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Hombre

La luz de la luna

“y cuando hablamos
tememos que nuestras palabras
no sean escuchadas
ni bienvenidas,
pero cuando callamos
seguimos teniendo miedo.
Por eso, es mejor hablar
recordando
que no se esperaba que sobreviviéramos”

(Audre Lorde)

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Hay quienes no formamos parte de la especie más que como el error, la anomalía que confirma la precisión
y el equilibrio de las cosas. Como las crías enfermas,
defectuosas, que las perras apartan alzándolas del cuello con la boca,
no se espera de nosotros ninguna fortaleza ni coraje. La mayoría de las veces no hace falta matarnos: el cuerpo vaciado del amor
y del deseo de los otros pasa rápido. Una mancha en el cielo
que pocos llegan a ver antes de que se apague a miles de años luz, sin poder hacer contacto con la tierra,
sin que nadie la extrañe. Pero a veces, contra todas las probabilidades, una raíz crece desaforada, sostenida en el aire hasta clavarse en la materia,
arrastrada por un deseo salvaje, por el empuje de la vida que resiste aunque sepa que en ese esfuerzo descomunal corre el riesgo de –finalmente- quebrarse. Dejá
que tu cabeza descanse en mis manos, me dijiste, prometo
no soltarte. Y yo, que lo único que sabía era que había que escapar del amor como quien escapa
de una pedrada en el pecho, un golpe bien dado en el lugar
más vulnerable, me quedé
sin embargo en ese abrazo y fui curado de las enfermedades de los otros, de lo que hicieron conmigo
para salvarse. No hizo falta que nadie más me tocara. Un cuerpo
sostenido en otro cuerpo se vuelve una casa.

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UNA PUTA

Esto nunca se lo conté a nadie, porque no atañe más que a mí, pero hoy, un día especial como hoy, tal vez le haga algún bien a alguien.
A mis diecisiete años era virgen, y nada me daba más miedo que enfrentarme desnudo a una mujer desnuda: que estoy demasiado gordo, que tartamudeo, que tengo caspa, que me parece que tengo el pito demasiado corto (y encima torcido a la izquierda) y cosas así: mi vida era un infierno.
Para más desgracia, estaba absolutamente enamorado desde hacía años de una galleguita, prima de mi amigo el Gallego, que no me daba ni la hora. Mi vida era dos infiernos.
Un día el Gallego me dice que su padre, dueño de un bar en pleno centro de Buenos Aires, nos invita a tomar algo. Vamos. Nos sentamos en la barra. El padre de mi amigo, un exiliado de la Guerra Civil, guiña el ojo y dice: hoy se van a hacer hombres. Pago yo. Y señala hacia una mesa desde donde dos mujeres nos miran. El Gallego padre hace una seña, las mujeres se levantan, vienen hacia nosotros, nos toman de la mano, nos sacan del bar, nos hacen caminar treinta metros hasta un hotel de mala muerte y nos llevan a cada uno a una habitación.

Estoy aterrado. La mujer se desnuda. Yo no. Me quedo parado al pie de la cama: nunca había visto nada tan hermoso. Vení, me dice, palmeando el colchón. Me acuesto a su lado, casi sin respirar. ¿Qué te pasa, tenes miedo? Sí, le digo. Por qué. No sé. No puedo. Me da vergüenza. No te conozco, no te puedo tocar, pero sos muy linda, me quiero morir. La mujer, apenas unos años mayor que yo, me toma de la mano: no tenés que hacer nada. De a poco logra tranquilizarme. Pasamos largo rato hablando. Me cuenta de su hijita de tres años, de su madre y de su provincia. Yo le hablo de la fábrica, de la música y de la revolución.

Al rato me dio un beso y se vistió. Volvimos al bar. La invité a tomar un café, porque me gustaba hablar con ella. El padre de mi amigo se burló: qué, se casaron, dijo, y largó una carcajada siniestra. Y yo lo odié. Y lo desprecié. Y ahí sí me hice hombre.

