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Misterio

La poesía es mi aproximación a la realidad (Beatriz Vallejos)


Bien. Regreso a mi ciudad lejana, temprana adolescencia, al alto mueble de tiempo y libros atesorados por mis padres, que me esperan en la quinta de Rincón. Algunos libros con la firma todavía legible de mi abuelo, que ya no está. Ese fue el mapa literario que recorrió la avidez de mi infancia. Seguramente una lectura desordenada, pero sí de algún modo coherente. Romain Rolland y Gorki, Víctor Hugo, Zola, Dostoievski, Tolstoi. Ah, y Dante. Dante de mi madre italiana, Dante de Beatriz por quien llevo mi nombre. Y en la cesta de las labores de mi madre, junto a la mecedora en la galería, siempre algún libro de turno, los del lugar: Manuel Galvez, Domingo Silva… la mítica casa de los cuervos, la hermosura de El Tempe argentino. Y creo que allí, donde para mi la sombra era azul, allí la literatura dejaba de ser palabra impresa y me rescataba sino – ¡y que pronto lo comprendí!- algo que latía en todas las cosas y seres, algo que estaba en la sombra y en la luz con apacible presencia: el misterio. El misterio que contestaba mis interrogantes o que me interrogaba en un juego que no ha concluido aún.
La razón por la que escribo es una consecuencia natural de todo lo anterior. Los míos fueron pioneros del arte de curar. Mi abuelo materno, el primer médico afincado en la costa. Mi padre, el farmacéutico de Colastiné, cuando Colastiné era puerto de ultramar. Y más allá, remontando la herencia paterna, la preciosa referencia de los guaraníes en las miles de plantas medicinales que los jesuitas ordenaron en un libro.
Todo esto signó la vocación de señalar por la poesía de las coordenadas de equilibrio en lo armonioso que la naturaleza brindaba. La comprensión de la realidad en su dolida circunstancia y del posible remedio (¿del alma?), sí, sin duda ha sido determinante ético que extraje de siempre, desde que escuchaba a mi madre sus testimonios de los malones mocovíes en San Javier. Y todo era cercano y vívido. Esa puede ser la razón y no ha cambiado.
Solo ocasionalmente, me sitúo a opinar sobre mi poética. Y es una especie de desdoblamiento, siendo que la poesía es el territorio viviente y el concepto la aceptación de esa diferencia. Vivir en estado poético es mi natural respiración. Opinar sobre ello seria, es, acaso, solo un intento esforzado, por cuanto me hiere tener que afirmar “mi poética”. Me parece que invado pertenecías. “Mi”, “yo” es lo que pronuncio con acentuado pudor desde hace tiempo. Es otra la certeza (¿vos decís no hay certeza?). Es otra la identidad. La misma la de siempre la de entonces. La que abrazo desde todos los ángulos. No es el centro de la vida mi vida, sino que todo es centro, centelleo grávido, de fruto, de aromado ritmo. Si permito participar de la ortodoxia gramatical, al análisis, algo es dañado. Dije una vez: extraer la palabra con amoroso cuidado para que no se quiebre en retórica. Eso es que esa palabra va a dar convertida en poema, es decir, en infinito. También exprese: tomo del silencio las palabras que me son necesarias. Puedo decir que la escritura poética aparece en pequeñas precipitadas hojitas; primero como una especie de clave y a partir de allí como la música que hubiera deseado componer. Acuden o fluyen desde alguna región inmanente que estará en mi memoria, o que la Memoria me ofrece. Crecí entre islas y gente de grande pausas coloquiales. Mi escritura fue siempre un hecho intuitivo en la medida de mis interrogantes y certezas (insisto con esto). Del poema pienso que gira en su propia incandescente certidumbre y es válido siempre. No pertenecerá al tiempo lineal, sino que será grávido, al alcance de la mano como un fruto, e ingrávido en su constelación inasible, donde de otra manera prismática nos conmueve. Es decir no enteramente traducible, sino algo así como incorporado ¿no? a otras consecuencias misteriosas embrión de otros poemas…
En los años en que mi salud me permitió realizar el apasionante oficio de laquista, no había diferencia entre la poesía y el vocabulario de las resinas en las veladuras y transparencias. Hermanada la síntesis con la abstracción. La temática era la misma. Quise expresar el viento, los reflejos del agua, la siesta con zorzales y chicharras, los vitrales del atardecer… Ahora que esa cautivante artesanía está relegada de mis posibilidades, concretas, físicas, regreso a los poemas, a pretender con las palabras extender la luminosidad de vitrales, “la participación de la música en fragancias” como dije un poema.
Digo la Biblia, el Eclesiastés… pero ya no releo: recuerdo. Recuerdo cómo fue mi infancia El maravilloso formular de un sentimiento que brotaba puro y humilde: yo escribía mi libro “El libro de Beatriz”. Leo, releo, deletreando, el libro de Naturaleza.
Cuando leo verdaderos poemas siento que la realidad es perfecta. Es decir sensiblemente perceptible. Pero cuando hay que leer y dejar de lado al primer renglón… La poesía es mi aproximación a la realidad. La realidad visible-no visible. Y entendiendo que el que se aproxima se distancia. ¡Pero atisbando ahí felizmente a veces la inasible comprobación!
Nada es separable. Y todo es uno. El lirismo el arabesco grácil de los interrogantes eternos.
Como lo entendemos en la costa, el paisaje es el cielo que se copia en los charcos, es nuestro pasó entreabriendo el varillal y ese grito que cruza de isla en isla quién sabe de quién. Sin opciones entre sudestadas y crecidas, es el sentido práctico del existir. La tradición es del limo que todavía no afirmó su condición de suelo. Su estilo es el río en vueltas y vueltas. Toda esa presencia si, tiene un “aura”. El árbol y el pájaro cantor que con una gota de agua con él pico afina la distancia el reservorio mítico del litoral tiene vigencia. Percibimos la mediumnidad de la siesta. El chico que patea gritos en la panza de arena… emite un “aura”. No hay margen para discurso. Todo es transparente y profundo, no sé si oriental. La Sinfonía máxima del “aura” en su palpable luz. “Esos brillos”… Quien si no el patriarca poeta Don Juan Laurentino Ortiz a la orilla de nuestros ríos y la inefable música de toda transparencia. Espíritu. Convocante de la delicadeza y los pétalos, el irupé en la bandeja del agua ofrecida los júbilos. Incontaminado aire incontaminado, celeste litoral, y esos cielos liliáceos de todo atardecer… No sé si Oriental. El saliente y poniente: Así es de simple la concepción del mundo
. El mundo está aquí nomás.
La inocencia… cuando la inocencia tiene conciencia de sí, algo se ha perdido. Si al parecer es naif, es decir ingenua, la poesía que escribo, será por imperativo maternal de ofrecer mundos posibles de armonioso y fértil equilibrio. Será para relegar lo problemático y oscuro. Oscuro no es lo mismo que hermético. Hermético es el embrión potencial que fulge latente en toda potencialidad de vida. Oscura es la tramposa acrobacia del intelecto, lo racional entramado a otros esquemas de acontecer prejuiciosos
. Ingenua… candorosas sí. Por otra parte, la cultura no es suma de información, de lecturas literales, sino conocimiento, resumen de la esencia; un estar en el mundo, a fondo, padecido conscientemente. Ese es el cierto nivel. Y después… la audible música del silencio, la visión del trasfondo la gratitud de ser partícipe. Y poder, aunque sea balbuceando, asentir que nos hemos reconocido en el mundo.
Me gustaría saberlo. Me gustaría saber que llega a destino, es decir, que abre ventanas ¿Para qué me sirve a mí? Para entender la realidad, porque necesito traducir la constantemente. Si la poesía le sirve al prójimo y me sirve, sirve. ¿Sirve de algo? ¿De nada? ¿Quién sabe?
Pienso que la transparencia es siempre enigmática. Lo hermético participa potencialmente en condición de embrión, de ese misterio adelantado por la luz de gema, por el parpadeo de lo insondable qué es la transparencia. El poema es la instantaneidad perdurable.
Reitero: mi taller literario fue el ámbito que signó mi vida. Mi padre insistió sobre la precisa, resplandeciente condición de idioma del guaraní. Señalaba la importancia del idioma en la percepción musical de la síntesis. Repetía un ejemplo sencillo: que la luna, yasy, traía su significación de astro que lucía de noche y que su brillo era plateado. Todo eso en una sola palabra, señalaba mi padre. También me transmitió su admiración por los griegos, “el laconismo de los griegos”… además paralelo a esto viví, conviví, respire, las realizaciones de los plásticos que nos honran con su antigua amistad y que además fueron mis maestros. De Enrique Estrada Bello presté atención a la naturaleza, al entendimiento de la humanidad de la naturaleza. De Matías Molina el fervor del impromptu de la difícil sencillez de la transparencia. Y señalando como el determinante preciso de lo que quise como modelo para mí expresividad por el poema, aquel lejano día de mi adolescencia en que contemple un cuadro azul, tan azul… apenas surcado por una línea blanca que se adivinaba tal vez iluminado por la luna (que no estaba en el plano). Era un cuadro de Suspisiche. La concesión de mis poemas ¿vendrá de esa excepcional lección? décadas después me enteraría de que existía Ungaretti, que los chinos y los japoneses decían profundidades con “el aplauso de una sola mano”. Regresé tantas veces al laboratorio de mi padre, que entraba en puntas de pie y aprehendía su respetuoso que hacer sobre la balancita de precisión. Admiré las manos de mi madre inclinada sobre hebras tejedoras, cándidos volcanes de la harina. ¿Vendrá la concesión de mis poemas de algo así?
Consideró que escribo un solo libro: el collar de arena, que se integran sucesivas poemarios. Los poemarios son como “pequeños opus” al decir de Rubén Sevlever. Partes, secuencias de ese ritmo de poesía. No sé cuándo es collar tendrá su último poema. Siempre creo en la vuelta abierta de aquel enhebrar que termina diciendo: “Si la canción es el silencio. Si no pudiera detenerme ¿Cómo existieras sin mí, libertad?”
Actualmente escribo creo que como siempre. La manía enumerativa no recurrió, me parece, en lo que escribo. Parto o regreso de la Irreversible verdad, la realidad inabarcable, polifacética; su dimensión cósmica felizmente prueba la venida de nuestro ego. Y las verdades esenciales se manifiestan con rigurosa economía. Es lo que intento en participación de poema. A veces pienso que son apariciones fortuitas eso que llamamos poemas. Si que tengo que corregir ya no considero válido. A lo sumo una mayúscula, un espacio…No entiendo ciertos métodos cuando dicen que “trabajan un poema” sufro por él, por el poema.
Un poema es una estrella de Cardo que vuela y en algún lado propicio se asienta y alguna vez germina. Creo que ese es el destino de toda poesía. No puedo detenerme en una frustración que no es la mía. Confío en el Terrón germinal que recibirá ese vuelo apacible sin la obsesión de una promoción que jamás estuvo en mis planes. Si, una fervorosa comunicación. Creo en la sacralidad de la palabra. Además ¿regional? ¿O marginal?.. Una vez pensé de alguien que era enraizado y libre a la vez, transparente y a veces ¿por qué no?, algo entoldado. Y quiero para mí esta conclusión: era tan de aquí que parecía de otra parte

¿Cómo?

