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Misterio

Usar la propia mano como almohada.
El cielo lo hace con sus nubes,
la tierra con sus terrones
y el árbol que cae
con su propio follaje.
Sólo así puede escucharse
la canción sin distancia,
la canción que no entra en el oído
porque está en el oído,
la única canción que no se repite.
Todo hombre necesita
una canción intraducible.

Poemas de Caraguatá

 

III

Varios relojes invisibles miden
el pasaje de distintos tiempos.
Tiempo lento: las piedras
vueltas arena y cauce
del río.

Tiempo
de estiramientos:
despacioso, invisible
el reloj vegetal da la hora verde
la hora roja y dorada, la morada,
la cenicienta.

Todas acompasadas, silenciosas,
o con un son oscuro, que no oímos.

Apoyado a la vez en roca y árbol
un ser de parpadeos y latidos
un ser hecho de polvo de memoria
está allí detenido.

Y quiere penetrar disimuladamente
en otro ritmo, en otro tiempo
ajeno.

me puse a barrer de noche la casa
a empujar la tierra hacia la tierra

no se barre de noche /me dijo/
atrae las brujas les da aliento
para que vuelen

pensé en el viento que hace volar las nubes
pensé en mi primer mujer como una nube
como un río de agua por el cielo

pensé en algún machitún
un secreto de magia que hiciera llover
a mi mujer sobre la casa
amo su cuerpo desatándose como una tormenta
debajo de mi.

salí a la puerta para verla
me quedé un rato
con los ojos crucificados en la noche
el viento sólo trae hojas muertas en su baile

entré a la casa
mucho frío para estar hueveando afuera
y encima solo

planta / le dije /
esta mujer que ahora me falta
me va como piedrazo contra el hueso

a veces hay que hablar con las plantitas.

 

Jorge Spíndola, en perro lamiendo luna

Aproximaciones, ¿a qué?

Lo que nos habla, me parece, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: la primera página a cinco columnas, grandes titulares. Los trenes solo empiezan a existir cuando descarrilan, y cuantos más pasajeros muertos, más existen; los aviones solo acceden a la existencia cuando los secuestran; los autos tienen por único destino estrellarse contra los plátanos: cincuenta y dos fines de semana por año, cincuenta y dos balances: ¡tantos muertos y tanto mejor para la información si las cifras no cesan de aumentar! Detrás del acontecimiento tiene que haber un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida solo debiera revelarse a través de lo espectacular, como si lo que se dice, lo significativo fuese siempre anormal: cataclismos naturales o conmociones históricas, conflictos sociales, escándalos políticos…

En nuestra precipitación por medir lo histórico, lo significativo, lo revelador, no dejemos de lado lo esencial: lo verdaderamente intolerable, lo realmente inadmisible: el escándalo no es el grisú, es el trabajo en las minas. Los «malestares sociales» no son «preocupantes» en período de huelga, son intolerables veinticuatro horas por día, trescientos sesenta y cinco días por año.

Los maremotos, las erupciones volcánicas, las torres que se derrumban, los incendios forestales, los túneles que se desmoronan, ¡Publicis que se quema y Aranda que habla!

¡Horrible! ¡Terrible! ¡Monstruoso! ¡Escandaloso! Pero, ¿dónde está el escándalo? ¿El verdadero escándalo? ¿Acaso el diario no dijo únicamente: quédense tranquilos, ya ven que la vida existe, con sus altibajos, ya ven que pasan cosas?

Los diarios hablan de todo, salvo de lo diario. Los diarios me aburren, no me enseñan nada; lo que cuentan no me concierne, no me interroga y además no responde a las preguntas que planteo o que quisiera plantear.

Lo que pasa realmente, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? ¿Cómo dar cuenta de lo que pasa cada día y de lo que vuelve a pasar, de lo banal, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual? ¿Cómo interrogarlo? ¿Cómo describirlo?

Interrogar lo habitual. Pero, justamente, es a eso a lo que estamos habituados. No lo interrogamos, no nos interroga, parece no constituir un problema, lo vivimos sin pensar en ello, como si no transmitiera ninguna pregunta ni respuesta, como si no fuera portador de ninguna información. Ni siquiera es condicionamiento, es anestesia. Dormimos nuestra vida con un sueño sin sueños. Pero, ¿dónde está nuestra vida? ¿Dónde está nuestro cuerpo? ¿Dónde está nuestro espacio?

Cómo hablar de estas «cosas comunes», cómo asediarlas, cómo hacerlas salir, arrancarlas del caparazón al que están pegadas, cómo darles un sentido, una lengua: que finalmente hablen de lo que existe, de lo que somos.

Quizás se trate de fundar, finalmente, nuestra propia antropología: la que va a hablar de nosotros, la que va a buscar en nosotros lo que durante tanto tiempo les hemos copiado a los otros. Ya no lo exótico, sino lo endótico.

Interrogar lo que tanto parece ir de suyo que ya hemos olvidado su origen. Volver algo del asombro que podían experimentar Jules Verne o sus lectores frente a un aparato capaz de reproducir y de transportar los sonidos. Porque ese asombro existió, y miles de otros, y son ellos los que nos han modelado.

Aquí se trata de interrogar, sea el ladrillo, el hormigón, el vidrio, nuestros modales en la mesa, nuestros utensilios, nuestras herramientas, nuestros horarios, nuestros ritmos. Interrogar aquello que parece haber dejado de sorprendernos para siempre. Está claro que vivimos, está claro que respiramos; caminamos, abrimos puertas, descendemos escaleras, nos sentamos a una mesa para comer, nos acostamos en una cama para dormir.

¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Describa su calle. Describa otra. Compare.