 

Bruno Di Benedetto (publicado en facebook)

” Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo xviii, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologias del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Asi mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página. ”

En El hacedor

El bosque persuasivo

Por Juan Sasturain

Siempre ha resultado tan enigmático como estimulante para los lectores de Dashiell Hammett –y en particular para los admiradores de El halcón maltés, su obra maestra de 1930–, lo que se suele identificar como “la historia de Flitcraft”. Se trata de un relato en apariencia independiente de la trama principal, incluido como al descuido en medio del capítulo VII. En una pausa de la acción, Sam Spade le cuenta a su cliente Brigid O’Shaughnessy, sin otro motivo aparente que llenar un tiempo muerto de espera, la historia de un individuo, Mr. Flitcraft, cuyo caso de desaparición sin dejar rastros él mismo investigó, años atrás, hacia 1922, cuando trabajaba en Seattle en una de las grandes agencias de detectives. La anécdota es muy conocida: el rutinario Flitcraft, agente de bienes raíces en Tacoma, padre de familia ejemplar, sin problemas de dinero, de salud ni de ningún tipo, integrado socialmente, feliz en su matrimonio y con una vida sin enemigos ni infidelidades ni trampas ni vicios, sale a almorzar un mediodía cualquiera y no vuelve más.

La Agencia lo busca infructuosamente y después de unos meses, se cierra el caso. Tres años después alguien le avisa a la mujer de Flitcraft que han visto a su marido en Spokane, no muy lejos de la ciudad de la que desapareció. Discretamente, Spade lo va a buscar y lo encuentra. Se ha cambiado el apellido por Pierce, está casado, tiene una hija pequeña y un trabajo estable. No se muestra arrepentido de lo que hizo y le cuenta lo que le pasó, para que Spade pueda entenderlo. Y explica que aquel mediodía, camino del restaurante y con la mente en blanco, pasaba como todos los días frente a un edificio en construcción cuando una viga de hierro cayó desde lo alto y se estrelló literalmente a sus pies. No le hizo absolutamente nada. Sólo una pequeña esquirla desprendida de la vereda se le clavó en la mejilla, le dejó una marquita que aún conserva. Quedó aterrado y sorprendido. Fue una verdadera revelación: “Como si de pronto alguien levantara la tapa del mecanismo de la vida y me permitiese verla por dentro”, le dijo Pierce a Spade. El, un hombre ordenado y previsor, había estado equivocado al obrar así; había ido siempre en contra de la verdadera naturaleza de la vida que es ser regida por al absoluto azar. Nada se puede ni debe controlar pues cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. Así que dejó todo sin culpa –amaba a su familia, los dejaba sin apremios– y empezó a vivir al acaso, sin planes de vida. Abandonó todo, se fue a Seattle, tomó un barco a San Francisco y después deambuló por años haciendo una u otra cosa hasta que de nuevo se asentó en Spokane y ahí estaba.

Spade le cuenta a Brigid que todo se solucionó sin problemas porque la mujer no hizo escándalo alguno, pero que a él algo le resultó extraordinariamente curioso: la vida que llevaba Pierce no era demasiado diferente de la que había llevado Flitcraft en su momento. “Esta es la parte del asunto que siempre me gustó más”, dice el detective. “Se adaptó al hecho de que las vigas caían y, cuando dejaron de caer, se adaptó al hecho de que ya no cayeran.” Y eso es todo. La novela sigue y no se vuelve a hablar de la cosa.

Aunque el parco Hammett jamás se refirió al tema, toda la historia tiene una vaga resonancia de apólogo ejemplar, más precisamente de cuento oriental. Sobre todo por la imagen puesta en boca de Spade por Hammett –“Desapareció como desaparece un puño al abrirse la mano”– que si no tiene raíces zen, las merecería. Por ahí cabía entonces buscar la fuente posible de la sugestiva parábola que ha sido motivo de tantas inteligentes exégesis, como la del brillante Steven Marcus, entre otros hammettianos perspicaces.

Por eso, el oportuno descubrimiento del antiguo relato tradicional chino El bosque persuasivo, que transcribimos a continuación, echa una luz tan clara como diferente (en este caso, irónica) sobre la cuestión. Es muy posible que Hammett tuviera acceso a la antología que lo contiene en su versión inglesa de 1927, cuando hacía reseñas para The Saturday Review of Literature, recientemente compiladas. Lo notable e interesante para nosotros es que le versión hallada en castellano que transcribimos pertenece a parte del material desechado (por su extensión) en la primera edición de los Cuentos breves y extraordinarios, reunida por Borges y Bioy en 1953. Este es el texto completo:

El bosque persuasivo

Cuentan los que suponen que existen historias que valen el empeño de ser recordadas, que en tiempos de la dinastía amarilla, en la región del Tnin-lai, donde no son frecuentes la lepra ni la usura, vivía en la aldea de Wu el honorable Tu-Shui con su mujer Fai-Li y sus tres hijos. Tu-Shui era un funcionario de carrera que había accedido a la primera categoría en la Administración, tras heredar el cargo de Almacenero Mayor del Señor del Bosque de su padre, el benemérito Sun-Shui, de larga vida en el Tao, y lo había sabido conservar por méritos propios.

