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Comer

Asados

 

Los he presenciado muchas veces: primero

la pausada ceremonia del fuego.

Buscando pequeñas ramas, restos de madera, papeles,

en los fondos de una casa que miraba, mansamente,

hacia el río cercano, mientras la tarde

se iba convirtiendo poco a poco en la noche

y había presencias familiares, voces conocidas,

enhebrando y desenredando una antigua letanía

Los reconocería en medio del desierto,

solo entre la desesperanza y el olvido:

algunos, con el paso de los años en la cara,

especie de heridas permanentes que el tiempo

sólo aumenta con su paso; otros

con la jocundia de saberse vivos; los más

permaneciendo en medio del silencio, aportando

su edad, su desconcierto, los pequeños

fragmentos de esperanza que concurren a salvarnos

del naufragio y de la muerte sin remedio

Alguna vez estuvimos todos juntos, esperando

el momento en que las llamas surgirían

como un conjuro, como una llamada entre la penumbra

de los veranos santafesinos. Puedo verlos, ahora:

para cada uno ése era el momento más importante

del mundo, la circunstancia propicia,

el encuentro. Allá en el fondo, uno solo,

el solitario del oficio, iba consumiendo leña,

carbón, tiempo, mientras esperábamos a su vera.

Tal vez, no lo recuerdo, puede que esos veranos

estuvieran más lejos todavía que la memoria misma:

el tiempo es una rápida sucesión de espejismos.

Puede que haya pasado toda una vida desde entonces

y que aquellos asados sean nada más

que migajas del olvido, náufragos de una antigua

hecatombe. A mi, ahora, me parecen sólo una sombra

entre la luz de los días, una isla

para sobrevivir, el momento más importante

de un tiempo sin edad.

 

Puedo contarlos, incluso, como quien pasa revista

a una tropa que sobrevive tras el desastre

y la traición: contarlos uno a uno, muchas veces,

rebuscando en el fondo del recuerdo, para devolverlos

de nuevo a este día en que alguien, distinto,

desconocido quizás, se inclina a recoger pequeñas ramas,

astillas, maderas, restos de vida en la maleza,

preparando la ceremonia reiterada del fuego. Algunos,

lo sé, han resistido el destierro, han erigido

la voluntad y el orgullo para no sentirsą

extranjeros, ajenos en tierras que no les pertenecen;

otros, han visto pasar la locura a su lado,

han convivido con ella como quien recibe a una compañera

indeseada, pero no se entregaron. Algunos, también,

lo sé, añorarán sin duda aquellos encuentros,

como si el tiempo no hubiera pasado y la esperanza

y la libertad de estar vivos siguieran siendo

un patrimonio cotidiano, una moneda corriente

a la que el uso no hubiera desgastado hasta convertirla

en ilusón, tránsito, descrédíto.

 

Imagino, por ejemplo, aquellas noches, y ellas

vuelven como fieles imágenes a instalarse en mí:

la ciudad está lejos, apenas una posibilidad

no es necesario rendirse, con sus calles

rado grueso, su puente colgante de enmohecidos

esa provinciana tranquilidad hecha de cerveza

tranquilas ocupaciones burocráticas. La ciudad

había quedado atrás, detenida en sus años,

en su historia colonial, en los menudos próceres

conocidos sólo por sus parientes. Nosotros estábamos

más allá: pocos kilómetros más allá. Pero hasta alli

no llegaban los regateos de la calle, el calor

de verano, la mezquina ociosidad de sus funcionarios

El río nos presidía y cobijaba, como un padre,

siempre permisivo, y eso era suficiente para seguir

viviendo, para continuar la batalla de las mañanas,

los trabajos del día, la impostergable ocupación

de estar vivos.

 

Cada uno, sin embargo, ya sabía cuál sería, al final

la hoguera de su destino: algunas muertes

imprevistas, desafectos, quimera, la disolución

de la esperanza y el rencor y el odio,

agazapados junto a nuestro despertar entredormido.

Cada uno, ya entonces, estaba seguro de que aquellos

asados eran sólo eso: una fugaz porción de felicidad

en medio de una guerra sin término. Cada uno,

a su modo, había preparado su guarida secreta,

el lugar ínfimo en el mundo para sobrevivir

a la catástrofe. No sabíamos, estoy seguro,

que el tiempo iba a pasar como una ráfaga,

como un vendaval, barriendo ciudades, días, hombres

y mujeres ocupados en menesteres de sueño como éste.

 

Los he compartido muchas veces. Cabeceando el primer

sueño de la noche, despertando en medio de los lejanos

cantos de grillo o del monótono quejido del sapo,

reaparecer en aquella rueda de sombras vivas,

para seguir tomando el vino del reencuentro, el pan

de la locura, la felicidad de sentirse en el mundo.

El tiempo era de sangre circulante contra este hoy

de sangre detenida..