¿cómo sé yo que esa mosca no es un lápiz
que se transformó en mosca! ¿cómo sé yo
que yo no soy un lápiz que se transformó en
mosco? ¿cómo sé yo que no soy una mosca
que se transformó en mí? ¿cómo sé yo que
ese perro no es un limón que se transformó·
en ese perro? ¿cómo sé yo que ese árbol no es
otro árbol? ¿cómo sé yo si ese zapato no es
otro zapato? ¿cómo sé yo si ese camino
no es una culebra que se transformó en camino?
¿cómo sé yo si esa culebra no es
uno huincha de medir que se transformó
en culebra? ¿cómo sé yo que el aire no es
aire? ¿cómo sé yo que la nieve no es nieve?
¿cómo sé yo que lo piedra no es piedra?
¿cómo sé yo que no es gorrión? ¿cómo sé yo
que no es gaviota? ¿cómo sé yo que
no es tiuque? ¿cómo sé yo? ¿cómo sé?
¿cómo?

Claudio Bertoni

Tener dominio del lenguaje no deja de ser una ilusión, una creencia, pero también una traición hacia uno mismo. ¿Qué anima a la escritura? ¿Qué origina el gesto del escribir sino esa extraña necesidad de traducir como se pueda aquello que excede a la razón, lo que provoca zozobra, lo que desborda, lo que se ignora y se seguirá ignorando? Lo ajeno, lo otro, es también la distancia necesaria para que algo ocurra: si todo fuera interioridad, si todo tuviera ver con lo que forma parte de uno y es su reino, si cada escritura procede de una voz íntima, certera y confesional: ¿dónde está la extrañeza de lo diferente, de lo que no se repite, de lo que es contingente?
(…)
no dejar de pensar que el mundo ocurre entre brumas y que estamos siempre expuestos en una desnudez extrema. Lo que nos desborda es lo incomprensible y el lugar de fragilidad es el sitio donde nos encontramos.

 

Carlos Skliar, en Sentidos del escribir

Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas. En uno de sus libros Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchónEl tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un sincope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación.

EL SONIDO PRIMORDIAL
Conferencia de Luis Alberto Spinetta
El principio
Vamos a empezar por situarnos en un punto anterior a la música organizada tal cual la conocemos. Todos los días escuchamos el sonido de la naturaleza, que nos habla en un idioma que no podemos organizar. Esa materia que estuvo en el universo antes de la aparición del hombre (el ruido de los vientos al deslizarse por una hondonada, al pasar por una caverna, el bramido de las hojas en los bosques, el arrullo del agua en una vertiente) provocó en el hombre las sensaciones sonoras y obviamente el sentido de misterio tuvo importancia porque el misterio fue haber sido provocado por algo que alteraba el silencio. Si nos situamos en una habitación silenciosa y empezamos a escuchar el silencio vamos a observar que nuestro propio cuerpo emite sonidos, el corazón emite pulsos, esta noción de los propios sonidos y del propio impulso de estos pulsos luego se fue transformando en música, este mundo consta de muchísimos sonidos, el sonido del sistema circulatorio, del sistema nervioso, que emiten zumbidos desde adentro del cuerpo que nosotros percibimos, nuestros huesos emiten sonidos, los hacemos hasta castañeteando los dientes.

¿Cómo llegó el hombre a considerar la materia sonora como un elemento organizable? Escuchando la naturaleza. La naturaleza le proveyó de sonoridades que fueron descubiertas a través de un misterio, el hecho de que ese silencio en que habitaba el hombre fuera interrumpido por el gemido de algún animal o una fuerte tormenta que impulso a las ramas de los árboles al tocarse entre sí. Desde el momento en que el hombre descubrió la materia sonora como algo propio de sí, de la naturaleza, hasta que organizó los sonidos y creó los instrumentos pasaron miles y miles de años. Este sentido es fundamental para entender hacia donde quiero llegas con esta clínica, a evaluar el componente íntimo de la materia sonora, más allá de cómo lo hayamos organizado en esta cultura occidental y que teclas o cuerdas pulsemos. Nos va a dar una visión altamente espiritual de algo que está permanentemente en juego, el sonido porque sí, no organizado, algo a lo que no le prestamos una atención musical.

Muchos de nosotros en verano seguro escuchamos a las chicharras que se ponen en sincronismo y todas se ponen a tirar su nota y todas forman un acorde bastante cacofónico, a esa maravilla perceptiva no la tenemos en cuenta con la importancia que debería tener, porque nos hemos acostumbrado a los sonidos musicales organizados por los músicos y la historia de la música. Esto no tiene que ver con la música que hago pero si tiene que ver con la predisposición espiritual a la música, sin tener en cuenta esa noción en la que participamos de la naturaleza descubriendo misteriosamente el sonido que irrumpe desde algún lado y sin tener en cuenta esa sensibilidad que se produce en nosotros sería muy difícil que luego pudiéramos disfrutar de una música organizada. Por eso el primer punto es lo anterior a todo, lo anterior a la propia designación humana de los sonidos y a la ejecución de esos sonidos por parte del hombre.

El tiempo
El segundo objeto fundamental de este encuentro del hombre con la materia sonora está dado por el tiempo. Si nosotros tuviéramos una existencia infinita o bien si nuestra vida durara un segundo no escucharíamos más que los ruidos de nuestra vida o bien escucharíamos la eternidad del sonido. Por ser discontinuos estamos constantemente provocando sonidos y escuchándolos, combinamos como si fuéramos un propio juego de la naturaleza. Si la vida durara un instante el sonido duraría un instante. El tiempo que es aquello en lo que la vida transcurre permitiéndonos la audición. El tiempo es un componente básico para la materia sonora, desde el momento en que esas moléculas son desplazadas en nuestros tímpanos significa que está transcurriendo el tiempo.

