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Miren con qué gracia baja esa mujer del vagón celular de la policía que se la llevó arrestada por exposición indecente y escándalo en la vía pública. Estamos en Nueva York en 1917. La dama en cuestión tiene el pelo cortado al rape y teñido de rojo, dos latas de tomates como corpiños, cucharitas de café colgando como aros de sus orejas, los labios pintados en tinta negra, estampillas fuera de circulación como colorete en las mejillas, una pollera hecha de hojas de gomero que deja al descubierto que no tiene nada abajo y además habla un inglés gutural que parece alemán prehistórico. El nombre de la dama es Elsa von Freytag-Loringhoven pero en el Nueva York de aquella época se la conocía como la Baronesa Elsa, la Baronesa Dadá o El Terror de Greenwich Village. Ezra Pound menciona a la Baronesa en sus Cantos, William Carlos Williams boxeaba con ella, Djuna Barnes quiso escribir su biografía, Man Ray y Duchamp le afeitaron la vagina en el cortometraje La Baronesa se libra del vello púbico, Georgia O’Keefe le insistió en vano a su pareja el fotógrafo Stieglitz que Elsa era cosa seria, André Gide y George Bernard Shaw temblaban cuando recibían cartas de ella pero, noventa y nueve años después de aquellos tiempos, la Baronesa había ido a parar al basurero de la historia hasta que saltó a la luz que el mingitorio de Marcel Duchamp, la pieza más famosa de la historia del arte de vanguardia, no era obra del pícaro Marcel sino de ella.

La gran humorada cósmica que consagró a Duchamp como el abrecabezas por excelencia de los vanguardistas del mundo fue aquel mingitorio, elegido hace poco por quinientos críticos y expertos internacionales como la obra de arte más importante del siglo veinte. La gracia del asunto, su potencia como gesto, era la sucesión de equívocos sobre los que se montaba. Para empezar, no era una pieza trabajada sino un ready-made, es decir un objeto cualquiera puesto fuera de contexto para producir un shock estético. Además, no estaba firmado por su autor sino con la rúbrica de un tal “R. Mutt”. Por si todo eso no fuera suficiente, la pieza original se perdió o se destruyó, luego de ser rechazada en el Salón de Artistas Independientes de Nueva York en 1917 (“No es arte” fue el veredicto) y la que se exhibe hoy es una réplica realizada más de treinta años después, que ni siquiera es única: Duchamp aprovechó la volada y autorizó hacer catorce, que vendió a diferentes postores y hoy están en diferentes museos del mundo, de Tokio a Copenhagen pasando por Londres, Berlín, Nueva York, Tel Aviv y París.

La historia de la Baronesa no le va en zaga: nacida en la Pomerania, se escapó de su casa por la ventana para librarse de su padre putañero, llegó a Berlín y se presentó a un aviso que pedía “Chicas de Buena Figura para hacer de Estatua Griega”, el trabajo era en un cabaret, se pescó una sífilis de la que nunca terminó de curarse, enganchó un marido rico arquitecto pero en la luna de miel se enamoró del amigo y se escapó con él. El tipo cayó preso por estafa y desde la cárcel le pedía a Elsa que le contara historias cochinas con las que escribía novelitas pornográficas que ella vendía por monedas. Cuando salió en libertad fraguaron sus suicidios y escaparon los dos a Canadá, donde él la dejó por una virgen y ella volvió al viejo oficio, sólo que ahora posaba para pintores. En Nueva York conoció a la oveja negra de una buena familia alemana que le ofreció casamiento, le dio su apellido y título nobiliario y le robó los ahorros con los cuales escapó a Europa pocos meses después. El día de la boda, camino al Registro Civil cerca de los muelles de Nueva York, Elsa encontró por la calle una argolla tosca y oxidada y le dijo a su futuro marido: “Que éste sea mi anillo y mi primera obra de arte”. El año era 1913, meses antes que Duchamp mostrara en París su famosa rueda de bicicleta, primer ready-made de la historia del arte (si obviamos al loco lindo Alphonse Allais, que en 1883 presentó una tela en blanco titulada Jovencitas Anémicas rumbo a su Comunión a través de la Nevisca”y, setenta años antes de la pieza 4’33 de John Cage, hizo en París una Marcha Fúnebre para Despedir a un Hombre Sordo, en la cual los ejecutantes debían ocuparse sólo de contar los compases sin hacer sonar sus instrumentos).LA FUENTE, 1917

La baronesa levantaba todo el tiempo cosas de la calle o las robaba de casas y negocios para conformar sus atuendos. Era cleptómana y punk avant-la-lettre. Como decía la revista Little Review: “Es la única persona viviente en el mundo que se viste Dadá, ama Dadá y vive Dadá”. En 1916 vivía en el mismo edificio que Duchamp, el Lincoln Arcade Building. El pintor Louis Bouché relató en sus memorias que un día llegó al departamento con un recorte de diario que mostraba el Desnudo bajando una escalera de Duchamp. La baronesa le arrancó el recorte de la mano y, luego de desnudarse, empezó a frotarse el cuerpo con él mientras recitaba su poema: “Marcel-Marcel/ I Love You like Hell / Marcel”. La única pieza escultórica que se conserva de toda su obra (largamente atribuida a Morton Schamberg por el simple hecho de haberla fotografiado) se llama God, y es un caño de desagüe retorcido y oxidado montado sobre una madera.

