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Archivo de la etiqueta: Diario de viaje

Contemplar silenciosamente los atlas, tumbado bocabajo sobre la alfombra, cuando tienes entre diez y trece años, es lo que te da estas ganas de dejarlo todo. Soñar con regiones como el Banato, el Caspio o Cachemira, con las músicas que resuenan en ellas, con las miradas de la gente con la que te cruzarás allí, con las ideas que te esperan… Cuando este deseo es capaz de resistir los primeros envites del sentido común, buscamos entonces razones que nos lo expliquen. Y encontramos algunas, pero todas ellas resultan endebles. En realidad, no hay palabra para nombrar aquello que te empuja. Es algo que crece en ti y que va soltando amarras, hasta que llega un día en el que, aunque no te sientas demasiado seguro, te vas de verdad. Un viaje no necesita motivos. Pronto demuestra que tiene sentido por sí mismo. Tú piensas que vas a hacer un viaje, pero muy pronto es el viaje quien te hace a ti. O quien te deshace.

Nicolas Bouvier, en Los caminos del mundo

Vos sabéis, amigo mío, que para los espíritus soñadores, todas las partes de la naturaleza, incluso las más dispares a primera vista, están unidas entre sí por una infinidad de armonías secretas, hilos invisibles de la creación que el contemplador percibe, que hacen del gran todo una inextricable red, que vive una vida única, alimentado por una única savia, uno en la variedad y que son, por decirlo así, las propias raíces del ser. Así, para mí, existe una armonía entre el roble y el granito, que despiertan, uno en el orden vegetal, otro en la región mineral, las mismas ideas que el león y el águila entre los animales: poder, grandeza, fuerza y excelencia. Existe otra armonía, todavía más oculta, pero igual de evidente para mí entre el olmo y la arenisca.

Victor Hugo, Los Pirineos

¡Qué misterio el pasado! ¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.

Victor Hugo, en Los Pirineos

Cada cosa en la naturaleza da al hombre el fruto que lleva, el beneficio que produce. Todos los objetos sirven al hombre, según las leyes que les son propias, el sol da su luz, el fuego su calor, el animal su instinto, la flor su perfume. Es su modo de amar al hombre. Siguen su ley y no se resisten a ella y jamás la esquivan; el hombre debe obedecer la suya. Es necesario que dé a la humanidad y que devuelva a la naturaleza lo que es su luz propia, su calor, su instinto y su perfume; el amor.

 

Victor Hugo, en Los Pirineos

Paseaba, al ocaso de la tarde, por la plaza mayor del centro de la ciudad, y lo que allí buscaba no era su vistosidad y su viveza, con ellas ya contaba, buscaba un pequeño bulto marrón en el suelo que no sólo se reducía a una voz, sino a un sonido único. Era un profundo, prolongado «a – a – a – a – a – a – a – a». Ni disminuía ni aumentaba, pero jamás cesaba y en todo momento era perceptible sobre los miles de clamores y vocerío de la plaza. Era el sonido más persistente del Xemaá El Fná, el que a lo largo de toda una noche, y noche tras noche, permanecía igual.

Lo oía ya desde la lejanía. Cierta desazón, a la que no era capaz de dar una interpretación correcta, me llevaba allí. Había paseado por la plaza en toda ocasión; tantas cosas me atraían en ella que jamás dudé no volver a encontrar el bulto aquél con todo cuanto le era propio. Sólo por esa voz, que había venido a reducirse a un sonido único, sentía cierto temor. Se encontraba en la frontera de lo vivo; la vida que generaba no consistía en otra cosa más que en ese sonido. Por mi parte, escuchaba ansioso y amedrentado y para entonces alcanzaba un punto preciso en mi camino, justo el mismo sitio, donde de súbito oía algo así como el zumbido de un insecto: «a-a-a-a-a-a-a- a».