El oído
La otra cosa fundamental es el oído, la existencia de los sonidos no garantiza que los escuchemos. Solamente lo garantiza nuestro sistema auditivo. No podemos decir que cuando hay un relámpago hay un tipo con un enorme tambor en el cielo. Lo escuchamos como sonido porque es impulso molecular del bajón o la subida de presión provoca el estampido de un trueno, esa combinación de aire desplazado en funcionalidad íntima y estrecha relación con nuestro sistema auditivo hace que oigamos el trueno. Sin el tiempo no podríamos descifrar el sonido que transcurre, sin el oído ese trueno tampoco nos sería posible, los truenos seguirían sonando para todos los oídos menos para los que no escucharan, es como si pudiéramos ver a través de los oídos el sistema sonoro. Sin un sistema auditivo mínimo sería imposible, más allá de que las vibraciones puedan ser transmitidas a través de nuestro cuerpo.

El silencio
El otro punto fundamental es el silencio. Si tomamos en cuenta la noción de que el silencio interrumpe el sonido vamos mal, lo mismo que si pensamos que el sonido interrumpe el silencio. Ambas coordenadas universales, silencio y sonido, se dan en un fluir en el que filosóficamente no podemos hablar de principio o de fin, no podemos saber si el sonido no ocupo el lugar del silencio, pero sabemos que en primer lugar el silencio no es tan carente de sonoridad como la música lo escribe o transcribe. En la estética sobre la que hemos evolucionado y la que está en nuestros corazones no podemos decir que el sonido sea la interrupción del silencio, porque las notas duraría eternamente y no habría el misterio de lo que va a aparecer. Ese misterio de algo que irrumpe es de una importancia tremenda. Sin esa actividad diría que de cuna que tiene el sonido sobre el que vamos a hacer las notas no existiría la posibilidad de tener un eje para poderlas escuchar, sonido y silencio se entrelazan en un funcionar perfecto.

El instante
John Cage, este músico americano que aún vive, es bastante particular, es un gran músico que estudia con un gran maestro Arnold Schoenberg, un inventor de nuevas teorías. De alguna manera termina componiendo música concreta, es uno de los primeros en usar grabadores de fondo mientras ejecuta partituras, a él se le ocurre la idea de preparar pianos, algunos con arena y otros con nieve que se va derritiendo mientras cambia su sonoridad, pobre piano! Cage habla de la utilidad del sonido, casi a la manera de un economista, es el producto lo que queda, cuando nosotros descubrimos una conchilla de mar al borde de una orilla y luego encontramos otra más y las golpeamos estamos obteniendo el 100 por ciento de la utilidad musical, porque no fueron previstos como instrumentos, porque suenan aleatoriamente sin que hayamos preparado una técnica para desarrollar su ejecución, es el momento virgen donde la materia sonora se desprende de instrumentos no pensados como instrumentos.

Cage le da mucha importancia a nuestra vida en relación al sonido, lo único más imprescindible para él y para mí mismo, es cuando nosotros nos predisponemos al misterio del sonido. Cuando alcanzamos a percibir la profundidad de un mínimo sonido, de cualquier elemento que hagamos sonar, está siendo incorporado como instrumento sin que hayamos desarrollado ninguna técnica para tocarlo. No significa que vamos a reemplazar las guitarras con lápices o canillas que goteen, significa que la importancia más grande está dada por la vida que está presente en el misterio de la ejecución del sonido. Si nos privamos de ese momento, que se puede trasladar a la guitarra o al instrumento que uno elija, estamos perdiendo la noción fundamental de la música, esa trasgresión del sonido sin que lo hayamos evaluado por anticipado, es una provocación decidida a crear la materia sonora. El rasgo principal de este enfoque es advertir que a cada paso la vida está plagada de sonido, nuestro propio cuerpo está plagado de sonido. El respeto casi religioso que hay para con el sonido nos predispone espiritualmente para la creación de música. Si no tuviéramos en cuenta esto no tendríamos inspiración o seríamos tipos que podemos aprender la partitura más complicada pero no sentir una sola de las notas que tocamos en ella.

Le preguntan (a Cage) si tiene que llegar un momento en que nadie pueda enseñarle nada a nadie, una vez agotadas las bibliotecas, se terminan los sonidos. «Creo que deja de producirse información, si me encuentro en un bosque donde no hay ningún abeto mi información difiere de la que tendría en un bosque de abetos. Todo depende de las circunstancias y las intenciones. La atención debe actuar sin ataduras, en todas partes pueden encontrarse informaciones y uno puede estar en presencia de informaciones sin recibirlas». Y el periodista le pregunta: ¿Debemos entonces abrirnos a todas las informaciones que no recibimos? Sucede un poco lo mismo que con el ruido y los sonidos musicales, cuando más se descubre que los ruidos del mundo exterior son musicales más música es».

El movimiento
Le hacen críticas constantemente y contesta así:
– Su critica se basa en que a su juicio mi trabajo carece de necesidad.
Porque aparentemente los trabajos de Cage no responden a una necesidad estética sobre todo para quienes no están acostumbrados a este tipo de música.
– La primer parte de mi obra según él era interesante, pero desde que mi música no intenta ir a ningún sitio ya no presenta interés y se pregunta por qué sigo escribiendo.
– Acepta usted esa objeción, le preguntan.
Mi intención fue precisamente que mi música dejara de ir a alguna parte, he procurado dejar que los sonidos vayan a donde van y dejarlos ser lo que son, eso me condujo a una continuidad pero de tal carácter que no procura alcanzar un clímax, una continuidad de inmovilidad aparente, como la del mar cuando deja de crecer y aún no empezó a bajar.