La biógrafa de la baronesa (Irene Gammel) y los curadores Julian Spalding y Glyn Thompson, que montaron la reciente muestra en Edimburgo A Lady’s Not a Gent’s (juego de palabras que significa a la vez “hecho por una dama, no por un caballero” y “donde mean los hombres no mean las mujeres”), sostienen que el mingitorio y el caño oxidado eran en realidad un díptico: un retrato dialogaba con el otro, Duchamp era Dios y la baronesa era el mingitorio acostado. Se basan en un poema de ella que decía: “El llegó protegido por la fama a este país / a usar sus cañerías o divertirse con ellas. / Y yo soy un útero teutónico / que aún no ha recibido sus jugos” (se ha dicho muchas veces que el orinal acostado parece una vulva). Para escándalo del mundo del arte, Gammel, Spalding y Thompson sostienen que incluso la famosa personificación femenina de Duchamp, Rose Selavy, empezó como una imitación de la Baronesa (en venganza por un retrato que le había hecho ella, donde se burlaba de la frialdad y el temor al roce sexual de Duchamp dibujándolo como una bombita eléctrica que, en lugar de escupir rayos llameantes, soltaba carámbanos de hielo). Pero en aquella época, como bien sabemos, si un hombre hacía un ready-made era un artista y si una mujer lo hacía era mera extravagancia menstrual.

Cuando la Baronesa ya llevaba veinte años muerta, Duchamp dio esta versión del mingitorio: un día de 1917 almorzaba con sus amigos el fotógrafo Stieglitz y el mecenas Arensberg y se le ocurrió presentar al Salón de los Independientes (cuyos reglamentos estipulaban que no se podía rechazar obras) una pieza que nadie pudiera considerar arte, a ver qué pasaba. Así que se trasladaron los tres al negocio de sanitarios Mott, vecino al restaurante, compraron el orinal y montaron la comedia. La pieza fue famosamente rechazada, y logró el escándalo que los dadá del otro lado del charco no habían logrado producir a pesar de sus esfuerzos. En ese mito se basa la leyenda Duchamp: el mingitorio cambió el arte para siempre.

Pero resulta que, en una carta escrita por esos días a su hermana en París, Marcel contaba el episodio de una manera ligeramente diferente: “Una de mis amigas mandó al Salón, con seudónimo masculino, un orinal de porcelana como escultura”. Y un relevamiento de los archivos de la casa Mott (la presunta prueba de autoría de Duchamp) ha demostrado que no vendían ese modelo de mingitorio. Recordemos que Duchamp no conservó ni la obra ni el recibo (de rechazo) del Salón; sólo quedaba una foto que le había sacado a la pieza Alfred Stieglitz, pero para entonces Stieglitz ya había muerto (así como Arensberg y la Baronesa), y la historia del mingitorio había ido mientras tanto de boca en boca, hasta el otro lado del océano, y en el trayecto se había caído el nombre de la Baronesa y sólo quedó el de Duchamp. De manera que cuando él se la adjudicó y autorizó que se hicieran las réplicas estaba tomando posesión de algo que ya todo el mundo creía que era suyo.

En esos años en que Duchamp se “distrajo” del arte para dedicarse sin éxito a ser campeón mundial de ajedrez, la Baronesa logró volver a Europa: primero, en 1923, a Berlín (el pasaje se lo pagó William Carlos Williams), donde terminó vendiendo diarios en una esquina de la Kurfürstendamm entre internaciones en hospicios. En 1927, logró por fin llegar a París con un pasaje pagado de lástima por Djuna Barnes, quien también le consiguió una buhardilla cuyo alquiler pagaba Peggy Guggenheim. La idea de la Baronesa era abrir en esa covacha una academia de modelos (ella decía “una escuela de estatuas griegas”) pero murió asfixiada por una pérdida de gas en diciembre de aquel mismo año. La encontraron rodeada de perros muertos que recogía de la calle y del arsenal de objetos con los que componía sus objets trouvés, su arte povera, sus performances de body-art y su poesía porno-fonética, todo eso antes que nadie: imaginen lo que habría enseñado en su academia de estatuas griegas si la hubiera puesto a funcionar. Imagínenla recitando su credo: “Soy la poeta de los objetos perdidos / soy un objeto sonoro / soy un cable caliente / construyo un género sin nombre / a ciegas con todos mis esfuerzos /mis delirios mis cálculos y escándalos / siempre voy en la misma dirección / hasta cuando no me lo propongo”.

No te suelto

«¿Ya está, ya pasó?», preguntó mi madre. «Sí, mi amor, ya está, ya pasó», dijo mi padre, y sonrió y le dio un beso en la frente. Mi madre, todavía atontada por la anestesia de una operación que no había servido para nada, no sonrió pero dijo, con alivio, «Gracias a Dios». Yo estaba allí. Yo vi esa bestialidad. Yo sabía que a Dios no había que agradecerle nada porque la enfermedad iba a enterrar a mi madre a puñetazos en un cuarto de hospital del que no volvería a salir nunca, y me pregunté entonces, y me pregunto ahora, qué clase de hombre hay que ser para ser el hombre que fue mi padre aquella tarde: un hombre que, mirando la soledad de miedo que empezaba a abrirse bajo sus pies, parado al borde de la última ceja del abismo, se tragaba su horror y decía: «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿A qué dioses se habrá encomendado para no aullar, para no moler a golpes el cuarto, el hospital, el mundo, mientras el cuerpo de mi madre marchaba seguro hacia la muerte? Supe que Amparo Fernández, la mujer del Cigala, el cantante flamenco, murió de cáncer una madrugada de agosto pasado en República Dominicana y que la noche siguiente él, el Cigala, subió a un escenario de la ciudad de Los Ángeles para hacer una presentación que tenía programada y, con los ojos revueltos de dolor y sangre, con traje de luto planchado por su propio hijo, enredado en los primeros crespones de la muerte, cantó. Cantó como quien dice «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿Qué hay que ser para ser un hombre así? Porque yo quiero ser ese hombre. Yo quiero, todo para mí, ese coraje.

