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Archivo de la etiqueta: Piedras

En el fondo de Gesell, pasando los campings, antes de llegar a Mar de
las Pampas, hay que subir un médano importante para llegar a la playa.
En plena subida pasé a una familia evidentemente cordobesa, que
arrastraba con esfuerzo heladeritas, sombrilla, sillas plegables y un
par de niños que se quejaban de que la arena quemaba. Llegué hasta el
agua, me di un buen chapuzón y cuando salía, pasé junto al padre y al
hijo de esa familia, un nene que tendría cinco o seis años y que
evidentemente era la primera vez que veía el mar. Le estaba diciendo
al padre, con ese asombro que es un tesoro privativo de la infancia:
“¡Mire, papá, cuánta agua mojada!”.

Otro día, hará de esto unos cuantos años, cuando llevaba poco viviendo
en Gesell, me crucé caminando por la playa con un surfer recién salido
del agua. Era uno de esos días gloriosos de octubre, que te sacan de
los huesos el frío del invierno con sólo apuntar la cara al sol,
cerrar los ojos y dejarse invadir de luz. Pero yo era reciénvenido y
había bajado a caminar por la playa con un camperón de cuero negro que
había sido compañero de mil batallas en mis tiempos porteños. El
surfer me miró pasar y me dijo, con sus rastas morochas aclaradas de
parafina y una sonrisa de un millón de dientes: “Yo, en Buenos Aires,
también era dark. Pero acá soy luminoso, loco”.

Otra vez bajé a leer a la playa. Me faltaban menos de treinta páginas
para terminar el libro cuando empezó a levantarse tanto viento que era
para irse. Pero yo quería terminarlo como fuera y terminé guarecido
contra los pilotes de la casilla del guardavidas, dando la espalda a
la tormenta de arena, con el libro apoyado contra las rodillas y
apretando fuerte las páginas con cada mano para que no flamearan. Así
estaba, cuando el guardavidas se asomó desde arriba por la ventana de
la casilla y me dijo “Eh, flaco, ¿qué leés?”. Una biografía de un
escritor, le contesté. El tipo se quedó mirándome y después comentó:
“La biografía de un escritor vendría a ser como la historia de una
silla, ¿no?”.

El mar tiene esas cosas. Los poemas más horribles y las frases más
inspiradas. Todo depende de la entonación, de la sintonía que uno haga
con él. Hay quien dice que el mar te lima. A mí me limpia, me destapa
todas las cañerías, me impone perspectiva aunque me resista, me
termina acomodando siempre, si me dejo atravesar, y es casi imposible
no dejarse atravesar. Cuando viene el invierno, cuando el viento
impide bajar a la orilla y hay que curtir el mar de más lejos, se pone
más bravío, para acortar la distancia, para que lo sintamos igual que
cuando lo curtimos descalzos y en cueros. Llevo ocho años bajando cada
día que puedo a caminar por la orilla del mar, o al menos a verlo,
cuando el viento impide bajar del médano. En los últimos tres, cada
semana de las últimas ciento cincuenta, cada contratapa que hice, la
entendí caminando por la playa, o sentado en el médano mirando el mar.
Por dónde empezar, adónde llegar, cuál es la verdadera historia que
estoy contando, de qué habla en el fondo, qué tengo yo (o nosotros,
ustedes y yo) que ver con ella, qué dice de nosotros.

En mi vieja casa había una especie de repisa angostita, a la altura de
la base de las ventanas, a todo lo largo del comedor. Sobre esa repisa
fui dejando piedras que encontraba en mis caminatas por el mar.
Piedras especialmente lisas, especialmente nobles, esas que cuando uno
las ve en la arena no puede no agacharse a recoger. Esas que parecen
haber sido hechas para estar en la palma de una mano, para que uno las
palpe con los dedos y los cierre hasta entibiarlas y después a
palparlas, a leerlas como un Braille otra vez. Esas cuya belleza es
precisamente lo que la abrasión del mar hizo con ellas y lo que no les
pudo arrebatar. Esas que parecen ofrecer compañía y pedirla a la vez,
cuando se cruzan en nuestro camino. Que establecen con nosotros un
contacto absoluto, responden a nuestra mano como si fueran un ser vivo
y, sin embargo, al rato no sabemos qué hacer con ellas y las dejamos
caer sin escrúpulos, al volver de la playa o incluso antes.