– Usted partió de estructuras rítmicas que tenían por condición organizar temporalmente su música, pero para que esa dimensión temporal pueda sentirse o incluso para que haya tiempo en general ¿no es preciso dirigirse hacia algún sitio?
– Claro
– Si usted reestructuró el tiempo en su música es porque de alguna manera usted no tiene una finalidad con esta estructuración.
– De ningún modo, uno puede llegar hasta donde está, contesta.
– ¿Permanecer inmóvil?
– Sí, muy fácilmente.
– ¿Podría usted explicar esta tesis sobre el tiempo, cómo puede concordar en lo que usted hace con la idea del devenir.
Y el contesta:
– Un monje zen salía de su casa con uno de sus discípulos y vio volar una bandada de gansos salvajes. Qué es eso, preguntó el monje. El discípulo contestó: eran gansos salvajes. El maestro torció salvajemente la nariz del discípulo y le dijo: te imaginás que han pasado pero siempre estuvieron aquí. Entonces el discípulo tuvo la iluminación.
Es decir, no comprendemos la importancia y la vividez que han tenido todas aquellas partículas sonoras que sin importancia hemos dejado deslizar por nuestros oídos y solamente le damos importancia al principio y al fin de nuestras canciones, como si eso fuese verdaderamente el elemento musical, cuando en realidad empezó mucho antes de que pudiésemos tocar un do en una guitarra.

Los pájaros
Les recomiendo que lean este libro de Cage (Para los pájaros). Antes de haberlo leído no me hubiera imaginado cosas de una importancia terrible, porque muchos de nosotros somos músicos que no sabemos qué tocar. Pareciera que hay una crisis espiritual, no sabemos en dónde va a estar el misterio de lo que vamos a tocar y ese misterio está todo el tiempo a nuestro alcance, aun no tocando, sino percibiendo la materia sonora, aquello que deduce una presencia misteriosa en cualquiera de las cosas que contactamos en la vida, los cuerpos juntándose ya hacen ruido. Es una posibilidad infinita de recreación de la inspiración. Cage quería tener un sampler, pero la técnica aún no estaba, usaba grabadores, grababa una chapa que caía, usaba partituras transparentes para que vos supieras qué es lo que estaba abajo. El tipo se rompió para lograr entreabrir esa puerta para que veamos por ahí, no para copiar la música que él hacía, que yo no la soporto (risas). Entendámonos, yo ya dije que esto es teórico, que no tiene nada que ver con la música que yo toco y que me gusta escuchar, pero sí tiene que ver con el enfoque espiritual, es importante predisponerse a escuchar la naturaleza, después si a alguno se le ocurre decir algo con notas lo dirá.

La ley
El desarrollo histórico. Sabemos que de la percusión de los huesos se habrá pasado a crear algún utensilio que significara un instrumento musical. El hombre se organiza en torno a esos utensilios para ejecutarlos de alguna manera como para obtener el mismo misterio de descubrir las sonoridades. Así de a poco se llega a la escritura musical, a responder a toda una organización que en Occidente su estética nos compele a ceñirnos a una serie de leyes de armonía, de ritmo, de tiempo, de pulsación. Esas leyes que hoy imperan en toda la música no se inventaron ayer, hubo momentos en donde se contaba solamente con una serie de sonoridades de las que no se podía pasar, acá es donde tienen importancia la cultura, la ley, la sociedad, la religión. Basado en ideas religiosas aquel que no tocara un sonido que no estuviera dentro del paquete de sonoridades consabidas podía ser acusado de hereje o ganarse el apodo de ser una especie de pactador con el diablo. En el desarrollo histórico no había todas las notas que usamos ahora, aunque aún estamos constipados con estas leyes que no nos permiten todos los sonidos que hay sino solamente aquellos que combinan bien. Pero la organización occidental del sonido es una arbitrariedad fenomenal, lo que más nos gusta, basada en años de hinchar para que nadie toque más que lo que correspondía.

Voy a pasar un fragmento de música del siglo X, casi llegando, año 900, es una música francesa, Secuestro para navidad cuando lo escuchemos veremos que mucha música techno se parece a esto, por lo aburrido. A mitad de camino de lo que es hoy la música encontramos una música organizada, con otra notación, la misma necesidad de enmisteriarse y misteriar con ese esquema de sonidos, pero limitada a una cantidad de notas donde ni por casualidad dejaban entrever los semitonos. (Se escucha un fragmento de un coro gregoriano) Bueno, es música gregoriana, vieron que hay saltos profundos, no hay semitonos, no hay armonía, es una línea melódica, no se puede decir que no sea musical porque no nos daríamos cuenta todo lo que transcurrió hasta llegar a esto. A mi no me gusta musicalmente, no le recomendaría a nadie que se compre el disco, pero es una prueba de la evolución musical. Del hombre que golpeaba huesos a estos hombres que cantaban una letra y afinaban notas consecuentemente y probablemente tuvieran una partitura vemos como se va gestando ese lenguaje inmenso que hoy es la música que conocemos y cómo de alguna manera a través de los poderes religiosos, de la ley, se limitaba en su momento para que ofrecieran solamente las características impuestas por una sociedad, por un modelo de vida, por una especie de rigor religioso que no permitía usar otras notas.

