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Aromas

Podía oler en sus cabellos el humo de la madera quemada. Y ella, en la lana del jersey, podía oler el cuerpo de él, el aceite de la lámpara, y tierra. La luz de la linterna, el fuego, el río, la cama fría, la mano pequeña, fuerte y quieta de Jean bajo su jersey. Apropiarse de la visión de ella. Aprender y nombrar y guardar todo lo que ve en su rostro mientras él, también, se convierte en parte de su expresión, una forma de escuchar que pronto incluirá el conocimiento que ella tenga de él. Aprenderse cada matiz a medida que éstos revelen un nuevo pasado, así como todo lo que ahora podría ser posible. Conocer en su piel las inconsistencias de la edad: sus manos y muñecas y orejas de niña, sus brazos y piernas suaves y firmes de mujer joven; cada parte anatómica de nosotros parece adquirir una madurez distinta y, durante mucho tiempo, permanece así. ¿Cómo es posible que el cuerpo envejezca con tanta inconsistencia? Al mirarla sentada al otro lado de la mesa, o mirándola ahora, con su cara junto a la de ella, con sus brazos y piernas en paralelo, cómo cede su rostro al escucharle, dando paso a otro rostro y a otro, siempre un abrirse nuevo, una apertura latente; así es como el amor se abre al amor, como el más mínimo cambio de la luz o del aire sobre la superficie del agua. Tumbado a su lado, imaginó que incluso sus propios pensamientos podrían alterar la cara de ella.

Anne Michaels, en La cripta de invierno

PAN

A Teresa y Enrique Díez-Canedo.

Dejaron un pan en la mesa,
mitad quemado, mitad blanco,
pellizcado encima y abierto
en unos migajones de ampo.

Me parece nuevo o como no visto,
y otra cosa que él no me ha alimentado,
pero volteando su miga, sonámbula,
tacto y olor se me olvidaron.

Huele a mi madre cuando dio su leche,
huele a tres valles por donde he pasado:
a Aconcagua, a Pátzcuaro, a Elqui,
y a mis entrañas cuando yo canto.

Otros olores no hay en la estancia
y por eso él así me ha llamado;
y no hay nadie tampoco en la casa
sino este pan abierto en un plato,
que con su cuerpo me reconoce
y con el mío yo reconozco.

Se ha comido en todos los climas
el mismo pan en cien hermanos:
pan de Coquimbo, pan de Oaxaca,
pan de Santa Ana y de Santiago.

En mis infancias yo le sabía
forma de sol, de pez o de halo,
y sabía mi mano su miga
y el calor de pichón emplumado…

Después le olvidé, hasta este día
en que los dos nos encontramos,
yo con mi cuerpo de Sara vieja
y él con el suyo de cinco años.

Amigos muertos con que comíalo
en otros valles sientan el vaho
de un pan en septiembre molido
y en agosto en Castilla segado.

Es otro y es el que comimos
en tierras donde se acostaron.
Abro la miga y les doy su calor;
lo volteo y les pongo su hálito.

La mano tengo de él rebosada
y la mirada puesta en mi mano;
entrego un llanto arrepentido
por el olvido de tantos años,
y la cara se me envejece
o me renace en este hallazgo.

Como se halla vacía la casa,
estemos juntos los reencontrados,
sobre esta mesa sin carne y fruta,
los dos en este silencio humano,
hasta que seamos otra vez uno
y nuestro día haya acabado…

V

Ngotzambatzi äj’ dzu’mama
jejne’ suñi’ mujspabäis tyukä kafel’
teserike’ ñibä’ gardenia’jäyä
Äj’ dzu’mama petzibä’tyeksi’jinjäyä’tzäkibä’tyeksijin
jenerena’ xutyajpabä tandan’istam
joyjoye’istam
Teis’ jiokpana’ te’ kanikular
yagbajk’yomos’yasajin
teis’ jiokpana’ te’ kaku’y
nusanwajkubä’ chutzi’jin
yerbabuenajse’ omyajpabä
Mumu tiyä’ yajpak
nä’ ijtuk’ tumä mäja’roya
tzajsebä mij’ dzokokiäjsi
tere’ te’ mambasawa’ ñejnabyabäis te tuj’
tere’ te suskuyis’wyane
yajk’ kasäjpabäis

 

