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Elementos

Ahora me doy cuenta del principio del deseo: 

una brasa roza a otra brasa y brota la llama 

y la llama de pronto es luz, calor, historia y alimento, 

siempre y cuando alguien se incline sobre ella 

y en ella vuelque toda el alma por los labios entreabiertos. 

Al fin y al cabo, ninguna chispa enciende la pradera; 

sólo el corazón, cuando desea de corazón, arde y se expande. 

Alberto Szpunberg, en La academia de Piatock

La voz humana

Era de noche. Volvía de la plaza de Mayo, donde había estado trabajando durante una manifestación, y me metí en el metro. Caminé por un pasillo azulejado y, cuando doblé por otro, me llegó por la espalda una voz que cantaba. Fue como si me hubieran golpeado los pulmones. Me detuve en seco. ¿De qué estaba hecha esa cosa? Parecía una materia formada por partículas de nieve y chispas de fuego y huesos de animales preciosos, con capacidades químicas para producir la alteración y la locura. La voz cantaba una canción machacona y sensiblera de Marco Antonio Solís y, cuando llegó al estribillo —«no hay nada más difícil que vivir sin ti»—, sentí que me asfixiaba. Regresé sobre mis pasos y miré. Vi, sentado en el piso, a un hombre ciego tocando la guitarra y, a su lado, a un chico de unos diez años. De él brotaba esa voz cargada de un dolor sulfúrico, llena de pasado, que me hundía un espolón de fuego en la garganta. Y, mientras hacía eso —mientras me hacía eso—, el chico, Dios mío, jugaba, sin levantar la vista, al Candy Crush. Era como ver a Mozart tocando el piano y revolviendo, a la vez, una olla sobre el fuego. Voyeur invencible, me quedé mirándolo. Me dejé enardecer, detenida en mi aleph de éxtasis, y el chico cantó esa canción una, dos, tres veces, sin dejar de jugar, sin levantar la vista, mientras yo, con la espalda contra la pared, me sentía cruda y poderosa, contemplando la vida de los muertos y la muerte de los vivos y viendo abrirse, ante mí, las puertas del entendimiento. ¿Si hablé con él, si me preocupa su destino? Qué preguntas tan obvias. No estoy hablando de eso. Estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando de aquel pasaje de William B. Yeats: «tan honda fue mi felicidad, que me sentí bendito y pude bendecir». Tan honda fue mi felicidad, que me sentí bendita y pude bendecir. Y eso duró cinco minutos que, como todo el mundo sabe, es lo que dura la felicidad.

Leila Guerriero, en Teoría de la gravedad

Señor, mira mi cuerpo.
Mira mi cuerpo antes que yo lo llame
y él me llame, gritándonos
de lejos.
Mira mi cuerpo, este animal antiguo
como el río más antiguo
y joven, todavía, como el agua
cuando aprendía a nadar,
solo entre cerros.

Señor, mira mi cuerpo.
Mira mi cuerpo, torre de mi infancia,
mira mi cuerpo, cueva a la que vuelvo
siempre
a sentarme solo
ante tu fuego.

Señor, mira mi cuerpo
como yo lo veo.
Oh cazador del agua en los veranos,
oh cazador, de mi alma
prisionero.
Oh cazador sediento de su casa,
más antiguo que mi alma,
más joven que su miedo.

Lo amamantaron entre pajonales
donde ya te perdía
el viento, con tristeza.
Lo amamantaron entre pajonales,
oh cuerpo mío, antiguo cuerpo,
cueva para el amor,
torre para la guerra.

Señor, mira mi cuerpo. Es inocente.
Oh cueva de tu fuego,
oh torre joven.
Por los largos veranos que aún esperan,
por estar junto a mí,
que me perdone.

Héctor Viel Temperley

Leo que el capullo
del cerezo sakura,
y también el capullo del durazno
y el de la ciruela, caen al suelo
apenas mecidos por la brisa
sin estar plenos.

Su momento de mayor belleza
es allí, sobre la hierba.
Tras la caída
se hacen completos.

Los miro y bajo el tibio sol
aprendo.

