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Símbolo

“Este mundo, este paraíso sobre el que apenas había echado hasta entonces una ligera ojeada, el sol y la luna, los otros mundos que pueblan el espacio con sus brillantes constelaciones y los otros soles y sistemas tan absolutamente remotos y tan inconcebibles en número como para parecer una simple neblina luminosa en el cielo, todo ese universo que existía desde hacía millones y billones de siglos o desde la eternidad…”

“un reino encantado, natural y sobrenatural al mismo tiempo! Estaba convencido de que pronto empezaría a desvanecerse imperceptiblemente día tras día, año tras año, a medida que yo fuera sumiéndome en la opacidad de la vida hasta que se perdiera tan efectivamente como si hubiera dejado de ver, oír y palpitar y mi cuerpo caliente se hubiera enfriado y puesto tieso por la muerte y —como los muertos y los vivos— no tuviera ya conciencia de la pérdida”.

Guillermo E. Hudson

 

en el pasto quemado de enero
yacer

que pase el cielo
toda la vida
cien años llueva
y las raíces bordadas en mi pelo
cien veces trescientos sesenta y cinco
días que el sol
lleve la cuenta
abra y cierre mis ojos
la palma de la mano destejida
la espalda fermentada en las hormigas
desgajada del viento la lengua
zumbando en las hebras
oreja y corazón para esa lengua

y no esperar por la muerte cincuenta años
en una pensión de Londres
sobre mis cuadernos
limpio como las uñas de las monjas

yacer
en el pasto helado de julio
cruja la helada en mis huesos
las estrellas en cruz esperen
asidas a mi frente
la señal del chajá
para llevarme
pesado y ciego en círculos
entre los panaderos
deshecho en el vacío luminoso

saber mi país
perdido y ajeno
como en las visiones
de la fiebre

 

Laura Forchetti, en Libro de horas

La «muerte» corresponde generalmente -en el nivel operatorio- al color negro que tomaban los ingredientes, a la nigredo. Y la reducción de las sustancias a la materia prima, a la masa confusa, la masa fluida, informe, que corresponde -en el nivel cosmológico- a la situación primordial, al caos. La muerte representa la regresión a lo amorfo, la reintegración del Caos. De aquí que el simbolismo acuático tenga un papel tan importante. Una de las máximas de los alquimistas era: «No efectúes ninguna operación antes de que todo haya sido reducido al Agua». En el terreno operacional, este proceso corresponde a la disolución del oro en el agua regia. Kirchweger, presunto autor de la Aurea Catena Homeri (1723) -obra que, dicho sea de paso, ejerció una notable influencia sobre el joven Goethe-, escribe: «Es seguro y cierto que la Naturaleza entera era Agua en el comienzo; que todas las cosas han nacido por el Agua y por el Agua deben ser destruidas» . La regresión alquímica al estado fluido de la materia corresponde en las cosmologías al estado caótico primordial, y en los rituales de iniciación, a la «muerte» del místico.

El alquimista obtenía, asimismo, la disolución poniendo las sustancias en un baño mercurial. Como escribe Starkey (= Eireneus Philalethes), «el principal fundamento de la transmutación es la posibilidad de reducir todos los metales y los minerales que son de naturaleza metálica a su primera materia mercurial» . Un tratado atribuido a Alfonso, rey de Portugal, precisa que

“nuestra disolución no es más que el hecho de devolver el cuerpo a la humedad […I. El primer resultado de esta opinión es la reducción del cuerpo al Agua, es decir, al mercurio, que es lo que los Filósofos llaman solución y que es el fundamento de la Obra entera”.

Según ciertos autores, la disolución sería la primera operación; según otros, sería la calcinación, la reducción a lo amorfo mediante el Fuego. Sea como fuere, el resultado es siempre el mismo: la «muerte».

Esta reducción alquímica a la prima materia es susceptible de innumerables interpretaciones y homologaciones; particularmente puede ser considerada como una regresión al estado prenatal, un regressus ad uterum. El simbolismo seminal figura, por ejemplo, en un codex estudiado por Carbonelli, en el que se dice que antes de utilizar el oro en la opus «es necesario reducirle a esperma» . El vas mirabile, en el cual residía todo el secreto alquímico, según proclamaba María la Profetisa, «es una especie de matrix o uterus del cual ha de nacer el filius philosophorum, la Piedra milagrosa» (Jung, Psychologie und Alchemie, p. 325). «El vaso es semejante a la obra de Dios en el vaso de la divina germinación», escribe Dorn . Según Paracelso, «el que quiere entrar en el Reino de Dios debe entrar primero con su cuerpo en su madre y morir allí». De nuevo según Paracelso, el mundo entero debe «entrar en su madre», que representa la prima materia, la masa confusa, el abyssus, para poder alcanzar la eternidad. Para John Pordage, el Baño María es «el lugar, la matrix y el centro de donde el tinte divino fluye como de su fuente y origen» . En los versos publicados como apéndice al Opus Mago-Cabbalisticum et Theosophicum (1735), de Georg von Welling, se puede leer: «No puedo alcanzar el Reino de los Cielos si no nazco por segunda vez. Por eso deseo volver al seno de mi madre, para ser regenerado, y es lo que haré muy pronto». El regressus ad uterum aparece representado a veces en forma de un incesto con la Madre. Michael Maier señala que «Delphinas, un filósofo desconocido, habla con mucha claridad, en su tratado Secretus Maximus, de la Madre, que debe por necesidad natural unirse a su hijo» (cum filio ex necessitate naturae coniungenda). Pero es evidente que la «Madre» simboliza en estos diferentes contextos a la Naturaleza en su estado primitivo, la prima materia de los alquimistas, y que el «retorno a la Madre» traduce una experiencia espiritual homologable a cualquier otra «proyección» fuera del Tiempo; en otros términos, a la reintegración en una situación originaria. La «disolución» en la materia prima aparece igualmente bajo el símbolo de una unión sexual, que acaba con la desaparición en el útero. En el Rosarium Philosophicum se puede leer: «Beya montó sobre Gabricus y le encerró en su matriz, de forma que no quedó visible nada de él. Le abrazó con tanto amor que le absorbió por entero en su propia naturaleza…» (Nam Beya ascendit super Gabricum, et includit eum in suo utero, quod nil penitus videri potestde eo. Tantoque amore amplexata est Gabricum, quod ipsum totum in sui naturam concepit…)
Este simbolismo se presta naturalmente a innumerables revalorizaciones e integraciones. El Baño María no es solamente la «matriz del tinte divino», como se ha señalado más arriba, sino que también representa la matriz de la que ha nacido Jesús. La encarnación del Señor en el adepto puede por ello comenzar desde el momento en que los ingredientes alquímicos del Baño María entran en fusión y vuelven al estado primitivo de la materia. Este fenómeno regresivo es relacionado tanto con el nacimiento como con la muerte de Cristo.