 

Rafael Oscar Ielpi, en Viajeros y desterrados (UNL)

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La vieja hundió los dedos en el almidón de mandioca. Siempre le quedaba una sensación de caricia.

Estrelló después los dos huevos puestos por su gallina colorada. Agregó agua, sal y grasa. Y fue armando tortitas del largo de la mano de un niño. En el corazón les puso queso. Las horneó y las llamó por su nombre:
-Chipas. ¡Ligerito, con las chipas!
Llamó a la muchachita, también por su nombre:
-¡Blanca, ligerito Blanca!
Pero en realidad todos la conocían, así nomás, como la chipera.
La muchachita camina con un canasto sobre la cabeza. Es un sombrero de ala anchísima que la encierra en un círculo. Está cargado de chipas que el sol conserva calientes.
La muchachita anda con vaivén de hamaca. Sus pies se abren dentro de la alpargata y dejan una marca en la calle polvorienta.
Fue por el polvo y por las moscas que la muchachita tapó la montaña de chipas con una servilleta bordada
Allá va con un nido cargado en la cabeza.
Lleva un pie de madera, patas tijeras, para apoyar el canasto. Navega cimreando por la calle.
El viento levanta una punta de la servilleta blanca. La muchachita se para un minuto debajo de un árbol y dos langostas verdes se descuelgan sobre los panes.
Festejan su casamiento, saltan y se adormecen sobre una chipa.
Y el pajaro de oro que se desprende del sol ve aquel nido cargado y llama a la p´jara que está impaciente por poner, para que anide y deje allí su huevo.
Las chipas están calientes. El sol está caliente. El pájaro y la pájara se echan sobre el huevo.
La muchachita sigue su camino, canturreando, abanicándose con una hoja de zapallo.
Los alguaciles, con sus caras de helicópteros, ven de lejos la servilleta blanca. Nunca habían visto una nube por el lado de arriba. La nube se mueve, como si cubriera pájaros. Hay olor a comida en la nube. Van a ver qué es.
Un Pombero sombrerudo del tamaño de un gorrión, que fuma un gran cigarro, siente el olor de las chipas. Salta y se zambulle en el canasto que cada vez pesa más.
La muchachita acomoda el cuerpo como una caña. Se seca el sudor con un pañuelo.
Pero ya va llegando a la esquina de la plaza.
La hoja de zapllo y el pañuelo están marchitos.
La muchacha apoya el pie de madera que sostendrá el canasto y, sin desarmar el eje se su cuerpo, descarga.
Estas siestas de sol se le meten en los ojos, le calientan la cabeza.
Levanta la servilleta blanca y no sabe si los pájaros de oro que salen volando son dos o son tres, y también saltan langostas duras como la fruta del aromito. Y una bandada de alguaciles y un Pombero del tamaño de un gorrión que le echa humo a la cara.
Salen disparados, explotan como cohetes en Año Nuevo, revolotean y después se esconden, pero quedan rondando.
La muchachita siente que le chistan, le silban, susurran, la llaman. También la tocan.
-¡Chipas calientes! -grita, porque ve unos turistas que pueden comprarle. -¡Chipas calientes!
Un hombre y una mujer se acercan con sus anteojos negros y su cámara de fotos.
El pájaro de oro pasa en vuelo rasante y roba un pelo a la muchachita. Las langostas, otra vez entre las chipas, hacen un escándolo frotándose las alas con las patas. Los alguaciles la rodean, la marean en silencio.
El Pombero asoma y silba, asoma, silba y le levanta la falda, la pellizca.
La muchachita los espanta con un gesto de risa, vigila de reojo, le tira patadas. Y de pronto gira y revolea al aire la servilleta blanca, levanta remolinos para que las chipas no se le llenen de gente de la siesta y le arruinen la venta.
-¡Qué gracia tiene! -dicen los turistas.
Y sacan la foto de una muchachita con la falda al aire, bailando el sol, bailando la siesta, bailando vaya a saber qué cosas.

En El enigma del barquero, Laura Devetach.

 

 