Dormir en el bosque

Creí que la tierra me recordaba,

me recibió tan tierna, arreglándose

la pollera oscura , con los bolsillos

llenos de semillas y de líquenes. Dormí

como nunca, como una piedra

en el lecho del río, nada

más que mis pensamientos entre el fuego blanco

de las estrellas y yo, y ellos flotaban

livianos como polillas entre las ramas

de los árboles perfectos. Toda la noche

oí respirar los pequeños reinos

a mi alrededor, los insectos, y los pájaros

que hacían su trabajo en la oscuridad. Toda la noche

subí y bajé, como en el agua, forcejeando

con una condena luminosa. A la mañana

me había convertido en algo mejor

por lo menos una docena de veces.

Mary Oliver

Casamiento

Hay mujeres que dicen:

Mi marido, si quiere pescar, que pesque,

pero que limpie el pescado.

Yo no. A cualquier hora de la noche me levanto,

ayudo a descamar, abrir, cortar y salar.

Es tan bueno, nosotros solos en la cocina,

de vez en cuando los codos se tropiezan

él cuenta cosas como “éste fue difícil”,

“plateó en el aire dando coletazos”

y hace el gesto con la mano.

El silencio de cuando nos vimos por primera vez

atraviesa la cocina como un río profundo.

Por fin, el pescado en la bandeja,

vamos a dormir. Cosas plateadas estallan:

somos novio y novia.

Los nadadores de aguas abiertas
hablan del agua, incansables;
la diferencian, la asocian
como si persiguieran
un rastro infinito.
El agua que describen
no es solo agua,
entre el pedregullo y las arenas
se carga de sólidos
entre las corrientes
toma la fuerza
de un animal prehistórico.
Más densa, más liviana,
amarga, abrazadoramente cálida.
El agua en la que se sumergen
nunca es la misma,
pero no repiten,
encarnan precarizada
la frase de Heráclito.
Los nadadores testean
cuando respiran tensos
al filo de la hipotermia,
cuando el barro del fondo
enturbia las antiparras,
cuando se dejan ir también,
en un placer amniótico.
Más tersas, más ásperas,
más dulces;
cuando la brazada avanza
descubren. Levantan
esa planicie inestable
buscan cómo sostenerse
o remontar,
igual que en el gran océano
del vivir,
qué objeto servirá
para fijar el rumbo
o qué es el equilibrio
sin apoyo.
En el aliento
la obsesión por el agua.
Los nadadores alzan
oscuras masas de soledad;
emergen entre enormes
intocadas masas líquidas,
siempre al borde
de ser tragados,
siempre en el límite
de lo incompatible.
En una deriva
picada por vientos
entre algas y desechos
de los tiempos modernos
nadar el mar
como se nada lo real.
Abro la puerta de mi casa,
soy la nadadora
que con los brazos vuelve
a un rudimentario atavismo.
Espíritu del agua,
abrime el paso,
mundo de la carne
y de los intercambios humanos
voluptuoso y denso,
cuál es el resquicio:
agua reticente atravieso
agua herida, agua
del primer sí.

—«Un jardín tiene que tener un sendero», solía decir mi madre, y tenía razón. Un sendero que se ha ido labrando su camino en la tierra, hundiendo cantos, con hierba que empieza a crecer entre las grietas —dijo Jean—, un sendero que el uso constante ha ido grabando en la tierra. Igual que con el correr de los siglos los escalones de piedra se ahuecan en el centro. Imagina si unas simples botas son capaces de gastar la piedra, igual que algunas historias se curvan en el centro tras siglos de ser contadas. La tierra sabe dónde hemos caminado… »Por la noche en lugar de un cuento para dormir a veces mi madre y yo mirábamos catálogos de semillas. Encargó algunos de Inglaterra, sólo por soñar, y me describía en susurros un jardín para mí. Yo lo imaginaba con ella, cada detalle, la hiedra, el banco bajo el sauce, la nieve de las flores en el aire cálido de la primavera. Hasta que me quedaba dormida.

Anne Michaels, en La cripta de invierno

Estoy en el Taller de Objetos con Paula Panfili y en el laboratorio de arte Fuera de Cuadro con Fabi Di Luca en el galpón de La Grieta.