Situándose en diferentes perspectivas, C. G. Jung y J. Evola comentan con acertada pertinencia el simbolismo de la Muerte de iniciación según se desprende de la nigredo, putrefactio, disolutio. Conviene añadir que la disolución y la reintegración del caos es una operación que, sea cual fuere su contexto, presenta por lo menos dos dignificaciones solidarias: cosmológica y de iniciación. Toda «muerte» es al propio tiempo una reintegración de la Noche cósmica, del Caos precosmológico; en múltiples niveles, las tinieblas expresan siempre la disolución de las Formas, el retorno al estado seminal de la existencia. Toda «creación», toda aparición de las Formas o, en otro contexto, todo acceso a un nivel trascendente se expresa con un símbolo cosmológico. Ya lo hemos repetido en muchas ocasiones: un nacimiento, una construcción, una creación de orden espiritual, tienen siempre el mismo modelo ejemplar: la cosmogonía. Así se explica la aparición en culturas tan diferentes del mito cosmogónico, no sólo el día de Año Nuevo (cuando el mundo vuelve a ser creado simbólicamente) o con motivo de la entronización de un rey, de un matrimonio, de una guerra, etc., sino también cuando hay que salvar una cosecha amenazada o curar una enfermedad. El sentido profundo de todos estos rituales nos parece claro; para hacer bien una cosa o rehacer una integridad vital amenazada por la enfermedad hay que volver primero ad originem y luego repetir la cosmogonía’. La muerte de iniciación y las tinieblas místicas tienen así una valencia cosmológica: se reintegra el estado primario, el estado germinal de la materias, y la «resurrección» corresponde a la creación cósmica. Para utilizar la terminología moderna, la muerte de iniciación disuelve la Creación y la Historia, libera de todos los fracasos y «pecados»; a fin de cuentas, del desgaste inseparable de la condición humana.

Desde este punto de vista, el alquimista no hacía ninguna innovación: al buscar la materia prima procuraba la reducción de las sustancias al estado precosmológico. Sabía que no podía obtener la transmutación partiendo de formas ya «gastadas» por el Tiempo; había, pues, que «disolver» estas «formas». En el contexto de la iniciación, la «disolución» significaba que el futuro «místico» moría a su existencia profana, gastada, decaída. Que la Noche cósmica había sido asimilada a la Muerte (= tinieblas) tanto como al regreso ad uterum es algo que se desprende tanto de la historia de las religiones como de los textos alquímicos ya citados. Los alquimistas occidentales integraron su simbolismo en la teología cristiana: la «muerte» de la materia era santificada por la muerte de Cristo, que así aseguraba su redención. C. G. Jung ha establecido con brillantez el paralelismo Cristo-Piedra filosofal y la audaz teología que ello implica.

Es esencial captar claramente cuál es el plano en que se desarrolla la obra alquímica. Sin la menor duda, los alquimistas alejandrinos tenían conciencia desde el principio de que al procurar «la perfección de los metales» procuraban su propia perfección. El Liber Platonis quartorum (cuyo original árabe no puede ser posterior al siglo X) concede una gran importancia al sincronismo entre la opus alchymicum y la experiencia íntima del adepto. «Las cosas se hacen perfectas por sus semejantes, y por eso el operador debe participar en la operación» (oportet operatorem interesse operi). El mismo texto recomienda el uso de un occipucio como vaso de transformación, porque el cráneo es el recipiente del pensamiento y del intelecto (os capitis… vas mansionis cogitationis et intellectus: citado por Jung, op. cit., pág. 365, n. 3). El propio adepto debe transformarse en Piedra filosofal. «Transformaos vosotros mismos de piedras muertas en piedras vivas», escribe Dorn (transmutemini de lapidibus mortuis in vivos lapides philosophicos: citado por Jung, pág. 367, n. 1). Y Morienus se dirige en estos términos al rey Kalid: «Pues esta sustancia (es decir, la qué guarda el secreto divino) se extrae de vosotros, y vosotros sois su mineral (es decir, la materia bruta); ellos (los adeptos) la encuentran en vosotros y, para hablar más exactamente, la toman de vosotros» (citado por Jung, pág. 426, n. 1). Por su parte, Gichtel escribe a propósito de la operación albedo (que en ciertos contextos designa la primera transformación hermética, la del plomo o cobre en plata):

No sólo recibimos un Alma nueva con esta regeneración, sino también un Cuerpo nuevo […]. Este Cuerpo es extraído del Verbo Divino o de la Shopia celeste l…1. Es espiritual, más sutil que el Aire, semejante a los rayos del Sol, que penetran en todos los cuerpos, y tan diferente del cuerpo viejo como el Sol resplandeciente lo es de la oscura Tierra, y aun cuando esté en el cuerpo viejo, éste no puede concebirle, aun cuando a veces llegue a sentirle.

En definitiva, el alquimista occidental en su laboratorio, lo mismo que sus colegas chinos o indios, operaba sobre sí mismo, sobre su vida fisio-psicológica tanto como sobre su experiencia moral y espiritual. Los textos están de acuerdo en ensalzar las virtudes y cualidades del alquimista: debe ser sano, humilde, paciente, casto; debe tener el espíritu libre y en armonía con la obra; debe ser inteligente y sabio; debe al mismo tiempo obrar, meditar, orar, etc. Vemos por todo ello que no se trata aquí únicamente de operaciones de laboratorio. El alquimista se compromete por entero en su obra. Pero estas cualidades y virtudes no pueden entenderse en una acepción puramente moral. Ejercen la misma función en el alquimista que la paciencia, la inteligencia, la ecuanimidad, etc., en el sadhana tántrico o en el noviciado que precedía a la iniciación en los Misterios. Es decir, que ninguna virtud ni ninguna erudición podían dispensar de la experiencia de iniciación, que era la única capaz de operar la ruptura de nivel implicada en la «transmutación».

Digamos inmediatamente que no conocemos la naturaleza exacta de la experiencia crucial, que equivalía para el alquimista a la obtención de la Piedra filosofal o del Elixir. La literatura alquímica, excesivamente prolija en cuanto concierne a los preliminares y primeras etapas de la opus, no hace sino alusiones crípticas, la mayor parte de las veces incomprensibles, al mysterium magnum. Pero sí teníamos razón al insistir sobre las relaciones y las solidaridades entre los simbolismos mineralógicos, los rituales metalúrgicos, las magias del fuego y las creencias en la transmutación artificial de los metales en oro mediante operaciones que sustituyen a la Naturaleza y al Tiempo; si tenemos en cuenta las relaciones íntimas entre la alquimia china y las técnicas neotaoístas, entre la alquimia india y el tantrismo; si, en fin, como es probable, los alquimistas alejandrinos proyectaron sobre las sustancias minerales el argumento de iniciación de los Misterios, es posible entonces entrever la naturaleza de la experiencia alquímica. El alquimista indio nos ofrece un punto de referencia: opera sobre las sustancias minerales para «purificarse» y «despertarse» a sí mismo o, dicho de otro modo, para entrar en posesión de las potencias divinas que duermen en su cuerpo. El alquimista occidental, al esforzarse en «matar» los ingredientes para reducirlos a la materia prima, provoca verosímilmente una sympatheia entre las “situaciones patéticas” de la sustancia y su ser más íntimo. En otros términos, accede a experiencias de iniciación, que, a medida que la opus progresa, le forjan otra personalidad, comparable a la que obtiene tras haber afrontado victoriosamente las pruebas de la iniciación. Su participación en las fases de la opus es tal que, por ejemplo, la nigredo le procura experiencias análogas a las del neófito en las ceremonias de iniciación cuando se siente «engullido» en el vientre del monstruo, o «enterrado», o simbólicamente «muerto» por las Máscaras y los Maestres iniciadores.

