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Elementos

Viento, viento, devuélveme mi pluma
Mar, mar, devuélveme mi anillo
Muerte, muerte, devuélveme a mi madre
Para que me oiga cantar

Canto, canto, cuéntale a mi hija
Cuéntale que llevo el anillo
Dile que vuelo sobre la pluma
Caída del ala del halcón.

 

Ursula Le Guin (traducción de Diana Bellessi)

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Asados

 

Los he presenciado muchas veces: primero

la pausada ceremonia del fuego.

Buscando pequeñas ramas, restos de madera, papeles,

en los fondos de una casa que miraba, mansamente,

hacia el río cercano, mientras la tarde

se iba convirtiendo poco a poco en la noche

y había presencias familiares, voces conocidas,

enhebrando y desenredando una antigua letanía

Los reconocería en medio del desierto,

solo entre la desesperanza y el olvido:

algunos, con el paso de los años en la cara,

especie de heridas permanentes que el tiempo

sólo aumenta con su paso; otros

con la jocundia de saberse vivos; los más

permaneciendo en medio del silencio, aportando

su edad, su desconcierto, los pequeños

fragmentos de esperanza que concurren a salvarnos

del naufragio y de la muerte sin remedio

Alguna vez estuvimos todos juntos, esperando

el momento en que las llamas surgirían

como un conjuro, como una llamada entre la penumbra

de los veranos santafesinos. Puedo verlos, ahora:

para cada uno ése era el momento más importante

del mundo, la circunstancia propicia,

el encuentro. Allá en el fondo, uno solo,

el solitario del oficio, iba consumiendo leña,

carbón, tiempo, mientras esperábamos a su vera.

Tal vez, no lo recuerdo, puede que esos veranos

estuvieran más lejos todavía que la memoria misma:

el tiempo es una rápida sucesión de espejismos.

Puede que haya pasado toda una vida desde entonces

y que aquellos asados sean nada más

que migajas del olvido, náufragos de una antigua

hecatombe. A mi, ahora, me parecen sólo una sombra

entre la luz de los días, una isla

para sobrevivir, el momento más importante

de un tiempo sin edad.

 

Puedo contarlos, incluso, como quien pasa revista

a una tropa que sobrevive tras el desastre

y la traición: contarlos uno a uno, muchas veces,

rebuscando en el fondo del recuerdo, para devolverlos

de nuevo a este día en que alguien, distinto,

desconocido quizás, se inclina a recoger pequeñas ramas,

astillas, maderas, restos de vida en la maleza,

preparando la ceremonia reiterada del fuego. Algunos,

lo sé, han resistido el destierro, han erigido

la voluntad y el orgullo para no sentirsą

extranjeros, ajenos en tierras que no les pertenecen;

otros, han visto pasar la locura a su lado,

han convivido con ella como quien recibe a una compañera

indeseada, pero no se entregaron. Algunos, también,

lo sé, añorarán sin duda aquellos encuentros,

como si el tiempo no hubiera pasado y la esperanza

y la libertad de estar vivos siguieran siendo

un patrimonio cotidiano, una moneda corriente

a la que el uso no hubiera desgastado hasta convertirla

en ilusón, tránsito, descrédíto.

 

Imagino, por ejemplo, aquellas noches, y ellas

vuelven como fieles imágenes a instalarse en mí:

la ciudad está lejos, apenas una posibilidad

no es necesario rendirse, con sus calles

rado grueso, su puente colgante de enmohecidos

esa provinciana tranquilidad hecha de cerveza

tranquilas ocupaciones burocráticas. La ciudad

había quedado atrás, detenida en sus años,

en su historia colonial, en los menudos próceres

conocidos sólo por sus parientes. Nosotros estábamos

más allá: pocos kilómetros más allá. Pero hasta alli

no llegaban los regateos de la calle, el calor

de verano, la mezquina ociosidad de sus funcionarios

El río nos presidía y cobijaba, como un padre,

siempre permisivo, y eso era suficiente para seguir

viviendo, para continuar la batalla de las mañanas,

los trabajos del día, la impostergable ocupación

de estar vivos.

 

Cada uno, sin embargo, ya sabía cuál sería, al final

la hoguera de su destino: algunas muertes

imprevistas, desafectos, quimera, la disolución

de la esperanza y el rencor y el odio,

agazapados junto a nuestro despertar entredormido.

Cada uno, ya entonces, estaba seguro de que aquellos

asados eran sólo eso: una fugaz porción de felicidad

en medio de una guerra sin término. Cada uno,

a su modo, había preparado su guarida secreta,

el lugar ínfimo en el mundo para sobrevivir

a la catástrofe. No sabíamos, estoy seguro,

que el tiempo iba a pasar como una ráfaga,

como un vendaval, barriendo ciudades, días, hombres

y mujeres ocupados en menesteres de sueño como éste.

 

Los he compartido muchas veces. Cabeceando el primer

sueño de la noche, despertando en medio de los lejanos

cantos de grillo o del monótono quejido del sapo,

reaparecer en aquella rueda de sombras vivas,

para seguir tomando el vino del reencuentro, el pan

de la locura, la felicidad de sentirse en el mundo.

