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Vacío

Mantener las cosas enteras

En un campo
soy la ausencia
del campo.
Siempre es
este el caso.
Dondequiera que esté
soy lo que falta.

Cuando camino
separo el aire
y el aire
siempre se mueve
para llenar los espacios
donde estuvo mi cuerpo.

Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para mantener las cosas enteras.

 

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Cada cosa es un mensaje,

un pulso que se muestra,

una escotilla en el vacío.

Pero entre los mensajes de las cosas

se van dibujando otros mensajes,

allí en el intervalo,

entre una cosa y otra,

conformados por ellas y sin ellas,

como si lo que está

decidiera sin querer el estar

de aquello que no está.

Buscar esos mensajes intermedios,

la forma que se forma entre las formas,

es completar el código.

O tal vez descubrirlo.

Buscar la rosa

que queda entre las rosas.

Y aunque no fueran rosas.

Usar la propia mano como almohada.
El cielo lo hace con sus nubes,
la tierra con sus terrones
y el árbol que cae
con su propio follaje.
Sólo así puede escucharse
la canción sin distancia,
la canción que no entra en el oído
porque está en el oído,
la única canción que no se repite.
Todo hombre necesita
una canción intraducible.

El arte pictórico chino, nacido en un contexto específico, ha crecido como un árbol. Hundiendo sus raíces en una escritura ideográfica (que a través de la caligrafía ha ensalzado el uso del pincel y favorecido la tendencia a transformar los elementos de la naturaleza en signos), y refiriéndose a una cosmología definida, este arte ha poseído de entrada unas condiciones de expansión, aunque algunas “virtualidades” no se hayan revelado o realizado hasta mucho más tarde.

El pensamiento estético chino, basado en una concepción organicista del universo, propone un arte que tiende, desde siempre, a recrear un microcosmos en el que prima la acción unificadora del Aliento-Espíritu, en la que el propio vacío, lejos de ser sinónimo de impreciso o arbitrario, es el lugar interno en el que se establece la red de los alientos vitales. Así, se asiste a un sistema que actúa por integraciones de sucesivas aportaciones más que por rupturas. Y la Pincelada, cuyo arte es llevado por los pintores a un grado superior de refinamiento, al encarnar lo Uno y lo Múltiple en la medida en que se identifica con el propio Aliento original y con todas sus metamorfosis, no contribuye menos a esta permanencia de una práctica significante inagotablemente perseguida.
De este modo la pintura se convierte en una de las más altas expresiones de la espiritualidad china. A través de ella, el hombre chino ha intentado revelar el misterio de la creación y crear así una auténtica forma de vivir.
La pintura en China es, en sentido estricto, una filosofía en acción; es vista como una práctica sagrada, porque su objetivo es nada menos que la realización total del ser humano, incluyendo su parte más inconsciente.

“La pintura perfecciona la cultura, rige las relaciones humanas y explora el misterio del universo. Su valor iguala al de los ‘seis cánones’; y, como la rotación de las estaciones, regula el ritmo de la naturaleza y del hombre.” (Zhang Yanyuan)