Miro el espacio y observo cómo se disponen las paredes, herramientas, máquinas, los materiales, libros e insumos de la enseñanza, es un espacio con esta forma que fue adquiriendo, que está en permanente movimiento y se transforma a ritmo de lo que deseamos.

El espacio-taller de artes visuales para chicos es compartido por diferentes propuestas y producciones durante la semana, esto le impregna un móvil maravilloso que solo sucede acá arriba: un día te vas y has dejado en el cordel 36 trapitos teñidos con cúrcuma porque experimentamos ese método antiguo de lograr el amarillo pero al otro día llegás y hay una ballena de tres metros colgada en el techo.

¿Será transparente para que miremos su interior vacío?

¿Quiénes son los niños que han osado dejarla encima de mi cabeza?

Lo significativo es atender las señales que están emitiendo esos elementos realizados por los chicos, creo que el alcance poético de esas piezas y lo que se dice en torno a ellas, supera el dossier de las teorías.

Sabemos que la ballena es el continente de la idea, los bocetos, los despiezos, la bibliografía, los amigos que nos ayudaron a realizar y que se han utilizado dos rollos de alambre dulce y varios rollos de papel film, es decir, podemos modular la materia hasta lograr una beluga transparente con esqueleto alámbrico. Pero más nos interesan las conversaciones y el agua de las miradas que se sumergen hacia lo invisible porque nos permite imaginar que el animal durante la noche nada tragando otros peces o escucha el rumor del viento en la superficie o que el alumbrado público ingresa y se desparrama sobre su lomo convirtiéndolo en fantasma o simplemente sueñe con ser mariposa como en el cuento chino o tal vez llore porque extraña a sus padres. Nunca sabremos si esto sucede antes o después pero lo cierto es que en un momento estamos todos adentro de la ballena aprendiendo con otros. He aquí el monstruo. He aquí el arte.

Andrea Iriart, tomado de revista Boba

Haikus de pájaros
(2008: de Alada claridad, editorial Pre-Textos, Valencia)

Volar implica trascender límites prefijados, viajar a velocidad de pensamiento, manejar lejanías, agigantar la percepción hasta extenderla al cosmos. Se entiende la atracción que los pájaros ejercen sobre los artistas, buscadores de horizontes lejanos. Las aves simbolizan una huída de los barrotes de la jaula. No hilan ni tejen, no guisan, no piensan. Viven sin preocuparse, pueden irse (y se van) por las ramas. Experimentan gozo al existir fuera de toda medida o cálculo. Habitan un cielo sin teorías. Los más vivos de los seres vivientes, son como ángeles.

El hombre sueña hacer cierto el intento de Ícaro. Y sólo empieza a vivir su condición terráquea cuando, a su pesar, reconoce que tal hazaña le resulta imposible. El ave se transforma en objeto de su atenta y algo nostálgica observación. Para entender de pájaros hay que pasar tiempo al aire libre, caminar por montañas y prados, ponerse mentalmente a la intemperie (en japonés, nozarashi: clave del haiku). Así percibo a Yosa Buson, poeta y pintor japonés del siglo XVIII (1716-1784).

Leyendo estos cincuenta haikus suyos sobre vuelos diversos, sorprende cuánto sabe de aves este hombre de Osaka. En una época sin bibliotecas públicas ni manuales de ornitología, su ciencia pajarera provino del conocimiento de la cultura clásica japonesa y china y de frecuentes recorridos por costas y montes de la isla de Honshu. Buson era sin duda un buen haijin (hombre del haiku): afincado en el estudio y el vagabundeo, cazador de momentos fugaces, observador de la naturaleza. Sin dejar de ser un artista avisado. Cargando mesita y pinceles a campo traviesa, siempre dispuesto a practicar las reglas del kachôga, arte de dibujar y pintar flores y pájaros (Las otras dos categorías de la pintura tradicional del sudeste de Asia –jimbutsuga, retrato, y sansuiga, paisaje- no formaron parte de su arte).