Es imposible dar en unas cuantas páginas una descripción amplia y profunda de la opus alchymicum, aun sin contar con que los autores no están de acuerdo sobre el orden de las operaciones. Pero es interesante advertir que la conjunctio y la muerte que le sigue le queda a veces expresada en términos de hieros gamos: los dos principios -el Sol y la Luna, el Rey y la Reina- se unen en el baño mercurial y mueren (ésta es la nigredo); su alma les abandona para volver más tarde y dar nacimiento al filius philosophorum, al ser andrógino (= Rebis) que anuncia la inminente obtención de la Piedra filosofal. Este orden operatorio es sugerido en el Rosarium Philosophorum mediante una serie de grabados a cuya interpretación ha dedicado Jung la mayor parte de su Psychologie der Uebertragung (Psicología de la Transferencia). Hay que hacer resaltar la importancia que los alquimistas concedían a las experiencias «terribles» y «siniestras» de la «negrura», de la muerte espiritual, del descenso a los Infiernos: aparte de que son continuamente mencionadas en los textos, se las descifra en el arte e iconografía de inspiración alquímica, en las que esta clase de experiencias se traduce por el simbolismo saturnino, por la melancolía, la contemplación de cráneos, etc. La figura de Cronos-Saturno simboliza al Gran Destructor que es el Tiempo y, por consiguiente, tanto la muerte (=putrefactio) como el renacimiento. Saturno, símbolo del Tiempo, suele ser representado frecuentemente con una balanza en la mano. De sobra se conoce la importancia de este símbolo en el hermetismo y la alquimia (véase lámina 34, Read, Prelude to Chemistry); el ilustre Geber (Jabir ibn Hayyân) es también autor del Libro de las balanzas. ¿No habría que buscar en ese «falso dominio de la Balanza» (que les hace omniscientes y clarividentes), en esa familiaridad con la obra del Tiempo (la putrefactio, la Muerte, que destruye omne genus et formam), en esa «sabiduría» reservada sólo a los que han anticipado en plena vida la experiencia de la muerte, la explicación de la famosa «melancolía saturnina» de los magos y los alquimistas? Sea como fuere, no podemos olvidar que el acróstico construido por Basilio Valentino con el término vitriol («vitriolo») subraya la implacable necesidad del descensus ad inferos: Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem (‘Visita el interior de la Tierra, y con la purificación encontrarás la Piedra oculta’).

La fase que sigue a la nigredo, es decir, la «obra blanca», la leukosis, el albedo, corresponde verosímilmente, en el terreno espiritual, a una «resurrección» que se traduce por la apropiación de ciertos estados de conciencia inaccesibles a la condición profana (en el nivel operativo, éste es el fenómeno de la «coagulación», consecutivo a la putrefactio inicial). Las dos fases ulteriores, la citrinitas y la rubedo, que coronan la obra alquímica y conducen a la Piedra filosofal, desarrollan aún más y fortifican esta nueva consciencia de iniciación.

Insistiremos sobre el carácter paradójico del principio y del fin de la opus alchymicum. Se parte de la materia prima para llegar a la Piedra filosofal; pero una y otra «sustancias» se niegan a una identificación precisa, menos a causa del laconismo de los autores que, precisamente, de su prolijidad. Efectivamente, los sinónimos empleados para la materia prima son extremadamente numerosos: el Lexicon alchemiae, de Martin Ruland (Frankfurt, 1612), registra más de cincuenta y está muy lejos de ser exhaustivo. En cuanto a la «naturaleza» precisa de la materia prima, escapa a toda definición. Zacarías escribía que no nos engañamos al declarar espiritual a «nuestra materia», pero que tampoco mentimos si la llamamos «corporal»; y si la llama «celeste», «éste es su verdadero nombre», y si se le dice «terrestre», no se es menos exacto. Como justamente observa J. Evola refiriéndose a este texto, no se trata de un concepto filosófico, sino de un símbolo: se pretende decir que el alquimista asume a la Naturaleza sub specie interioritatis (op. cit., pág. 32). De ahí el gran número de sinónimos utilizados para designar a la materia prima, Algunos alquimistas la identifican con el azufre o el mercurio, o bien el plomo; otros, con el agua, la sal, el fuego, etcétera. Todavía hay otros que la identifican con la tierra, la sangre, el Agua de juventud, el Cielo, la madre, la luna, el dragón, o con Venus, el caos y con la misma Piedra filosofal o con Dios.

Esta ubicuidad de la materia prima corresponde en todos sus puntos con la de la Piedra filosofal. Porque si la Piedra es el resultado final de una operación fabulosa («aprende que éste es su camino muy largo», longissima via, nos advierte el Rosarium), también es al propio tiempo extremadamente accesible: efectivamente, se encuentra en todas partes. Ripley (circa 1415-1490) escribe:

Los Filósofos dicen que los pájaros y los peces nos dan la Piedra; cada hombre la posee y se encuentra en todos los sitios, en vosotros, en mí, en todas las cosas, en el tiempo y en el espacio. Se ofrece a sí misma en forma despreciable (vili figura). Y de ellas brota nuestra aqua permanens

Según un texto de 1526 publicado en el Gloria Mundi, la Piedra

es familiar a todos los hombres, jóvenes y viejos, se encuentra en el campo, en la aldea, en la ciudad y en todas las cosas creadas por Dios y, sin embargo, es despreciada por todos. Ricos y pobres la manejan todos los días. Las criadas la arrojan a la calle. Los niños juegan con ella. Y, sin embargo, nadie la aprecia, aun cuando sea, después del alma humana, la cosa más maravillosa y más preciosa de la Tierra y tenga el poder de hacer caer a Reyes y Príncipes. Sin embargo, es considerada como la más vil y despreciable de las cosas terrestres…

Dejando aparte el rico simbolismo de esta Piedra, a la que nadie quiere reconocer como piedra angular, añadamos que la ubicuidad y universalidad del Lapis Philosophorum son temas fundamentales de la literatura alquímica. Un pequeño volumen aparecido en Londres en 1652 con el título de The Names of the Philosophers Stone consigna más de 170 nombres, entre los cuales figuran los de «Leche de la Virgen», «Sombra del Sol», «Agua seca», «Saliva de la Luna», etc. Pernety, en su Diccionario mito-hermético (París, 1787), da una lista alfabética incompleta de cerca de seiscientos nombres. Un fragmento atribuido a Zósimo habla ya de «esa Piedra que no es piedra, cosa preciosa que no tiene valor, objeto de formas innúmeras que carece de forma, desconocido que es por todos conocido». Pero, como escribe Hortulanus, citado por el Rosarium Philosophorum, «sólo el que sabe hacer la Piedra filosofal comprende las palabras que a ella se refieren». Y el Rosarium nos advierte aún que (“esas cuestiones deben ser transmitidas místicamente (talis materia debet tradi mystice), lo mismo que la poesía, que emplea fábulas y parábolas». Si hemos de creer a algunos autores, incluso existía «un juramento que prohibía divulgar el secreto en los libros”.

Probablemente se trata de un «lenguaje secreto», como el que encontramos tanto en los chamanes de las sociedades arcaicas como en los místicos de las religiones históricas, «lenguaje secreto», que es a la vez expresión de los sentimientos intransmisibles de otra forma a través del lenguaje cotidiano y comunicación críptica del sentido oculto de los símbolos.
Conviene igualmente observar que la paradójica ubicuidad e inaccesibilidad de la Piedra filosofal recuerda hasta cierto punto la dialéctica de lo sagrado en general. Las hierofanías, por el mismo hecho de que manifiestan lo sagrado, cambian el régimen ontológico de los objetos: una piedra, un árbol o una fuente, desde el momento en que adquieren un carácter sagrado, se hacen inestimables a los ojos de los que participan en esta experiencia religiosa. En cierto modo puede compararse la existencia del alquimista, que desemboca gracias a la Piedra filosofal en otro plano de existencia espiritual, a la experiencia del homo religiosus, que asiste a la transmutación del Cosmos por las hierofanías. La paradoja de la hierofanía consiste en que manifiesta lo sagrado e incorpora lo trascendente en un «objeto despreciable»; en otros términos, ejecuta una ruptura de nivel. La misma paradoja se nos aparece en la Piedra filosofal: sigue inaprehensible a los ojos de los profanos, mientras que los niños juegan con ella y las criadas la arrojan a la calle; están en todas partes y, sin embargo, resulta la cosa más difícil de obtener.