En este desarrollo histórico, con el advenimiento de los aparatos de la ley que redistribuyen la energía de los hombres para ponerla a disposición de un comportamiento, también la influencia de esta ley es ejercida a través de todos los medios para la cultura musical, prohibiendo algunos ya por anticipado establecidos y no permitiendo surgir otros acontecimientos de tipo musical. Imagínense las ideas de Cage en este punto, en el mundo del siglo X. Tenemos que admitir que como occidentales hemos hecho un cerco invisible en torno a la música, constituido por la música que suena bien y la que sabemos que va a sonar bien. Yo creo en eso que dijo George Harrison: lo importante es que es una canción del norte, no importa si suena desafinada. Pero sí importa porque para mi música y para la que escucho voy a querer que suene bien y para eso voy a recurrir a todas las leyes, sin dejar de lado casi ninguna, pero es evidente que Occidente fue creando para los músicos un sistema carcelario de la materia sonora, los sonidos están encarcelados en ese pentagrama y pueden obedecer solamente a ciertas y determinadas leyes, que si se rompen la música suena desagradable y todo el mundo dice fuera de aquí. Estamos todos pendientes de esas leyes musicales, son las que nos proveen del gusto musical, pero en su seno no sean más que leyes que constipan a la materia sonora. Si no tocás como corresponde no puede ser, si metes una alteración que esta fuera de la clave suena mal, pero eso un producto de la cultura. Quiero que tengamos la noción profunda de que la organización de la música de Occidente tiene la imagen de un presidio.

El misterio
Lo fundamental en ese acontecimiento primigenio, en lo que quiere provocar Cage o en el canto Gregoriano, es esa sensación de misterio que rodea a las notas, a la materia sonora que circula por nosotros. La historia no puede cambiar el hecho de que el hombre se enfrenta al sonido en una relación misteriosa, eso es lo que es importante en todas las épocas. Por eso el ejemplo del canto gregoriano, nadie puede decirles que estaban equivocados porque no hay una moral de la música, yo quiero que tengamos la referencia de algunas cosas que nos van a servir para crear música. En esta evolución todo lo que se ha enriquecido también se ha perimido a través de esa evolución, todos los sonidos que no entran en esa escala musical no los consideramos y si algún instrumento los ejecuta pensamos que está fallado y que tenemos que arreglarlo. Pero eso no quiere decir que esos sonidos no formen parte de la música.

La exactitud
Vamos a pasar a otro plano: la estética occidental. Nos hemos constituido en maquinas exactas para la música, no sólo por las leyes de armonía sino porque hemos privilegiado a la dominante y a la tónica, hemos privilegiado las notas pedales, es una mecánica. En el occidente la esta relación de privilegio se ha autocompensado a sí misma provocando tanto la música de Cage, que quizás es discordante con todo esto, como las partituras más emocionantes que nos hacen llorar de felicidad y que yo siento personalmente más cerca de disfrutar la música por ese lado que por el hacer ruido, sin dejar de tener en cuenta estos factores, saber que existen y son parte de la música. En Occidente los cuartos de tono no entran, los glisandos son todos medidos y provocados, al corazón que marca los pulsos, que es rengo porque no tiene la duración toda igual los pulsos igual.

El hombre invento el metrónomo y en el basó toda su conciencia métrica del tiempo, lo cual nos hace ser protagonistas del tiempo de cuarzo, somos los protagonistas de una época donde el tempo impenetrable es total. Se supone que esas leyes nos constiparon a hacer metrónomos perfectos que persiga el tempo de una manera monstruosa, incluso hay tecnología de cristal de cuarzo que nos permite tener un metrónomo en una caja de ritmos que obliga a los músicos a tocar en un tiempo que pasa solamente ahí, estamos en un periodo de oro del tiempo, todos estamos afectados por lo mismo, la distancia entre un pulso y el otro tiene que ser exacta. Me aventuro a decir que no va a pasar demasiado tiempo para que empecemos a usar todo lo contrario. Con el advenimiento de la primera tecnología, siglo XVIII y XIX, así como evoluciona la cárcel para que un solo hombre vea a todos los presos inventan un aparato que es una pirámide con un péndulo y en las partituras ya tenés anotada la velocidad en que debe ser ejecutada la partitura. Con la era tecnificada si comprás un sequencer y atrasa lo devolvés inmediatamente. Estamos pendientes de un tiempo no humano, que el hombre ha creado para satisfacer una necesidad rigurosa, que el tiempo dure igual en cada momento, pero cuando el árbol sonaba no había nadie que le dijera que atrasaba o adelantaba. Hemos creado artilugios para expresar algo, nos ha condicionado al uso irrestricto del metrónomo, es una de las cosas llamativas de occidente como perseguimos el tempo musical.

Me da la sensación de que en Oriente no es lo mismo, por ahí cuentan por compases de una manera irregular, los compases son fragmentos diferentes que se componen por líneas melódicas, mientras nosotros tenemos un cabezón que nos marca desde el inicio. Creo que debe haber cosas estrictas en la música oriental que no conozco, pero si tuviéramos que categorizarlas por rasgos fundamentales en nosotros sería la afinación temperada y el pulso estricto. En la música hindú está el glisando, la nota arrastrada, el cuarto de tono y una rítmica muy irregular, como contrapartida a lo nuestro.

Voy a poner un ejemplo de música sin tiempo, de una obra de Stockhausen, contemporáneo de Cage. (Pone un fragmento de una obra hecha de yuxtaposición aleatoria de sonidos electrónicos y voces líricas) Quise poner un ejemplo de una obra parecida a la de Cage, a mí no me gusta, pero fue una música hecha fundamentalmente para quebrar una norma, hay que reconocer que el movimiento aleatorio que provoca se parece en parte a la naturaleza, donde ningún sonido coincide con el otro. Hay mucha música hecha en esta tónica. Esto está hecho con tramos grabados, sin sampler.

