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Nombrar

Ocupaciones

al alba es que me levanté con tu nombre y lo repetí
como una buena noticia y lo dije entre los peces y
los tigres y lo canté o mostré su resplandor contra
los rostros del país y lo guardé como una espada
piedritas sol rehenes de tu nombre
que se me haga paladar

A los amantes de las bellas letras
Hago llegar mis mejores deseos
Voy a cambiar de nombre a algunas cosas.

Mi posición es ésta:
El poeta no cumple su palabra
Si no cambia los nombres de las cosas.

¿Con qué razón el sol
Ha de seguir llamándose sol?
¡Pido que se llame Micifuz
El de las botas de cuarenta leguas!

¿Mis zapatos parecen ataúdes?
Sepan que desde hoy en adelante
Los zapatos se llaman ataúdes.
Comuníquese, anótese y publíquese
Que los zapatos han cambiado de nombre:
Desde ahora se llaman ataúdes.

Bueno, la noche es larga
Todo poeta que se estime a sí mismo
Debe tener su propio diccionario
Y antes que se me olvide
Al propio dios hay que cambiarle nombre
Que cada cual lo llame como quiera:
Ese es un problema personal.

 

Nicanor Parra

Peloponeso, el nombre que tiene una guerra adentro, una guerra que duró treinta años, cambió el nombre y la fisionomía de las provincias, desperdigó por el mundo un ejército de sátrapas que gobernaba el imperio en nombre del rey. Camino a la escuela con María nos gustaba pronunciar esas palabras, Micenas, Egeo, Epidauro, Jónico, nos entretenía más aprenderlas con saltitos y palmadas que perdidas en la lección de historia griega. Antes o después de cristo era como tirar el pañuelito al agua y volverlo a recoger.
Por el desfiladero de la imaginación tocábamos las ruinas de Corinto y saludábamos a los hombres de túnicas que bebían amaban y mataban con el mismo fervor olímpico de algunos reyes actuales. Saltábamos la soga en una calle de mármol que iba de la ciudad al puerto y un coro de mujeres sentadas en las terrazas con las piernas cruzadas nos miraban como espectadoras entusiastas, son las mujeres que disuelven los ejércitos me decía María que nunca pudo pronunciar Lisístrata sin que se le trabe la lengua. Así, como protagonistas de un teatro de papel que representábamos toda la tarde en la esquina, atravesábamos puertas de antiguas fortalezas y secretos pasadizos hacia las nuestras hasta la hora en que los escarabajos rebotaban contra la luz de mercurio. Lo demás era un barrio obrero, una calle entoscada que nos llevaba a la fábrica de dulce de leche, un potrero de paja brava y más allá el descampado donde imaginábamos pedazos de cielo adentro del mar para que rebalse de dicha nuestro anhelo de zarpar en una nave hacia el vellocino de oro.
Cuando los escarabajos exhaustos comenzaban a caer era hora de entrar a casa. Adentro de la casa había un televisor blanco y negro, adentro del televisor una señora de grandes rulos, vestía un saco escote en V y un collar de perlas. Movía la boca, movía la boca y con su dedo en alto tocaba dos islas del sur. Afuera sobre el lomo de la vereda retumba aún el golpe de la palabra sátrapa.

 

Andrea Iriart, en Los limites imaginarios (en edición)

Es olvido
Juro que no recuerdo ni su nombre,
Mas moriré llamándola María,
No por simple capricho de poeta:
Por su aspecto de plaza de provincia.
¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,
Ella una joven pálida y sombría.
Al volver una tarde del Liceo
Supe de la su muerte inmerecida,
Nueva que me causó tal desengaño
Que derramé una lágrima al oírla.
Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!
Y eso que soy persona de energía.
Si he de conceder crédito a lo dicho
Por la gente que trajo la noticia
Debo creer, sin vacilar un punto,
Que murió con mi nombre en las pupilas,
Hecho que me sorprende, porque nunca
Fue para mí otra cosa que una amiga.
Nunca tuve con ella más que simples
Relaciones de estricta cortesía,
Nada más que palabras y palabras
Y una que otra mención de golondrinas.
La conocí en mi pueblo (de mi pueblo
Sólo queda un puñado de cenizas),
Pero jamás vi en ella otro destino
Que el de una joven triste y pensativa.
Tanto fue así que hasta llegué a tratarla
Con el celeste nombre de María,
Circunstancia que prueba claramente
La exactitud central de mi doctrina.
Puede ser que una vez la haya besado,
¡Quién es el que no besa a sus amigas!
Pero tened presente que lo hice
Sin darme cuenta bien de lo que hacía.
No negaré, eso sí, que me gustaba
Su inmaterial y vaga compañía
Que era como el espíritu sereno
Que a las flores domésticas anima.
Yo no puedo ocultar de ningún modo
La importancia que tuvo su sonrisa
Ni desvirtuar el favorable influjo
Que hasta en las mismas piedras ejercía.
Agreguemos, aun, que de la noche
Fueron sus ojos fuente fidedigna.
Mas, a pesar de todo, es necesario
Que comprendan que yo no la quería
Sino con ese vago sentimiento
Con que a un pariente enfermo se designa.
Sin embargo sucede, sin embargo,
Lo que a esta fecha aún me maravilla,
Ese inaudito y singular ejemplo
De morir con mi nombre en las pupilas,
Ella, múltiple rosa inmaculada,
Ella que era una lámpara legítima.
Tiene razón, mucha razón, la gente
Que se pasa quejando noche y día
De que el mundo traidor en que vivimos
Vale menos que rueda detenida:
Mucho más honorable es una tumba,
Vale más una hoja enmohecida,
Nada es verdad, aquí nada perdura,
Ni el color del cristal con que se mira.
Hoy es un día azul de primavera,
Creo que moriré de poesía,
De esa famosa joven melancólica
No recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo
Como una paloma fugitiva:
La olvidé sin quererlo, lentamente,
Como todas las cosas de la vida.