La experiencia alquímica y la experiencia mágico-religiosa comparten, pues, elementos comunes o análogos. El empleo de términos religiosos por los alquimistas occidentales no era necesariamente una precaución contra la censura eclesiástica. La opus alchymicum tenía analogías profundas con la vida mística. Georg von Welling escribe que «nuestra intención no es solamente enseñar a fabricar oro, sino también algo más elevado: que la Naturaleza puede ser vista y reconocida partiendo de Dios, y Dios visto y reconocido en la Naturaleza» . Un discípulo de Paracelso, Oswald Croll, afirma que los alquimistas son «hombres santos que por la virtud de su espíritu deificado han gozado los primeros frutos de la Resurrección en esta vida misma y han captado un primer sabor del Reino Celeste». Según el pensamiento de muchos alquimistas, la obtención de la Piedra filosofal equivaldría al conocimiento perfecto de Dios. Por eso es por lo que la Piedra hace posible la identificación de los principios contrarios. Según Basilio Valentino, «el mal debe convertirse en bien». Starkey describe la Piedra como «la reconciliación de los contrarios, hacedora de amistades entre los Enemigos» (textos citados por Gray, op. cit., pág. 34). Aquí encontramos de nuevo el antiquísimo simbolismo de la coincidentia oppositorum, extendido universalmente, que figura ya en los estadios arcaicos de la cultura y que servía para definir la realidad fundamental, el Urgrund y el estado paradójico de la totalidad, de la perfección y, por consiguiente, la sacralidad y Dios.

Con todo la primera virtud de la Piedra es su capacidad para transmutar los metales en oro. Como dice Arnaldo de Villanova, «existe en la Naturaleza una cierta materia pura que, descubierta y llevada a la perfección por el arte, convierte en sí misma a cuantos cuerpos imperfectos toca» (citado por J. Read, op. cit., pág. 119). Aquí encontramos la idea arcaica según la cual la Piedra o el Elixir completan y acaban la obra de la Naturaleza. Frate Simone da Colonia escribía en el Speculum minus alchimiae: «Este arte nos enseña a hacer un remedio llamado Elixir, que, vertido sobre los metales imperfectos, los perfecciona por completo, razón por la que se ha inventado». Y en un codex alquímico estudiado por Carbonelli se nos dice que «esta materia, si hubiese sido mejor dirigida por la Naturaleza a las vísceras de la tierra y no se hubiese mezclado por accidente con impurezas habría sido el Santo Sol y la Luna» (op. cit., pág. 7). La idea de que la Piedra precipita el ritmo temporal de todos los organismos y que acelera el crecimiento se halla también en la Práctica, de Raimundo Lulio:

En primavera, mediante su grande y maravilloso calor, la Piedra da la vida a las plantas; si disuelves el valor de un grano en agua y, tomando de esta agua la que fuere precisa para llenar la cáscara de una avellana, riegas con ella una cepa de viña, tu cepa ostentará en mayo racimos maduros.

Fueron los alquimistas árabes los primeros en asignar a la Piedra virtudes terapéuticas, y sólo por su intermedio llega a Occidente el concepto del Elixir Vitae. Roger Bacon, sin emplear la expresión de Piedra o Elixir, habla en su Opus Maius de «una medicina que hace desaparecer las impurezas y todas las corrupciones del más vil metal, puede lavar las impurezas del cuerpo e impide de tal modo la decadencia de éste que prolonga la vida en varios siglos». Según Arnaldo de Villanova, «la Piedra filosofal cura todas las enfermedades [… ]. Cura en una hora una enfermedad que de otro modo duraría un mes; en doce días una enfermedad que duraría un año, y en un mes otra más larga. Devuelve a los viejos la juventud» El concepto alquímico del Elixir, introducido en Occidente por los autores árabes, sustituye el mito de una planta maravillosa o una bebida de inmortalidad, mito atestiguado, desde la más alta antigüedad, en todos los pueblos europeos y cuyo arcaísmo está por completo fuera de duda. El Elixir no era, pues, una novedad en Occidente más que en la medida en que se identificaba con la obra alquímica y la Piedra filosofal.

Por otra parte, y como era de esperar, la imagen de la Piedra acabó por absorber todas las viejas creencias mágicas: se aseguraba que el hombre portador de la Piedra era invulnerable; y en el Libro de la Santa Trinidad se nos dice que

el tener la Piedra en el hueco de la mano nos hace invisibles. Si se la cose a un lienzo fino y este lienzo se envuelve en torno al cuerpo, ciñéndolo de manera que el calor del cuerpo se comunique a la Piedra, podemos elevarnos por los aires tan alto como deseemos. Para descender basta con aflojar un poco el lienzo.

Podemos reconocer los famosos siddhi de los yoguis y los alquimistas indios: la invisibilidad, la levitación, el vuelo mágico; el Yoga, como el chamanismo universal, los sitúa entre los «poderes milagrosos», junto con el «dominio del fuego». Pero esto no implica necesariamente el origen oriental de las proezas de los magos y alquimistas europeos. Los milagros de tipo fakírico eran conocidos en Europa y derivaban muy probablemente de una tradición mágica local. En este caso, como en el del Elixir Vitae, la alquimia no hizo más que situarse en el lugar de antiquísimas creencias que tienen sus raíces en la prehistoria.

Tomado de: http://homepage.mac.com/eeskenazi/mircea2.html
Cap. 14 de “Herreros y alquimistas” Ed. Alianza.

El silencio de las sirenas

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación.

He aquí la prueba:
Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción.
Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo mas acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

 

“El arquetipo de la madre tiene, como todo arquetipo, una cantidad casi imprevisible de aspectos. Citando sólo algunas formas típicas tenemos: la madre y abuela personales; la madrastra y la suegra; cualquier mujer con la cual se está en relación, incluyendo también el aya o niñera; el remoto antepasado femenino y la mujer blanca; en sentido figurado, más elevado, la diosa, especialmente la madre de Dios, la Virgen como madre rejuvenecida, por ejemplo: Demeter y Ceres, Sophia como madre-amante, a veces también del tipo Cibeles-Atis, o como hija [ madre rejuvenecida-amante ); la meta del anhelo de salvación : el Paraíso, el reino de Dios, la Jerusalén celestial. En sentido más amplio la iglesia, la universidad, la ciudad, el país, el cielo, la tierra, el bosque, el mar y el estanque; la materia, el inframundo y la luna; en sentido más estricto, como sitio de nacimiento o de engendramiento: el campo, el jardín, el peñasco, la cueva, el árbol, el manantial, la fuente profunda, la pila bautismal, la flor como vasija, rosa y loto; como círculo mágico, mandala, padma, o cornucopia; y en el sentido más estricto la matriz, y toda forma hueca, por ejemplo, la tuerca; los yoni; el horno, la olla; como animal, la vaca, la liebre y todo animal útil en general. Todos estos símbolos pueden ser ambivalentes y tener un sentido positivo, favorable o un sentido negativo y nefasto. Un aspecto ambivalente son las diosas del destino, las Parcas, las Moiras, las Nornas. Un aspecto nefasto es la bruja, el dragón y todo animal que envuelve a sus víctimas en un abrazo, como un gran pez o la serpiente, la tumba, el sarcófago, la profundidad de las aguas, la muerte, el fantasma nocturno y el cuco, Lilith, etc.
Con esta enumeración no pretendo de ningún modo ser completo, sólo señalo algunos rasgos esenciales del Arquetipo de la Madre. Las características de éste son: lo “materno”; la autoridad mágica de lo femenino; la sabiduría y la altura espiritual que está más allá del entendimiento racional; lo bondadoso, protector, sustentador, dispensador de crecimiento, fertilidad y alimento; los sitios de la transformación mágica, del renacimiento; el impulso o instinto benéficos; pero también lo secreto, lo oculto, lo sombrío, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo que provoca miedo y no permite evasión. ”

 
Fragmento de Arquetipos e inconsciente colectivo, C.G.Jung

Cap. V: “La aventura del héroe”

MOYERS: ¿Por qué hay tantas historias de héroes en la mitología?