La evolución histórica que se da en Occidente con la música no puede negar que lo fundamental va a estar entre el hombre y la música en un aspecto íntimo, en aquellos factores que hacen que la música pueda imprimir en el alma un impulso de encuentro único, una sorpresa infinita. Quiero que escuchen un pasaje de Beethoven para que veamos como uno de los músicos cumbres se manejaba con los sentimientos, de alguna manera, el pivote de todas estas experiencias. Vemos como en un pasaje triste, además con la ayuda del metrónomo, se las ingenia para imprimirnos un sentimiento inconmensurable, un sentido de profundidad de encuentro y de hallazgo. (Pone un Fragmento de la Tercera Sinfonía «La Heroica») Tiene una profunda tristeza, es una marcha fúnebre, heroica por la guerra. Occidente, con todos sus defectos, nos ha dado algo de un vigor y una profundidad tremenda, que prácticamente contradicen nociones de lo primigenio, se instalan como descubrimientos en el alma, como si por primera vez ejecutáramos un instrumento o lo escucháramos. Quiero que lo escuchen sin pensar en que es una música para pompas fúnebres sino como el alma humano encuentra de nuevo la vida, de tonos menores se pasa a una sensación indescriptible de armonía con la naturaleza y hasta de resurrección. Traje este pasaje porque es un ejemplo de que a través de la noción de lo primitivo que podemos apreciar en un partitura musical con todos sus atributos, como lo que conmueve es un pasaje donde habla íntimamente con el alma de la música, nos reúne en una frase musical que no dura mas de cinco compases, pero que tiene el máximo vigor y tiene la poesía de su lado, está todo ahí. Escribió una cosa que pertenece a Occidente que libera esa energía para que otros copiemos y hagamos de eso otra melodía. Lo fundamental es prestar atención a la magia de ese pasaje, ese espíritu de fuerza incontenible que refleja el instinto de la naturaleza a través de la música.

Voy a poner otro ejemplo de Gustav Mahler, ya superada la época de Beethoven, empiezan a ingresar otros sonidos en la armonía, disonancias, la orquestación se moderniza y surgen otros talentos, lo importante es que esto está marcado por el contraste, así como Beethoven venia de un momento cargado de tristeza y de golpe se eleva por sobre la partitura y dice: «yo soy feliz, tengo algo que todavía me hace vivir feliz, creo en esta música». Y hubo otros que creyeron y tocando con una caracola o una orquesta sinfónica el sentido único es esa vibración que no se puede expresar en palabras. (Pone un fragmento de la Primera Sinfonía de Mahler). Esto que para mí es conmovedor denota el extravío que tiene la mente de Mahler, en toda su obra se nota que así como él dispone de todas las herramientas para la gran música, cuenta con el factor del extravío, de esa especie de ebriedad que acude en sus obras a la partitura, los momentos de calma son sobrellevados por una especie de falta de conciencia que lo lleva a cambiar la clave, a invertir los acordes, a destrozar un poco la armonía, a alterar los tempos, a efectuar altibajos de sonoridades.

Este factor de sorpresa, típico de este siglo, habla nuevamente del origen de la música. Uno no puede ignorar el sentimiento mágico que se le puede infundir a la música. Mahler es uno de los ejemplos mas claros de un músico que contando con todas las herramientas a su favor disponía en un momento, como la naturaleza, de algo imprevisible, algo que rompiera su esquema y brindara otra sensación como de despertar en otro lugar. Esto lo logra con una maestría impresionante, en todas sus obras se ve como pasa de una cosa de tipo vienés, algo tranquilo basado en la música de su época y su patria y de golpe parecía que tenía una especie de cortocircuito, rompe con todo y aparecen esas armonías que por otro lado le valieron criticas en su época. El hábito de escuchar con una atención superior a la que le dedicamos todos los días así hay que escuchar todo el tiempo la música, tratando de descubrir algo que no habíamos descubierto hasta que nos topamos con ese misterio y la cuestión es que sepamos transmitir ese hálito, sea con una Overheim o una Fain.

El caos
Otro ejemplo es la construcción apocalíptica, típica de este siglo, los grandes compositores, muy románticos todos ellos y enraizados en esas cuestiones de nociones de aritmética musical se lanzan a descubrir nuevos esquemas. Igor Stravinski, maestro de maestros, renovador de la sinfonía, rompe con la estructura de su tiempo y es uno de los más renombrados y de los más lindos de escuchar. En la domesticación de todos esos rudimentos para poder escribir para una orquesta, un tipo como Stravinski se pone a fabricar la naturaleza con la orquesta, consigue hacer que la orquesta mediante infinitas simplificaciones de compases y tratando de que cada cuerpo ejecute partituras muy diferentes entre sí todas unidas por un irrefutable tempo consigue desarmar el sentido orquestal y constituir la pintura de un bosque, o de un lugar, con toda la parafernalia de conocimientos matemáticos para la música la imaginación se pone a jugar con todo eso para recrearnos la desorganización de un bosque y lo pinta de una manera tremenda. (Pone un fragmento de La consagración de la primavera).

El infinito
Hay una cosa que va uniendo todo, la inspiración y la sorpresa. No es acaso ese descubrimiento inicial lo que en cada paso de la música llevó al hombre a encontrarse con las grandes partituras. Ese componente anímico subjetivo, eso que la música está tratando de expresar, sin que sea una foto de lo que se expresa, porque se trata de hombres, de sentimientos, de naturaleza. ¿Cómo llegamos a la organización actual de la música, cómo llegamos a que nos importe a los rockeros el tempo? Eso es por el trabajo de miles de músicos que han estado antes que nosotros.