El tiempo era de sangre circulante contra este hoy

de sangre detenida..

 

Rafael Oscar Ielpi, en Viajeros y desterrados (UNL)

UNA CASA VOY A ESCRIBIR

La casa donde me críe la hizo mi abuelo. Las ventanas por donde vi el afuera sintiéndome en un adentro las hizo él. Él ya no estaba cuando yo nací. Dejó una casa de chapas y ladrillos a medio terminar, hizo los muebles de madera, el aparador, la mesa, las puertas, las ventanas desde donde miré llover y nevar. La casa, igual que el hombre que la levantó, ya no existe. O sí existe porque la llevo en mi, vivo adentro de ella aún y algunas veces sueño que tomo mate con mi abuela y me habla de ese hombre que no conocí. O si conocí, porque cada mañana de mi infancia me peiné en un espejo con un marco de madera que hizo él. El espejo tenía una calcomanía de Carlos Gardel, tu abuelo la pegó me decían y cosas así. La casa, el espejo, la abuela, el aparador, la mesa, hacían un adentro para mi. Algunas veces caían ollas y cosas en medio de la noche y la abuela se levantaba a echar a mi abuelo muerto, ándate de acá ya no estés metiendo boche, ándate Juan Bautista tu lugar ya no es entre nosotros, ya no vuelvas a esta casa déjanos vivir en paz mañana te llevaré velas pero éstas no son horas, deja descansar que en un rato amanece y hay que hacer muchas cosas y así. Le pegaba unos insultos también para que no viera su corazón blando le hablaba con desprecio ándate no tienes nada que andar haciendo por acá yo voy a hacer mi vida de mujer y vos ya estás muerto déjate de joder aquí. Al otro día cortábamos unas flores del geranio uno claveles, agarrá unos rojos que esos le gustaban a él decía la abuela y bajábamos al cementerio municipal a dejar unas flores pero el abuelo estaba enterrado en el otro, en el km 5, y pocas veces se podía ir hasta allá. Con la abuela dejábamos las flores al pie de la cruz grande del cementerio, prendíamos una vela en un lugar lleno de velas detrás de un vidrio y nos volvíamos. Pasábamos a pedir un kilo de carne fiado al almacén el morocho y regresábamos a esa casa que ya no está. Hablo de un mundo que ya no existe, unas ventanas que se disuelven y se rehacen en mi memoria como el viento que se arremolinaba ahí afuera, cuando había casa y había un adentro para decir así. Había una palangana en una silla y un fuentón con lana junto al fuego, venga ayúdeme a escarmenar esta lana decía ella y le daba vueltas al huso desenroscando la lana. El huso tenía una piedra en la base que le daba peso y lo hacía bailar como un trompo mientras el hilo de lana engordaba en él. El huso aún gira y gira sobre el suelo con lana que ella torció, aunque la casa y ella ya no están. Vivo así, en un adentro que se esfuma y regresa en sueños, un ruedo de sus faldas gira sin escándalo, no tira ollas del aparador que ya no está, no me levanto a decirle que se vaya, no llevo flores a ninguna parte le pongo su nombre a la Eufemia que planté afuerita de la ventana que no está. En este afuera sopla el viento más fuerte que conocí, a veces pasa volando una sábana que ella perdió, yo sé que tal vez se disolvió en el mar o se hizo tierra en algún rincón de esos que hace el viento por ahí, no me engaño de eso, la tela se corrompe se deshace o desteje, el algodón no resiste tantos años rodando por ahí, la sábana era blanca se le voló una vez y me mandó a buscarla anduve en los patios de los vecinos, vecina no vió una sábana grande los perros me ladraban no vi nada fíjate en lo de la millacheo capaz, ahí yo vi algo blanco de un árbol me dijo la señora navarro, yo fui y lo único que había era el ciruelo de la julia lleno de flores, será por eso, no sé, que en primavera me da por pensar en esa sábana no sé. En sueños pasa volando y ya sé que no está y las flores del ciruelo me hacen estornudar y los perros grandes que me ladran al pasar me dan un escalofrío en la espalda que me obligan a cruzar de vereda. Anoche soñé con ella, o tal vez sólo la recordé entre sueños no se bien. Capaz hoy vaya el cementerio aunque nada de esto habite ahí. La sábana real se hace más blanca tras la ventana donde su algodón no se corrompe, la ventana era azul o era marrón? No no, la ventana es verde, está dividida en cuatro vidrios, en cada uno yo hice dibujos sobre el vapor. Las pavas hervían en la cocina y los vidrios se ponían blancos como una hoja perfecta donde escribir. Esta es mi casa de aire voy a escribir, esta es la casa que hizo aquel hombre que nunca conocí, voy a escribir. El dedo índice se me mojaba de escribir entre la ventana y el vapor. Lo untaba en la tierra del marco y hacía un barro diminuto sin para qué por puro goce de acariciar una textura suave como de arcilla que se iba haciendo tibia hasta secarse quieta en la piel. En la tierra que trae el viento voy a escribir. Voy a escribir sábana blanca y luego la dejaré volar. Voy a escribir una casa para sentarme a la mesa a escribir, la mesa era de madera cubierta de un hule verde floreado, voy escribir, mientras hierve el agua y todo se evapora entre los vidrios y el afuera se disuelve, una casa pasa volando voy a escribir. Voy a escribir.

