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Infancia

Poema tardío a mi padre

De pronto pensé en ti
de chico en esa casa, los cuartos sin luz
y la chimenea caliente con el hombre frente a ella,
silencioso. Te movías a través del aire pesado
en tu belleza, un niño de siete años,
indefenso, inteligente, había cosas que el hombre
hacía a tu lado, y era tu padre,
el molde del que estaba hecho. Abajo en el
sótanos, los barriles de manzanas dulces,
recogidas del árbol bien maduras, se pudrían y
se pudrían, y más allá de la puerta del sótano
el arroyo corría y corría, y algo no te fue
dado, o algo te fue
quitado, algo con lo que habías nacido, de modo que
aún a los 30 y 40 te llevabas
cada noche la medicina aceitosa a los labios para que te ayudara
a caer en la inconsciencia. Siempre pensé que
el punto era lo que nos hiciste a nosotros
como hombre grande, pero después recordé a aquel
niño formándose delante del fuego, los
pequeños huesos dentro de su alma
retorcidos y rotos desde el tallo, los pequeños
tendones que sujetaban el corazón en su lugar
se quebraron. Y lo que te hicieron
tu no me lo hiciste. Cuando te amo ahora,
me gusta pensar que le estoy dando mi amor
directamente a ese niño en el cuarto del fuego,
como si pudiera llegarle a tiempo.

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PAN

A Teresa y Enrique Díez-Canedo.

Dejaron un pan en la mesa,
mitad quemado, mitad blanco,
pellizcado encima y abierto
en unos migajones de ampo.

Me parece nuevo o como no visto,
y otra cosa que él no me ha alimentado,
pero volteando su miga, sonámbula,
tacto y olor se me olvidaron.

Huele a mi madre cuando dio su leche,
huele a tres valles por donde he pasado:
a Aconcagua, a Pátzcuaro, a Elqui,
y a mis entrañas cuando yo canto.

Otros olores no hay en la estancia
y por eso él así me ha llamado;
y no hay nadie tampoco en la casa
sino este pan abierto en un plato,
que con su cuerpo me reconoce
y con el mío yo reconozco.

Se ha comido en todos los climas
el mismo pan en cien hermanos:
pan de Coquimbo, pan de Oaxaca,
pan de Santa Ana y de Santiago.

En mis infancias yo le sabía
forma de sol, de pez o de halo,
y sabía mi mano su miga
y el calor de pichón emplumado…

Después le olvidé, hasta este día
en que los dos nos encontramos,
yo con mi cuerpo de Sara vieja
y él con el suyo de cinco años.

Amigos muertos con que comíalo
en otros valles sientan el vaho
de un pan en septiembre molido
y en agosto en Castilla segado.

Es otro y es el que comimos
en tierras donde se acostaron.
Abro la miga y les doy su calor;
lo volteo y les pongo su hálito.

La mano tengo de él rebosada
y la mirada puesta en mi mano;
entrego un llanto arrepentido
por el olvido de tantos años,
y la cara se me envejece
o me renace en este hallazgo.

Como se halla vacía la casa,
estemos juntos los reencontrados,
sobre esta mesa sin carne y fruta,
los dos en este silencio humano,
hasta que seamos otra vez uno
y nuestro día haya acabado…

Peloponeso, el nombre que tiene una guerra adentro, una guerra que duró treinta años, cambió el nombre y la fisionomía de las provincias, desperdigó por el mundo un ejército de sátrapas que gobernaba el imperio en nombre del rey. Camino a la escuela con María nos gustaba pronunciar esas palabras, Micenas, Egeo, Epidauro, Jónico, nos entretenía más aprenderlas con saltitos y palmadas que perdidas en la lección de historia griega. Antes o después de cristo era como tirar el pañuelito al agua y volverlo a recoger.
Por el desfiladero de la imaginación tocábamos las ruinas de Corinto y saludábamos a los hombres de túnicas que bebían amaban y mataban con el mismo fervor olímpico de algunos reyes actuales. Saltábamos la soga en una calle de mármol que iba de la ciudad al puerto y un coro de mujeres sentadas en las terrazas con las piernas cruzadas nos miraban como espectadoras entusiastas, son las mujeres que disuelven los ejércitos me decía María que nunca pudo pronunciar Lisístrata sin que se le trabe la lengua. Así, como protagonistas de un teatro de papel que representábamos toda la tarde en la esquina, atravesábamos puertas de antiguas fortalezas y secretos pasadizos hacia las nuestras hasta la hora en que los escarabajos rebotaban contra la luz de mercurio. Lo demás era un barrio obrero, una calle entoscada que nos llevaba a la fábrica de dulce de leche, un potrero de paja brava y más allá el descampado donde imaginábamos pedazos de cielo adentro del mar para que rebalse de dicha nuestro anhelo de zarpar en una nave hacia el vellocino de oro.
Cuando los escarabajos exhaustos comenzaban a caer era hora de entrar a casa. Adentro de la casa había un televisor blanco y negro, adentro del televisor una señora de grandes rulos, vestía un saco escote en V y un collar de perlas. Movía la boca, movía la boca y con su dedo en alto tocaba dos islas del sur. Afuera sobre el lomo de la vereda retumba aún el golpe de la palabra sátrapa.

