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Tejer

el agua que corre

movimientos
del rectángulo
en el aire
del fuego

las hojas de los álamos
que vi acostada de espaldas
una tarde
a los doce

o aquella bandera que subían
en la plaza Dorrego
y yo con las rodillas heladas

lo que se hila
como capullo

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Toma un retazo de artaud, cualquiera.
Por ejemplo allí donde dice:
dilatar el yo de mi noche interna,
de la nada interna
de mi yo

O:
el hombre ha caído de su roca imantada.

Empieza a hilar.
Empieza desde el silencio a hilar.
No es una imagen.
Toma una hebra de hilo,
de lana, de seda, esparto, metal candente.
Borda, urde, teje.
Piensa en la hebra como en una voz.
La voz de un pájaro.

Borda, teje.
Presta atención.
Escucha el ritmo.
Escucha el ritmo del canto que te sigue.

Deja que habite el hilo
que se teje en tus manos, el telar.

Tradúcelo.
El ritmo, el canto, la hebra de esparto
o seda o hilo —quizás de espanto,
el hilo de metal rebelde y frío.
Ya la trama iniciada, interrumpida..
¿La oyes?
Es tu voz ahora.
No la voz con la que hablas, sino
la voz con la que se habla en ti.

Toma ahora un retazo de alguno
de los que enloquecieron de sus voces.
Por ejemplo:
Aúlla el frío blanco
cual los gritos helados de un espejo.

O:
Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea
con una boca de papel.

Marídalos con hilos.
Téjelos.

¿Se va poblando la tela?
¿Va floreciendo la noche
en ella?

Entra. Habítala. Haz un hogar de leños
en un rincón cualquiera
y siéntate allí.
Sigue tejiendo, urdiendo, traduciendo
el crepitar de las llamas.
El ritmo
no lo olvides; el canto
—armónico del fuego.
Déjalo arder.
Hasta que se haya apagado la voz
del último rescoldo.
Junta un puñado de cenizas tibias.
Guárdalas dentro de una cáscara de nuez
-la encontrarás en el revés de la tela.

Tráela contigo.

Pon un pie en el portal, el marco,
el bastidor de la noche.

Sal. Vuelve.
Toma la nuez y plántala
en el seno del árbol más cercano,
aquel de ramas fuertes, retorcidas.

Ya no habrá silencio más
que donde tú lo busques.

Lo demás será el pájaro.
Pájaros
gorjeando en la copa.

 

Mercedes Rofféen La ópera fantasma, Bajo la luna

Coplas para la tejedora

 
Cómo se te ovilla el tiempo
en su corazón de lana
sangrando en el movimiento
por las cribas de la trama.

En el aire vi unas manos
y en las manos la tibieza
y en lo tibio del hilado
el hielo de la tristeza.

Ven y téjeme las notas
en los puntos de la urdimbre
paso a paso y gota a gota
con tus agujas de mimbre.

Ay, Edilia si te olvidas
de anudar tus propios pasos
va a venir la noche un día
a dormírsete en los brazos.

En el sueño, tejedora,
donde tus lanas te alumbran
te soñás tejiendo auroras
en medio de la penumbra.

Artes de adivinadora
te cuentan lo sucedido
y tus lanas lo atesoran
en la piel de tu tejido.

Quién te habrá dado esa prisa
prendida en colores fuertes
y en los bordes de ceniza
lentitudes de la muerte.

Cuando sientas en tu hilado
que mi tiempo se ha vencido
dibujame un sol gastado
con las hebras del olvido.

Cierta leyenda Guaraní nos cuenta que el Ñandutí, un tipo de tejido paraguayo, surgió de la mano de una joven y bella mujer que imitó el dibujo de una telaraña en honor a su novio muerto en el bosque. Hoy, siglos más tarde, en la ciudad de Itauguá en las cercanías de Asunción, el Ñandutí es una de las principales actividades de las mujeres, que tejen con mucha paciencia bellas figuras que formarán parte de una manta, una toalla o mismo una pieza de ropa.

http://tal.tv/es/video/nanduti/

Director: Osvaldo Santacruz

Trenzaré mi tristeza.

Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello; de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los harìa llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas, que no se meta entre tus manos- me decía- porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa; y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo. Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza.
Nuestro cabello es una red capaz de atraparlo todo, es fuerte como las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.
Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña, aun si tienes el corazón roto o los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto, porque fluirá en cascada por los canales que la luna ha trazado entre tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía, siempre trenza tu tristeza…Y mañana que despiertes con el canto del gorrión la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello.