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Imaginación

No tienes que ser bueno.

No tienes que caminar cien kilómetros

de rodillas a través del desierto, arrepentido.

Sólo tienes que dejar que el animal suave de tu cuerpo

ame lo que ama.

Háblame de la desesperación, de la tuya,

y yo te hablaré de la mía.

Mientras tanto el mundo sigue.

Mientras tanto el sol y los claros

guijarros de la lluvia

se mueven a través del paisaje,

sobre las praderas y los árboles profundos,

las montañas y los ríos.

Mientras tanto los gansos salvajes,

altos en el aire limpio y azul,

se dirigen a casa otra vez.

Quienquiera que seas, no importa que estés solo,

el mismo mundo se ofrece a tu imaginación,

te llama como los gansos salvajes, áspero y excitante,

una y otra vez anunciando tu lugar

en la familia de las cosas.

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Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos.No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.

 

Tomado de ciudadseva

DOMAR EL ESPACIO FUE probablemente una de las tareas

esenciales en mi oficio de ser niña. Un relato me permitió

recuperar esa sensación. Se lo debo a una amiga que adoptó

a una niña colombiana. Ella me contó que poco después

de haber llegado a Francia, la pequeña reconstruyó en

su cuarto, con unas cajas del supermercado, la vivienda

improvisada en la que había dormido los primeros cinco

años de su vida. Al caer la noche se robaba de la cocina un

pedazo de pan y lo llevaba hasta su refugio mientras sus

padres adoptivos estaban distraídos. Al cabo de varios meses

optó por doblar las cajas: ya no las necesitaba.

Yo no viví mis primeros años en las calles de Cali sino en

Vanves, un tranquilo suburbio cercano a París, en los años de

posguerra. No obstante, esa historia me ayudó a entender

a la niñita que un día fui (y por lo tanto a la mujer que soy

ahora), aun cuando resulte indecente comparar mi infancia

con la de ella, sin embargo para nuestras asociaciones esos

escrúpulos no existen. Al escucharla recordé que las paredes

de mi casa no bastaban para protegerme y que dentro de

los armarios, debajo de las mesas o en las páginas de algunos

libros ilustrados experimentaba una tranquilidad y una

felicidad fisicas.Y pensé que todos los libros que había leído

no eran sino cajas que no sé si algún día también doblé.

Cuando intento acercarme a la geografia de mi propia

infancia, me parece que lo primero es el valle que separa

la cama en la que duermo de la de mis padres, y que

atravieso ese valle por las mañanas utilizando como vado

un buró, sin poner el pie en la tierra. Pero ya se están

levantando y el espacio se despliega ahora en el plano

vertical, separándome de ellos. Busco su mirada pero se

alejan. Bajo la vista.

Es la edad en que uno vive a ras de tierra, en que se

está atento a los menores objetos que encuentra: piedritas,

insectos, botones perdidos. Debo tener unos cuatro años.

Ellos, allá arriba, intercambian palabras en una lengua de la

que se me escapa todo, o casi todo. Y ocupan su tiempo en

ir cada vez más arriba, más lejos: mi padre es astrónomo y mi

madre está en la luna, perpetuamente. Entre ellos y yo hay una

distancia inmensa, pero a veces coincidimos los tres en una

altura media, el tiempo que dura una comida. O ella coloca

dos cojines sobre una silla y pone frente a mí unos frascos

con pintura de agua, papel. Pintarrajeo paisajes; me encanta.

Trato de representar una casa con su jardín, unos arriates de

hortalizas, flores. O monigotes de frágiles contornos.

Esa noche estoy abajo. El libro que mi padre me ha

comprado, lo ha dejado en el tapete. No tengo el menor

recuerdo de la cubierta, la historia o los personajes, hasta tal

punto que a veces me pregunto si realmente existió ese libro

ilustrado. Pero hay algo que sí recuerdo con toda claridad:

cada página es un habitáculo. Cerrado, el libro es

completamente plano. Pero si lo abro, se desprende una

imagen, surgen animales de colores, árboles. Doy vuelta a la

página y se destaca otra imagen, en relieve.