Leila Guerriero, en Teoría de la gravedad

La voz humana

Era de noche. Volvía de la plaza de Mayo, donde había estado trabajando durante una manifestación, y me metí en el metro. Caminé por un pasillo azulejado y, cuando doblé por otro, me llegó por la espalda una voz que cantaba. Fue como si me hubieran golpeado los pulmones. Me detuve en seco. ¿De qué estaba hecha esa cosa? Parecía una materia formada por partículas de nieve y chispas de fuego y huesos de animales preciosos, con capacidades químicas para producir la alteración y la locura. La voz cantaba una canción machacona y sensiblera de Marco Antonio Solís y, cuando llegó al estribillo —«no hay nada más difícil que vivir sin ti»—, sentí que me asfixiaba. Regresé sobre mis pasos y miré. Vi, sentado en el piso, a un hombre ciego tocando la guitarra y, a su lado, a un chico de unos diez años. De él brotaba esa voz cargada de un dolor sulfúrico, llena de pasado, que me hundía un espolón de fuego en la garganta. Y, mientras hacía eso —mientras me hacía eso—, el chico, Dios mío, jugaba, sin levantar la vista, al Candy Crush. Era como ver a Mozart tocando el piano y revolviendo, a la vez, una olla sobre el fuego. Voyeur invencible, me quedé mirándolo. Me dejé enardecer, detenida en mi aleph de éxtasis, y el chico cantó esa canción una, dos, tres veces, sin dejar de jugar, sin levantar la vista, mientras yo, con la espalda contra la pared, me sentía cruda y poderosa, contemplando la vida de los muertos y la muerte de los vivos y viendo abrirse, ante mí, las puertas del entendimiento. ¿Si hablé con él, si me preocupa su destino? Qué preguntas tan obvias. No estoy hablando de eso. Estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando de aquel pasaje de William B. Yeats: «tan honda fue mi felicidad, que me sentí bendito y pude bendecir». Tan honda fue mi felicidad, que me sentí bendita y pude bendecir. Y eso duró cinco minutos que, como todo el mundo sabe, es lo que dura la felicidad.

Leila Guerriero, en Teoría de la gravedad

El rastro

Llevo en mis oídos la más espantosa música: los dedos de la señorita Z. aporreando un piano destemplado —las uñas pintadas de un rojo desfalleciente, la nariz afilada y punzante—, en una sala gris como el llanto del Conservatorio Municipal de la ciudad donde nací, y yo a su lado sosteniendo el libro de solfeo de Pozzoli, las tapas revestidas con papel azul, cantando en clave de Sol y de Fa con una voz arqueada, acurrucada en la garganta como un animal que se niega a salir de su refugio. Mi voz retenida, desafinada, destemplada, que sólo sirve para cantar brutalmente rock en los estadios porque se camufla con la de cincuenta mil personas más. Mi madre, sin embargo, cantaba muy bien. No lo hacía a menudo. Sólo a veces, mientras lavaba la ropa, o cuando íbamos a hacer compras en el auto, o cuando salíamos de vacaciones. Cantaba con una voz limpia, satinada y heroica. Una voz ambarina, desnuda, severa, enorme, un canto como un trozo de hueso. Ese canto se murió con ella y no tengo ningún registro de cómo fue, salvo el de mi memoria. Este domingo me desperté rara. Mansa. Los pensamientos no colgaban dentro mi cabeza como reses de ganchos flojos. Estaba prolija, compacta, bien encajada en mí. Hacía tostadas y té para el desayuno cuando empecé a cantar una vieja canción gitana. Con una voz que me salía de los hombros y el cuello y los tendones. Una voz templada y rigurosa. Una voz que era como echar baldazos de agua limpia sobre las plantas. Como patinar sobre hielo. Como pulir un piso de madera. Una voz virtuosa y perfecta que salía de mí como si fuera el rastro de un cuerpo. Canté y canté. Siempre la misma canción. Siempre las mismas estrofas ardientes. Con la voz de mi madre. Y después callé, espantada por la monstruosidad que había cometido.

Leila Guerriero, en Teoría de la gravedad

Mañana voy a partir hacia Europa. De donde mandaré mis textos para este periódico.

Mi sede será Londres. Y de allá planearé mis viajes. Por ejemplo, voy a París a ver de nuevo la Mona Lisa, pues la extraño. Y a comprar perfumes. Y sobre todo a reclamar en la Maison Carven porque no fabrican más mi perfume, el que más combina conmigo, Vert et Blanc. También iré al teatro. Y a la Rive Gauche.

Volveré entonces a Londres donde permaneceré una, dos semanas. Y seguiré a mi amada Italia. Roma antes. Después Florencia.

En Roma, por intermedio de conocidos mutuos, entraré en contacto con Onassis, y existen posibilidades de combinar un crucero por el Mediterráneo.

Iré a Grecia, que solo conozco de rápida pasada. Necesito realmente ver de nuevo la Acrópolis.

Y necesito volver a ver las pirámides y la Esfinge. La Esfinge me intrigó: quiero enfrentarla de nuevo, cara a cara, en juego abierto y limpio. Voy a ver quién devora a quién. Tal vez nada ocurra. Porque el ser humano es una esfinge también y la Esfinge no sabe descifrarlo. Ni descifrarse a sí misma. En lo que nosotros nos descifrásemos, tendríamos la llave de la vida.

Quiero tomar baños de mar en Biarritz, porque allá vi las olas más altas, el mar más compacto y más verde y turbulento. Y majestuoso. No quiero volver a ver San Sebastián.

Pero quiero volver a Toledo y a Córdoba. En Toledo volveré a ver los El Greco.

Hallaré en Europa la primavera, lo que ya en sí es motivo para un viaje allá. Iré a Israel, esa comunidad antigua y la más nueva: quiero ver cómo se vive bajo patrones diferentes.

