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Infancia

Primer recuerdo

Hace mucho me hirieron. Viví

para vengarme

de mi padre, no

por lo que fue

sino por lo que era yo:

desde el principio de los tiempos,

en la infancia, pensé

que el dolor significaba

que no era amada.

Significaba que yo amaba.


La trama


Las historias que se cuentan de madres a hijas
en la noche, para que la hija duerma,
nunca tienen final. Son las madres quienes
caen rendidas por el sueño antes de llegar a él.
La hija insiste, pregunta, pero casi siempre
es inconexa la respuesta. Entonces
permanece despierta, imaginando.
Ése es el origen del insomnio y los poemas.

Esos pequeños seres

En un país que amaba ya estará anocheciendo.

Coronados por sus mustias guirnaldas,
esos pequeños seres creados cuando la oscuridad
vuelven a poblar con sus tiernas músicas,
a golpear con sus manos de brillantes estíos
ese rincón natal de mi melancolía.

Sonríen los inasibles huéspedes,
las criaturas largamente buscadas en las secretas ramas,
en lo más escondido de las piedras,
en la sombra abandonada del que salió de ella eternamente joven.
Desde la lejanía me sonríen.

Qué inútiles sus gestos, sus caricias,
cuando algún largo tiempo nos conoce calladamente ajenos,
cuando ya no hay temor por el huyente roce de los muertos que amamos,
ni por el musgo que crece murmurando sobre el corazón,
ni por las voces nocturnas de los que se despiden sollozando:
-¡Yo te esperaré siempre allá, doliente desaparecida!

Vosotros,
que habitáis en mí la región desmoronada del miedo,
de las ansiadas compañías terrestres:
¿A qué volvéis ahora
como un sueño demasiado violento que la infancia ha guardado?

Apenas si un recuerdo os reconoce,
cada vez más lejanos.

Leido por ella…

Estoy en el Taller de Objetos con Paula Panfili y en el laboratorio de arte Fuera de Cuadro con Fabi Di Luca en el galpón de La Grieta.

Miro el espacio y observo cómo se disponen las paredes, herramientas, máquinas, los materiales, libros e insumos de la enseñanza, es un espacio con esta forma que fue adquiriendo, que está en permanente movimiento y se transforma a ritmo de lo que deseamos.

El espacio-taller de artes visuales para chicos es compartido por diferentes propuestas y producciones durante la semana, esto le impregna un móvil maravilloso que solo sucede acá arriba: un día te vas y has dejado en el cordel 36 trapitos teñidos con cúrcuma porque experimentamos ese método antiguo de lograr el amarillo pero al otro día llegás y hay una ballena de tres metros colgada en el techo.

¿Será transparente para que miremos su interior vacío?

¿Quiénes son los niños que han osado dejarla encima de mi cabeza?

Lo significativo es atender las señales que están emitiendo esos elementos realizados por los chicos, creo que el alcance poético de esas piezas y lo que se dice en torno a ellas, supera el dossier de las teorías.

Sabemos que la ballena es el continente de la idea, los bocetos, los despiezos, la bibliografía, los amigos que nos ayudaron a realizar y que se han utilizado dos rollos de alambre dulce y varios rollos de papel film, es decir, podemos modular la materia hasta lograr una beluga transparente con esqueleto alámbrico. Pero más nos interesan las conversaciones y el agua de las miradas que se sumergen hacia lo invisible porque nos permite imaginar que el animal durante la noche nada tragando otros peces o escucha el rumor del viento en la superficie o que el alumbrado público ingresa y se desparrama sobre su lomo convirtiéndolo en fantasma o simplemente sueñe con ser mariposa como en el cuento chino o tal vez llore porque extraña a sus padres. Nunca sabremos si esto sucede antes o después pero lo cierto es que en un momento estamos todos adentro de la ballena aprendiendo con otros. He aquí el monstruo. He aquí el arte.

Andrea Iriart, tomado de revista Boba

Pedro es amigo de Juan. Juan es amigo de Melina. Melina es amiga de la luna.

Por eso, cuando la luna empieza a perder su redondez, los ojos alargados de Melina hierven de lágrimas, su tazón de leche se pone viejo en un rincón, y no hay caricias que la alegren.

Días después, cuando la luna desaparece por completo, Melina sube a los techos y allí se queda, esperando que la luna regrese al cielo como aparecen los barcos en el horizonte.

Melina es la gata de Juan. Juan es amigo de Pedro. Pedro es el dueño de la luna.

La luna de Pedro no es tan grande ni tan redonda, tiene color de agua con azúcar y sonríe sin boca. Y es así porque Pedro la pintó a su gusto en un enorme cuadro nocturno, mitad mar, mitad cielo.

Pedro, el pintor de cuadros, pasa noches enteras en su balcón. Y desde allí puede ver la tristeza de Melina cuando no hay luna. Gata manchada de negro que anda sola por los techos.