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Juego:

cierro los ojos,

imagino que el mundo no existe:

decido inventarlo.

Elijo escuchar el eco de las cosas.

Vislumbro las cosas, la gente, los paisajes,

la vida,

kuxtal.

Percibo los lazos que unen y tocan y abrazan a las cosas

y a las personas:

las cosas que quieren

las cosas que necesitan

las cosas que inventan;

lo que olvidan

lo que sueñan,

ñuma’na.

Miro la tierra,

yu,

dondo habito.

A la mujeres y a la tierra donde caminan,

a los hombres y las casas que erigen

las lenguas que hablamos

los colors de nuestro cuerpo

las voces de nuestras almas

nuestros frutos

tuutú

el silencio de nuestros pasos

y

pienso

quiénes somos,

lo que nombra nuestra palabra.

Paseo la mirada por el mundo

tiento, abrazo,

reconozco

reinvento:

palabra por palabra

diidxa’.

Las palabras se dan la mano y trazan y traman

entre ellas

espacios

nuevas palabras

que penetran en la piel

dan fuego,

k’áak’;

al alma.

Palabras sonido

palabras olor

palabras tacto

palabras mirada

palabras agua

wawé

palabras dolor

palabras sentido

palabras alegría

pakillistli,

palabras guía, madre, hija, padre,

palabras fiesta.

Jugar a inventar el mundo.

Caminar:

un paso, otro más. Y el viento que golpea y la mirada que observa, y el agua que cubre por un momento los ojos porque ha entrado el aire, ese afuera que es también adentro. Y el pensamiento que persigue la hoja que cae del árbol, la banqueta rasgada, la mano que se extiende, el olor que llega sorpresivamente. Y caminar, por el mundo, y detenerse, y pensar que éste puede ser grande o pequeño; estar suspendido en el espacio o guardado en el fondo de la almohada. Que podemos verlo de colores, en blanco y negro o simplemente no verlo; también soñarlo, cultivarlo, andarlo: porque ahí vivimos, amamos, porque en él también morimos y lloramos. Y retomar el paso, detenerse una vez más, y volver a tejer las palabras con la liviandad del pie que renuncia al suelo: y el mundo es entonces, también pájaro, brillo, flor que germina, lluvia, granizo, golpe, abrazo, costra, y cosquilla. Eso que se calienta y se enfría, que está en las manos de la abuela, en los brazos de los padres, en el ladrido del perro. Y correr, con los pies simultáneamente suspendidos, con las ganas de llegar a ninguna parte. Y entonces el mundo es la palabra, el paso, el proyecto, la conquista y la derrota; es esa tinaja, esa figura de barro. Y también es el silencio. Porque el mundo es lo que decimos, y es tú, y es yo, y es nosotros: es norte y es sur, es wawé, y bej, ja’al xokotl, ñuu, haamiko, y ruyaa. Y detenerse por última vez, tocar papelito hecho bola que perdimos en el bolsillo y continuar.”

 

Fuentes Silva, Andrea, and Alejandro Cruz Atienza. Palabras Para Nombrar Al Mundo. Trans. Miriam Uitz May, Hermenegildo F. Lopez Castro, Demian Marin, Ana Paula Pintado, Felipa Perez Lopez, Julio Ramirez De La Curz, and Yasbil Mendoza. Mexico City: La Caja De Cerillos, 2013. Print.