Los evenk creían que la tierra había sido creada por Savaki, el hijo del cielo, que vivía arriba, en el Ugu Buga, con su hermano mayor Khargi. Savaki pidió al pato y al somorgujo que le ayudaran a crear el “mundo del medio” trayendo arena y barro del fondo del mar. El pato se zambulló tres veces pero no pudo llegar hasta el fondo. El somorgujo también se zambulló; la primera vez no tuvo éxito. La segunda vez tocó el fondo con el pico. Descansó unos instantes y renovó el intento. Descendió tanto que esta vez regresó con el pico lleno de barro. Cuando salió a la superficie, con la tierra que traía en el pico formó una pequeña isla que poco a poco se fue agrandando. Khargi estaba celoso de que su hermano hubiera creado la tierra cuando a él ni siquiera se le había ocurrido hacer algo semejante.
A Savaki le disgustó ver esa tierra desnuda. Nada crecía ni vivía en ella. Decidió entonces crear las plantas, las montañas, los ríos y los lagos. Todos los días descendía a la tierra para trabajar y Khargi iba detrás para espiarlo. La tierra se extendía pero no era todavía bastante firme, por lo que Savaki le prendió fuego. Durante mucho tiempo el incendio hizo estragos; luego, cuando el fuego se extinguió, los ríos y lagos cubrieron lo que se había quemado. Savaki pidió ayuda a Dyabdar, el dragón acuático con su imponente cornamenta de cérvido. Dyabdar penetró en el interior de la tierra y las contorsiones de su cuerpo al abrirse paso formaron las colinas y las montañas.
Savaki se consagró entonces a crear los árboles y las hierbas. Su propósito era dar al hombre vegetales útiles, pero Khargi, celoso, espiaba a su hermano e imitaba todo lo que hacía. Cuando Savaki creó el alerce, Khargi hizo el pino. Los evenk no se sirven de la madera del pino como
leña porque su humo quema los ojos. Savaki creó el abedul y Khargi, torpemente, el aliso, inútil para los evenk que no obtienen de él más que una tintura. Despechado, Khargi exclamó: “De ahora en adelante sólo crearé cosas inútiles o dañinas para el hombre.”
Así, todos los animales y los pájaros que Savaki creó son comestibles y aquellos que son obra de Khargi son incomibles. ¡Cuando Savaki creaba una oca, Khargi hacía… un picamaderos! Savaki terminó por proscribir el consumo de los animales creados por Khargi.

 

En el Correo de la UNESCO de mayo 1990, En los orígenes del mundo: de los primeros mitos a la ciencia actual

 

Comer higos frescos

Quien siempre comió con moderación nunca experimentó lo que es una comida, nunca sufrió una comida. Así a lo sumo se conoce el placer de comer pero no la voracidad, el desvío desde la llana avenida del apetito hacia la selva de la gula. Porque en la gula se juntan ambas cosas: la desmesura del deseo y la uniformidad de aquello con que se lo sacia. Comer desaforadamente es ante todo: comer cualquier cosa, sin distinción. No caben dudas de que se penetra con mayor profundidad en lo deglutido que mediante el placer. Eso sucede cuando se muerde la mortadela como si fuera un sándwich, cuando uno se hunde en el melón como en una almohada, lame caviar del papel crujiente y simplemente olvida todas las demás cosas comestibles en presencia de una horma de queso holandés.

¿Cuándo experimenté eso por primera vez? Fue ante una decisión sumamente difícil. Tenía una carta que podía despachar o destruir. Hacía dos días que la llevaba conmigo, pero desde algunas horas atrás ya no pensaba en ella. Porque había subido hasta Secondigliano en el ruidoso tren de trocha angosta a través del paisaje carcomido por el sol. La única huella del domingo disipado eran las varillas en las que habían ondeado aros luminosos y se habían encendido fuegos artificiales. Ahora estaban allí, desnudas. Algunas tenían un cartel a media altura con la figura de un santo de Nápoles o de un animal. Las mujeres estaban sentadas en los graneros abiertos, seleccionando maíz. Yo recorría mi camino, aturdido, arrastrando los pasos, cuando vi un carro de higos en la sombra.

Fue ociosidad el acercarme, derroche el comprarme media libra por unos pocos soldi. La mujer pesaba con generosidad. Pero una vez que los frutos negros, azules, verdosos, violetas y marrones estuvieron en la bandeja de la balanza de mano, sucedió que no tenía papel para envolverlos. Las amas de casa de Secondigliano traen sus propios recipientes y la mujer no estaba preparada para atender a un trotamundos. Pero yo me avergonzaba de dejar los frutos librados a su suerte. Y así sucedió que me fui con higos en los bolsillos del pantalón y del saco, con higos en ambas manos extendidas, con higos en la boca.

En ese momento ya no podía parar de comer, tenía que intentar librarme tan rápidamente como me fuera posible de la masa de frutos redondos que me había invadido. Pero ya no era comer, sino más bien darme un baño, tan penetrante se introducía el aroma resinoso en mis cosas, se pegaba a mis manos, viciaba el aire que yo atravesaba con mi carga. Y después llegó la cumbre del sabor, desde la cual, una vez vencida la saciedad y la repugnancia, últimos obstáculos, se abre una vista hacia un insospechado paisaje del paladar: una avidez creciente, insípida, ilimitada, verdosa, que ya no conoce otra cosa que el movimiento desmechado y fibroso de la pulpa abierta, la transformación total del placer en costumbre, de la costumbre en vicio.

Subía en mí el odio hacia estos higos, tenía apuro por liquidarlos, por liberarme, por acabar con todo esto que rebosaba y estallaba, comí para aniquilarlo. El mordisco había recuperado su voluntad original. Cuando arranqué el último higo del fondo de mi bolsillo, llevaba pegada la carta. Su destino estaba sellado, también ella debía ser víctima de la gran depuración, la tomé y la partí en mil pedazos.