¿Y Portugal? Tengo que volver a Lisboa y Cascais. En Lisboa buscaré a mi amiga y gran poeta Natércia Freire. Y le daré un texto mío, atendiendo a su pedido de colaboración para el Suplemento de Letras y Artes (Diario de Noticias de Lisboa), suplemento que ella dirige. Iré al Chiado y de nuevo pensaré en Eça de Queirós. Necesito releerlo. Sé que me va a gustar de nuevo —como si fuera la primera lectura— el suculento estilo de Eça.

Volveré a Londres, donde la pasaré de descanso y teatros y pubs dos semanas.

De allá pegaré un salto a Liberia, en Monrovia. Estuve en Liberia, pero no llegué a ir a la capital.

Si alguien piensa que gané la Lotería Deportiva, está equivocado. Lo mejor de la historia es que viajaré sin gastar un centavo. Solo gastaré lo que gaste en las compras. Después les enseñaré cómo se consigue tal formidable trueque: no es imposible, tanto que yo lo conseguí y sin mayores esfuerzos. No, no fue porque yo tenga charme: cuando tengo charme es sin sentir y sin querer, simplemente ocurre. El charme, quiero decir.

Llegará el momento en que no pueda más de añoranzas de Brasil. Volveré vía Nueva York, donde me quedaré dos semanas, perdiéndome en la multitud. La multitud de Nueva York es el medio más fácil de que una persona esté sola. Si me siento demasiado sola acudiré a nuestro Consulado. Para volver a ver brasileños y de nuevo poder usar nuestra difícil lengua. Difícil pero fascinante. Sobre todo para escribir. Les aseguro que no es fácil escribir en portugués: es una lengua poco trabajada por el pensamiento y el resultado es poca maleabilidad para expresar los delicados estados del ser humano.

Y —por fin— volveré a Río. Antes daré un salto a Belém do Pará, para volver a ver a mis amigos Francisco Paulo Mendes, Benedito Nunes (¿cuál es su dirección?, por favor, escríbanme) y tantos otros importantes para mí. Ellos, ya van a ver, ya me olvidaron. Yo no me olvidé de ellos. En Belém pasé seis meses muy felices. Estoy agradecida a esta ciudad.

Una vez en Río, y después de abrazar a todos los amigos, iré a Cabo Frío por una semana, a casa de Pedro y Míriam Bloch. Volveré después a Río y, toda renovada, recomenzaré mi lucha diaria y sin gloria y enigmática.

Sí. Todo eso.

Pero si tan solo fuera de verdad…

El hecho es que hoy es 1º de abril y desde niña no engaño a nadie en este día. Infelizmente no veo manera de hacer este viaje sin dinero. Onassis entró en el 1º de abril de puro metido que es. En verdad no tengo mucho interés en conocerlo.

Disculpen la broma. Pero es que no lo resistí.

Clarice Lispector, en Descubrimientos

Esta historia podría llamarse Las estatuas. Otro nombre posible es El asesinato. Y también Cómo matar cucarachas. Haré entonces por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola, serían mil y una, si mil y una noches me dieran.

La primera, Cómo matar cucarachas, comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclara, en partes iguales, azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar se atraerían, el yeso achicharraría lo de adentro de ellas. Así hice. Murieron.

La otra historia es la primera en realidad y se llama El asesinato. Comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que me había quejado de las cucarachas sólo en abstracto, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban los caños del edificio hasta nuestro hogar. Sólo fue en el momento de preparar la mezcla que ellas se volvieron mías también. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había poseído, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno de la noche. Meticulosa, ardiente, avivaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería gélidamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por los caños mientras nosotros, cansados, soñamos. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como era para cucarachas despiertas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que este parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el área de servicio donde dormía la oscuridad, sólo una toalla alerta en el tendedero. Me desperté horas después con sobresalto de atraso. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. En el piso del área de servicio allá estaban ellas, duras, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nuestro nombre, amanecía. En el morro un gallo cantó.

La tercera historia que ahora se inicia es la de Las estatuas. Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Va yendo hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y, todavía somnolienta, atravieso la cocina. Más somnolienta que yo está el área en su perspectiva de ladrillos. Y en la oscuridad de la aurora, un rojizo que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se esparcen rígidas. Las cucarachas que se habían endurecido de adentro hacia afuera. Algunas panza arriba. Otras en medio de un gesto que no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy la primera testigo de la alborada en Pompeya. Sé cómo fue esa última noche, sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ansiosamente las alegrías de la noche, intentando huir de dentro de sí mismas. Hasta que de piedra se volvieron, en espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de censura herida. Otras —súbitamente asaltadas por la propia médula, ¡sin ni siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba!—, esas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te… Ellas que, usando el nombre del amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras aquella allí, la de la antena marrón sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se había momificado exactamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita de lo en vano: “¡Es que miré demasiado dentro de mí! es que miré demasiado dentro de…”, de mi fría altura de gente miro el derrocamiento de un mundo. Amanece. Una u otra antena de cucaracha muerta se agita en la brisa. Desde la historia anterior canta el gallo.

La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: Me quejé de las cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro los caños, por donde esa misma noche irá a renovarse una población lenta y viva, en fila india. ¿Entonces renovaría yo todas las noches el azúcar letal? Como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón? En el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi noche sudada erguía. Me estremecí de perverso placer ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que reventaría mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba yo, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: “Esta casa fue desinfectada”.

La quinta historia se llama Leibnitz y la trascendencia del amor en la Polinesia. Comienza así: Me quejé de las cucarachas.

