos la tierra negra de petróleo alrededor de los pozos abandonados. Nosotros, los desmemoriados.
Hoy, la cuenca del Golfo San Jorge, en la que se encuentra la ciudad de Comodoro Rivadavia, sigue siendo un lugar de explotación petrolera, se extrae petróleo del suelo y también de la plataforma submarina.
Hoy, a los habitantes de la ciudad nos controlan el consumo de agua y periódicamente cortan el suministro a los distintos barrios, hasta que se vuelven a llenar las reservas. Las administradoras del recurso justifican los cortes de agua con la rotura de las cañerías que transportan el agua desde los lagos, pero todos sospechamos que son las empresas petroleras que operan en la zona las que utilizan el agua en cantidades exorbitantes para extraer el petróleo.
Y estamos entrampados, aún, los que no necesitamos trabajar para las petroleras, testigos de la depredación de la tierra y muchos, siendo parte, mes a mes, año a año, por un salario, una obra social, una jubilación.
Es la trampa del capitalismo.
En el sur de este continente, nació mi historia, el relato de mi pueblo Mapuche.
En mi historia hay un antes y un después de lo que los más ancianos recuerdan como el tiempo “cuando se perdió el mundo”, un antes y un después de lo que historiadores occidentales llaman “conquista del desierto y pacificación de la Araucanía”, aproximadamente en el año 1880 del calendario gregoriano.
Un antes y un después del momento en que la primera bala del Winchester trizó el universo. El rifle que el capitalismo compró al ejército chileno-argentino para que nos eliminara.
Tuvieron que matarnos para clavar sus garras deforestadoras, desertificantes, depredadoras, contaminantes; sus garras civilizadas, en el wall Mapu, el territorio. Y nos mataron de diferentes modos: a balazos, desangrados, hambreados, separándonos de nuestros hijos, borrándonos la memoria.
Ahí, cuando se perdió el mundo. Cuando pisotearon la tierra. Cuando destruyeron el puente de la cordillera con fronteras, cuando los latifundios clavaron los postes del alambre y parcelaron el territorio. Hace poco más de un siglo. Silenciaron nuestro idioma, desarmaron nuestra organización política, desmembraron nuestros lazos amorosos, desparramaron a nuestros parientes, delimitaron nuestros espacios, trajeron una religión y una educación ajenas a la naturaleza.
Nuestra historia ha estado siempre, espiritualmente, ligada a la tierra. Nuestra relación con la tierra no es sólo de extracción para recoger sus frutos y cosechas, sino de veneración. Cíclicamente nos renovamos con sus fuerzas. Las fuerzas de la tierra a las que respetamos y a las que hacemos propicias cumpliendo con nuestros rituales.
Nuestra historia ha estado siempre, resistentemente, ligada a la historia del planeta. Nuestra memoria oral recuerda los relatos de inundaciones, erupciones volcánicas y terremotos que dieron vuelta el espacio, lo sacudieron hasta hacernos pensar que era nuestro fin. Y la realización del ritual, el nguillatun, ese tiempo- espacio adonde ofrendamos y pedimos, nos volvió a acomodar en el ciclo de la vida.
Pero el cataclismo de la guerra y la depredación de la tierra no pertenecen a la historia del planeta sino a la historia de la humanidad. Esta muerte desembarcó aquí con el winka, con su cosmovisión, que considera al hombre como el rey del planeta, que considera que el río, el pájaro y el aire, existen para estar a su servicio, que considera a la tierra como un recurso económico.
Hoy, todos sabemos, que esta agonía que lleva poco más de un siglo en el sur, se inició mucho antes en el resto del planeta. Sabemos también que la destrucción se ha acelerado en el último siglo. En el siglo pasado, siglo del vértigo, en el que nacimos los aquí presentes.
En la historia de mi pueblo yo nací dos generaciones después de la guerra del desierto. Nosotros, los Ancalao Meli, como muchos otros niños mapuche nacidos en la ciudad, éramos inconcientes del dolor de la tierra, no sabíamos quiénes éramos, de qué pueblo, qué raíces, qué historia. El estado se había ocupado de borrarnos la memoria. Ésa había sido parte de su política de integración.
Nacimos en el tiempo de la desmemoria. Fuimos niños y adolescentes sin memoria. Esta desmemoria conveniente a los estados nacidos de la matanza y el robo, conveniente también a las dictaduras militares.