El vuelo de los haikus de Buson resume su doble condición de pintor y poeta, maestro con un sólo pincel de pelo de marta. El vuelo de su arte se anuda en un único gesto: erguido, a mano alzada, fijando el paso irrepetible del instante. Su tarea es captar lo que pasa volando. No se trata de simples avecillas en un jardín bucólico sin viento. Sus haikus tratan de capturar, y volver a soltar, vuelos de aves que, en apenas diecisiete sílabas, consiguen esbozar el sutil movimiento del alma. Porque, me apresuro a decirlo, las aves de Buson no residen sólo en la naturaleza del Japón central sino, antes que nada, en la volátil mente del poeta. Hurguemos en la trama compleja de su arte: despojarse para comprender el vuelo de las aves, despojarlas para llenar con esa libre vida nuestra mente.

Por partida doble, entonces, Buson es hombre de observación y de miradas. Para él la condición aérea nada tiene de etérea. Es más bien una actitud personal y un ejercicio de contacto sensible con el mundo exterior. El asunto del arte es volar. Y la gracia (o el ángel) consiste en saber qué implica. Sus haikus se deslizan como aves que se elevan. Le fascina las que aprenden o se disponen a volar. Se fija en cómo ha de armonizar el pájaro su “voluntad” con la del viento, ese otro espíritu que sopla cuando le viene en gana. Por eso no ha de extrañarnos que Buson piense a la cometa dotada de idéntica característica volátil. También nos muestra aves capaces de fijar rumbo contra el viento: garzas, cuervos, grullas, palomas. Y en su extensa taxonomía poética no deja de mencionar otras que pierden rumbo en la tormenta o huyen escapando de los depredadores, sean halcones, perros o humanos. Condición volátil tiene la consistencia de los élitros de cigüeña desplegados, o la presencia de la cola de un faisán cobrizo. Hasta que pierde compostura, como en el cuerpo sin vida de un pichón en el suelo. O cuando la bandada se dispersa. O en la nube que desaparece del horizonte, hecha filamentos. O en el humo de incienso que se pierde de puro elevarse. Y en la voz o el canto del pájaro, que muere apenas llega a nuestro oído. La condición alada toma posesión del firmamento, donde flotan gaviotas y gorriones. Aunque no sólo de aves presume el cielo: también de mariposas y hasta de murciélagos, que el poeta trata como si fueran pájaros y que suelen ordenarse como tales en las recopilaciones tradicionales de haikus, de Yosa u otros. Con frecuencia los pájaros de Buson aparecen cantando. Vamos de la mano del poeta por praderas y cañadas, en la playa o a gran altura. Con su ayuda podemos distinguir gorjeos de graznidos y reconocer si lo que escuchamos son trinos o chillidos. Nos volvemos cómplices del filoso despertar del gallo o de palomas que ruculan suavemente. Nos hacemos amigos del cuclillo de cinco notas o de aves más vulgares, de trino binario. No nos dice qué música produce el ruiseñor japonés. Pero sabemos que es de los más escuchados. Vamos comprendiendo que poeta es quien vive pendiente del canto del mundo y es capaz de transformarlo en voz propia. Forma pedestre y radical de compartir la condición de pájaro.

A veces cuesta reconocer el estilo de cada maestro de haiku. Se los puede distinguir justamente por su forma de mirar pájaros. Los de Bashô señalan la primacía del orden natural y la inclusión en ella de las aves, sin rebeldía ni premeditación, en la inocencia gozosa de la vida animal. Los de Issa van al otro extremo: no dejan de señalar la condición caída, inarmónica, de la creación, el dolor, la debilidad, la injusticia, el enigma insoluble de la vida. Buson tiene vuelo propio: humaniza a las aves. Las acerca a los hombres. Sin apresarlas, las pone al alcance de su mirada. Las escudriña de día, en su propia luminosidad. También les permite expresar dimensiones que pensamos humanas. Muchas de ellas aparecen en diversas estaciones: la golondrina circula también en primavera; hay cigüeñas para toda estación. Las que son errantes gozan de largas temporadas sedentarias: el cuco o el ganso silvestre. Las de ribera se muestran tímidas y a la vez sociables. Solemne, el faisán es el colmo de la armonía que un hombre puede pensar. Unas aves son solitarias, como el cucú, los gorriones van en bandadas, o en colonias igual que cormoranes y hasta en pareja, como el pato mandarín. Humildes como golondrinas, atolondradas igual que los chorlitos o con candor infantil de pichonzuelos.