CAMPBELL: Porque es lo que vale la pena escribir. Hasta en las novelas populares, el personaje principal es un héroe o heroína que ha hallado o hecho algo más allá de los logros y experiencias normales. Un héroe es alguien que ha dado su vida por algo más grande que él mismo.

M: Entonces, en todas las culturas, sea cual sea la indumentaria local que lleve el héroe, ¿cuál es la hazaña?

C: Bueno, hay dos tipos de hazaña. Una es la hazaña puramente física, en la que el héroe realiza un acto de valor en la batalla o salva una vida. El otro tipo de hazaña es espiritual en la que el héroe aprende a experimentar el espectro supranormal de la vida espiritual humana y luego vuelve con un mensaje. La aventura usual del héroe empieza con alguien a quien le han quitado algo, o que siente que falta algo a la experiencia normal disponible y permitida a los miembros de una sociedad. Esta persona entonces emprende una serie de aventuras más allá de lo ordinario, ya sea para recuperar algo de lo perdido o para descubrir algún elixir que da vida. Usualmente es un ciclo, una ida y una vuelta. (…) Se trata de una transformación psicológica fundamental que todos deben superar. En la infancia nos hallamos en una condición de dependencia bajo la protección y supervisión de alguien (…) De ningún modo eres un agente libre y responsable, sino alguien dependiente que obedece, y espera y recibe castigos y recompensas. Evolucionar de esta posición de inmadurez psicológica hasta el valor de la responsabilidad y la seguridad en sí mismo exige una muerte y una resurrección. Es el tema básico del periplo del héroe: salir de una condición y encontrar la fuente de la vida para regresar maduro y enriquecido.

M: ¿Qué significan las pruebas, exámenes y ordalías que debe sufrir el héroe?

C: Si consideramos las intenciones, las pruebas están destinadas a comprobar si el supuesto héroe lo es de verdad. ¿Está a la altura de su tarea? ¿Puede superar los peligros? ¿Tiene el valor, el conocimiento, la capacidad, que le permitan servir a los demás? (…) Si comprendes cuál es el verdadero problema (perderte a ti mismo, entregarte a algún fin superior), comprendes que eso es en sí mismo la prueba definitiva. Cuando dejamos de pensar en primer lugar en nosotros y en nuestra supervivencia, sufrimos una transformación realmente heroica de la conciencia. Y de eso tratan todos los mitos, de la transformación de una especie de conciencia en otra. Has estado pensando de un modo, ahora tienes que pensar de otro.

M: Entonces, ¿el heroísmo tiene un objetivo moral?

C: El objetivo moral es el de salvar a un pueblo, o salvar a una persona, o apoyar una idea. El héroe se sacrifica por algo… ahí está la moralidad del asunto.

M: ¿Tu estudio de la mitología te lleva a concluir que existe una única búsqueda humana (…)?

C: Existe un cierto tipo de mito que podría llamarse la búsqueda visionaria, salir en busca de una gracia, una visión, que tiene la misma forma en todas las mitologías. (…) Sales del mundo en el que vives y vas a una profundidad o una distancia o una altura. Allí encuentras lo que le faltaba a tu conciencia en el mundo donde antes habitabas. Después se plantea el dilema de aferrarse a eso, y dejar que el mundo se haga mil pedazos, o volver con esa gracia y tratar de conservarla al entrar nuevamente en tu mundo social. No es fácil.

M: ¿Y si el héroe vuelve tras superar sus pruebas, y el mundo no quiere lo que él le trae?

C: Ésa, por supuesto, es una experiencia normal. No siempre el mundo rechaza el don, sino que no sabe cómo recibirlo y cómo institucionalizarlo.

M: La gente habla de “ponerse en contacto con uno mismo”. ¿Qué crees que significa?

C: Es muy posible que uno llegue a estar tan influido por los ideales y dictados de su medio que no sepa lo que realmente quiere y lo que podría ser (…) Te han dado instrucciones precisas de lo que debes hacer en cada momento de tu vida (…).

M: ¿Qué nos dice la mitología sobre cómo ponernos en contacto con esa otra persona que es nuestra persona real?

C: La primera instrucción sería seguir los indicios del mito mismo y de tu gurú, tu maestro, que se supone que lo sabe (…) Un buen modo de aprender es encontrar un libro que se ocupe de los problemas con los que te enfrentas (…) Lo que hay que hacer es aprender a vivir en tu período de la historia como un ser humano. Eso es algo distinto, y puede hacerse.

M: ¿Cómo?

C: Aferrándote a tus propios ideales (…) rechazando las exigencias impersonales que te impone el sistema.

CAMPBEL: Tenemos dos clases de héroe: el que elige emprender el viaje y el que no. En una clase de aventura el héroe parte con responsabilidad e intencionalidad a realizar una hazaña. Por ejemplo al hijo de Ulises, Telémaco, le dijo Atenea: “Ve a buscar a tu padre”. Esa búsqueda de padre es una importante aventura heroica para la juventud. Es la aventura de encontrar tu carrera, tu naturaleza, tu fuente. La emprendes intencionadamente. O está la leyenda de la diosa sumeria del cielo, Inanna, que bajó al mundo subterráneo y se enfrentó a la muerte para devolver a su amado a la vida. Después hay aventuras en las que te encuentras metido, por ejemplo cuando te enrolan en el ejército. No lo querías hacer, pero ya estás ahí. Haz sufrido una muerte y resurrección, te has puesto un uniforme, eres otra criatura.

(…) MOYERS: ¿El aventurero que emprende esa clase de viaje es un héroe en el sentido mitológico?

C: Sí, porque siempre está dispuesto. En estas historias, al héroe le sucede la aventura para la que estaba preparado. La aventura es una manifestación simbólica de su carácter. Hasta el paisaje y las condiciones del ambiente se ponen de acuerdo en esta predisposición.
(…) C: Nuestra vida desarrolla nuestro carácter. A medida que avanzas descubres más sobre ti mismo. Por eso conviene ponerse en situaciones que hagan surgir tu naturaleza más elevada y no la más baja. “Y no nos dejes en la tentación”.

M: Pero ¿una sociedad necesita héroes?

C: Sí, creo que sí.

M: ¿Por qué?

C: Porque tiene que tener imágenes fijas, como astros, para ser coherentes todas estas tendencias a la separación, para reunirlas en alguna clase de intencionalidad.

M: Para seguir un camino.

C: Creo que sí. La nación debe tener de algún modo una intención, para operar como un poder único.

M: A veces pienso que deberíamos sentir compasión por el héroe, más que admiración. Muchos de ellos han sacrificado sus propias necesidades por el prójimo.

C: Todos lo han hecho.

M: Y con frecuencia sus logros son destruidos por la incomprensión de sus seguidores.

C: Muchos de ellos dan sus vidas. Pero el mito también dice que de la vida entregada surge una vida nueva. Puede no ser la vida del héroe, pero es una vida nueva, un modo nuevo de ser o devenir. (…) Un héroe legendario suele ser el fundador de algo: en fundador de una nueva época, de una nueva religión, de una ciudad, de un modo de vida nuevo. Para fundar algo nuevo, es preciso abandonar lo viejo e ir en busca de la idea semilla, la idea germinal que tendrá la potencialidad de dar a luz lo nuevo. (…) También podría decirse que la fundación de una vida, de tu vida o la mía, si vivimos nuestras vidas en lugar de imitar alguna ajena, proviene así mismo de una búsqueda. (…) Hoy el mundo es distinto de cómo era hace cincuenta años. Pero la vida interior del hombre es exactamente la misma.

