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Huellas

“La práctica del movimiento me llevó a descubrir al hombre humanamente.
Cuando sucede esto, se siente el verdadero amor.
La práctica de la expresión me permitió descubrir la necesidad que tenemos de liberarnos y el miedo que tenemos de que esto se produzca.
La práctica del ritmo me permitió conectarme con mi mundo emocional y a través de él, descubrir los ritmos de cada pueblo, desde el nuestro. (No confundir ritmo con coreografía o compás).
El Hatha Yoga me permitió descubrir el mundo en sus distintas dimensiones, mis resonadores y mi responsabilidad en la relación entre mi personalidad y mi ego, y entre mi esencia y mi sensibilidad y cómo estaba yo ubicada en todos estos aspectos y qué relación tengo Yo personalidad con todo esto.
La Plástica Griega me permitió conocer e identificar la expansión psicofísica y tener la experiencia de lo que realmente significa un instante armónico entre el cosmos y mi todo.
La información y la comunicación telepática me permitió sacar conclusiones y me ayudó a meterme a experimentar lo que intuía.
La intuición fue mi acicate para buscar informarme permanentemente.
Tenía miedo y no quería equivocarme. El miedo a equivocarme me llevó a informarme en todo lo que podía encontrar y como no encontré muchas explicaciones, me entregué a experimentar personalmente.
Como no podía ni puedo quedarme con lo que adquiero y necesito exteriorizarlo, comencé a contar lo que me acontecía. Contando, encontré quienes se interesaron en hacer la experiencia y así pude experimentar y comprobar. Descubrí las leyes.
Por suerte encontré muchas personas a quienes les interesaba lo que hacía y hago. Desde luego que cada uno sigue la experiencia mientras lo necesita y esté en el campo de su interés.
Lo que he descubierto no es nuevo. Es tan antiguo, bueno, como el hombre…”
Susana Rivara de Milderman del Libro: “Hacia el equilibrio entre la Ética y la Estética

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Nota: estos textos vienen de Por favor planta este libro, editado por Barba de abejas. Cada poema está en un sobre que tiene adentro semillas de lo que nombra. La edición es una joya, al cuidado del propio traductor, Eric Schierloh

 

Margarita

Ruego para que dentro de treinta y dos años
estas flores y vegetales
rieguen el Siglo Veintiuno
con sus voces diciendo que
ellos una vez fueron un libro que se volvió
vida gracias a manos llenas de amor.

 

 

Lechuga

La única esperanza que nos queda son nuestros
niños y las semillas que les damos
y los jardines que plantemos juntos

 

 

Caléndula

Mis amigos se preocupan y me
lo dicen. Hablan del fin
del mundo, de las tinieblas y del desastre.
Yo siempre los escucho tranquilo, y después
les digo: No, no va a terminar. Esto
es sólo un comienzo, como este libro
que es sólo un comienzo.

 
Calabaza

Es el tiempo justo para mezclar sentencias
sentencias con la tierra y el sol
con la puntuación y la lluvia y
los verbos, y para los gusanos de atravesar
las incógnitas marcadas y para
las estrellas de brillar bajo incipientes
nombre, y para el rocío de formar
párrafos.

 

 

Richardo Brautigan, en Por favor plante este libro, editorial Barba de Abejas (traducción de Eric Schierloh)

Kintsugi (金継ぎ?) (Japonés: carptintería de oro) o Kintsukuroi (金繕い?) (Japonés: reparación de oro) Cuando los japoneses reparan objetos rotos, enaltecen la zona dañada rellenando las grietas con oro. Ellos creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso. El arte tradicional japonés de la reparación de la cerámica rota con un adhesivo fuerte, rociado, luego, con polvo de oro, se llama Kintsugi. El resultado es que la cerámica no sólo queda reparada sino que es aún más fuerte que la original. En lugar de tratar de ocultar los defectos y grietas, estos se acentúan y celebran, ya que ahora se han convertido en la parte más fuerte de la pieza. Kintsukuroi es el término japonés que designa al arte de reparar con laca de oro o plata, entendiendo que el objeto es más bello por haber estado roto.

kintsukuroi-1

 

 

 

En el lugar donde uno pone el pie
queda la huella,
la tierra guarda esa memoria.

El cuerpo viaja,
el recuerdo se queda.
Uno se despide
y no se va.

La vida
es el recuerdo de la muerte,
y la muerte
el recuerdo de la vida.

 
Humberto Ak’Abal, en Kamoyoyik

Un fuerte trueno
sacude las montañas
que rodean este pueblo remoto
De repente
mi retiro mi silencio–
dónde están
No digan que mi boca
es muy pequeña para hablar
de la belleza del mundo
En la esquina del jardín
en invierno los cerezos
están anunciando la primavera.

 

 

Musō Soseki (1275 -1351)

Árbol que recuerda

Siete mujeres se sentaron en círculo.

Desde muy lejos, desde su pueblo de Monostenango, Humberto Ak’abal les había traído unas hojas secas, recogidas al pie de un cedro.

Cada una de las mujeres quebró una hoja, suavemente, contra el oído. Y así se abrió la memoria del árbol:

Una sintió el viento soplándole la oreja.

Otra, la fronda que suavecito se hamacaba.

Otra, un batir de alas de pájaros.

Otra dijo que en su oreja llovía.

Otra escuchó algún bichito que corría.

Otra, un eco de voces.

Y otra, un lento rumor de pasos.

 

Eduardo Galeano, en Bocas del tiempo