Más estéticos que los de Ryôkan, más errantes que los de Shiki, los pájaros de Buson se caracterizan por su hon-i o autenticidad. La intención original y sincera es tocar el corazón de la aérea condición de nuestra vida. Verifica su destino, mediante minuciosa observación del paso del tiempo y de las características emotivas cuando pasa el hombre por el mundo en su tiempo. Escuchando el canto de Manuel Machado, transformo apenas su sonido. Lo hago mío para nombrar el arte de pájaros de Yosa Buson: alada claridad.

PRIMAVERA

Pr/1

el día
navega lentamente,
faisanes
posando sobre el puente

osoki hi ya kiji no oriiru
hasino ue

Pr/2

ricitos del agua
que enjuaga la azada,
los ibis salvajes
vuelan a distancia

kamo toku kuwa sosogu mizu no
uneri kana

Pr/3

aves de la ribera,
farolitos de Kioto
allá lejos

mizutori ya chosin toki
nishi no kyo

Pr/4

a los saltos, briosos,
incómodos, con frío,
don y doña gorrión
en su nido

tobikawasu yatake-gokoro
oyasuzume

Pr/5

aquí mismito,
escuché ayer cantar
las avecitas

kashiko nite kino mo kikinu
kankodori

Pr/6

duermes en la campana
de bronce oscurecido,
¡mariposa!

tsurigane ni tomarite nemuru
kocho kana

Pr/7

labran campos
sobre el templo
(sobre un cerro
canta el gallo

hata utsu ya mine no obo no
tori no koe
Pr/8

canta el ruiseñor
con su pequeña boca
inmensamente abierta

uguisu no naku ya chiisaki
kuchi aite

Pr/9

el primer trino
del ruiseñor parece
caerse de una rama

uguisu no eda fumi hazusu
hatsune kana

Pr/10

mientras canta
el ruiseñor, se junta
la familia y yanta

uguisu ya kanai soroute
Meshi-jibun

Pr/11

canta el ruiseñor:
un poco hacia aquí,
un poco hacia allí

uguisu no nakuya achimuki
kochira muki

Pr/12

ruiseñores que vuelan
de aquí para allá
sobre la aldea

uguisu no achi kochi to suru ya
koie gachi
es salir del pantano
y escuchar de nuevo
al ruiseñor

waga yado no uguisu kikan
no ni idete

Pr/14

un hombre por el campo
en un día que muere
sin que se escuchen ruiseñores

uguisu ni hinemosu toshi
hata no hito

Pr/15

la cometa
en el mismo lugar:
¿es el cielo de ayer?

ikanobori kino no sorano
aridokoro

Pr/16

el ocaso y la caza
del faisán al pie
al pie de un monte
en primavera

hikururu kiji utu haru no
yamabe kana

Pr/17

de pronto el perro se soltó
y fue tras un faisán
en Takaradera

muku to okite kiji ou inu ya
takaradera

Pr/18

caza del faisán
volviendo a casa,
después de mediodía

kiji utte kaeru ieji no
hi wa takashi

Pr/19

el campo (la nube,
que creía estancada,
se ha marchado)

hata utsu ya ugokanu kumo mo
nakunarinu

Pr/20

la golondrina
sale agitadamente
del pabellón dorado

futameite kin no ma wo deru
tsubame kana

Pr/21

los caseros cazando
una serpiente, cerca
del gorjeante
nido de las golondrinas

tsubakurame naite ja wo utsu
koie kana

Pr/22

retorno de ánades
sobre campos de arroz
bajo nubes lunadas

kaeru kari tagoto no tsuki no
kumoru yo ni

Pr/23

el ganso se ha marchado
y el arrozal junto a la casa
se ve tan lejano

kari yukite kadota no toku
omowaruru

Pr/24

anoche se marcharon,
también hoy, y de noche
ya no quedan ánades

kini ini kyo ini kari no
naki yo kana

Pr/25

el sol muere en la tarde
y alguien pisa su sombra
larga
como la cola de un faisán