Clarice Lispector, en Descubrimientos

Convalecencia y fantasías
 
Me enfermo. La cuenta final dirá que han sido 12 días en cama, con dolores –de a ratos– insoportables. Lo más inquietante fueron los primeros días, con una fiebre altísima. Recuerdo solo tramos. Momentos en que un paño frío en la frente funcionaba como una especie de salvavidas; el aturdimiento; la sensación de estar atrapada bajo un piso de hielo, un hielo desconocido que quemaba y dejaba la boca seca.
La fiebre cedió y sólo quedó un dolor permanente en cada hueso, en cada articulación. Y la certeza de que alguien me había vaciado la cabeza. No es metáfora. Sobre el cuello sentía un globo lleno de aire turbio, repleto de palabras que no significaban.
Imposible leer. Imposible fijar la vista en algo. Como un modo de hacer correr ese tiempo detenido, un televisor al que apenas miro trae algunos sonidos a la pieza. La extraña cadena de sinsentidos que pasan por televisión. Todo mezclado en mi cabeza vacía. Un cocinero que grita frenéticamente. Un noticiero en el que hablan de animales y anécdotas familiares. Una publicidad con una cabra corriendo en una pileta, compitiendo con perros. Un panel de gente muy extraña que discute sobre una separación, los que acaban de separarse acusándose mutuamente, supuestos periodistas que hablan uno encima de otro. Una presencia amable se acerca hasta mi cama, acomoda las almohadas, me tapa, trae un té, un plato de sopa, pregunta algo, me abriga: todo lo contrario a la gente que sigue hablando en la pantalla.
Duermo. Más tarde (u otro día, no lo sé) en la televisión hay historias repetidas: aunque cambie de canal siempre es lo mismo: mujeres sometidas, forzadas a hacer cosas que no quieren. Una nena obligada a casarse con un desconocido. Una mujer obligada a casarse con el hermano de su esposo muerto. Una mujer agonizante obligada a atender a su marido. Novelas extranjeras que parecen filmadas hace cuarenta años; historias en las que un hombre, para seguir la tradición, debe asesinar a su hermana si ella deja de ser “virtuosa” pero en las que se pixela la imagen si alguien bebe una botella de alcohol. ¿Es la fiebre? No.  A la mujer agonizante la viene a ayudar la señora Ingalls. ¿La familia Ingalls? ¿Cuántos años tengo? Me duermo.
Trabajo
 
Cuando la fiebre bajó pude empezar a responder algunos de los mensajes que hacían vibrar el teléfono. Leer, sólo unos minutos. El dolor de cabeza seguía ahí. La sensación de una realidad distorsionada, algo familiar que se va transformando hasta lo desconocido o viceversa.
Agotamiento. Una amiga médica me explica que tengo muy pocas plaquetas, que los glóbulos blancos han bajado muchísimo. Todo lo que oigo y lo que veo se acomoda en una especie de cuarto acolchado y, a la vez, filoso: mi propia cabeza.
En uno de los mensajes que llegan, una amiga pregunta cómo estoy. Cuando menciono la fiebre, el aturdimiento, la sensación de alucinar, me dice que todo delirio puede ser creativo, que escriba, que aproveche.
Miro el portalápices que hay siempre al lado de mi cama. Miro el block de papel sobre la mesa de luz. La pila de libros. Suspiro. La sola idea de incorporarme y agarrar un lápiz me ha dejado exhausta. Duermo. De a ratos se meten en mis sueños todas esas mujeres brotadas de las novelas de la siesta. El resto de los sueños repiten siempre lo mismo; hago dormida lo que no puedo hacer despierta: doy clases, corrijo los prácticos de mis alumnos, elijo lecturas para los talleres, escribo reseñas sobre libros, pienso en preguntas para entrevistas en la radio, atiendo gente que llega a la biblioteca. Sueño que trabajo. Pienso en esa educación que me tocó en suerte. Trabajar, como sea. Sin quejarse. Caló tan hondo que incluso enferma parte de mí cumple con el mandato. Me duermo pensando en cuántos años puede llevarnos liberarnos de las prisiones construidas en la infancia.
Materia prima
 
Me siento un poco mejor. Eso quiere decir que no tengo energías para moverme pero que, al menos, la cabeza puede hilar algo. Cuento los días que llevo sin poder leer. Siete. Me quedo pensando en el mensaje de mi amiga. Aprovechar el delirio de la fiebre como materia creativa. Una escritora a la que admiro (¿Marguerite Duras? ¿Patricia Highsmith?) dijo alguna vez que para un escritor toda experiencia es valiosa. Siempre me dejó perpleja esa frase. ¿Por qué “para un escritor” y no para todos? Supongo que la idea base es que para un escritor (o para un actor) lo vivido puede convertirse en materia prima. No lo sé. Puede inferirse de esa frase que todo lo que uno escribe tiene un sustrato autobiográfico, una idea con la que estoy totalmente en desacuerdo.
Mi perplejidad no se basa sólo en el rechazo a enlazar autobiografía con escritura (la literatura sería mortalmente pobre si sólo escribiéramos sobre lo que hemos vivido) sino también en que la frase tiene una suerte de espíritu de abnegación: soportar algo desagradable en nombre de una supuesta productividad creativa.  “Por lo menos esto puede servirme para escribir después”.
Mi cabeza sigue moviéndose a los tumbos. Pienso en la pregunta más frecuente que recibe alguien que escribe: “¿De dónde saca sus ideas?” Infaltable en toda entrevista, en todo encuentro con los lectores, en toda charla.
Otros mundos posibles
 
Si cada uno de nosotros tuviera que asomarse a una experiencia real para poder escribir sobre ella, no escribiríamos. Salvo que la experiencia que quisiéramos  vivir fuera, justamente, la escritura.
Siempre ha habido gente que opone “vida” y “escritura”. Hace unos años, en una Feria del Libro, un escritor joven dijo que para él era muy sacrificado escribir porque tenía que renunciar a vivir las cosas que vivía la “gente común”. Alguien del público lo toreó preguntándole por qué, si era tan sacrificado, no abandonaba la literatura para dedicarse a hacer esas cosas a las que renunciaba con tristeza. Se armó una buena discusión.
Lo que quedó flotando era una pregunta: ¿a qué renunciamos para poder escribir? Hubo muchas respuestas. La mía era sencilla: a las mismas cosas que renunciamos para hacer cualquier otra actividad: jugar a las cartas o trabajar o cocinar o ir al campo. Y no me imagino a nadie parado al lado de una parrilla explicándole a sus amigos que tuvo que sacrificarse y renunciar a “otras cosas” para poder estar allí, comiendo un asado.
La escritura es parte de la vida. Una de las muchas posibles experiencias de la vida; una de las más ricas e intensas. ¿Por qué? Porque permite el ingreso del “hubiera”. De otros mundos posibles, de lo que no fue, de lo que habría podido ser. La escritura amplía las posibilidades. Eso, en mí, nunca puede leerse como sacrificio. Más bien es todo lo contrario.
¿De dónde saca sus ideas?
 