Sentía cómo una calma inaprehensible se expandía a lo largo de mi cuerpo, y en tanto mi paso había sido hasta el momento algo lento e inseguro, avanzaba ahora, de repente, con resolución, derecho hacia el sonido. Yo sabía de dónde provenía. Conocía el hatillo marrón en el suelo, del que no había visto más que un oscuro y tosco pedazo de tela. Jamás vi la boca de la que provenía el «a – a – a – a – a – a – a – a»; jamás el ojo, jamás las mejillas; ni una sola parte del rostro. No habría podido afirmar si ese rostro era el de un ciego o si veía, por el contrario. La sucia tela marrón era como una capucha totalmente calada que lo cubría todo. La criatura —alguna había de ser— se acurrucaba en el suelo y curvaba la espalda bajo la tela. Poca criatura había allí; parecía ligera y débil, y eso era todo cuanto se podía conjeturar. No supe lo grande que era, pues jamás la vi de pie. Lo que había en el suelo se mantenía tan agazapado que aun tropezando involuntariamente con él no habría cesado por ello el sonido. Nunca lo vi venir, jamás lo vi partir; no sabía si era transportado y depositado allí o si caminaba por sus propias piernas.

El lugar que había escogido no estaba en absoluto resguardado. Era la parte más abierta de la plaza, de un incesante ir y venir en torno al montoncillo marrón. En atardeceres concurridos se esfumaba entre las piernas de la gente, y aunque yo sabía con exactitud dónde estaba, y oía continuamente su voz, me costaba trabajo encontrarlo. Pero entonces la multitud se dispersaba y el bulto permanecía en su lugar, como si a su alrededor, a lo largo y a lo ancho la plaza estuviese ya vacía. Entonces quedaba en la oscuridad como una vieja y mugrienta, abandonada, prenda de vestir de la que alguien quería desprenderse y hubiese dejado caer a hurtadillas entre la multitud para no llamar la atención. Pero ahora ya había desaparecido la gente y allí quedaba solo el bulto. No esperé a que se levantase por sí mismo o fuese recogido. Me perdí en la oscuridad con una ahogada sensación de impotencia y orgullo a su vez.

La impotencia me era propia: Sabía que jamás trataría de hacer algo por llegar al fondo del enigma. Sentía horror ante su presencia; y puesto que no sabía otorgarle otra realidad, lo dejaba reposar allí sobre el suelo. Cuando me aproximaba, cuidaba de no tropezar con él, como si acaso pudiese dañarlo o ponerlo en peligro. Allí estaba todas las noches; y cada noche se paraba mi corazón apenas escuchaba por vez primera el sonido, y de nuevo se paralizaba cuando divisaba el bulto. Su camino de ida y vuelta me resultaba más sagrado aún que el mío propio. Jamás le seguí el rastro y no sé dónde se perdía el resto de la noche y de la mañana siguiente. Se trataba de algo excepcional, y quizás se tenía a sí mismo por tal. A veces caía en la tentación de tocar con un dedo muy suavemente la capucha marrón —esto lo notaría sin duda—, y quizás poseyese un segundo sonido con el que responder. Pero esta aspiración se desvanecía rápidamente en mi impotencia.

Dije que en mi huida todavía me asaltaba otro sentimiento: el orgullo. Me sentía orgulloso del fardo porque vivía. Lo que pensase mientras respiraba profundamente hundido entre los demás, jamás lo podré saber. El significado de su salmodia me resultaba tan oscuro como su entera presencia. Pero vivía, y cada día, a su hora precisa, estaba de nuevo allí. Jamás vi que recogiese las monedas que le arrojaban; poco era lo que se le echaba; nunca había más de dos o tres monedas. Quizás no hubiese llegado a tanta miseria como para tener que recogerlas. Tal vez no tenía lengua para pronunciar la «l» de «Alá», y el nombre de Dios lo reducía a un «a – a-a-a-a-a-a- a». Pero vivía sin embargo, y con un celo y una tenacidad sin par repetía su único acento; y así durante horas y horas, hasta que se convertía en el único sonido de toda la ancha plaza, en clamor que acallaba todas las otras voces.

Las voces de Marrakesh: Impresiones de viaje
Traducción José Francisco Ivars
Editorial Valencia, Pre-textos, 1996

El desarrollo de la escritura arábiga y la difusión del islam  están necesariamente ligados. La prohibición de  representaciones figurativas,  desplaza ese arte sobre  la caligrafía que de ese modo se emparenta a las divinas palabras. Se llega entonces a la perfección,  la escritura cúfica, que es la única autorizada para escribir El Corán. La gente de la escritura, artistas de Allah, afilan sus cáñamos, sus qalam, sus plumas de caña, instrumentos  embebidos de tintas. Grafismos finos y bellos  no hacen más que confirmar la indisoluble alianza establecida entre el cielo y la tierra.
En tanto, los bereberes, nómades e infieles no conocen la escritura. Golpean con sus varas las piedras de las que brotan como arroyos, voces extraviadas.
Dicen que los hombres que llegaron desde Oriente  han construido una casa de palabras, un libro, una ciudad segura, un refugio para los creyentes.
Por las noches, temerosos del olvido, se reúnen en sus casas y  ruegan a sus hijos que guarden en sus corazones las historias del cielo, del mar y del desierto.
El silencio infinito.