 

Andrea Iriart, en Los limites imaginarios (en edición)

Cuando éramos chicos mi abuela hacía guiso. Nos servía los platos y nos explicaba “al que le toca la hoja de laurel limpia los platos”. Comíamos. Cuando terminábamos, todos teníamos una hoja de laurel en el plato. Todos menos mi abuela. “Vos, andrés” me decía “lavás los platos. Vos gaby” le decía a mi hermana “limpiás el baño. Y vos agustín barrés y pasas un trapo”. Y sonreía. Su sonrisa era tan verde como la hoja de laurel escondida en su lengua.

FB: André Demichelis

 

Introducción

Cuando yo era niño, las películas Ninja eran muy populares en Japón, y estaban destinadas especialmente a los niños. Como a muchos de mis amigos, estas películas me encantaban e íbamos a verlas muy a menudo.

Uno de los atractivos de estas películas infantiles era el poder «mágico» que tenía el personaje principal. Los guerreros Ninja podían deslizarse por peñascos escarpados o gatear boca abajo por los techos. Caminar sobre el agua o hacerse invisibles cuando querían. Su entrenamiento secreto les daba capacidad para hacer cosas muy peligrosas, como colarse en el campo del enemigo para espiar, o sortear las protecciones de un castillo y liberar a sus amigos cautivos.

En el Japón medieval existían guerreros Ninja, aunque sus «poderes» no eran mágicos. Había luchadores que se especializaban en espionaje, infiltración o sabotaje, mediante trampas y técnicas poco comunes que les permitían hacer cosas aparentemente imposibles. Por ejemplo, cuando escalaban una pared llevaban libros atados a las manos y para andar sobre el agua se calzaban unos pequeños zapatos hinchables. Vestían ropa negra como forma de camuflaje y lanzaban polvos a los ojos del enemigo cuando querían hacerlo desaparecer. Aprender a dominar estas técnicas suponía años de entrenamiento.

Como es natural, estas explicaciones lógicas de los acontecimientos nunca se mostraban en las películas. Con la ayuda de los efectos especiales, los Ninja eran sobrehumanos y mágicos, y estaban dotados de unos poderes extraordinarios, capaces de aparecer y desaparecer a voluntad. Y eran increíblemente atractivos para el público infantil.

Incluso antes de ir a la escuela yo estaba fascinado por estas películas y le decía a mi madre que quería convertirme en Ninja. En concreto, quería aprender a desaparecer por arte de magia. No dejé de insistir con esta idea hasta que a mi madre se le ocurrió una solución. Fabricó un saco con una tela negra y al dármelo me dijo: “¡Éste es un Ninja mágico y secreto!»

Rápidamente me cubrí el cuerpo con el saco y me agaché. Mi madre exclamó: «¿Dónde está Yoshi? ¿Ha desaparecido?»,

Yo estaba encantado de poder hacerme invisible y pensé: «Por fin soy un Ninja». Después retiré la tela negra y volví a «aparecer repentinamente». Mi madre volvió a exclamar: «Oh, Yoshi! ¡Estás aquí! Dónde estabas? iNo te veía!».

Y seguimos jugando al saco Ninja durante un tiempo.

Unas semanas después, una amiga de mi madre vino a casa de visita. Me escondí corriendo dentro del saco mágico Ninja y mi madre, como de costumbre, exclamó: «¡Yoshi

ha desaparecido! ¿Donde estará?»

Su amiga señaló el saco. «Está aquí dentro».

En aquel momento entendí lo que ocurría y me puse a llorar y a gritar: «¡Este Ninja mágico es un saco de basura!» Y así abandoné el sueño de convertirme en un Ninja.

El siguiente episodio fue el de las pelucas y el maquillaje.

En las celebraciones especiales que tienen lugar en los santuarios Shinto se instalan una serie de puestos donde venden todo tipo de productos a los participantes, entre los que se incluyen máscaras y pelucas para niños, muy sencillas. Como es natural, yo estaba fascinado por ellas y le pedí a mi madre que me comprara una peluca de samurái de

papel y un poco de tinta negra que utilicé para dibujarme unas cejas tiesas e intensas sobre los ojos. Para causar una impresión de héroe valiente añadí una barba y un bigote.