Por tener esa repisa providencialmente a mano, en lugar de soltarlas
empecé a traerme de a una esas piedras de mis caminatas por la playa.
Nunca más de una, y muchas veces ninguna (a veces el mar no da, y a
veces es tan ensordecedor que uno no ve lo que le da). Así fueron
quedando esas piedras, una al lado de la otra, a lo largo de las
paredes del comedor. Era lindo mirarlas. Era más lindo cuando alguien
agarraba una distraídamente y seguía conversando, en una de esas
sobremesas que se estiran y se estiran con la escandalosa languidez
con que se desperezan los gatos.

Me gusta pensar así en mis contratapas, en esto que vengo haciendo
hace tres años ya y ojalá dé para seguir un rato largo más. Que son
como esas  piedras encontradas en la playa, puestas una al lado de la
otra a lo largo de una absurda, inútil, hermosa repisa, que rodea un
comedor en el que unos cuantos conversan y fuman y beben y
distraídamente manotean alguna de esas piedras y la entibian un rato
entre sus dedos y después la dejan abandonada entre las copas y los
ceniceros y las tazas con restos secos de café. Y cuando todos se van
yo vuelvo a ponerla en la repisa, y apago las luces, y mañana o pasado
con un poco de suerte volveré con una nueva de mis caminatas por el
mar.

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Una roca ciertamente es una entidad estable.

Sin embargo, hay que representarla como una presencia móvil,

tan móvil como el aliento, tan fluida como el agua.

Eso no se explica fácilmente con palabras; el pintor debe sentirlo.

Los antiguos daban a las rocas el nombre de “raíces de nubes”;

decían que las rocas en su aspecto atormentado o alegre, fantástico o calmo,

parecían cambiar de fisonomía a cada instante.

Uno ve por ese lado que el espíritu de la roca

es todo eso

de movilidad y fluidez.

 

Dedicatoria en Piedras

Hablo de piedras que siempre se han acostado al raso o que han dormido en su yacimiento y en la noche de las vetas. No interesan a la arqueología, ni al artista, ni al diamantista. Nadie hizo con ellas palacios, estatuas, joyas; ni siquiera diques, fortificaciones o tumbas. No son útiles ni famosas. Sus facetas no brillan en ninguna sortija, en ninguna diadema. No promulgan, grabadasen caracteres indelebles, las listas de victorias, las leyes del imperio. Ni hitos, ni estelas. Expuestas a la intemperie, aunque sin honores ni reverencias, sólo dan testimonio de sí mismas. La arquitectura, la escultura, la glíptica, el mosaico, la joyería no han hecho nada con ellas. Han estado desde el comienzo del planeta, en ocasiones venidas de otra estrella. Cargan entonces sobre sí mismas la torsión del espacio como un estigma de su terrible caída. Han estado antes que el hombre; y el hombre, cuando llegó, no las marcó con la huella de su arte o de su industria; no las trabajó, destinándolas a cualquier uso trivial, lujoso o histórico. No se perpetúan más que en su propia memoria. No han sido talladas con la efigie de nadie, ni hombre, ni bestia, ni fábula. No han conocido más herramientas que las que sirvieron para revelarlas: el martillo de exfoliar, para manifestar su geometría latente, la muela de pulir, para mostrar su grano o para despertar sus colores apagados. Han seguido siendo lo que eran, a veces más frescas y más legibles, pero siempre dentro de su verdad: ellas mismas y nada más.  Hablo de las piedras que no alterará jamás nada que no sea la violencia de las sevicias tectónicas y la lenta usura que comenzó con el tiempo, con ellas. Hablo de las gemas antes del tallado, de las pepitas antes de la fundición, del hielo profundo de los cristales antes de la intervención del lapidario. Hablo de las piedras: álgebra, vértigo y orden; de las piedras, himnos y tresbolillo; de las piedras, dardos y corolas, linde del ensueño, fermento e imagen; de la piedra de una porción de cabello opaco y rígido como el mechón de un ahogado, pero que no gotea en sien alguna, en el lugar donde la savia se hace más visible y más vulnerable en un canal azul; de las piedras de papel desarrugado, incombustible y espolvoreado de centellas inciertas; o el recipiente más estanco donde baila y recupera su nivel, tras las solas paredes absolutas, un líquido anterior al agua y que, para preservarlo, ha sido necesario un cúmulo de milagros. Hablo de piedras con más edad que la vida y que permanecen, en los planetas fríos, incluso después de que ésta tuviera la fortuna de eclosionar en ellos. Hablo de piedras que ni siquiera tienen que esperar la muerte y que no tienen nada más que hacer que permitir que se deslicen sobre su superficie la arena, el aguacero o la resaca, la tempestad, el tiempo. El hombre les envidia la duración, la dureza, la intransigencia y el brillo, que sean lisas e impenetrables, y enteras aun quebradas. Ellas son el fuego y el agua en la propia transparencia inmortal, visitada a veces por el iris y a veces por un aliento. Le aportan, porque lo tienen en la palma, la pureza, el frío y la distancia de los astros, múltiples serenidades. Como quien, al hablar de flores, dejara de lado tanto la botánica como el arte de los jardines y de los ramos –tendría aún mucho que decir –, así, por mi parte, olvidando la mineralogía, descartando las artes que hacen uso de las piedras, hablo de las piedras desnudas, fascinación y gloria, donde se oculta y al mismo tiempo se entrega un misterio más lento, más vasto y más serio que el destinode una especie pasajera.

