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Ser humano

Finalmente, el hombre apareció. Es en el seno del bosque/floresta que esta nueva forma animal se había preparado, es viviendo en los árboles que una sucesión de insectívoros, de lémures, de simios habían puesto a punto la supremacía de la vista sobre el olfato, la liberación de la mano, la recuperación de todo lo que era necesario para hacer posible nuestro cuerpo. Los árboles lo forjaron, y si el hombre prehistórico no podía haber conservado ningún recuerdo, al menos, de su aparición en la tierra, encontró en ellos, los árboles, sus primeros proveedores, sus primeros protectores. Imaginémoslo, perdido en el medio de la selva primordial, sin defensa, buscando su alimento por todos lados. Del fruto del árbol, baya, nuez o drupa, inmediatamente accesible, dependió durante mucho tiempo su supervivencia. Contra los peligros más graves, los árboles le ofrecían un mundo entre cielo y tierra, en el cual encontraba abrigo toda una sociedad de pequeños mamíferos, pájaros e insectos. Las ramas le suministraron sus primeras armas, su primer techo. Las brasas de un incendio forestal, encendido por un rayo, le dieron la idea de conservar el fuego, después de hacerlo, una vez que descubrió que el calor que emergía, cuando frotaba dos pedazos de madera uno contra el otro, podían hacer nacer una llama. El árbol, gracias al cual el hombre se procuraba sin pena casi todo lo que necesitaba en su miseria, no podía parecerle sino un ser sobrenatural. Es ahí, en el bosque intacto, que nació esta veneración espontánea que se transmitió de generación en generación hasta nosotros.

 

Jacques Brosse, en l’arbre

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No creo en los grandes
hacendados de la poesía,
en los latifundistas de la tinta.

Creo
en el ovejero de las letras,
que con los perros rigurosos
de las situaciones cotidianas
van trashumantes
con su piño de ideas
afrontando cuero al cielo
la palabra,
para darnos abrigo.

Ellos son los que saben
que no es cuestión
de esperar la esperanza,
sino de ganarla.
.
Los arquitectos de la literatura
que sigan con sus escuadras,
compases y balanzas.

Nosotros,
– peones constantes –
a fuerza de imagen
construiremos
la justa casa del hombre.

 

Julio José Leite.

La máscara es una forma de simular individualidad. Es un mediador que protege al individuo de sus relaciones humanas. La función de la máscara básicamente es cubrir con un velo una parte. Protege la intimidad y da resguardo. Sin embargo esta apariencia no nos hace más aceptables. En algún momento la máscara nos lleva a un enfrentamiento entre lo externo aparente y lo verdadero, la más bella fusión. Y así vamos ejercitando un inquietante y apasionado juego de develar lo que cubrimos. Y finalmente apareSer.

En el FB de Marina Barbera

Una carretilla de mierda

Mientras descargo la tercera carretilla de mierda, canta un pinzón en uno de los ciruelos. Nadie sabe muy bien por qué los pájaros cantan tanto. Lo único cierto es que no cantan para engañarse a sí mismos ni para engañar a los demás. Cantan para anunciarse tales como son. Comparada con la transparencia del canto de un pájaro, nuestra habla es opaca porque se ve obligada a buscar la verdad en lugar de actuarla.

(…)

El mal no deriva de la materia que se descompone, sino de la capacidad humana de ‘persuadirse’ a uno mismo.
La imagen del buen salvaje del siglo XVIII era miope. Confundía un ancestro distante con los animales que ese hombre cazaba. Todos los animales viven conforme a las leyes de su especie. No conocen la piedad (aunque conocen el duelo), pero nunca son perversos. Es por ello por lo que los cazadores creen que algunos animales son naturalmente nobles y poseen una gracia que armoniza con su gracia física. No es el caso del hombre.
No existe el mal en la naturaleza que nos rodea. Es necesario repetirlo una y otra vez, porque una de las formas humanas de ‘persuadirse’ a cometer actos inhumanos consiste en tomar como ejemplo la supuesta crueldad de la naturaleza.
La crueldad es el resultado de ‘persuadirse’ a uno mismo a la imposición del dolor o a la ignorancia consciente del dolor ya infligido. El cuclillo no se persuade de nada. Tampoco el lobo.

(…)

No muy lejos de donde cavé el foso, florece un ciruelo. Ha de haber cambiado el viento y ahora sopla desde el sur, porque siento el aroma del lilo a través de la mierda. Huele a menta mezclada con mucha miel.
El perfume me devuelve a mi primera infancia, al primer jardín que conocí, y de pronto, desde aquel tiempo lejano, vuelven ambos olores, desde mucho antes que el lilo o la mierda tuvieran nombre para mí.

Frangmentos del ensayo Una carga de mierda. En Cada vez que nos decimos adiós. Traducción de Graciela Speranza. Ediciones de la Flor

Sí, las rosas
y el canto de los pájaros.
Toda la hermosura del mundo,
y la nobleza del hombre,
y el encanto y la fuerza del espíritu.
Sí, la gracia de la primavera,
las sorpresas del cielo y de la mujer.
¿Pero la hondura negra, el agujero negro,
obsesionantes?

Sí, Dios, lo divino,
a través de la rosa y del rocío,
y del cielo móvil de unos ojos,
¿pero el vacío negro, el horror vago y permanente de la sombra?

Sí, muchachas en la tarde,
niños en los jardines,
paisajes que suenan como melodías perfectas,
versos de Rilke o de Brooke,
entusiasmo generoso de las jóvenes almas
capaz de cambiar el mundo,
belleza del sacrificio y del ideal,
y el amor, y el hijo y la amistad,
¿pero el vacío negro, el escalofrío intermitente del abismo?

 

 

 

En  El alba sube

Blind Pew

Lejos del mar y de la hermosa guerra,
que así el amor lo que ha perdido alaba,
el bucanero ciego fatigaba
los terrosos caminos de Inglaterra.

Ladrado por los perros de las granjas,
pifia de los muchachos del poblado,
dormía un achacoso y agrietado
sueño en el negro polvo de las zanjas.

Sabía que en remotas playas de oro
era suyo un recóndito tesoro
y esto aliviaba su contraria suerte;

a ti también, en otras playas de oro,
te aguarda incorruptible tu tesoro:
la vasta y vaga y necesaria muerte.