¿Les dije que Melina es la gata de Juan? ¿Les dije que Juan se pone triste con la tristeza de Melina?

Juan se pone muy triste cuando Melina se pierde en el extraño mundo de los techos, esperando el regreso de la luna. Y siempre está buscando la manera de ayudar a su amiga. Por eso, apenas vio el nuevo cuadro que Pedro había pintado, Juan tuvo una idea.

Y aunque se trataba de una luna ni tan grande ni tan redonda, color de agua con azúcar, podía alcanzar para convencer a Melina de que un pedacito de mar y una luna quieta se habían mudado al departamento de enfrente.

Juan cruzó la calle, subió siete pisos en ascensor y llamó a la puerta de su amigo. Pedro salió a recibirlo con una mano verde y otra amarilla. Juan y Pedro hablaron durante largo rato y, al fin, se pusieron de acuerdo. Iban a colgar el enorme cuadro en el balcón del séptimo piso para que, desde los techos de enfrente, Melina creyera que la luna estaba siempre en el cielo. Eso sí, tendrían que colgarlo al inicio de la noche y descolgarlo al amanecer.

Pedro es un pintor muy viejo. Juan es un niño muy niño. La luna del cuadro no es tan redonda ni tan grande. Y Melina, la gata, no es tan sonsa como para creer que una luna pintada es la luna verdadera.

Apenas vio el cuadro colgado en el balcón de enfrente, Melina supo que esa no era la verdadera luna del verdadero cielo. También supo que ese mar, aunque era muy lindo, no tenía peces. Entonces, la gata inclinó la cabeza para pensar qué debía hacer.

¿Qué debo hacer?, pensó Melina para un lado.

¿Qué debo hacer?, pensó Melina para el otro.

«La luna está lejos y Juan está cerca. Juan es capaz de reconocerme entre mil gatas manchadas de negro. Para la luna, en cambio, yo debo ser una gata parecida a todas en un techo parecido a todos. Y aunque la luna del pintor Pedro no es tan grande ni tan redonda es la luna que me dio el amor»

Melina es amiga de Juan. Juan es amigo de Pedro. Pedro es amigo de los colores.

Juan creyó que un cuadro podía reemplazar al verdadero cielo. Porque para eso están los niños, para soñar sin miedo.

Melina dejó de andar triste en las noches sin luna, porque para eso tenía la luna del amor.

Y Pedro sigue pintando cielos muy grandes, porque para eso están los colores: para acercar lo que está lejos.

A veces, de pronto, extraño a la niña tímida que fui. El pelo atado, las rodillas juntas, la inclinación de la cabeza, la mirada un poco escondida. La encuentro intacta en las fotos de entonces.

Hablaba poco, la voz baja, siempre un paso atrás en la escuela, en las clases de italiano, en el grupo de amigas. Era alta en esa época, la última de la fila, la  del último banco en el aula. Era buena alumna, tranquila, sonriente.

Extraño especialmente su silencio, su cabeza metida en el silencio.

Muchas veces quisiera poder  volver a ese silencio. No de soledad, ni de tristeza. Silencio de lentitud. No había apuro para los días, hacía las tareas con tranquilidad, hablaba poco, escuchaba. Leía.

Recuerdo una vez, una imagen que quedó grabada para siempre, un detalle que todavía destella.

Amalia llegó al grupo en 4º o 5º grado. Una nena alegre que se hizo rápido amiga de todas. Linda, iluminada.

Una mañana, en el recreo, yo estaba parada en una ronda de compañeras y ella vino desde atrás y me subió las medias. Nada más que eso. Y reírnos.

Usábamos pollera y medias tres cuartos, seguramente azules. Se les aflojaban los elásticos y se caían. Algunas chicas usaban cancanes bajo las medias, yo no. Era como un lujo ponerse cancanes y también un poco sofisticado para mi familia, lo pienso ahora.

Ese gesto de Amalia, un gesto corporal, de contacto corporal, en esos años setenta, de poco contacto físico entre nosotras, me sorprendió. Me avergonzó un poco por mis medias caídas, pero a la vez lo sentí como un gesto amoroso, una complicidad.

No sé por qué estoy recordando esto hoy. Pero ese gesto decidido y cálido, fue un destello de algo; un instante perdido en el mar de recreos de la escuela primaria que quedó brillando, una estrellita.  Algo con mi timidez, algo con la amistad, algo con lo humano. Un aviso de los encuentros que vendrían después, la posibilidad de recibir.

A esa nena extraño a veces. Sé que sabía cosas que ahora ignoro. De la poesía, por ejemplo.

 

Quisiera, por un momento, su cabeza silenciosa, serena, sin necesidad de demostrar nada, de decir nada. Una cabeza limpia, mirando el mundo, ocupada en sus pensamientos. Haciendo silencio.