El año 1992, cuando se cumplieron los quinientos años del desencuentro, marcó un hito en nuestra conciencia y aquellos que nos veníamos cuestionando nuestra identidad, comenzamos a actuar para recuperar la memoria.
Y la memoria nos sigue trayendo respuestas que iluminan.
Ahora sé que soy mapuche, que mapuche significa ser humano de la tierra.
Ahora sé que el idioma que nació de mi pueblo, allí, en el principio del mundo y desde el principio del mundo es el mapudungun, que significa el idioma de la Tierra.
Ahora sé, que el kultrún, nuestro instrumento sagrado, representa al planeta, a wenu Mapu que es el espacio de la atmósfera, a trufken Mapu que es la superficie y a minche Mapu que es el subsuelo. Que en el kultrún se representan los cuatro ciclos de las estaciones a partir del Wiñoy Tripantu, el año nuevo que en nuestro hemisferio sur es en el mes de junio.
Ahora que las fuerzas de la naturaleza están cortadas por alambrados, cables y caños.
Minche Mapu entubada
Trufken Mapu habitada por herejes
Wenu Mapu sofocada por gases.
Ahora que al planeta le niegan su condición de sacro.
Este relato de la historia del pueblo mapuche, nos encuentra en este milenio, haciendo circular, nuevamente, la memoria.
La memoria de los pueblos debe regresar hasta esa etapa en que la Tierra era sagrada, para recuperar sus rituales y restaurar nuestra fuerza. La fuerza que necesitamos para hacer frente a sus depredadores.
Porque aquella vez no se perdió el mundo.
Mientras Francisco Pascasio Moreno, prócer de los naturalistas argentinos, organizaba la exhibición de nuestros esqueletos en las vitrinas del museo natural de la ciudad de La Plata, mientras el perito Moreno donaba con generosidad 7.500 has de nuestro territorio al estado argentino, para la creación de un área protegida como Parque Nacional, mientras los winkas pensaban cómo proteger a la naturaleza de sí mismos; algunos de sus prisioneros de guerra pudieron huir.
Huyeron de las ciudades, de las casas de los ricos, adonde se los había entregado como esclavos, de los campos de concentración, de los campos con propietarios; y rumbearon al lugar en el que habían estado sus comunidades.
Los relatos que vamos recuperando, ahora, nos iluminan.
Siempre, hay un anciano que cuenta lo que quedó en la memoria de la familia: un hombre, o una mujer, a veces un niño, perdido en la inmensidad de un paisaje desconocido. Un ser humano hambriento, sediento, cansado, que quiere volver a reunirse con sus seres amados, comienza a sentir que no podrá con su cuerpo.
Entonces aparece un nahuel, el tigre… o un pangue, el puma, a veces un pájaro, el ñanco. Un newen, una fuerza de la naturaleza, compasivo. Que guía al extraviado, que escucha sus palabras de dolor, le trae alimento, le señala las aguadas, lo acompaña hasta que está a salvo.
Y allí en el medio del agradecimiento del ser humano de la tierra, surge el taüll el canto sagrado de esa fuerza propicia, el taüll atesorado que nos recuerda que la Mapu nos siguió reconociendo, después del cataclismo de la guerra.
Hace poco tiempo, escuché el canto del bosque en la voz de un machi muy joven. Un canto profundo y hermoso, que acariciaba el estómago. Estábamos todos muy conmovidos respirando ese momento sagrado, al lado de un río, Kurru leufu. Y la voz del machi se quebró y comenzó a llorar y el canto del bosque era un llanto: grave y sombrío.
En ese momento se depositó en mí, esta conciencia espiritual de la naturaleza, esta conciencia de ser parte de un tejido delicado, poderoso y ahora, dañado.
Mientras preparo estas palabras recuerdo, emocionada, que mañana, nos juntaremos como desde hace algunos sábados, en un barrio de la ciudad, a cantar.
A aprender canciones del vivir cotidiano. A aprender las canciones sagradas correspondientes a nuestro linaje. Las canciones para venerar a las fuerzas de la tierra, a sus newenes.

Seguiremos recuperando la memoria:

fill Mapu kiñekisungey ka inchiñ ka tüfa püllungey,
toda la tierra es una sola alma y somos parte de ella.

a Kathryn A. Kopp

Como desplegar
el cuerno de la abundancia
espigas finísimas, esbeltas
piedras preciosas, oro
cerbatanas de jade
góndolas
cristales como lunas
soles como los ojos del tigre
apenas vislumbrado entre las hojas
y el rumor de las hojas al rozarse
y el océano
la insistencia nocturna de los grillos
la luna blanca como una pregunta
o el asombro
noches como perlas enlazadas
centellas como calles vivas
y el tiempo ancho como la llanura

 

Mercedes Roffé, en La noche y las palabras