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Suerte

El cocinero

Podemos tomar la vida como un viaje y, mirando la forma en que la gente imagina que van a ser las cosas, descubrir que de vez en cuando hay intervenciones que cambian ese rumbo. Una vez cambiado, por supuesto, a ese destino se lo supone nuevamente lineal, y sigue su marcha hasta que otra intervención confunde una vez más el patrón. Entonces, mirando hacia atrás, la gente comienza el proceso una vez más, suponiendo que la forma lineal continuará.
La mejor ilustración de lo que ocurre y lo que la gente imagina que va a ocurrir resulta ser una historia, y podemos presentar aquí una que nos permitirá examinar qué es lo que está ocurriendo realmente.
Érase una vez una caravana de ricos y orgullosos mercaderes que partió de Siria para realizar el largo y peligroso viaje rumbo al sur hacia La Meca. Poco después de su salida, un hombre anciano y de aspecto seguro, cabalgando en un asno y acompañado por dos mulas cargadas, pidió unirse al grupo.
Mientras el guía de la caravana discutía con él esta posibilidad, algunos de los mercaderes objetaron la presencia del recién llegado. No tenía aspecto próspero; en vez de camellos tenía mulas y un asno. Además, no parecía suficientemente fuerte para llevar armas, lo cual podía haber sido una razón de su avecinarse ya que el desierto estaba infestado de bandidos.
El hombre, además, confesó que de profesión no era más que un cocinero… un maestro cocinero quizá, pero cocinero a fin de cuentas. Insistió en que, dado que estaba “protegido”, su acompañar a la caravana sólo podía ser beneficiosa. Finalmente, debido a que se estaba perdiendo tiempo, los mercaderes cesaron sus objeciones y se permitió al cocinero que les siguiese.
Cuando la caravana alcanzó una parte del desierto particularmente yerma, fue rodeada por salteadores. Bien organizados, manearon a los camellos y encerraron a los mercaderes en una zareba, un corral de espinos, mientras el jefe de los bandidos se sentaba rodeado por su hombres para planear el reparto del botín.
Llevaban unos minutos ocupados así cuando se dieron cuenta de que alguien había sido pasado por alto. El cocinero se encontraba fuera del corral, ocupado en extender en el suelo un largo trozo de tela blanca que había extraído de sus alforjas. Mientras los ladrones observaban, sacó de su equipaje numerosas empanadas de aspecto delicioso y las colocó sobre la tela.
“¿Qué estás haciendo?” rugió el jefe de los bandidos. “¿No te das cuenta de que eres un prisionero?”
“Prisionero o no, la gente tiene que comer, y yo soy un cocinero”, respondió el hombre y continuó sirviendo la comida.
Los bandidos, atraídos por los alimentos, se congregaron alrededor y apartaron con violencia al hombre de su camino. Se sentaron y engulleron todas las empanadas.
Al cabo de media hora, drogados por algo que contenía la comida, dormían profundamente…
El cocinero abrió la barrera de espinos y liberó a los prisioneros. Los bandidos fueron apresados para ser entregados a las autoridades, y así fue como el salvador menos probable resultó ser el medio para la salvación de la caravana.
Narré esta historia esta noche porque alguien me había mostrado el borrador de un artículo acerca de nosotros, el cual expresaba sorpresa de que una banda tal de personas pudiese estar implicada realmente en algo importante.
Sin embargo, resultó que entre las personas presentes se hallaban algunas que me habían enviado varias preguntas. Entre las preguntas se encontraban:
¿Hay algo más allá de lo que podemos ver en nuestras vidas?
¿Puede afectar a los acontecimientos el contenido invisible de algo?
¿Es un lastre el fracaso en ver la realidad?
En ciertos momentos parece como si nuestro destino fuese imposible de alcanzar. ¿Lo es?
Me pareció que la historia cubría cada una de estas preguntas, además de muchas otras.

 
En El yo dominante.

Quien primero vio una nube de color anadrio
era un joven pastor de diecisiete abriles
que más tarde fue monarca de su reino
y hombre feliz hasta decir ya no,
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!

En mil quinientos veinte
un español porquerizo de Castilla
vino a América y cuando se internó en la selva
vio un árbol de color anadrio
ese mismo soldado de fortuna
más tarde comió con Carlos V
y fue virrey;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!

En la época moderna otras personas
han visto objetos de color anadrio
y su suerte ha cambiado en forma radical.

Un pescador vio una sirena cuya cola
era anadria y desde entonces
pescó y pescó y pescó y pescó y ahora
es dueño de una flota ballenera;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!
¡Y de la buena suerte!

Vendía periódicos un niño,
rapaz sin desayuno, de pobreza trajeado,
un día en su camino vio una piedra
que era, por supuesto, de color anadrio.
Ese niño actualmente es accionista
de una inmensa cadena de periódicos;
porque el anadrio es el color de la alegría
y de la buena suerte.

Pinte usted
las paredes de su casa
de color anadrio
y le irá bien.

 

Otto-Raúl González (De Diez colores nuevos, Editorial Praxis, 1993)