 

Jorge Spíndola (en su muro de facebook)

El ruido del mar

Hay un tejido, una red luminosa
que tiembla en la arena, por abajo del agua.
Se ve a través del verde transparente
como una temblorosa trama.

Cuando la ola rompe su espuma
quedan burbujas sueltas, chiquitas
sobre la piel del agua:
brillan intensa, nítidamente
en seguida se apagan.

Por la suave curva de las olas
sobre su lento avance
sobre su amplio movimiento seguro
la luz resbala.
Se deslizan los resplandores
por los movedizos toboganes del agua.

Ruido del mar, qué golpe derramado
qué entreverada voz y qué sonido
tan confuso y oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.

Todos los límites
firmes y recortados
todo con su color tan decidido
los colores tocándose
uno al lado del otro, sin mezclarse.

Y parece que cada uno: limpio
y liso azul, rojo tejado
verdor brillante
diera un sonido puro e inaudible
y todos un acorde fuerte y claro.
Pero el ruido del mar no se comprende,
se desploma continuamente, insiste
una y otra vez, con un cansancio
con una voz borrosa y desgranada…

Y no se sabe
qué es qué quiere o qué pide
el turbio ruido oscuro
cuando todo en derredor está tan claro.

“Porque todo tiene su kespic.
Los ruidos del mundo son palabras.
El que calla, empecinado,
echa su kespic del cuerpo.”

Malamí Kipa (poeta yámana)

 

Poco, muy poco, sé de lo que enseña
el Gran Libro del Mundo, ese texto infinito
cuyas palabras son las criaturas
de la tierra y el aire,
de la piedra y el agua.

Porque ellas dicen. Todas ellas dicen,
y nosotros tenemos que aprender con paciencia
a escuchar esas voces,
las que quizás un niño comprenda de inmediato,
o algunos hombres y mujeres logran
alcanzar y conservan cerca del corazón.

Debemos transitar esa senda olvidada,
y con tacto sutil
ir descubriendo
la propia sintonía con cada ser, o con cada
presencia: nube o pájaro,
manantial o racimo, mariposa o muchacha.

Me gusta ver amanecer. Cultivo
la amistad del lucero,
y en el limpio silencio que precede a la aurora
-si el ángel es propicio.,
suelo oír
ciertas voces…

Algunas llegan lerdas, desde tanta lejura como abarca el recuerdo,
y otras vienen del patio o de las calles
todavía en penumbras,
diciendo simplemente algo que no es tan simple:
“aquí estoy, aquí soy, aquí perduro”,
y el alma las acoge como el surco recibe a la semilla.

Azar o recompensa,
quién sabe de qué germen brotará,
conforme hagan su oficio
el sol, la lluvia, la matriz gredosa
de los valles del Sur, el libre viento sagrado de la vida.

 

Edgar Morisoli

 

 

“Este mundo, este paraíso sobre el que apenas había echado hasta entonces una ligera ojeada, el sol y la luna, los otros mundos que pueblan el espacio con sus brillantes constelaciones y los otros soles y sistemas tan absolutamente remotos y tan inconcebibles en número como para parecer una simple neblina luminosa en el cielo, todo ese universo que existía desde hacía millones y billones de siglos o desde la eternidad…”

“un reino encantado, natural y sobrenatural al mismo tiempo! Estaba convencido de que pronto empezaría a desvanecerse imperceptiblemente día tras día, año tras año, a medida que yo fuera sumiéndome en la opacidad de la vida hasta que se perdiera tan efectivamente como si hubiera dejado de ver, oír y palpitar y mi cuerpo caliente se hubiera enfriado y puesto tieso por la muerte y —como los muertos y los vivos— no tuviera ya conciencia de la pérdida”.

Guillermo E. Hudson

 

en el pasto quemado de enero
yacer

que pase el cielo
toda la vida
cien años llueva
y las raíces bordadas en mi pelo
cien veces trescientos sesenta y cinco
días que el sol
lleve la cuenta
abra y cierre mis ojos
la palma de la mano destejida
la espalda fermentada en las hormigas
desgajada del viento la lengua
zumbando en las hebras
oreja y corazón para esa lengua

y no esperar por la muerte cincuenta años
en una pensión de Londres
sobre mis cuadernos
limpio como las uñas de las monjas

yacer
en el pasto helado de julio
cruja la helada en mis huesos
las estrellas en cruz esperen
asidas a mi frente
la señal del chajá
para llevarme
pesado y ciego en círculos
entre los panaderos
deshecho en el vacío luminoso

saber mi país
perdido y ajeno
como en las visiones
de la fiebre

 

Laura Forchetti, en Libro de horas