Dentro de lo que las menguadas facultades del entendimiento humano permiten afirmarlo, se decía que Tu-Shui era un hombre feliz, o que al menos llevaba una vida en la que el orden y la armonía, el reposado criterio y la sabia administración del tiempo y la energía le permitían una existencia sin sobresaltos ni ansiedades. Cierta vocación para la rutina y el control de los intempestivos estallidos del genio, más el cultivo de una saludable tendencia a preguntarse –sin excesivo énfasis– por el sentido de todo lo que le sucedía, habían hecho a Tu-Shui un modelo de armonía y bien estar en su casa con su familia, su trabajo y su comunidad, que lo tenía por un hombre equilibrado y predecible.

Hasta que un día, Tu-Shui salió de Wu a la hora acostumbrada para su trabajo de siempre en el centro de la vecina ciudad, y nunca llegó. Fai-Li lo esperó infructuosamente para comer al mediodía. Mandó entonces a su hijo mayor a la ciudad pero éste regresó diciendo que ese día Tu-Shui no había ido a trabajar, y que en la Administración habían supuesto que el niño iba, aunque tardíamente, a explicar las razones de la inusual ausencia de su padre. Preocupados, todos salieron a buscarlo por la ciudad. Los hijos de Tu-Shui, por su parte, rastrearon el camino desde la salida de la aldea al bosque que habitualmente cruzaba y el resto del camino para llegar al trabajo. Sin resultado. Entonces recurrieron al venerable anciano Lao-Tzu, comisario y consejero de la aldea, amigo personal de Tu-Shui, que luego de minuciosas averiguaciones confirmó lo que todos decían: nadie lo había vuelto a ver desde el momento en que salió de su casa. Nunca lo hallaron, ni vivo ni muerto. Tu-Shui se había esfumado –en la expresión del sabio Lao-Tzu– como desaparece un puño al abrirse la mano.

Tres años después, un mercader que recorría la región le dijo con discreta excitación al serenísimo Lao-Tzu que creía haber visto a alguien muy parecido a Tu-Shui en una aldea a apenas dos días de distancia hacia el Este. El prudente Lao-Tzu, escéptico respecto de la intención y la veracidad de mercaderes y viajeros en general, consideró que sin embargo no podía desechar la posibilidad, por remota que fuere, y sin permitirse la esperanza ni crear expectativas en la familia de su amigo, que ya había encontrado laboriosa serenidad y resignación ante la ausencia, partió a la aldea de Wei dispuesto a refutar la improbable novedad.

Pero para su sorpresa y alegría, Lao-Tzu halló a su amigo en Wei. Aunque había cambiado de nombre, y ahora se llamaba Wai-Nan, era el mismo Tu-Shui que no mostró ni embarazo ni culpa alguna al reencontrar a su amigo. “Puedo explicarte lo que sucedió, Lao-Tzu, y sé que tú comprenderás”, le dijo. Y pasó a contarle, mientras caminaban por las afueras de la aldea en un atardecer tormentoso, lo que le había sucedido aquel día puntual de su desaparición.

Hacía Tu-Shui el recorrido habitual atravesando el denso bosque de Chi, el de los grandes árboles, por el estrecho sendero en que la sombra es hábito y costumbre, cuando al pasar cerca del lugar donde los leñadores realizan cantando su tarea se detuvo por un momento para hacerse a un lado y dejar pasar a un par de perros que se perseguían ladrando a más no poder. Fue precisamente en ese instante que un enorme tronco se derrumbó como literalmente caído del cielo con recrujir de ramas rotas y quedó atravesado en el sendero a centímetros apenas de sus pies, en medio de una nube de tierra amarilla. Cuando el polvo se disipó, Tu-Shui, temblando y con la respiración aún entrecortada más por la sorpresa que por el miedo, pudo comprobar que estaba milagrosamente ileso. Apenas tenía un rasguño en la mejilla, provocado por una ramita que lo rozara al caer.