¡Deslumbramiento! Es para mí. Un mundo para mí. Puedo

zambullirme en cada imagen.Yo que nunca sabía dónde

meterme y que deambulaba tan cerca del suelo, tan lejos de

ellos, los de arriba.

Años más tarde, un dibujo animado, tal vez de Walt

Disney, me proporcionó un placer infinito y algo pareci

do. Los personajes principales (quizás en el fondo estaba el

pato En mi habitación también corría un foso entre el

muro y la cama, pero éste era temible porque el colchón

estaba muy alto y si los ladrones se agachaban para mirar

debajo de él, pronto me descubrirían. Al final del pasillo

en el que me hallaba sola, cuando caía la noche no

quedaba ningún espacio, ningún rincón habitable. Para que

ningún abultamiento bajo las mantas traicionara mi

presencia, se me ocurrió dormir en la ranura a lo largo

del colchón.

Creo que fue en ese pasillo que me separaba de mi madre

y mi padre donde se deslizaron los libros, domesticando lo

extraño, lo inquietante. O a veces multiplicándolo.

 

Michele Petit, en Una infancia en el país de los libros

amaba a los padres que llevaban a sus hijos de a caballo
delante de ellos
contra el pecho
los brazos que sujetaban las riendas
cubrían el cuerpo de los niños como un par de alas
los cuidaban
y aunque ello no fuese cierto
los míos solían roncar a dúo
como a mi oído
como de cuna
y decían que los caballos eran peligrosos
historias de terror acerca de una pierna trabada en un estribo
el desboque del animal
la cabeza del jinete azotada una y otra vez
a veces hasta la muerte
pero yo había sentido el corazón de un caballo
en la palma de mi mano de niño
su corazón era más grande que mi mano
y yo le agradecí al abuelo esa magia única
que hasta hoy recuerdo
porque mi corazón latió con esa fuerza
cuando no pude escapar de aquellas manos
y mi no
estaba roto
el infierno es la soledad de un niño
marcado
de noche
de noche yo escuchaba el tranco musical
de algún caballo en el campo
era triste
porque todo
absolutamente todo estaba triste
y entonces escuchaba mi corazón hasta dormirme
fantaseaba con ser ese caballo
me volvía inmenso
fuerte
solo en la noche
y
sin miedo

.

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Grito

Madre, aunque te haga llorar,
amo al herrero fogoso,
con todo mi cuerpo blanco,
por todo su cuerpo rojo.

En el baile, frente a mí,
qué alegre estaba y qué hermoso.
Quise no bailar con él;
no pude bailar con otro.

Cuando me abrazó, en los suyos,
puse a calentar mis ojos.
Sentí el hierro en mi cintura;
hierro y humo en mi contorno.

De su pelo me caían
estrellas sobre los hombros,
de su pelo ensortijado,
con algo de fuego y oro.

Y me llené de un temblor
mezcla de miedo y de gozo;
el mismo temblor del agua
con un carbón en el fondo.

Madre, hacia el lado del fuego;
madre, hacia los altos hornos
se vuelve todo mi cuerpo
como un girasol redondo.

Madre, hacia el lado del fuego
donde está el herrero torvo,
desnudo de espalda y de pecho,
con una maza en el hombro.

¡Ay, que los campos están
ardiéndose en el bochorno!
mi boca llena de sed;
mi pelo lleno de polvo.

Madre, porque ya no sueño
sino con flores de aromo;
madre, porque sólo veo
espigas y pechirrojos.

Por el ocio de mis pechos
pesados, como de plomo;
por el frío de mis pies
que no quieren dormir solos.

Por mi vestido enredado;
por mi palidez de hongo.
¡Madre, déjame casar
con el herrero fogoso!

Forjada a mano mi cama,
toda de hierro redondo.

 

 

 

En El pan nuestro.