V

Hablo de mi abuela
aquella de manos ávidas para el corte de café
y el cultivo de las gardenias
Mi abuela con su amplia falda florida
siempre fue el lugar predilecto de las mariposas
y los duendes
Ella esperando la canícula
con su huipil de viuda
ella esperando la muerte
con sus pechos desnudos
y olorosos a hierbabuena
Cuando todo se desmorona
y tienes un dolor como de alga
como de roca
ella es el viento del norte que te trae la lluvia
ella es la nota más alta del carrizo
que te trae de nuevo la palabra alegría

 

Mikeas Sánchez, en Mojk´jäyä / Mokaya, Editorial Pluralia

 

Como decía la abuela Anselma,/ De cama adentro en la capital,/ Llega un pariente y su presencia/ Suelta en el aire un algo especial…
Primera parte: Y son paisajes o son vivencias,/ Rostros queridos o algún lugar,/ Que tu memoria que guarda ausencias,/Los vio en la infancia o en la mocedad…/ Y es que hay olores que son primarios,/ Ciertas fragancias que, sin querer,/ Despierta algo más que el olfato/ Y algo sucede bajo tu piel…
Estribillo: Como olvidar el perfume agreste/ De ese tu pelo cayéndome/ Sobre mi cara, sobre mi alma/ Sobre la herida del chamamé…/ ¡Como no hacerle caso al recuerdo/ Si es la memoria del corazón…!/ ¡Como no ser bien agradecido/ Por lo vivido y por lo que soy!
Recitado: Y de repente te invade el alma/Olor a lluvia… a niño-rupá…/ Olor a monte… bañado… aguada…/ Olor a chacra… quinta… yerbal…/ Olor a siesta… melón… sandía…/ Maní… guayaba… ñangapirí…/ Olor a patio… a mandarina…/ Cigarro de hoja… mito y jazmín…
Segunda parte: Olor a humo… a mate cocido…/ A mazamorra… clavo de olor…/ Olor a rezo… sahumerio antiguo…/ Viejo ropero… sultana en flor…/ Y es que hay fragancias que son tan nuestras,/ Ciertos perfumes de no olvidar…/ Como decía la abuela Anselma,/ Que nos devuelven la identidad.

 

Letra: Julián Zini. Música: Mario Bofill.

Natilla perfumada

 

Mejor
Que la leche pase,
Tibia,
Por obra de tus manos,
desde la vaca
al cuenco
asentado en tu vientre.
Si es así,
sólo bastará espesarla
a fuerza de harina
o de fécula,
mareando la blancura
con una vara
de madera.
No olvides perfumarla
con naranja seca,
con limón,
con ramas de canela.
Y volverás a ser niño
cuando la comas
bajo la luna llena.

María Teresa Anduetto
Palabras al rescoldo
(1993) Argos. Córdoba

Fragmento de “Alrededor de la pirámide”

 

El olor al comienzo. El olor de las hierbas locas. Del aire lavado por las lluvias. Del resto de leche olvidado por la boca recién nacida sobre el pezón. De un amarillo pálido es esta leche viscosa. El olor de la maternidad. El olor de los árboles cargados de frutos que comienzan a podrirse. El olor del estío avanzado. El olor que viene de la memoria. El olor de las iglesias desiertas y el de los cirios recién apagados. El olor de la desnudez. El suyo propio, más exactamente. Esa mezcla de musgo, de alga y de azufre. Es sobre la rama de su perfume donde ella se acuesta. Y su perfume es jazmín, sangre menstrual y yodo mezclados. ¿Quién entonces hace explotar entre los miembros las alquimias durmientes?

Issa Makhlouf (libanés)
Espejismos, traducción de Rafael Patiño Góez
(2007) Monte Ávila Editores. Caracas

Perfume exótico

 

Cuando con ojos cerrados, en una tarde cálida de otoño
respiro el olor de tu pecho caliente,
veo desplegarse playas felices
encandiladas por los fuegos de un sol monótono;

una isla perezosa donde la naturaleza da
árboles singulares y sabrosos frutos;
hombres de cuerpo delgado y vigoroso
y mujeres cuya mirada asombra por su franqueza.

Guiado por tu olor hacia climas encantados,
veo un puerto repleto de velas y mástiles
todavía cansados por las olas del mar,

mientras el perfume de los tamarindos verdes,
que circula en el aire y me hincha la nariz,
se mezcla en mi alma con el canto de los marinos.

 

Charles Baudelaire, traducción de Américo Cristófalo
Las flores del mal
(2006) Colihue. Buenos Aires