Haga el inventario de sus bolsillos, de su bolso. Interróguese sobre la procedencia, el uso y el devenir de los objetos que ha sacado de ahí.

Interrogue a sus cucharitas.

¿Qué hay debajo de su empapelado?

¿Cuántos gestos son necesarios para discar un número de teléfono? ¿Por qué?

¿Por qué no hay cigarrillos en los almacenes? ¿Por qué no?

Poco me importa que estas preguntas sean, aquí, fragmentarias, apenas indicativas de un método, a lo sumo de un proyecto. Me importa mucho que parezcan triviales y fútiles: es eso lo que, precisamente, las vuelve tanto más esenciales que muchas otras a través de las cuales hemos intentado vanamente captar nuestra verdad.

 

Georges Perec, en Lo infraordinario

Transpiração

(Alzira Espíndola e Itamar Assumpção)

A inspiração vem de onde?

Pergunta pra mim alguém

Respondo talvez de Londres

De avião, barco, bonde

Vem com meu bem de Belém

Vem com você nesse trem

Nas entrelinhas de um livro

Na morte de um ser vivo

Nas veias de um coração

Vem de um gesto preciso

Vem de um amor, vem do riso

Vem por alguma razão

Vem pelo sim, pelo não

Vem pelo mar gaivota

Vem pelos bichos da mata

Vem lá do céu, vem do chão

Vem da medida exata

De dentro da tua carta

Vem do Azerbaijão

Vem pela transpiração

A inspiração vem de onde?

De onde?

Vem da tristeza, alegria

Do canto da cotovia

Vem do luar do sertão

Vem de uma noite fria

Vem olha só quem diria

Vem pelo raio, trovão

No beijo dessa paixão

 

Transpiración

(Alzira Espíndola e Itamar Assumpção)

¿De dónde viene la inspiración?

me pregunta alguien.

Respondo: tal vez de Londres,

en avión, barco o bondi

o con mi amor de Belén

viene con vos en el tren.

En las entrelíneas de un libro,

en la muerte de un ser vivo,

en las venas de un corazón.

Viene de un gesto preciso

De un amor, de la risa,

y por alguna razón.

Por el sí, por el no.

Viene por el mar gaviota,

por los bichos del mato

viene del cielo, del suelo,

de la medida exacta,

dentro de tu carta,

viene de Azerbaiján.

Por la transpiración

¿De dónde viene la inspiración?

De la tristeza, alegría

del canto de una alondra

o del luar del sertón.

Viene de una noche fría

Viene, mirá vos, quién diría

por el rayo, el trueno

en el beso de esa pasión.

(versión de Rodolfo Alonso)

El mundo comenzaba en los senos de Jandira.

Después surgieron otras partes de la creación:
Surgieron los cabellos para cubrir el cuerpo,
(A veces el brazo izquierdo desaparecía en el caos).
Y surgieron los ojos para vigilar el resto del cuerpo.
Y surgieron sirenas de la garganta de Jandira:
El aire entero quedó rodeado de sonidos
Más palpables que los pájaros.
Y las antenas de las manos de Jandira
Captaban objetos animados, inanimados,
Dominaban la rosa, el pez, la máquina.
Y los muertos despertaban en los caminos visibles del aire.
Cuando Jandira peinaba su cabellera…

Después el mundo se develó completamente,
Se fue levantando, armando de carteles luminosos.
Y Jandira apareció entera,
De la cabeza a los pies.
Todas las partes del mecanismo tenían importancia.
Y la muchacha apareció con el cortejo de su padre,
De su madre, de sus hermanos.
Ellos obedecían las señales de Jandira
Que crecía a la vida en gracia, belleza, violencia.
Los novios pasaban, olían los senos de Jandira
Y eran precipitados en las delicias del infierno.
Ellos jugaban por causa de Jandira,
Dejaban novias, esposas, madres, hermanas
Por causa de Jandira.
Y Jandira no había pedido nada.
Y se vieron retratados en el diario
Y aparecieron cadáveres flotando por causa de Jandira.
Ciertos novios vivían y morían
Por causa de un detalle de Jandira.
Uno de ellos se suicidó por causa de la boca de Jandira.
Otro, por causa de un lunar en la mejilla
izquierda de Jandira.

Y sus cabellos crecían furiosamente con la fuerza
de las máquinas;
No caía ni una hebra,
Ni ella las recortaba.
Y su boca era un disco rojo
Como un sol mínimo.
Alrededor del aroma de Jandira
Su familia andaba atolondrada.
Las visitas tropezaban en las conversaciones
Por causa de Jandira.
Y un sacerdote en misa
Olvidó hacerse la señal de la cruz por causa de Jandira.

Y Jandira se casó.
Y su cuerpo inauguró una vida nueva,
Aparecieron ritmos que estaban de reserva,
Combinaciones de movimiento entre las caderas
y los senos.
A la sombra de su cuerpo nacieron cuatro niñas
que repiten
Las formas y las mañas de Jandira desde el
principio del tiempo.

Y el marido de Jandira
Murió en la epidemia de gripe española.
Y Jandira cubrió la sepultura con sus cabellos.
Desde el tercer día el marido
Hizo un gran esfuerzo para resucitar:
No se conforma, en el cuarto oscuro donde está,
Con que Jandira viva sola,
Que los senos, la cabellera de ella trastornen la ciudad
Mientras él se queda allí paveando.

Y las hijas de Jandira
Todavía parecen más viejas que ella.
Y Jandira no muere,
Espera que los clarines del juicio final
Vengan a llamar su cuerpo,
Pero no vienen.
Y aunque viniesen, el cuerpo de Jandira
Resucitará todavía más bello, más ágil
y transparente.

 

Murilo Mendes

(La virgen imprudente y otros poemas, Calicanto, 1978)