Tanto los Beatles, como Stockhausen, como John Cage, como Beethoven, como los gregorianos, como Mahler en sus devaneos o como el tipo que golpeaba, todos buscaron la interpenetración del hombre y la naturaleza, constituyendo desde ese momento una sola cosa, que no tiene texto ni hay palabras para expresarlo, que es lo trascendente de la materia sonora, de los sonidos que escuchamos, que podemos reconvertir en nosotros mismos y podemos escribir partituras para cientos de instrumentos simultáneamente. Pero va prevalecer ese misterio, esa vuelta al ruido infinito, el poder decir que todos estos grandes autores, dotados de mucha o poca técnica y herramientas, todos los que realmente nos están enseñando algo, todos han pronunciado el ruido infinito, aquello que hace que el hombre vibre por encima de la música, aquello que estaba antes y que va a estar antes y después de todas las nociones de música. No se olviden del concepto de una naturaleza que vive sonando y en la que vivimos sonando con ella. (*)

(*) Fuente: Conferencia dictada por Luis Alberto Spinetta en el invierno de 1990 en una Clínica de Poesía Musical realizada en la Ciudad de Buenos Aires. La versión de la conferencia que presentamos aquí no es completa sino una síntesis de los principales contenidos a través de la sucesión de sus conceptos claves.

Entrevista publicada en La Danza del Ratón No 11, Buenos Aires, abril de 1994. Se suprimen las preguntas del cuestionario remitido por el director de la revista, Javier Cófreces y se transcriben únicamente las respuestas, fechadas por la autora en Rosario en diciembre de 1993

 

La voz de la abeja

 

¡Hace tanto tiempo! Y puedo decir que mi primer poema nunca lo escribí, sigue inédito, pero me acompañó desde entonces. En una tarea interminable -a pesar de mí- naturalmente abstraída por la sombra azul de los naranjales. Mi primer poema no se formuló en palabras, era un rumor de «abeja de adentro» y allí sé que comenzó el coloquio con «eso «. “Eso”, el misterio. Un misterio descifrable en señales y presencias.

Lo imagino real, el duende que interroga y Beatriz que cree contestar. Dije: un juego. Un juego donde las formulaciones del intelecto no participan. Tenía trece años. Hoy el duende se llama Flo.

Entonces, sin cronología, esas respuestas desde la sombra azul de los naranjales que era mi entorno, mi hábitat natural, arribaba en un rasgo al parecer espontáneo, una certeza como esta:

 

La sombra de las hojas

ilumina las naranjas.

 

Cada vez que concluía un poemario, yo me convencia de una especie de liberación que me apresuraba a dejar constatada. [… ] Hasta que de nuevo «esa abeja» que se parece a la clave de la clave de la música que hubiera querido componer, no sé, se presenta en precipitadas hojitas

(¿libros?, ¿poemarios?, ¿un solo interminable poema?). Y continúo escribiendo serenamente libre. Aho:a lo sé, sigo mi intuición. Aproximaciones al entendimiento espiritual del color (me interesó el parecer de Kandinsky), pero leo en los cielos de nuestros atardeceres y amaneceres la atmósfera tonal, el aura que no se aprende en los libros, se aprehende existiendo «allí, como Juan L. Ortiz. Ese privilegio de tenues brillos brindado para todos.

Creo en la sacralidad de la palabra. Dije

 

La palabra

es la cuchara de Dios.

 

Creo que me fue posible contener tres principios guiadores: algo para el misterio, transparencia («ese misterio, tan claro”, ¿no decía así Raúl Gustavo Aguirre de toda poesía?). Dos: algo para la precisión que amó Huidobro: «No lo toques ya más que así es la rosa”. Y finalmente el equilibrio.

 

[…]

 

Escribo en cualquier momento, cuando el poema se impone. Por lo general, y enigmáticamente, suele suceder en una hora clave: las cuatro de la madrugada. Pero escribo (la abeja escribe) cuando pelo una papa o cuando tejo una boina, o cuando camino por las calles de arena. Y no corrijo. Sí. pongo mi atención a los espacios, a las mayúsculas, nada más.

Escribo, enhebro ese collar. Tiene su ritmo propio. De poema a poema, el poemario. De poemario a poemario, el libro. Ejemplo, el último, Donde termina el bosque.

Me parece tan natural tener que escribirlos así que sólo me resta un margen para la autocrítica. Cada vez más despojados de «adornos”, responden a mi inevitable pulso.

Todos los poemas que he escrito, obviamente, registran un momento de mi vida, ese especial testimonio. En la relectura afloran las circunstancias de su impronta y entonces me conmuevo mucho, a veces hasta las lágrimas (apacibles, sí, apacibles, la certificación de legitimidad)

Pero compruebo la elección de los lectores… ((otro asombro! ¡hay lectores de mis poemas!), me quedo silenciosa y sorprendida: ¡coinciden en los poemas que empiezo a amar como propios! ¿Se puede pedir más al corazón?

 

[…]

 

Ahora sí que puedo “escribir textualmente” lo que la abeja me zumbaba cuando yo tenía trece años. Humilde, candoroso coloquio, cuando yo, Beatriz, no había leído casi nada; cuando no sabía lo que podía ser la poesía; cuando sólo tenía la inocencia de existir entre flores y árboles cultivados por mi padre y hebras abrigadas tejidas por mi madre:

 

Poesía, si estás en mí

no te quedes en mí.

Sepárate de mí

como la miel de la flor…

 

Serás amor. Serás arte.

 


Beatriz Vallejos (tomado de El collar de arena, UNL)