(…) C: Los mitos inspiran la realización de la posibilidad de tu perfección, la plenitud de tu fuerza y el aporte de luz solar en el mundo. Matar monstruos es matar las cosas oscuras. El mito te atrapa en tu interior.

M: ¿Cómo mato a ese dragón que hay en mí? ¿Cuál es el viaje que cada uno tiene que hacer, lo que tu llamas “la elevada aventura del alma”?

C: Mi fórmula general para mis estudiantes es: “Seguid el camino de vuestro corazón. Encontrar dónde está, y no temas internaros allí”. (…) Si el trabajo que estás haciendo es el que elegiste hacer porque lo disfrutas, entonces es el trabajo. Pero si piensas: “¡Oh, no! ¡ No podría hacerlo!”, es el dragón bloqueándote el paso.

M: En este sentido, a diferencia de héroes como Prometeo o Jesús, no partimos en nuestro viaje para salvar al mundo sino para salvarnos a nosotros mismos.

C: Pero al hacerlo, salvas al mundo. La influencia de una persona vital vitaliza, de eso no hay duda alguna. El mundo sin espíritu es un terreno baldío. La gente tiene la idea de que se puede salvar el mundo cambiando las cosas de lugar, cambiando las reglas, cambiando de lugar a los que mandan, y cosas así. ¡No, no! Cualquier mundo es válido si está vivo. Lo que hay que hacer es darle vida, y el único modo de hacerlo es hallar en tu propio caso dónde está la vida y volverte vivo tú mismo.

“El poder del mito”
Joseph Campbell en diálogo con Bill Moyers
Emecé Editores, Barcelona, 1991

Cierta leyenda Guaraní nos cuenta que el Ñandutí, un tipo de tejido paraguayo, surgió de la mano de una joven y bella mujer que imitó el dibujo de una telaraña en honor a su novio muerto en el bosque. Hoy, siglos más tarde, en la ciudad de Itauguá en las cercanías de Asunción, el Ñandutí es una de las principales actividades de las mujeres, que tejen con mucha paciencia bellas figuras que formarán parte de una manta, una toalla o mismo una pieza de ropa.

http://tal.tv/es/video/nanduti/

Director: Osvaldo Santacruz

TRANSCRIÇÃO DO “PORANDUBA”- Escuela Granada. Facilitadora Nicia Grillo. 2012. Río de Janeiro.

A Criação do Mundo na versão Tupi Guarani, contada por Kaká Werá Jecupé

No começo de tudo, quando não havia tempo ainda, havia Yamandu. Yamandu é “o silêncio que tudo ilumina”, é o ancestral de todos os ancestrais. Num determinado dia, dentro da própria luminosidade Yamandu, que é mais que qualquer sol, Yamandu quis conhecer a dimensão de si mesmo. Foi quando ele se encolheu, dentro do Grande Início, e recolheu dentro de si mesmo e viu que era vasto. Yamandu quis conhecer toda a dimensão de si, então se transformou numa coruja. Não essa coruja que nós vemos agora, mas a coruja primordial. E como coruja Yamandu se viu dentro da Grande Noite e viu que era vasto. Yamandu queria conhecer a sua altura, o seu comprimento, então se transformou num colibri: Mainu, na língua guarani. E como Mainu, o colibri, Yamandu conseguiu voar velozmente em todas as dimensões de si: voou acima, abaixo e ao centro. E viu que era vasto. Então Yamandu, o silêncio sagrado, luminoso, quis conhecer a totalidade de si, foi quando se recolheu dentro de si mesmo e se transformou num gavião real, Macauã. E com Macauã ele voou na mais longe das alturas e viu a totalidade de si. Então ele pensou: “Precisamos criar mundos”.
Foi então que ele cantou e do seu canto as estrelas começaram a nascer. E ele cantou, cantou e cantou, até quando num determinado momento ele disse:
– Os mundos todos estão criados.
Foi então que ele se recolheu dentro de si mesmo e se transformou num Grande Sol. E do ventre desse Grande Sol, Coaracy, é que nasceu Tupã. Tupã, nascido do próprio coração de Yamandu, começou a cantar ajudando Yamandu a criar os mundos.
Mas um dia Tupã sonhou com a nossa Mãe Terra. Foi quando ele criou do seu próprio pensamento um petenguá. Petenguá é um cachimbo sagrado. E através do petenguá ele soprou o espírito da futura Mãe Terra. E o espírito da futura Mãe Terra ficou viajando pelo espaço, se alongando, se transformou numa serpente luminosa e prateada. Até o momento em que ela escolheu um lugar e disse:
– É aqui.
E naquele lugar ela se enrodilhou e adormeceu. Ela se transformou numa tartaruga, um imenso jabuti.
Algum tempo depois Tupã foi seguindo o rastro do espírito da Terra que havia sido deixado pelo espaço, no grande céu, até chegar ao lugar onde havia escolhido para adormecer e sonhar. Tupã olhou e no casco da grande tartaruga desenhou as futuras montanhas, os futuros vales, os futuros rios, desenhou as futuras cachoeiras. E pensou:
“É preciso pôr alguém ali para continuar a Criação. Eu tenho muitas tarefas para fazer”.
Então Tupã, do seu próprio coração, criou o nosso primeiro ancestral, Nhanderovussu, o primeiro ser humano. Só que naquele tempo ele era alado. Nós o chamamos também de Avadiquaquá, “o primeiro adornado”. E quando Tupã disse: “Vai, vai continuar a criação lá na Terra”, nosso primeiro ancestral não sabia como andar na Terra, não sabia habitar na Terra. Foi então que ele retornou a Tupã e disse:
– Mas eu não sei viver na Terra.
E Tupã falou:
– Procure as quatro direções. Em cada direção você encontrará um “nhendejara”, um professor, um guia
E Tupã foi embora.
Nhanderovussu, nosso primeiro ancestral, então voltou à Terra e foi em direção ao Sul.
E no Sul ele viu uma palmeira azul, Endovidju. Nhanderovussu, nosso primeiro ancestral, foi até a palmeira azul e disse:
– Ei , você! Você pode me ensinar alguma coisa sobre viver aqui na Terra?
Endovi disse:
– É claro que eu posso, entra em mim e você vai aprender a viver na Terra.
Então Nhanderovussu entrou na palmeira e se tornou a própria palmeira.
Foi quando sentiu pela primeira vez, através das raízes, o que era estar na Terra. E viu que era muito bom. E foi ficando, foi ficando, foi ficando…
Até que um dia Endovidju disse:
– Você já aprendeu muito comigo. Pode ir embora.
Nhanderovussu, nosso primeiro ancestral, saiu da palmeira e foi em direção ao Norte. E no Norte encontrou uma rocha. Ele olhou para Rocha e disse:
– Você pode me ensinar alguma coisa sobre viver aqui na Terra?
A rocha disse:
– Claro. Entra em mim que você vai aprender.
Então Nhanderovussu entrou na rocha e se tornou a própria rocha. E ficou meditando, olhando os poentes e os nascentes. Muito, muito, muito tempo depois a rocha disse:
– Você já aprendeu comigo o que tinha que aprender. Pode continuar a sua jornada. Sai.
Nhanderovussu saiu. E foi em direção ao oeste. Foi quando ele encontrou a primeira onça ancestral, Yauaretê. Ele disse pra ela:
– Você pode me ensinar alguma coisa sobre viver aqui na Terra?
Ela disse:
– Claro. Entra em mim.
Foi quando pela primeira vez Nhanderovussu sentiu o cheiro da Terra, olhou a Terra com os olhos de onça, pisou na Terra com quatro patas. Andou, depois correu. E viu que era muito bom estar aqui na Terra. Então Yauaretê, a onça ancestral, disse:
– Pronto, você já aprendeu comigo, agora sai.
E deixou Nhanderovussu no pé de uma montanha, ao leste. Nhanderovussu olhou para o alto da montanha e viu que ali tinha uma gruta, bem no alto, e dessa gruta saía uma luz que lhe chamou a atenção. E ele subiu …
Quando chegou no interior da gruta ele viu que essa luz saía de uma serpente prateada, que estava sentada, enrolada no chão, e o mirava silenciosamente. Nhanderovussu perguntou:
– Quem é você?
Ela disse:
– Eu sou o Espírito da Terra.
– Ah! Então você pode me ensinar alguma coisa sobre viver aqui.
– Mas é claro que eu posso.
– Então me mostre.
Então o Espírito da Terra foi recolhendo do próprio chão a poeira e o barro, e foi formando um assento: os dois pés … foi formando um tronco, um corpo, uma cabeça, todo de barro. Colocou dois cristais no alto da cabeça, umedeceu com as gotas que caíam do alto da caverna e disse para Nhanderovussu:
– Entra aqui que você vai aprender sobre a Terra.
Nhanderovussu entrou naquele corpo de barro, naquele assento, e foi a primeira vez que ele conseguiu andar sob dois pés. Ele saiu em direção à entrada da gruta porque o sol brilhava lá fora e ele viu pela primeira vez, com os olhos de cristal, todo o horizonte, e disse:
– Isso é muito bonito. Isso é muito bonito.
Foi então que Nhanderovussu percebeu que a Terra era maravilhosa e seu coração entoou um canto.
A mãe Terra, que nós chamamos de Nhandessi, disse para ele:
– Eu preciso te falar algumas coisas. Você tem o poder que vem da própria Terra, a qual você está portando. Você também tem o poder das águas, você tem o poder das pedras e tem o poder das plantas. Presta atenção nisso. Esse é um presente que eu te dou, quando eu teci esse assento que você porta. Agora você também tem um poder maior, você tem o poder de Tupã. Preste atenção em cada palavra. Tudo que sair da sua boca é um espírito vivo.
Nhanderovussu agradeceu os ensinamentos da Mãe Terra e ficou pensando em tudo aquilo enquanto caminhava olhando toda a criação que Tupã havia deixado: as montanhas, o céu, o chão. Então de repente ele olhou para o céu azul e disse:
– Arara!
E da palavra “arara” nasceu a primeira arara, o primeiro pássaro azul. Ele ficou espantado e disse.
– Nossa! Araraí!
E nasceu uma arara pequena.
– Arararuna!
E nasceu a arara vermelha.
E começou a falar coisas que lhe vinham na cabeça:
– Tucano! Mainu! Mainuí! Araponga!
Da sua boca nasceram muitos pássaros. E os pássaros nasciam e voavam. E ele continuou andando e experienciando aquela sensação. Ele olhou então para o rio e disse:
– Pirarucu!
E nasceu o primeiro peixe.
– Tambaqui!
E outro peixe nascia.
E foi falando muitos nomes que viraram peixes. Muitos e muitos nomes. Ele olhou para o chão e falou:
– Djacaré!
E ele olhou para o lado e disse:
– Panambi!
Nasceu a primeira borboleta.
E ele foi cantando nomes:
– Paca! Tatu! Cotia …
(A cotia não. A cotia veio muito tempo depois.)
E ele foi cantando, cantando, cantando nomes. Até o dia que ele olhou para os lados e viu que estavam todos os seres criados: os seres das águas, os seres do céu, os seres da terra.
Ele voltou até aquela gruta e encontrou novamente com o espírito da Terra e disse:
– Nanhandessi – que é “a Sagrada Mãe” – eu vim te devolver o corpo que você me emprestou, porque eu aprendi a viver na Terra e porque eu aprendi a criar na Terra.
A mãe Terra disse:
– Não precisa me devolver, fica contigo. É seu para sempre.
Nhanderovussu falou:
– Não! Mas eu devolvi para a palmeira quando a palmeira me ensinou. Eu devolvi para a rocha quando a rocha me ensinou. Eu devolvi para a onça quando a onça me ensinou.
Nhandessi, a nossa mãe Terra, falou:
– Não, não precisa me devolver.
Precisa, não precisa … Até que a mãe Terra disse:
– Olha, faz o seguinte: anda mais um pouco pelo mundo, vive mais um pouco a sua experiência nesse chão, depois quando você realmente cansar você não precisa mais vir até mim; abre um espaço em qualquer lugar e entregue esse manto que eu te dei.
Então assim foi feito. Nhanderovussu desceu e continuou a cantar. Cantou durante muito tempo, cantou muitas coisas. Muitas vidas nasceram. E as vidas que foram nascendo foram fazendo amizade umas com as outras e também com Nhanderovussu. Até um dia em que ele disse:
– Agora eu me vou.
Abriu um espaço numa clareira na floresta, entregou o manto que a mãe Terra havia lhe dado nesse espaço e ficou somente o seu espírito. E voou e se transformou no Sol. Esse Sol que nós vemos hoje é Nhanderovussu, nosso primeiro ancestral.