Y volvemos a la pregunta inicial. Todas mis ideas salen de pensar qué podría pasar ante determinada encrucijada; de preguntarme qué hubiera podido ser si las cosas hubieran sido de otro modo; de estar frente a una situación y continuarla, en la mente, por caminos que la realidad desechó pero que la literatura podría recuperar.
Algunos ejemplos:
Hace unos meses viajé a un encuentro literario. Los organizadores se ocuparon de comprar los pasajes de avión. Al llegar al aeropuerto de destino debía pedir un remís hasta la terminal y luego tomar un colectivo y viajar tres horas más.
Llego al aeropuerto. Busco la agencia de remís. Pago, me acompañan hasta un auto lujoso de vidrios polarizados. Le digo al chofer que vamos a la terminal, él pregunta por mi destino final, digo el nombre de una ciudad a 300 kilómetros, él se ofrece a llevarme en coche, le agradezco, le digo que mi pasaje ya está  comprado, miro los vidrios polarizados, miro una ciudad desconocida, me digo que no sé hacia dónde queda la terminal, veo casillas de chapa bordeando una ruta provincial, reconozco que este es uno de esos momentos en que las personas pueden desaparecer: grietas de tiempo en las que nadie sabe dónde estamos. Mi cabeza está escribiendo. Dos relatos. Opción uno: una mujer (de mi edad), en esta misma situación, decide atravesar esa fisura que acaba de descubrir: alejarse para siempre de lo que hasta ese día ha sido su vida. Opción dos: una mujer (muy joven) en esta misma situación. El chofer no la lleva a destino. La secuestra, la hace “desaparecer”.
Llegamos a la terminal. Faltan tres horas para que salga mi colectivo. Camino. Hay un changarín sentado sobre una bolsa de arpillera, comiendo su almuerzo. Lo veo mirar a unas chicas que están unos pasos más allá, vendiendo copias piratas de discos de cumbia. Muerde. Mastica. Detiene la mirada en una de las chicas. Vuelvo a escribir en la cabeza: ¿quién es ese changarín?¿Por qué mira a esa chica? ¿Está enamorado? ¿Es otra cosa? ¿La conoce? ¿Ella lo conoce? ¿Qué pasaría si él se acercara y le hablara? Opción uno: un reconocimiento, un gesto de alegría. O de estupor. Opción dos: ella no lo reconoce, él se enfurece, alguien saca un arma, hay una corrida. Si hubo amor ¿de dónde salió? Si hubo furia ¿cómo empezó?
El mundo sigue igual. El changarín mira a la chica, la chica mira a sus amigas, ninguno parece imaginar que yo estoy escribiendo una historia a partir de ciertos  gestos que ellos han producido. Si finalmente escribo una historia de crimen y sangre ¿sería justo decir que me he basado en ellos?
Subo al colectivo. La azafata controla los pasajes. Le cuenta a un pasajero que ayer hubo un coque en la ruta. Que una mujer policía incrustó su auto en la parte de atrás de un camión. Que seguramente se durmió, que debe haber estado de guardia y que cuando ya estaba volviendo a su casa se aflojó y se distrajo y se durmió y ahora está muerta, mirá, parece que tenía dos hijitos.
La escucho hablar y me pregunto si ella se da cuenta que está escribiendo una historia, aunque nunca la ponga sobre papel. Y pienso en todos los que, cada día, se lamentan o congratulan usando la palabra “hubiera”. También ellos escriben. Hacen ficción.
A principios de abril, en San Rafael, en Encuentro Literario Filba Nacional, el escritor Iván Moiseeff lo dijo perfectamente: “La literatura es una máquina de ampliar fronteras. Casi como una entidad a la que uno se acerca, entre otras cosas, para ser transformado.”
Eugenia Almeida
Ilustración de Juan Delfini
Publicado originalemnte en «Dias Contados»

«el lugar donde Fellini pensaba mejor, más a gusto: manejando su auto (“Fefé”, como le decían, era famoso por hacer sus reuniones importantes al volante, con su interlocutor en el asiento de al lado y el coche dando interminables y elípticas vueltas por las calles de las afueras de Roma). Por Bernhard comenzó Fellini a llevar un diario de sueños. Lo hizo a su manera: en viñetas, como comics. Un día tuvo un sueño después de leer un cuento de Dino Buzzati en el Corriere della Sera, un sueño tan vívido que al despertar se subió al auto y manejó hasta Milán para conocer a Buzzati y proponerle trabajar juntos la idea, y de ahí sale la película más famosa jamás filmada: El viaje de Mastorna. O, como decía Buzzati: La dolce morte. Después de La dolce vita, Fellini quería contar la historia de un tipo que bajaba de un avión que hacía un aterrizaje forzoso en la nieve, delante de la catedral de Colonia. El avión era un DC-8. El tipo llegaba a un bar y ahí descubría por la radio o por el barman que el vuelo en el que iba cayó en las montañas sin sobrevivientes. Mastorna iba a ser la historia de un hombre después de su muerte. Mastorna iba a ser el diario de sueños en celuloide.»