También me probé una peluca de papel de “geisha” y me apliqué los cosméticos de mi madre. Me restregué la cara con polvos blancos hasta resultar irreconocible. Eso causó

un gran impacto.

Después, seguí insistiendo a mi madre para que me comprara unas máscaras de plástico, o tal vez más sencillas, esas de papel que también vendían en los templos. Hurgué en los armarios de mis padres en busca de ropa. Y con mis pelucas, mis máscaras y mis trajes, me vestí de cientos de personajes diferentes: un señor, un samurái valeroso, una geisha muy bella pero trágica, y otros más. Paseaba durante horas arriba y abajo delante de un espejo jugando a hacer de diferentes personajes.

Ahora veo que las pelucas y el maquillaje que utilizaba eran sencillamente diferentes versiones de aquel saco negro que mi madre fabricó para mí. Eran maneras de desaparecer. Maneras de esconderme. De desaparecer delante de las personas, en lugar de actuar para ellas. Evidentemente, yo no era «invisible» de verdad, pero el yo» que el público veía no era mi «yo» real. Mediante maquillaje y máscaras <me volvía» invisible.

Dado que prefería ser «invisible», ¿por qué demonios escogí ser actor, alguien que debe mostrarse en público? Me he hecho esta pregunta mil veces y ahora, poco a poco, empiezo a entender por qué.

Para mí actuar no es mostrar presencia ni desplegar técnica, sino algo así como descubrir, mediante la actuación, «algo más», algo que el público no encuentra en la vida

cotidiana. El actor no lo demuestra. Porque no es algo físicamente visible, pero a través del compromiso de la imaginación del espectador, aparecerá «algo más» en su mente.

Para que esto ocurra, el público debe ignorar totalmente lo que el actor está haciendo. Los espectadores deben ser capaces de olvidar al actor. El actor debe desaparecer.

En el teatro Kabuki, hay un gesto que indica «mirar a la luna», mediante el que el actor señala el cielo con su dedo índice. Un actor, uno de gran talento, realizó este gesto con gracia y elegancia. El público pensó: «¡Oh. qué movimiento tan bello!». Gozaron de la belleza de su actuación y de su destreza técnica.

Otro actor hizo el mismo gesto: señaló a la luna. El público no percibió si lo hacía con elegancia o sin elegancia, simplemente vio la luna. Yo prefiero este tipo de actor, el que muestra la luna al público. Es decir, el actor que se hace invisible.

Los trajes, las pelucas, el maquillaje y las máscaras no bastan para alcanzar este nivel de “desaparición”. Los Ninjas dedican años a entrenar el cuerpo para aprender a hacerse invisibles. De la misma manera, los actores deben trabajar mucho para desarrollarse a nivel físico, no sólo para adquirir esa técnica que pueden mostrar al público, sino para conseguir la capacidad de desaparecer.

El maestro Okura, un famoso profesor de Kyogen, explicó en una ocasión la conexión que mantenía el cuerpo con el escenario. En japonés, escenario se dice butai, bu significa danza o movimiento y tai, escenario. Literalmente, «la plataforma/lugar donde se danza». Sin embargo, el término tai significa también cuerpo, y eso sugiere una lectura opcional: «el cuerpo danzante». Si empleamos este significado de la palabra butai, (qué es entonces el actor? Okura dijo que el cuerpo humano es la «sangre del cuerpo danzante». Sin ella el escenario está muerto. En cuanto el actor sube al escenario, el espacio empieza a tomar vida. «El cuerpo danzante» empieza a «bailar». En cierto modo, no es el actor quien «baila», sino que, a través de sus moviemientos el escenario «baila». El trabajo de actor no es mostrar lo bien que se actúa sino, a través de la actuación, ser capaz de dar vida al escenario. Una vez que esto ocurre, el público se deja llevar y entra en el mundo que el

recrea. El público siente que atraviesa un solitario desfiladero de la montaña, o que se halla en el centro de un campo de batalla, o en cualquier otro lugar posible del mundo. El escenario contiene todas estas posibilidades. Y es el actor quien es capaz de dar vida a todas ellas.