Enero de 1966

Piedra colorada

De muchos lados del país
levanté piedras;
costas de ríos,
desiertos, cerros.

No sé en qué hora del todo
dios las dejó sobre el país. Mis piedras.
Las levanté y las traje a casa,
las levanté como quien hace con sus manos
algo limpio a los ojos
de dios, aquí y allá
bajo el inmenso cielo.

Traje a casa estas piedras y las dejé en el suelo,
fuera del mar aquellas que rodaban
con su canto de invierno entre la espuma,
y aquellas que elegí de la montaña
por su color, su forma o su silencio.
Las traje a casa y las dejé en el suelo,
como piedras.
Pero de las ruinas de Loreto, en Misiones,
traje una piedra colorada
que fue pared de hombres
hace tiempo,
y cubierta de musgo.
No la puse en el suelo.
Yo la puse más alto, por el musgo
o porque fue pared de hombres, hace tiempo.
Y la mojé. La mojé con mis manos día a día,
la olí, recién llovida, como al tiempo;
pero se fue secando.

Y la bajé de lo alto
por si la mucha luz le hacía daño,
la regué con la sombra de mi sueño
bajo mi cama,
le rogué con la sombra de mi sueño
pero se fue secando
la piedra colorada, la distinta.
Por eso quiero que alguien se la lleve
esta noche o mañana,
porque no puedo andar
esta noche o mañana
hasta las ruinas de Loreto y devolverla,
esta piedra distinta.
Por eso quiero que alguien se la lleve
y que haga con ella lo que quiera
su corazón,
mi piedra colorada.

Si sigue aquí secándose, mi piedra
yo la voy a limpiar con mi cuchillo
de ese musgo que pide
morirse, pese a todo.
Yo la voy a limpiar con mi cuchillo,
va a ser como las otras
mi piedra colorada. Y yo no quiero
que sea como las otras.

 Hector Viel Temperley

EL AGUA DENTRO DE LA PIEDRA

Al sostenerlo, un nódulo de ágata de dimensiones modestas puede parecer anormalmente liviano. Uno descubre entonces que está hueco y revestido de cristal por dentro. Si lo sacudimos cerca de la oreja, es posible –una vez entre muchas– que oigamos el ruido de un líquido batiéndose entre las paredes. Es seguro que hay un agua ahí, prisionera en esa cárcel de piedra desde los orígenes del planeta. El deseo nace de percibir esta agua anterior.

Se hace necesario pulir lentamente la superficie rugosa, la envoltura de la piedra y luego, con más cuidado incluso, la calcedonia interna hasta que una mancha sombría se revela tras el tabique cristalino, una mancha temblorosa por el movimiento de la mano que sostiene la piedra, y sin embargo se obstina en mantenerse horizontal a cada inclinación que se le da. Es agua, o por lo menos un fluido anterior al agua, conservado desde épocas tan lejanas que no conocieron fuentes ni lluvias, ríos ni océanos. Nada salvo metales en fusión que poco después se solidificarían; puede ser, en aquellas cavidades perdidas, el veloz y paradojal mercurio, espejo fugitivo y frío, el único metal que pudo enfriar la severa temperatura que el planeta alcanzaba y no ha vuelto a alcanzar. Se trata, finalmente, de un agua secreta que de agua no tiene más que la apariencia.

A la mínima fisura, a la primera perforación –aunque sea más fina que un pelo–, esta agua emerge y se volatiliza en menos tiempo que el que uno se demora en decirlo. Sólo una presión extraordinaria la mantuvo líquida. Cualquier abertura es suficiente para hacerla desaparecer en la superficie, evaporada un segundo después de la más larga reclusión.