 

Laura Forchetti, en http://pasodelosteros.blogspot.com/

Descubro una hoja escrita por mi hija,
diversos tipos de letras, dibujos y símbolos,
lo cierto es que ya no reconozco a la chiquilla,
alguien que así escribe ha madurado y amenaza
con dejar rezagada a la infancia.
Me da un poco de miedo todo ese proceso,
me detengo a indagar dónde
estoy representado en tal escritura
¿Seré esa «o» inconclusa, el apóstrofe diminuto,
o acaso el tilde omitido?

 

Roberto Malatesta, en La estrella roja

Para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño, a cuyo reino pertenezco desde muy niño, cuando sentía sus pasos subiendo la escalera que me llevaba a la torre de la casa donde me encerraba a leer. Sé que la mayoría de las personas que conozco y conocemos están muertas, que creo que la muerte no existe o existe sólo para los demás. Por eso en mis poemas está presente la infancia, porque –para mí– el tiempo más cercano a la muerte y en donde verdaderamente se entiende lo que significa. Por otra parte, yo no canto a una infancia boba, en donde está ausente el mal, a una infancia idealizada; yo sé muy bien que la infancia es un estado que debemos alcanzar, una recreación de los sentidos para recibir limpiamente la «admiración ante las maravillas del mundo». Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado, pero que debiera pasarnos.

 

Jorge Teillier, en «Sobre el mundo donde verdaderamente habito o la experiencia poética«

En África, el impudor del cuerpo era magnífico. Creaba distancia, profundidad, multiplicaba las sensaciones, tejía una red humana alrededor de mí. Armonizaba con el país ibo, con el trazado del río Aiya, con las chozas del pueblo, sus techos color leonado, sus paredes color tierra. Brillaba en esos nombres que entraban en mí y que significaban más que nombres de lugares: Ogoja, Abakaliki, Enugu, Obudu, Baterik, Ogrude, Obubra. Impregnaba la muralla de la selva lluviosa que nos rodeaba por todas partes.

Cuando se es niño no se usan palabras (y las palabras no están usadas). En esa época estaba muy lejos de los adjetivos, de los sustantivos. No podía decir, ni siquiera pensar: admirable, inmenso, potente. Pero era capaz de sentirlos. Hasta qué punto los árboles de troncos rectilíneos se alzaban hacia la bóveda nocturna cerrada encima de mí, que abrigaba como en un túnel la brecha ensangrentada de la ruta de laterita que iba de Ogoja hacia Obudu, hasta qué punto en los claros de los pueblos sentía los cuerpos desnudos, brillantes de sudor, las siluetas anchas de las mujeres, los niños colgados de sus caderas, todo esto que formaba un conjunto coherente, desprovisto de mentira.

Me acuerdo muy bien de la entrada en Obudu: la ruta salió de la sombra de la selva y entró recta en el pueblo, a pleno sol. Mi padre detuvo su auto, con mi madre debieron hablarles a los oficiales. Estaba solo en medio de la multitud y no tenía miedo. Las manos me tocaban, pasaban por mis brazos, por mis cabellos alrededor del borde de mi sombrero. Entre los que se amontonaban alrededor de mí, había una mujer vieja, en fin, no sabía si era vieja. Supongo que lo primero que noté fue su edad, porque era diferente de los niños desnudos y de los hombres y mujeres vestidos más o menos a la occidental que vi en Ogoja. Cuando mi madre volvió (tal vez vagamente inquieta por ese gentío), le mostré a esa mujer: «¿Qué tiene? ¿Está enferma?». Recuerdo esa pregunta que le hice a mi madre. El cuerpo desnudo de esa mujer, lleno de pliegues, de arrugas, su piel como un odre desinflado, sus senos alargados y fláccidos que colgaban sobre el vientre, su piel resquebrajada, opaca, un poco gris, todo me pareció extraño y al mismo tiempo verdadero. ¿Cómo hubiera podido imaginar que esa mujer era mi abuela? Y no sentí horror ni piedad, sino, por el contrario, amor e interés, los que suscitan la vista de la verdad, de la realidad vivida. Sólo recuerdo esta pregunta: «¿Está enferma?». Todavía hoy me quema extrañamente como si el tiempo no hubiera pasado. Y no la respuesta -sin duda tranquilizadora, tal vez un poco molesta- de mi madre: «No, no está enferma, es vieja, eso es todo». La vejez, sin duda más chocante para un niño en el cuerpo de una mujer, ya que todavía, ya que siempre, en Europa, en Francia, país de fajas y polleras, de corpiños y combinaciones, las mujeres por lo común están exentas de la enfermedad de la edad.

Todavía siento el rubor en mis mejillas que acompañó esa pregunta ingenua y la respuesta brutal de mi madre, como una cachetada. Todo ha permanecido en mí sin respuesta. La pregunta no era sin duda: ¿Por qué esta mujer se ha vuelto así, gastada y deformada por la vejez?, sino: ¿Por qué me han mentido? ¿Por qué me han ocultado esta verdad?

 

Jean-Marie Le Clezio, en El africano