…………

La creación del mundo.

En el comienzo de todo, cuando no había ni tiempo todavía, estaba Yamandú.
Yamandú es el silencio que todo lo ilumina, es el ancestro de todos los ancestros.
Un día dentro de su propia luminosidad Yamandú, que es más que cualquier sol, quiso conocer la dimensión de sí mismo. Fue cuando se encogió dentro del gran inicio y recorrió dentro de sí mismo y vio que era vasto.
Yamandú quiso conocer toda dimensión de sí entonces se transformó en una lechuza. No esa lechuza que nosotros vemos ahora, una lechuza primordial. Y como una lechuza Yamandú se vio dentro de la gran noche y vio que era vasto. Yamandú quiso conocer su altura, y su largo entonces se transformó en un colibrí. Mainu en lengua guaraní. Y como colibrí Yamandú consiguió volar velozmente en todas las dimensiones de sí: voló encima, voló abajo y al centro de sí. Y vio que era vasto.
Entonces Yamandú, que es el silencio sagrado, luminoso, quiso conocer la totalidad de sí, fue cuando se recogió dentro de sí mismo y se transformó en gavilán. Macaua. Y como Macaua voló a lo más lejos de las alturas y vio la totalidad de sí. Entonces pensó: Precisamos crear mundos.
Fue entonces que él cantó y de su canto las estrellas comenzaron a nacer. Y el cantó, cantó y cantó, hasta que en un determinado momento él dijo: Los mundos están todos creados.
Fue entonces que él se reconoció dentro de sí mismo y se transformó en un Sol Grande. Y en el vientre de ese Sol Grande, Coracy, del que nació Tupa. Tupa, nacido del propio corazón de Yamandú, comenzó a cantar ayudando a Yamandú a crear el universo.