 

Paris 1997

 

UNA CASA VOY A ESCRIBIR

La casa donde me críe la hizo mi abuelo. Las ventanas por donde vi el afuera sintiéndome en un adentro las hizo él. Él ya no estaba cuando yo nací. Dejó una casa de chapas y ladrillos a medio terminar, hizo los muebles de madera, el aparador, la mesa, las puertas, las ventanas desde donde miré llover y nevar. La casa, igual que el hombre que la levantó, ya no existe. O sí existe porque la llevo en mi, vivo adentro de ella aún y algunas veces sueño que tomo mate con mi abuela y me habla de ese hombre que no conocí. O si conocí, porque cada mañana de mi infancia me peiné en un espejo con un marco de madera que hizo él. El espejo tenía una calcomanía de Carlos Gardel, tu abuelo la pegó me decían y cosas así. La casa, el espejo, la abuela, el aparador, la mesa, hacían un adentro para mi. Algunas veces caían ollas y cosas en medio de la noche y la abuela se levantaba a echar a mi abuelo muerto, ándate de acá ya no estés metiendo boche, ándate Juan Bautista tu lugar ya no es entre nosotros, ya no vuelvas a esta casa déjanos vivir en paz mañana te llevaré velas pero éstas no son horas, deja descansar que en un rato amanece y hay que hacer muchas cosas y así. Le pegaba unos insultos también para que no viera su corazón blando le hablaba con desprecio ándate no tienes nada que andar haciendo por acá yo voy a hacer mi vida de mujer y vos ya estás muerto déjate de joder aquí. Al otro día cortábamos unas flores del geranio uno claveles, agarrá unos rojos que esos le gustaban a él decía la abuela y bajábamos al cementerio municipal a dejar unas flores pero el abuelo estaba enterrado en el otro, en el km 5, y pocas veces se podía ir hasta allá. Con la abuela dejábamos las flores al pie de la cruz grande del cementerio, prendíamos una vela en un lugar lleno de velas detrás de un vidrio y nos volvíamos. Pasábamos a pedir un kilo de carne fiado al almacén el morocho y regresábamos a esa casa que ya no está. Hablo de un mundo que ya no existe, unas ventanas que se disuelven y se rehacen en mi memoria como el viento que se arremolinaba ahí afuera, cuando había casa y había un adentro para decir así. Había una palangana en una silla y un fuentón con lana junto al fuego, venga ayúdeme a escarmenar esta lana decía ella y le daba vueltas al huso desenroscando la lana. El huso tenía una piedra en la base que le daba peso y lo hacía bailar como un trompo mientras el hilo de lana engordaba en él. El huso aún gira y gira sobre el suelo con lana que ella torció, aunque la casa y ella ya no están. Vivo así, en un adentro que se esfuma y regresa en sueños, un ruedo de sus faldas gira sin escándalo, no tira ollas del aparador que ya no está, no me levanto a decirle que se vaya, no llevo flores a ninguna parte le pongo su nombre a la Eufemia que planté afuerita de la ventana que no está. En este afuera sopla el viento más fuerte que conocí, a veces pasa volando una sábana que ella perdió, yo sé que tal vez se disolvió en el mar o se hizo tierra en algún rincón de esos que hace el viento por ahí, no me engaño de eso, la tela se corrompe se deshace o desteje, el algodón no resiste tantos años rodando por ahí, la sábana era blanca se le voló una vez y me mandó a buscarla anduve en los patios de los vecinos, vecina no vió una sábana grande los perros me ladraban no vi nada fíjate en lo de la millacheo capaz, ahí yo vi algo blanco de un árbol me dijo la señora navarro, yo fui y lo único que había era el ciruelo de la julia lleno de flores, será por eso, no sé, que en primavera me da por pensar en esa sábana no sé. En sueños pasa volando y ya sé que no está y las flores del ciruelo me hacen estornudar y los perros grandes que me ladran al pasar me dan un escalofrío en la espalda que me obligan a cruzar de vereda. Anoche soñé con ella, o tal vez sólo la recordé entre sueños no se bien. Capaz hoy vaya el cementerio aunque nada de esto habite ahí. La sábana real se hace más blanca tras la ventana donde su algodón no se corrompe, la ventana era azul o era marrón? No no, la ventana es verde, está dividida en cuatro vidrios, en cada uno yo hice dibujos sobre el vapor. Las pavas hervían en la cocina y los vidrios se ponían blancos como una hoja perfecta donde escribir. Esta es mi casa de aire voy a escribir, esta es la casa que hizo aquel hombre que nunca conocí, voy a escribir. El dedo índice se me mojaba de escribir entre la ventana y el vapor. Lo untaba en la tierra del marco y hacía un barro diminuto sin para qué por puro goce de acariciar una textura suave como de arcilla que se iba haciendo tibia hasta secarse quieta en la piel. En la tierra que trae el viento voy a escribir. Voy a escribir sábana blanca y luego la dejaré volar. Voy a escribir una casa para sentarme a la mesa a escribir, la mesa era de madera cubierta de un hule verde floreado, voy escribir, mientras hierve el agua y todo se evapora entre los vidrios y el afuera se disuelve, una casa pasa volando voy a escribir. Voy a escribir.

 

Jorge Spíndola (en su muro de facebook)