Carlos Villalba, en Tánger

Mamá Rosa canta y conversa con la tierra, arrodillada frente al hoyo: “Para que vuelva a los potreros el novillo perdido. Para que la nieve y las heladas no perjudiquen los pastos… Para que los changos sean grandes y buenos. Para que el tigre y la víbora no mermen el ganado en los montes. Para que ella, Mamá Rosa, vieja, enferma y casi ciega, pueda dirigir futuras corpachadas …

Eusebio Colque también tiene algo que decir a la tierra. Se arrodilla. Y mientras habla, va depositando en el hoyo, lentamente, hoja tras hoja, la coquita de su chuspa, y algún fleco de su poncho. Por el tajo breve de sus ojos penetra, el crepúsculo montañés con su frío, su niebla y su misterio, y alimenta el espíritu de ese hombre de los caminos.

Y Eusebio murmura apenas: “Para que mis burritos no se me lo mueran. Para que mis pieses no se cansen aunque yo esté viejo. Para que mi mujer se sane de ese mal que no la deja respirar. Para que mi hijo que está en Yavi, no sea ingrato, y me lo traiga a mi nieto, así lo puedo ver, y acariciar, y contarle muchas cosas que él debe saber . . .”

Y el hoyo simbólico sigue recibiendo las ofrendas de Mamá Rosa, de Eusebio Colque, de Mamerto Mamaní, de todos, hasta de las puesteritas y de los changos del fogón, hasta del maestro de la escuelita de Molulo, abajeño que asiste, entre curioso y conmovido, a la ceremonia de la corpachada.

Dirigidos por Mamá Rosa, todos cantan la copla ritual:

“Que la Pachamama los reciba,

 regalitos de la tierra …

Que la Pacha nos ampare,

que multiplique la hacienda …

 Aunque se agrande el corral,

que se güelva cielo y tierra…”

El aire se pone más helado. El nublado se asienta, sobre el abra. Está cerrando la noche y el alma de las piedras está dolorida de murmullos. Por los listones de los ponchos, ruedan hasta temblar en la punta de los flecos, las lágrimas del ocaso.

Atahualpa Yupanqui, en El canto del viento

El viaje que sigue consiste en sumergirse en el Gran Bosque, hundirse en él, bajar hasta el fondo, hasta los laberintos, túneles y espacios subterráneos de otra realidad, verde, tenebrosa e inescrutable. El Gran Bosque tropical no se puede comparar con ninguno europeo ni tampoco con la selva ecuatorial. Los bosques de Europa son ricos y hermosos, pero tienen una dimensión mediana, y sus árboles, una altura moderada: podemos imaginarnos a nosotros mismos subiendo a la punta del fresno o el roble más alto. La selva, por su parte, es una maraña, un enredo de ramas, raíces, arbustos y lianas atados en un nudo gigantesco; es la biología que no para de multiplicarse en medio de la asfixia y el hacinamiento, un cosmos verde. El Gran Bosque es diferente. Monumental, sus árboles tienen treinta, cincuenta e incluso más metros de altura; son gigantescos, idealmente rectos y crecen espaciados, guardando entre sí una marcada distancia y saliendo de una tierra prácticamente desprovista de follaje. Y ahora, al adentrarme en este Gran Bosque, entre las encumbradas secuoyas, caobas, sapellis e irokos, me da la impresión de entrar en una catedral inmensa, de abrirme paso para penetrar en el interior de una pirámide egipcia o de detenerme en medio de los rascacielos de la Quinta Avenida.