 

Juan Forn, en http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-220164-2013-05-17.html

Cuando Chejov llegaba a su casa de campo en Melikhovo, ochenta kilómetros al sur de Moscú, hacía izar una bandera para que los campesinos de la zona supieran que estaba. Había comprado esa casa, donde tenía viviendo a toda su familia, con el dinero que ganó como escritor, pero había empezado a escribir sólo para pagarse la carrera de médico (de hecho, firmaba con seudónimo esas “bagatelas”, para no arruinarse el nombre). Cuando triunfó, casi sin proponérselo, y sin creerse nunca del todo su calidad como escritor, a los únicos pacientes que atendía los atendía gratis, a la hora en que le golpearan la puerta. Una noche, tarde, estaba en Melikhovo sentado frente al fuego con amigos cuando lo mandaron llamar de afuera. Se demoró en volver y cuando le preguntaron el motivo de la tardanza dijo secamente: “Era una consulta”. ¿Tan tarde? ¿Alguien conocido? Chejov contestó, mirando al fuego: “Era una campesina. No la había visto en mi vida. Necesitaba láudano”. No se lo habría dado sin más, dijeron sus amigos. Luego de un largo silencio, Chejov contestó: “Vi en sus ojos que había tomado una decisión. Hay un puente de piedra sobre el río, acá cerca. Si se tira, va a padecer horriblemente antes de morir. Con el láudano le será más fácil”. Y, para cambiar de tema, se puso a hablar de literatura (cuando hablaba de literatura también lo hacía con el filo de un bisturí: a cada aspirante a escritor que le mandaba sus manuscritos le daba el mismo consejo: “Corten, corten, corten donde mienten. A todo cuento que escriban córtenle el principio y el final, porque ésos son los lugares donde más mienten todos los escritores”).

Cuando hablamos de Chejov siempre parece que habláramos de un hombre mayor. En todas sus fotos parece haber nacido médico, sensato, sabio, salvo en una que le sacó su hermano en Melikhovo, el mismo año en que ocurrió el incidente del láudano. Chejov tenía treinta y cuatro años; aunque aún parecía un estudiante revoltoso, le quedaban menos de diez años de vida, ya escupía sangre cuando tosía y tenía dos hermanos muertos de tuberculosis, además de doce hermosas mujeres esperando en vano su propuesta de matrimonio. ¿Sabía para entonces que tenía fecha pronta de salida? ¿Vivió así, y escribió así, porque sabía? Miren la foto y recuerden que la pregunta que Chejov se hizo siempre fue la misma que trataba de transmitir a cada paciente que examinaba: “¿Cómo debería vivir, siendo el que soy, sabiendo lo que sé?”.

Lo que sabemos es que fue siempre enfermizamente privado, el rey de la elipsis, el maestro de la evasión en puntas de pie, tanto en la vida como en lo que escribió. Cuando ensayaban La Gaviota, y un actor le pidió que le explicara cómo era el personaje que debía representar, contestó espantado: “Pero si usa pantalones a cuadros”. Las mujeres casaderas de Moscú decían que era “elusivo como un meteoro” (él, por su parte, se limitaba a repetir: “Denme una esposa que, como la luna, no aparezca todas las noches en mi cielo”). En Melikhovo quería la casa siempre llena de gente, pero se construyó una cabaña apartada para poder escabullirse a su antojo de familia, amigos y pacientes. Cuando le vino la fama, en lugar de disfrutarla en Moscú o Petersburgo (“Uno sólo puede acostumbrarse a la fama como un hombre a la verruga que tiene en la frente”) se fue a la isla de Sajalín, en Siberia: estuvo tres meses censando las miserias de la población carcelaria, haciendo una ficha de cada uno de los presos, a razón de 160 por día, en jornadas de catorce horas de trabajo; nadie le había pedido tal cosa, lo hizo sólo para que Rusia tuviera delante de sus ojos aquello que no quería ver. Volvió por mar, cruzando a Japón y de ahí a Ceilán, donde tuvo la experiencia sexual más gloriosa de su vida, y escribió desde allá: “Al fin puedo decirlo. He vivido. He estado en el infierno y en el paraíso, hijos de perra”. Aunque en otro tramo de su correspondencia dice, famosamente: “No me gusta hablar por carta de cosas que me importen mucho”.

Dicen que era bueno y generoso sin amar, cariñoso y atento sin apego, accesible pero insondable. Desde muy chico le inculcaron la modestia, a la manera rusa (“Recuerdo bien el momento en que mi padre empezó a educarme, o debería decir azotarme, yo tenía cuatro años”). De grande descubrió que no podía deshacerse de ella, y tampoco de la aversión invencible que le producía la grandilocuencia rusa (“Siempre me parece que engaño a la gente, o les parezco demasiado alegre o indiferente”). En 1901, cuando le quedaban menos de tres años de vida, se casó en secreto con la actriz Olga Knipper. Su madre, sus hermanos y sus amigos se enteraron por los diarios, días después. Olga se ganó el corazón de Chejov porque era desenfadada en la cama y sensata fuera de ella: ordenada, trabajadora, autosuficiente económicamente y, además, la mayoría del tiempo estaba a mil kilómetros de distancia (para entonces, la tuberculosis había obligado a Chejov a mudarse a Yalta, mientras Olga triunfaba en Moscú, en el teatro donde Stanislavski montaba las obras de su marido). Chejov decía que la había elegido porque tenía una caligrafía hermosa y buen ojo para los detalles cuando escribía cartas, pero también es cierto que le servía para controlar a la distancia las puestas que hacía Stanislavski de sus obras, así como Stanislavski y su socio Nemirovich-Danchenko (que era amante de Olga) necesitaban de ella para que el ya muy enfermo Chejov les entregara la gran obra que les había prometido: El jardín de los cerezos.

