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Destino

Me interesa entender
qué hemos venido a hacer en este mundo,
por qué ese benteveo,
digamos, tiene el aire
preciso de quien sabe a ciencia cierta
lo que busca en el patio,
y nosotros en cambio damos vueltas
por la vida
como pájaros ciegos, extraviados.

Pablo Anadón

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Cuando lo conocí
vivía y comenzaba estudios de derecho
sin saber para qué en ambos casos.
Su clase lo tenía aprisionado como en un túnel;
él arremetía a puntapiés sus paredes
o grababa obscenidades a punta de cuchillo.
Sospechaba un error maligno
en el destino que le estaban perpetrando los suyos
y cuando terminó por confundir el engaño con el orden
ya estaba sometido y limpiamente afeitado.
Estudiante-abogado-casado-padre-abuelo,
sumergido, girando en la marea histórica nacional
sin conocer a fondo lo que proponían los hechos,
lo que no le evitó sacar conclusiones
en las que se instaló como en un traje duro.
Acumuló dinero, gozó-padeció una cuenta bancaria
donde un segundo corazón le palpitaba
y no dejó de latir cuando el otro estalló.
Ni un segundo dramático para entender que había fracasado;
no le dieron tiempo su título, su mujer, los tribunales,
su propia materialidad, el televisor, el automóvil;
el teléfono le impidió concluir un pensamiento privado.
Recuerdo haber bebido café en su correcto velorio
porque el mundo no había cambiado todavía.
Le destinaron un nicho aséptico en el cementerio
con un número de bronce en el mármol vertical.
Porque así concluye esta causa, doctor,
con una cifra velozmente superada
mientras el país lo olvida y prosigue
sus glorias e injurias por su propia cuenta.

 

Joaquín Gianuzzi, en Obra poética

Otoño

 

Las hojas caen, caen de muy lejos

como mustiadas en el cielo, en remotos

jardines, caen: como un ademán de rechazo.

 

Y en las noches, la pesada tierra cae,

fuera de las estrellas, en la soledad.

 

Todos caemos. Cae mi mano.

Y mira los demás: en todas ellas está.

No obstante, hay alguien que detiene esas caídas

con infinita dulzura entre sus manos.

 

Rainer Maria RIlke

Del océano rodante de la multitud

Del incesante océano, de la turba, una gota se me acercó suavemente,
Murmurando: Te amo, pronto habré muerto,
larga es la distancia que he recorrido sólo para mirarte y para tocarte,
Porque no podía morir sin haberte visto,
Porque sentí el temor de perderte.

Ahora nos hemos encontrado, nos hemos visto, estamos salvados,
Vuelve en paz al océano, amor mío,
Yo también formo parte del océano, no somos tan distintos,
¡Mira que perfecta es la gran esfera, la cohesión de todas las cosas!
Pero a los dos nos va a separar el mar irresistible,
Esta hora nos ha de separar, pero no eternamente;
No te impacientes -aguarda un instante- mira, saludo al viento, al océano y a la tierra,
Cada día, al atardecer, te mando mi amor.

Walt Whitman

Nada resulta superior al destino del canto.
Ninguna fuerza abatirá tus sueños,
porque ellos se nutren con su propia luz.
Se alimentan de su propia pasión.
Renacen cada día, para ser.
Sí, la tierra señala a sus elegidos.
El alma de la tierra, como una sombra, sigue a los seres
indicados para traducirla en la esperanza, en la pena, en la soledad.
Si tú eres el elegido, si has sentido el reclamo de la tierra,
si comprendes su sombra, te espera
una tremenda responsabilidad.
Puede perseguirte la adversidad,
aquejarte el mal físico,
empobrecerte el medio, desconocerte el mundo,
pueden burlarse y negarte los otros,
pero es inútil, nada apagará la lumbre de tu antorcha
porque no es sólo tuya.
Es de la tierra, que te ha señalado.
Y te ha señalado para tu sacrificio, no para tu vanidad.
La luz que alumbra el corazón del artista
es una lámpara milagrosa que el pueblo usa
para encontrar la belleza en el camino,
la soledad, el miedo, el amor y la muerte.
Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas,
Ni sufres, ni gozas con tu pueblo,
no alcanzarás a traducirlo nunca.
Escribirás, acaso, tu drama de hombre huraño,
solo sin soledad …
Cantarás tu extravío lejos de la grey, pero tu grito
será un grito solamente tuyo, que nadie podrá ya entender.
Sí, la tierra señala a sus elegidos.
Y al llegar el final, tendrán su premio, nadie los nombrará,
serán lo anónimo,
pero ninguna tumba guardará su canto …

Mi novia está acostada
en la cama,
las sábanas le cubren
hasta las costillas,
el pelo le deja
la cara cortada
en mil rayas.
Está dormida
y estoy seguro
que dejé
más que mi amor
en sus labios.
Somos jóvenes
pero eso se pierde con el cuerpo,
estamos enamorados
pero eso se olvida con la costumbre,
sin embargo
todas las veces
que ha quedado dormida
entre las sábanas
……. digo, no sé …….
hay cosas en este mundo
que nunca se extinguirán.