yamadori no o wa fumu haru no
irihi kana

VERANO

Vr/1

cuclillo
atravesando
la antigua Kioto

hototogisu heianjo wo
sujikai ni

Vr/2

un paje se suena y
de mientras
el cucú canta

hashitanaki nyoju no kusame ya
hototogisu

Vr/3

cortesana que escribe
un poema
y un cuco pequeño

hototogisu uta yomu yujo
kikoyu nari

Vr/4

es más fresco ese son
cuando se aleja por fin
de la campana

suzushisaa ya kane wo hanaruru
kane no koe

Vr/5

los ermitaños
son humanos y las aves
simples aves

sennin wa hito kankodori wa
tori nari keri

Vr/6

pajarito nacido
en la horquilla de un árbol
(me imagino)

kankodori ki no mata yori
umareken

Vr/7

¿de qué vive
el cuclillo?
(lo ignoro)

nani kute iruka mo shirazu
Kankodori
Vr/8

todo el prestigio
para las palomas,
¿y qué pasa con el cuclillo
del Himalaya?

muzukashiki hato no reigi ya
kankodori

Vr/9

la tos seca
del bonzo y el trino
del cuco

gotsugotsu to sozu no seki ya
kankodori

Vr/10

¿está cantando
la calabaza que arranqué?
¡pero si es un avecita!

waga suteshi fukube ga naku ka
kankodori

Vr/11

el gorrión en un pueblo
escondido entre hojas caídas
(chaparrón de verano)

yudachi ya kusaba wo tsukamu
mura-suzume

Vr/12

no ha venido este año
el viejo cuidador
de cormoranes

oinarishi ukai kotoshi wa
mienu kana

Vr/13

cosecha del grano:
¿de qué se asombra el gallo
en el tejado?

mugui aki ia nani ni odoroku
iane no tori

OTOÑO

Otñ/1

primer rocío:
a cierta distancia
la grulla (la miro)

hatsushimo ya mazurau tsuru wo
toku miru

Otñ/2

aguacero:
la garza mojada,
la grulla seca

sagui nurete tsuru ni ji teru
shigure kana

Otñ/3

brisa en la tarde:
caricia de patas
de garza en el agua

yukaze ya misu aosagi no
hagi wo utu

Otñ/4

el faisán en la rama,
mueve y mueve las patas
y la noche se alarga

yamadori no eda fumikaturu
yonaga kana
Otñ/5

la comadreja espía a
los patos mandarines
del estanque

oshidori ya itachi no nosoku
ike furushi

Otñ/6

regocijado,
escucho pajaritos
en el tejado

kotori kuru oto ureshisa yo
itabisashi

Otñ/7

bosque adentro:
se oyen hachas leñadoras,
pájaros carpinteros

teono utu oto mo kobukashi
keratutuki

Otñ/8

gansos en vuelo
dibujan una línea y la luna
estampa el sello

ichigyo no kari ya hayama ni
tsuki wo insu
Otñ/9

el cielo de otoño
(???????????)
(???????????)

aki no sora kino ya tsuru wo
hanachitaru

INVIERNO

Inv/1

murciélagos viven
ocultos en el roto
paraguas

komori no kakure sumikeri
yaburegasa

Inv/2

esa avecita:
la devora una ardilla
en el campo reseco

musasabi no kotori hamioru
kareno kana

Inv/3

el pájaro chilla
y el ruido del agua a
la red de pesca
deja en sombra

yori naite mizuoto kururu
ajiro kana

Inv/4

aves sobre el agua,
mujer lava verdura
en una barca

mizutori ya fune ni na arau
onna ari

Inv/5

avecitas y dos
palanquines se ven
entre árboles secos

mizudori ya kareki no naka ni
kago nicho

Inv/6

canta el pajarillo,
sin padre ni madre
ni posteridad

oya mo naki ko mo naki koe ya
kankodori