Después de la luna de miel, Olga y Chejov estuvieron casi seis meses sin verse. Cuando por fin ella fue a Yalta, se quedó cinco días y luego se lo llevó a un pueblo montañas adentro, donde lo convenció de someterse a una cura de kumis: una leche fermentada de yegua cuyos bacilos se decía que combatían con éxito al de la tuberculosis (había que beber cuatro litros por día de esa sustancia espesa y agria). Antes de volverse a los escenarios de Moscú, Olga le pidió que le informara puntualmente de los progresos. Quince días después, Chejov le escribía: “Aumenté otros tres kilos esta semana. Ahora me siento más fuerte cuando toso sangre”.

Cuando estalló la Guerra Ruso-Japonesa en 1904, quiso ir como voluntario al frente, pero un médico enfermo más que médico es un paciente, y Olga lo convenció, en cambio, de ir al spa de Badenweiler, en Alemania. Ir a morir adonde otros iban a reponerse, más chejoviano imposible. Raymond Carver contó la muerte de Chejov en el cuento “Rosas amarillas”. Máximo Gorki contó el entierro en Moscú: una multitud esperaba en la estación de tren, pero siguió por error el féretro del general Keller, que venía de Manchuria. Cuando llegaron al cementerio y la banda se puso a tocar marchas militares comprendieron que estaban en el funeral equivocado: el ataúd de Chejov iba en otro vagón, que llevaba ostras. En una escena de Tío Vania, un personaje se desmaya y otro pide: “Rápido, un vaso de agua”, pero cuando se lo alcanzan no se lo da a la víctima, sino que se lo bebe él, con total naturalidad. Ahí está Chejov, como cuando dijo: “La literatura tiene de bueno que uno se puede pasar con la pluma en la mano días enteros, sin advertir cómo pasan las horas y al mismo tiempo sintiendo algo que se parece a la vida”.

 

Juan Forn, en la Contratapa de Página12 del viernes  de marzo de 2013

¿Quién hizo la primera pregunta?

¿Quién hizo el mundo?

Si fue Dios, ¿quién hizo a Dios?

¿Por qué dos y dos son cuatro?

¿Quién dijo la primera palabra?

¿Quién lloró por primera vez?

¿Por qué el Sol es caliente?

¿Por qué la Luna es fría?

¿Por qué el pulmón respira?

¿Por qué se muere?

¿Por qué se ama?

¿Por qué se odia?

¿Quién hizo la primera silla?

¿Por qué se lava la ropa?

¿Por qué se tienen senos?

¿Por qué se tiene leche?

¿Por qué existe el sonido?

¿Por qué existe el silencio?

¿Por qué existe el tiempo?

¿Por qué existe el espacio?

¿Por qué existe el infinito?

¿Por qué yo existo?

¿Por qué tú existes?

¿Por qué existe el esperma?

¿Por qué existe el óvulo?

¿Por qué la pantera tiene ojos?

¿Por qué existe el error?

¿Por qué se lee?

¿Por qué existe la raíz cuadrada?

¿Por qué hay flores?

¿Por qué existe el elemento tierra?

¿Por qué queremos dormir?

¿Por qué encendí el cigarrillo?

¿Por qué existe el elemento fuego?

¿Por qué existe el río?

¿Por qué hay gravedad?

¿Por qué y quién inventó los anteojos?

¿Por qué hay enfermedades?

¿Por qué hay salud?

¿Por qué hago preguntas?

¿Por qué no hay respuestas?

¿Por qué quien me lee está perplejo?

¿Por qué la lengua sueca es tan suave?

¿Por qué fui a un cóctel a la casa del embajador de Suecia?

¿Por qué la agregada cultural sueca tiene como primer nombre Si?

¿Por qué estoy viva?

¿Por qué quien me lee está vivo?

¿Por qué tengo sueño?

¿Por qué se dan premios a los hombres?

¿Por qué la mujer quiere al hombre?

¿Por qué el hombre tiene fuerza para querer a la mujer?

¿Por qué existe el cálculo integral?

¿Por qué escribo?

¿Por qué Cristo murió en la cruz?

¿Por qué miento?

¿Por qué digo la verdad?

¿Por qué existe la gallina?

¿Por qué existen editoriales?

¿Por qué existe el dinero?

¿Por qué pinté una jarra de vidrio de negro opaco?

¿Por qué existe el acto sexual?

¿Por qué busco las cosas y no las encuentro?

¿Por qué existe el anonimato?

¿Por qué existen los santos?

¿Por qué se reza?

¿Por qué se envejece?

¿Por qué existe el cáncer?

¿Por qué las personas se reúnen para almorzar?

¿Por qué la lengua italiana es tan amorosa?

¿Por qué la persona canta?

¿Por qué existe la raza negra?

¿Por qué yo no soy negra?

¿Por qué un hombre mata a otro?

¿Por qué en este mismo instante está naciendo un niño?

¿Por qué el judío es de la raza elegida?

¿Por qué Cristo era judío?

¿Por qué mi segundo nombre parece duro como un diamante?

¿Por qué hoy es sábado?

¿Por qué tengo dos hijos?

¿Por qué podría preguntar indefinidamente por qué?

¿Por qué el hígado tiene gusto a hígado?

¿Por qué mi empleada tiene un novio?

¿Por qué la Parapsicología es una ciencia?

¿Por qué voy a estudiar Matemática?

¿Por qué existen cosas blandas y existen cosas duras?

¿Por qué tengo hambre?

¿Por qué una palabra lleva a la otra?

¿Por qué los políticos hacen discursos?

¿Por qué la máquina se está volviendo tan importante?

¿Por qué tengo que parar de hacer preguntas?

¿Por qué existe el color verde oscuro?

¿Por qué?

Porque sí.

¿Pero por qué no me lo dijeron antes?

¿Por qué adiós?

¿Por qué hasta el otro sábado?

¿Por qué?

Clarice Lispector, en Descubrimientos, p. 193, edición Adriana Hidalgo