Un día Tupa soñó con nuestra Madre Tierra. Fue cuando él creó de su propio pensamiento un petenguá. Petenguá es una pipa sagrada. Y a través de la petenguá sopló el espíritu de la futura Madre Tierra. Y el espíritu de la futura madre Tierra se quedó viajando por el espacio. Alargándose se transformó en una serpiente luminosa y plateada. Hasta el momento en que ella escogió un lugar y dijo:
-Es aquí.
En aquel lugar ella se enrolló adormeciéndose.
Ella se transformó en una Tortuga, una inmensa tortuga.
Un tiempo después Tupa fue siguiendo el rastro del espíritu de la Tierra que había dejado por el espacio, en el gran cielo, hasta llegar al lugar que había escogido para adormecer y soñar. Tupa vio en el caparazón de la tortuga los dibujos de las futuras montañas, los futuros valles, los futuros ríos, los dibujos de las futuras cascadas. Y pensó:
Es preciso alguien para continuar la creación. Yo tengo muchas tareas que hacer.
Entonces Tupa de su propio corazón, creo nuestro primer ancestro. Nhanderovussu, el primer ser humano. Sólo que en aquel tiempo él era alado. Avadiquaquá, “el primer adornado”
Y cuándo Tupa dijo “ Vas a continuar la creación en la Tierra” nuestro primer ancestro no sabía como andar en la Tierra, no sabía habitar en la Tierra..
Fue entonces que el retornó a Tupa y dijo:
-Pero yo no se vivir en la Tierra.
Y Tupa dijo:
-Viaja en las cuatro direcciones. En cada dirección encontrarás un Nhendejara, un maestro, un guía.
Nhanderovossu, nuestro primer ancestro, volvió a la Tierra y fue en dirección al Sur.

En el Sur vio una Palmera azul, Endovidju.
Nhanderovussu, nuestro primer ancestro, fue hasta la Palmera azul y le dijo.:
-Ey vos! Podés enseñarme alguna cosa sobre vivir acá en la Tierra?
Endovi dijo:
-Y claro que puedo! Entra en mí y vas a aprender a vivir acá en la Tierra.
Entonces Nhanderovussu entró en la palmera y se tornó él mismo Palmera.
Fue cuando sintió por primera vez, a través de las raíces, lo que era estar en la Tierra. Y vio que era muy bueno.
Y se fue quedando, quedando, quedando.
Hasta que un día Endovi dijo:
-Vos ya aprendiste mucho conmigo. Podés irte.
Nhanderovussu, nuestro primer ancestro, salió de la Palmera y fue en dirección al Norte.
En el Norte encontró una Piedra. Él la miró y dijo:
-Vos me podés enseñar una alguna cosa sobre vivir acá en la tierra?
La Piedra dijo:
-Claro, entra en mí que vas a aprender.
Entonces Nhanderovussu entró en la Piedra y se tornó una propia piedra. Se quedó meditando, mirando las ponientes y las nacientes, Mucho tiempo después la Piedra dijo:
-Vos ya aprendiste conmigo lo que tenías que aprender. Podés continuar con tu vida, andá…
Nhanderovussu salió y fue en dirección al oeste. Fue cuando encontró el primer Jaguar y le dijo:
-Vos me podés enseñar alguna cosa sobre vivir acá en la tierra?
Y el Jaguar le dijo..
-Claro, entra en mí.
Fue cuando por primera vez Nhanderovussu sintió el olor de la Tierra, miró la Tierra con los ojos del jaguar, pisó la Tierra con las cuatro patas. Camino, después corrió. Y vio que era muy bueno estar acá en la Tierra. Entonces el Jaguar ancestral, dijo:
-Bueno, vos ya aprendiste conmigo, ahora salí.
Y dejó a Nhanderovussu al pie de una montaña al Este. Nhanderovussu miró para lo alto de la montaña y vio que había una gruta, y de esa gruta salió una luz que le llamó la atención. Y él subió.
Cuando llegó en el interior de la gruta él vió que esa luz salía de una serpiente plateada, que estaba sentada, enrollada en el suelo y lo miraba silenciosamente.
Nhanderovussu le preguntó:
-Quién sos vos?
Ella dijo:
-Yo soy el espíritu de la Tierra.
-Ah entonces me podés enseñar sobre cómo es vivir acá.
-Claro que puedo!
Entonces el espíritu de la tierra fue recogiendo del mismo suelo el polvo y el barro, y fue formando un asiento, los dos pies, fue formando un tronco, un cuerpo, una cabeza, todo de barro.
Colocó dos cristales en lo alto de la cabeza, los humedeció con las gotas que caían de arriba de la caverna y dijo para Nhanderovussu
-Entrá aquí que vos vas a aprender sobre la tierra.
Nhanderovussu entró en aquel cuerpo de barro, en aquel asiento de barro y fue por primera vez que el consiguió andar sobre sus dos pies. Él salió en dirección a la entrada de la gruta porque el sol brillaba allá afuera y vio por primera vez, con los ojos de cristal, todo el horizonte y dijo:
-Esto es muy hermoso, esto es muy hermoso
Fue entonces cuando sintió la belleza de la tierra en su corazón..entonces cantó!
Y la madre Tierra dijo para él:
-Es preciso hablarte de algunas cosas. Vos tenés el poder que viene de la propia Tierra, porque la llevás con vos a dónde vayas. Vos también tenés el poder de las aguas. Vos también tenés el poder de las piedras y el de las plantas. Prestá atención en eso. Este es un presente que yo te dí, cuando moldee el asiento que vos llevás. Pero ahora tenés un poder mayor, vos tenés el poder de Tupa. Prestá atención en cada palabra: Todo lo que sale de tu boca es un espíritu vivo.

Nhanderovussu agradeció las enseñanzas de la Madre Tierra y se quedó pensando en todo aquello mientras caminaba mirando toda la creación que Tupa había dejado: el suelo, las montañas, el cielo. Entonces de repente el miró para el azul del cielo y dijo:
-Arara! (Guacamayo)
Y de la palabra “arara” nació el primer guacamayo, el primer pájaro azul. él se quedó espantado y dijo:
-Ayyy noo, Araraí!
Y nació un guacamayo pequeño.
Y comenzó a decir cosas que se le veían a la cabeza:
-Túcan! Colibrí! ….
De su boca nacieron muchos pájaros. Y los pájaros nacían y volaban. Y él continuó anadando y experimentando aquella sensación. Él miró entonces para el río y dijo:
-Piraracu
Y nació el primer pez.
-Tambaquí.
Y otro pez nacía.
Y fue diciendo muchos nombres que se transformaban en peces. Muchos y muchos nombres. él miró para el suelo y dijo:
-Yacaré!
Y el miró para el otro lado y dijo:
-Panambí!
Nació así la primera mariposa.
Él fue cantando nombres:
-Paca! Tatu! (armadillo)
Él fue cantando, cantando, cantando nombres. Hasta que un día que él miró para los dos lados y le pareció que estaban todos los seres creados: los seres de las aguas, los seres del cielo, los seres de la tierra

Él volvió hasta aquella gruta y se encontró nuevamente con el espíritu de la Tierra y dijo:
-Sagrada Madre, te vine a devolver el cuerpo que vos me prestaste, porque ya aprendí a vivir y a crear en la Tierra
Y la Madre dijo:
-No precisas devolvérmelo, tenelo con vos. Es tuyo para siempre.
Nhanderovussu dijo:
-No. Si yo se lo devolví a la Palmera cuando la Palmera me enseñó. Yo se lo devolví a la Piedra cuando la Piedra me enseñó. Yo devolví al Jaguar cuando el Jaguar me enseñó.
-No, precisa.
Preciso, no precisa…Hasta que la Tierra habló:
-Mirá hacé lo siguiente: andá un poco mas por el mundo, viví un poco más tu experiencia en este suelo, después cuando vos realmente te canses no precisás venir a verme a mí, abre un espacio en cualquier lugar y entrega ese manto que yo te di.

Entonces así fue hecho. Nhanderovussu continuó cantando. Cantó durante mucho tiempo, cantó muchas cosas. muchas vidas nacieron. Y de las vidas que nacieron fueron haciendo amistades unas con otras.

Hasta que un día el dijo -Ahora yo me voy.

Abrió un espacio en el claro del monte, entregó el manto que la Madre le había dado en ese espacio se quedó solamente su espíritu . Y voló y se transformó en Sol. Ese Sol que nosotros vemos hoy es Nhanderovussu, nuestro primer ancestro, nuestro abuelo.