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Pasado

Preguntas adioses reencuentros
XI

Y éste es el sol, no el del poema, sino el sol, el que
ilumina,
y ésta es la mujer que cegaba como un sol en el centro
de la noche,
y ésta es la luz, la que transparenta los árboles que
tiemblan en el aire como si palabras fuesen:

-¿Falta mucho para la ciudad siempre lejana?

-No sé, pero recuerdo como si fuese ahora: sobre sábanas muy blancas y encrespadas, todo el mar

¡Qué misterio el pasado! ¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.

Victor Hugo, en Los Pirineos

Es olvido
Juro que no recuerdo ni su nombre,
Mas moriré llamándola María,
No por simple capricho de poeta:
Por su aspecto de plaza de provincia.
¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,
Ella una joven pálida y sombría.
Al volver una tarde del Liceo
Supe de la su muerte inmerecida,
Nueva que me causó tal desengaño
Que derramé una lágrima al oírla.
Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!
Y eso que soy persona de energía.
Si he de conceder crédito a lo dicho
Por la gente que trajo la noticia
Debo creer, sin vacilar un punto,
Que murió con mi nombre en las pupilas,
Hecho que me sorprende, porque nunca
Fue para mí otra cosa que una amiga.
Nunca tuve con ella más que simples
Relaciones de estricta cortesía,
Nada más que palabras y palabras
Y una que otra mención de golondrinas.
La conocí en mi pueblo (de mi pueblo
Sólo queda un puñado de cenizas),
Pero jamás vi en ella otro destino
Que el de una joven triste y pensativa.
Tanto fue así que hasta llegué a tratarla
Con el celeste nombre de María,
Circunstancia que prueba claramente
La exactitud central de mi doctrina.
Puede ser que una vez la haya besado,
¡Quién es el que no besa a sus amigas!
Pero tened presente que lo hice
Sin darme cuenta bien de lo que hacía.
No negaré, eso sí, que me gustaba
Su inmaterial y vaga compañía
Que era como el espíritu sereno
Que a las flores domésticas anima.
Yo no puedo ocultar de ningún modo
La importancia que tuvo su sonrisa
Ni desvirtuar el favorable influjo
Que hasta en las mismas piedras ejercía.
Agreguemos, aun, que de la noche
Fueron sus ojos fuente fidedigna.
Mas, a pesar de todo, es necesario
Que comprendan que yo no la quería
Sino con ese vago sentimiento
Con que a un pariente enfermo se designa.
Sin embargo sucede, sin embargo,
Lo que a esta fecha aún me maravilla,
Ese inaudito y singular ejemplo
De morir con mi nombre en las pupilas,
Ella, múltiple rosa inmaculada,
Ella que era una lámpara legítima.
Tiene razón, mucha razón, la gente
Que se pasa quejando noche y día
De que el mundo traidor en que vivimos
Vale menos que rueda detenida:
Mucho más honorable es una tumba,
Vale más una hoja enmohecida,
Nada es verdad, aquí nada perdura,
Ni el color del cristal con que se mira.
Hoy es un día azul de primavera,
Creo que moriré de poesía,
De esa famosa joven melancólica
No recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo
Como una paloma fugitiva:
La olvidé sin quererlo, lentamente,
Como todas las cosas de la vida.

https://www.youtube.com/watch?v=Hui8SPxir8w (versión de Goyeneche)

https://www.youtube.com/watch?v=6glSdphKZu4 (versión de Lidia Borda)

Estoy mirando mi vida
en el cristal de un charquito
y pasan mientras medito
las horas perdidas,
los sueños marchitos.
Y están tus ojos queridos
en el espejo de barro,
fantasmas de mi cigarro,
reproche y olvido,
consuelo y perdón.

Vuelven tus ojos lejanos
con el llanto de aquel día…
pensar que puse en tus manos
una culpa que era mía,
pensar que no te llamé
y me alegré
mientras estabas penando,
pensar que no te seguí
y me reí
cuando te fuiste llorando…
Y hoy que no vale mi vida
ni este pucho de cigarro
recién sé que son de barro
el desprecio y el rencor.

Así, midiendo tu pena,
noches y noches consumo,
buscando ver en el humo
del pucho que fumo
tu imagen serena.
Y al encontrarte perdida
entre cigarro y cigarro
sé que fue todo de barro,
de barro mi vida,
de barro mi amor.

en los rincones de casa aparecen tiradas
las flores de otoño con su herrumbre
en el cerrado entorno de las estaciones terminales
siempre hay hoteles boutiques botones de lujo
que las protegen de su realidad
bisutería y ropa de plástico macarras de suburbio mal vestidos
inmigración comida del altiplano
charangos y sombreros bordados en plata
en el frío de las calles europeas
siempre cerca de los trenes de sus horarios de partida
en los elementos abandonados entre la llegada y el final
suelen aparecer las primeras flores del cambio de tiempo
suelen aparecer los que rescatan nuestra memoria
y nos devuelven la fuerza para continuar con la explicación
Juana Bignozzi

Entre los lapones, cuando una mujer estaba embarazada y cercana a su alumbramiento, solía suceder que se le apareciera en sueños antepasado o pariente que le informaba de que iba a nacer otra vez en su hijo aquella persona muerta, y por esa razón el niño llevaría su nombre. Si la mujer no tenía ese sueño, correspondía al padre o parientes determinar el nombre por adivinación o consultando a un brujo. Entre los kondos, el nacimiento se celebra siete días después de acontecido con un banquete que se ofrece al sacerdote y a los demás vecinos de la aldea. Para determinar el nombre del recién nacido, el sacerdote tira unos granos de arroz en una vasija de agua y nombra a un antepasado por cada grano que cae. Por los movimientos de las semillas en el agua y por las observaciones hechas en la persona del niño, el sacerdote determina cuál de sus progenitores ha reaparecido en él, y la criatura, por lo menos entre las tribus del norte, recibe el nombre de aquel antepasado. Entre los yorubas, poco después de haber nacido un niño, un sacerdote de Ifa, el dios de la adivinación, aparece en escena para indagar qué alma ancestral ha renacido en el infante. En cuanto esto se ha decidido, los padres del niño quedan advertidos de que su hijo tendrá que adaptarse en todos sus respectos a la manera de vivir del antepasado que ahora le anima, varón o hembra, dando el sacerdote la información necesaria, si los padres ignoran los datos, como suele ocurrir. El niño recibe por lo general el nombre del progenitor que ha reencarnado en él.

 

James George Frazer, en La rama dorada