 

Ariel Delgado, en El último clásico

Jornal do Brasil, 28 de diciembre de 1968
Thoreau era un filósofo que, entre otras cosas más difíciles de asimilar de golpe, en una lectura de diario, escribió muchas otras que tal vez puedan ayudarnos a vivir de un modo más inteligente, más eficaz, más lindo, menos angustiado.
Thoreau, por ejemplo, se desesperaba al ver a sus vecinos sólo ahorrando y economizando para un futuro lejano. Que se pensara un poco en el futuro estaba bien. Pero “mejore el momento presente”, exclamaba. Y agregaba: “Estamos vivos ahora”. Y comentaba con disgusto: “Ellos están juntando tesoros que las polillas y la herrumbre van a roer y los ladrones robar”.
El mensaje era claro: no sacrifique el día de hoy por el mañana. Si usted se siente infeliz ahora, adopte alguna medida ahora, pues sólo en la secuencia de los ahora es donde usted existe.
Cada uno de nosotros, por otra parte, al hacer un examen de conciencia, recuerda al menos varios ahoras que se perdieron y que no volverán más. Hay momento en la vida en que el arrepentimiento de no haber tenido o no haber sido o no haber resuelto o no haber aceptado, hay momentos en la vida en que el arrepentimiento es profundo como un dolor profundo.
Él quería que hiciéramos ahora lo que queremos hacer. La vida entera Thoreau pregonó y practicó la necesidad de hacer ahora lo que es más importante para cada uno de nosotros.
Por ejemplo: a los jóvenes que querían ser escritores pero que contemporizaban – o esperando inspiración o diciéndose que no tenían tiempo a causa de estudios o trabajo – les ordenaba ir ahora a su cuarto y empezar a escribir.
Se impacientaba también con los que emplean tanto tiempo estudiando la vida que nuca llegan a vivir. “Sólo cuando olvidamos todos nuestros conocimientos empezamos a saber.”
Y decía esto tan fuerte que nos llena de valor: “¿Por qué no dejamos penetrar el torrente, abrimos los portones y ponemos en movimiento todo nuestro engranaje?”. Sólo con pensar en seguir su consejo, siento que una corriente de vitalidad me recorre la sangre. Ahora, mis amigos, es en este mismo instante.

Thoreau creía que el miedo era la causa de la ruina de nuestros momentos presentes. Y también las temibles opiniones que tenemos de nosotros mismos. Decía: “La opinión pública es una tirana débil si la comparamos con la opinión que tenemos de nosotros mismos”. Es claro que las personas llenas de una seguridad aparente se juzgan tan mal que en el fondo están alarmadas. Y eso, en la opinión de Thoreau, es grave, “lo que un hombre piensa de sí mismo determina, o mejor revela, su destino”
Y, por inesperado que eso sea, decía: ten pena de ti mismo. Eso cuando se llevaba una vida de desesperación pasiva. Entonces aconsejaba un poco menos de dureza consigo mismo. “Creo”, escribió, “que podemos confiar en nosotros mismos mucho más de lo que confiamos. La naturaleza se adapta tan bien a nuestra debilidad cuanto a nuestra fuerza.” Y repetía mil veces a los que complicaban inútilmente las cosas – ¿y quién de nosotros no lo hace? -, como iba diciendo, él casi gritaba a quien complicaba las cosas: “¡simplifique!, ¡simplifique!”.
Y hace unos días, al abrir un diario y leer un artículo firmado por un hombre cuyo nombre lamentablemente olvidé, me encontré con citas de Bernanos que en verdad complementan a Thoreau, aunque aquél jamás lo haya leído.

En determinado punto del artículo (sólo recorté ese fragmento) el autor dice que la marca de Bernanos estaba en la vehemencia con que nunca dejó de denunciar la impostura del “mundo libre”. Además buscaba la salvación por el riesgo – sin el cual la vida no valía la pena – “y no por el encogimiento senil, que no es sólo de los viejos, sino de todos los que no defienden sus posiciones, incluso ideológicas, incluso religiosas” (la bastardilla es mía)
Para Bernanos, decía el artículo, el mayor pecado sobre la tierra era la avaricia, bajo todas sus formas. “La avaricia y el tedio dañan al mundo.” “Dos ramas, en fin, del egoísmo”, agrega el autor del artículo.
Repetir por pura alegría de vivir: ¡la salvación es por el riesgo, sin el cual la vida no vale al pena!

Feliz Año Nuevo