Esta agua cautiva se encuentra sólo dentro de las sustancias menos porosas, como el cuarzo o la calcedonia, que impiden casi toda osmosis, toda transpiración. Sin embargo, la calcedonia no es una prisión totalmente segura, ya que algunos artesanos hábiles de Hunsrück-Eifel consiguieron infiltrarle un color. Sólo el cristal de roca es lo suficientemente hermético como para que no haya fugas. El líquido se mantiene en los vacíos paralelos, separados por las capas superpuestas a ciertas grietas que aparecen de manera intermitente. En cada movimiento ascendente que la mano haga, como en los vidrios dobles, un líquido no menos diáfano que los tabiques que lo retienen vuelve desde el principio de las eras, al borde de la extinción y simultáneamente a salvo de terribles conmociones. En ese momento, larvas esféricas o alargadas erran sin fin por un laberinto de pasadizos invisibles. Según se vuelva el cristal en un sentido o en otro, estas burbujas suben, descienden, giran, caen en una fisura imprevista y no vuelven a unirse más. Cada una en su dédalo, de tamaños diversos e incesantemente deformadas por los obstáculos que rodean, estas burbujas van perpetuando de manera absurda las figuras invariables y cambiantes de los desencuentros humanos, de este carrusel que no se detiene.

En el cuarzo, el agua suele aparecer repartida en muchas células que la ocupan casi por entero. En la calcedonia está concentrada en una sola cavidad; el espacio sobre ella es tan elevado y tan vasto que se podría decir que el cielo recubre aquel estanque encantado. Los remolinos insinúan este lago sonoro e impreciso, constreñido al interior de una piedra, como el misterio de un paisaje espectral, brumoso, por lo tanto más real y más pesado que los evasivos paisajes que la imaginación se apresura a proyectar en los dibujos de las ágatas. Encima de éstos, circulares e hinchados, los gruesos copos amarillos de un cielo de nieve se aprietan contra una ventana irregular de amatista, cuyos prismas trazan una vidriera con minúsculos elementos hexagonales. Aquellos del centro son casi incoloros y parecen existir sólo como una segunda abertura en medio del vitral. Cuando se inclina esta geoda, la línea oscura del agua sube y desciende hacia este hueco, y es como un párpado lento: la noche que cae o que se eleva semejante a una respiración de lava en los cráteres de los volcanes, o bien el flujo y el reflujo inexplicables de un mar inmenso y solitario, sin luna ni riberas, que podemos ver únicamente desde una escotilla.

El azul tormentoso de una calcedonia nocturna colma otra vez la superficie de la piedra. En el borde, manchas púrpura o bermellón rodean pálidos velos pulcramente fragmentados por la erosión. Su rastro oblicuo desaparece con rapidez en el espesor del mineral, como grietas atrapadas en el hielo. En el fondo, estratos lechosos, más claros o más oscuros dibujan tanto horizontes superpuestos como los reflejos de un astro invisible que avanza en su órbita borrosa. Y, arriba, enormes nubarrones hacen hervir mil amenazas oscuras y una explícita: a modo de última advertencia, un meteorito consumido en medio del cielo por su propia caída lanza un trágico insulto a las tinieblas.

Las dos caras del ágata están igualmente pulidas y son del mismo azul nocturno. Ofrecen un espejo idéntico, cargado de presagios y de injurias. Entre ellas, acaso como garantía de una terrible promesa, se desplaza el agua oculta de los orígenes, que apenas se ve como una sombra y se oye como un chapoteo. Creo que nadie puede quedar insensible a la emoción que provoca semejante presencia. Este recipiente sellado nunca estuvo abierto. Tampoco necesitó soldarse a una base, como la ampolla. Un vacío penetra hasta el corazón de la masa. Nada ni nadie la forzó ni le inyectó el fluido incorruptible que contiene y que, desde entonces, no se puede escapar ni tampoco endurecerá.

El ser vivo que la observa entiende que por sí mismo jamás podrá llegar a ser tan duradero ni tan cerrado. Ni tan ágil ni tan puro. Se reconoce desdichado en el límite de otro imperio y, súbitamente, extranjero en el universo: un intruso estupefacto. Adivino quizá con facilidad excesiva –por obsesión personal– las reflexiones, los vagos sueños que pueden hacer dudar a un pasajero del mundo a partir de alguna piedra encantada por el licor, un poco de agua que ha quedado prisionera en la cavidad transparente de una piedra hermética.

Piedras (Roger Caillois. Paris: Editions Gallimard, 1966)