 

Ryszard Kapuscinski, en Ébano

¿Cómo es el pequeño Heródoto? ¿Sonríe a todo el mundo y alarga de buen grado su manita para estrechar otras manos o, por el contrario, se muestra receloso y se oculta tras las faldas de su madre? ¿Acaso es un llorica y un gruñón impenitente, hasta el punto de que su madre, cansada, llega a exclamar, a veces, mientras exhala un dolido suspiro: «¡Dioses!, ¿para qué parí a este niño?» ¿Es un niño obediente y bueno?, o tal vez agota a todo el mundo con sus preguntas: «¿Cómo es que existe el sol? ¿Por qué está tan alto que no se puede alcanzar? ¿Y por qué se esconde en el mar? ¿No tiene miedo de ahogarse?» ¿Y en la escuela? ¿Con quién comparte banco? ¿No lo habrán sentado, como castigo, con un niño travieso? ¿Ha tardado poco en aprender a escribir sobre una tablilla de barro? ¿A menudo llega tarde a clase? ¿No sabe estarse quieto? ¿Sopla respuestas a sus compañeros? ¿Es un chivato? ¿Y sus juguetes? ¿Con qué juega nuestro pequeño griego de hace dos mil quinientos años? ¿Con un patinete de madera manufacturado? ¿Construye casas de arena en la playa? ¿Trepa a los árboles? ¿Se modela pajaritos, pececillos y caballitos de arcilla, de esos que hoy podemos contemplar en los museos? ¿Qué cosas de aquella época se le quedarán grabadas en la memoria para el resto de su vida? Para el pequeño Rabi, el momento más trascendente era la oración matutina junto a su padre; para el pequeño Proust, la espera del instante en que su madre entrase en su habitación a oscuras para abrazarlo y darle las buenas noches. ¿Qué vivencia esperaba con ansia el pequeño Heródoto? ¿A qué se dedicaba su padre?

 

Viajes Con Herodoto (Ryszard Kapuscinski)

Puesto que tenía mucho tiempo, me dediqué a leer los libros sobre China que había comprado en Hong Kong. La lectura era tan apasionante que por momentos me olvidaba de los griegos y de Heródoto. Como estaba convencido de que China sería mi lugar de trabajo durante una buena temporada, quería aprender lo máximo posible del país y de su gente. No era consciente de que la mayoría de los corresponsales que escribían sobre China vivían en Hong Kong, en Tokio o en Seúl, de que solían ser chinos o al menos expertos sinólogos y de que mi situación en Pekín entrañaba algo imposible e irreal. Seguía percibiendo la presencia de la Gran Muralla, pero no era la misma que había visto varios días atrás en las montañas al norte de Pekín, sino una mucho más peligrosa para mí, imposible-de-salvar: la Gran Muralla de la Lengua. Me rodeaba por todas partes, aparecía cada vez que un chino abría la boca, la levantaban conversaciones que no entendía, los periódicos y la radio, igualmente incomprensibles, las inscripciones en las paredes y las pancartas, en los productos de las tiendas y en las entradas a las instituciones, aquí, ahí y allá, por todas, todas partes. ¡Qué ganas tenía de que mi vista se topara con una letra o una palabra conocidas, qué deseo de aferrarme a ellas, respirar con alivio, sentirme en casa, a mis anchas, pero en vano! Todo era ilegible, incomprensible, inescrutable. Aquello no dejaba de parecerse a lo que había vivido en la India. Tampoco allí me había abierto paso entre la espesura de los alfabetos hindúes que inundaban el país. Y si hubiera ido a otro lugar, ¿acaso no habría encontrado barreras semejantes? Y, hablando en términos mucho más generales, ¿de dónde ha salido toda esa alfabético-lingüística torre de Babel? ¿Cómo nace un alfabeto? Tiempo ha, en sus mismísimos comienzos, debió de haber partido de algún signo. Alguien dibujó un signo para recordar algo. O para transmitir ese algo a otros. O para conjurar un objeto o un territorio. Pero ¿por qué un mismo objeto lo representa la gente con signos del todo diferentes? El hombre, la montaña y el árbol tienen un aspecto muy parecido en el mundo entero y, sin embargo, cada alfabeto les asigna signos, símbolos y letras diferentes. ¿Por qué? ¿Por qué ese primer ser, primero en todas las culturas, al querer describir una flor tira una línea vertical, otro traza un círculo y el tercero, dos líneas y un cono? Y las decisiones en torno a todo esto, ¿se toman individual o colectivamente? ¿Se discuten antes? ¿Se debaten junto al fuego? ¿Se toman en un consejo familiar? ¿En una asamblea de la tribu? ¿Se pide consejo a los ancianos? ¿A los curanderos? ¿A los adivinos?

Viajes Con Herodoto (Ryszard Kapuscinski)