Miró a su alrededor: nadie se había percatado de lo acontecido. Los leñadores, derribado el árbol, seguían su trabajo como si nada, los pájaros cantaban, los perros se perseguían ladrando, ahora más lejos. Y Tu-Shui, junto con el miedo que lo sobrecogió, tuvo de pronto la sensación de que algo le había sido revelado, la evidencia de que si él hubiese dado apenas un paso más, todo seguiría igual, nada habría cambiado excepto que él estaría muerto. Eso era todo lo que sabía. Y era suficiente.

“Fue una verdadera revelación, Lao-Tzu”, le explicó a su amigo mientras se alejaban de la aldea de Wei y entraban en el bosque bajo un cielo amenazante: “Tú, que eres sabio y tienes la mente abierta puedes entender de qué se trata: más allá de la preocupación y el cuidado por controlar nuestros actos y conductas, de construir un orden armónico, la única ley sin ley que rige nuestras vidas es el distraído azar. Y de nada sirve ni es sabio, ni siquiera prudente, ir en contra de eso. Lo vi con la claridad que se pueden ver las carpas en el agua cristalina del estanque en un día luminoso. Y así fue que en ese mismo momento decidí adecuar mis actos a esa imprevisibilidad que está en el entramado de nuestras desorientadas vidas y, cambiando el rumbo, salí conscientemente del sendero y me introduje en el bosque y caminé al azar y sin pensar durante horas. Y así dejé todo –sin pesar, debes creerme, amigo mío– a mis espaldas: familia, trabajo, rutinas. E incluso cambié de nombre, no para escaparme de los míos –que dejé en bienestar y armonía– sino para no entorpecer las posibilidades de mi libertad. Así viví desde entonces. He recorrido toda la provincia y llegado en algún caso a los confines del imperio sin arraigarme más allá de lo necesario para sobrevivir. Si las contingencias de la deriva me han traído ahora hasta tan cerca de mi punto de partida no debes pensarlo como un intento de regreso sino como una evidencia de que todos los caminos son intercambiables, todos los bosques son otros y el mismo cada vez y…”.

“Precisamente el bosque puede darnos abrigo”, lo interrumpió Lao-Tzu inquieto y apresurando el paso, pues ya se había desatado la tormenta ante la indiferencia beatífica del elocuente Tu-Shui, retrasado, ensimismado en la explicación de su experiencia. Pese a que entre el rumor de la lluvia en las tupidas hojas y los sonoros truenos se había perdido parte del relato de su recuperado amigo, el prudente Lao-Tzu creía haber entendido lo esencial. Por eso, cuando el estruendo de un rayo partió el cielo en dos y reventó a sus espaldas fulminando en el acto a Tu-Shui y al árbol bajo el cual había buscado tardío y equívoco cobijo, primero se sorprendió, pero de inmediato no dudó un instante respecto de qué debía hacer: Lao-Tzu se prometió no pisar nunca más un bosque.

Larga vida en el Tao al hombre que sabe escuchar y aprende de sus amigos.

Fuan-Chu (comp.), Trivialidades ejemplares, siglo XVII.

Lo dicho: este texto, fuente innegable de la historia de Mr. Flitcraft, nunca hasta ahora se había publicado en castellano. Cabe admitir la posibilidad de que se trate –como en el caso de varios textos recogido en la luminosa antología de Borges y Bioy– de un apócrifo más, fruto del espíritu libre y jodón de los impunes compiladores.

Un detalle que no le quita sino que le agrega cierto encanto particular.

Juan Sasturain

Página12, Contratapa|Lunes, 29 de junio de 2015

Por respeto y por principio jamás pregunto nada a nadie. Quien quiera hablar, que hable, que exponga, que se confiese, si es su gusto, su necesidad, su agrado. Desde chango aprendí, entre paisanos que en la soledad el diálogo está demás. El monólogo es el lazo de un solo tiento que va armando sus rollos, encebados de prudencia, de comprensión, y termina por pialar los más altos sentimientos de la buena amistad, de la altiva y cabal relación entre los hombres del campo. Se puede dialogar con respecto a la naturaleza, a potros y pastos. Pero jamás intentar penetrar la sagrada zona del corazón de un paisano, o descubrir de golpe su íntimo pensamiento.

 

Atahualpa Yupanqui, en El canto del viento