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Mujer

duermo conmigo / acostada boca abajo duermo
conmigo / para el lado derecho duermo conmigo /
duermo conmigo abrazada conmigo / no hay noche tan
larga en la que no duerma conmigo / como un trovador
agarrado al laúd duermo conmigo /  duermo
conmigo bajo de la noche estrellada / duermo conmigo
mientras los demás cumplen años / duermo
conmigo a veces con los anteojos / y en medio de la oscuridad sé que estoy durmiendo conmigo / y quien quisiera dormir conmigo
va a tener que dormir al lado.

 

 

eu durmo comigo

eu durmo comigo/ deitada de bruços eu durmo
comigo/ virada pra direita eu durmo comigo/ eu
durmo comigo abraçada comigo/ não há noite tão
longa em que não durma comigo/ como um trovador
agarrado ao alaúde eu durmo comigo/ eu durmo
comigo debaixo da noite estrelada/ eu durmo comigo
enquanto os outros fazem aniversário/ eu durmo
comigo às vezes de óculos/ e mesmo no escuro sei que
estou dormindo comigo/ e quem quiser dormir comigo
vai ter que dormir ao lado.

En tu jardín secreto hay mercenarias
dulzuras, ávidas proclamaciones,
crueldades con sutiles corazones,
hay ladrones, sirenas legendarias.

Hay bondades en tu aire, solitarias
multiplican arcanas perfecciones.
Se ahondan en angostos callejones,
tus árboles con ramas arbitrarias.

Alguna vez oí el chirrido frío
de un portón que al cerrarse me dejaba
prisionera, perdida, siempre esclava

de tu felicidad que junto a un río
bajaba entre las frondas a un abismo
de intermitente luz, con tu exorcismo.

Silvina Ocampo

Palpé mi vida con mis dos manos

para ver si estaba ahí –

sostuve mi espíritu en el vaso,

para probar si era más posible –

 

di vuelta mi ser vuelta y vuelta

y me detuve en cada corral

para preguntar el nombre del dueño –

dudando, de reconocer el sonido –

 

examiné mis facciones – arreglé mi pelo-

provoqué mis oyuelos, y esperé –

si ellos -brillaban de nuevo-

mi convicción podría, de mi-

 

me dije a mí misma, “ten coraje, amiga-

eso- fue un tiempo atrás –

pero podríamos aprender a amar el cielo,

como a nuestra vieja casa”

 

Entre la lavanda y la alhucema pasa la reina de los valles, entre las margaritas como huevos pálidos, asados, y las celedonias y diademas de miel pasa la reina de la belleza en su carro azul tirado por un caballito del bosque y una mariposa.
Pero, cae la noche y se encienden las grandes estrellas que dan miedo, y a la fuente vienen a buscar agua, los árabes, y a beber, los camellos. Y una joven gacela huye de su madre y roe las flores en torno a la casa y un joven camello se le enamora. Y ella accede a amarlo. Y yo le grito, dándole un nombre de flor o de muchacha:
-Margarita, es pecado!
Y ella vuelve hacia mí, el rostro casi de oro, los altos pétalos de la frente y me dice: -¿Y qué?

¿Acaso fue en un marco de ilusión,
En el profundo espejo del deseo,
O fue divina y simplemente en vida
Que yo te vi velar mi sueño la otra noche?

En mi alcoba agrandada de soledad y miedo,
Taciturno a mi lado apareciste
Como un hongo gigante, muerto y vivo,
Brotado en los rincones de las noches
Húmedos de silencio,
Y engrasados de sombra y soledad.

Te inclinabas a mí supremamente,
Como a la copa de cristal de un lago
Sobre el mantel de fuego del desierto;
Te inclinabas a mí, como un enfermo
De la vida a los opios infalibles
Y a las vendas de piedra de la Muerte;
Te inclinabas a mí como el creyente
A la oblea de cielo de la hostia…
—Gota de nieve con sabor de estrellas
Que alimenta los lirios de la Carne,
Chispa de Dios que estrella los espíritus—.
Te inclinabas a mí como el gran sauce
De la Melancolía
A las hondas lagunas del silencio;
Te inclinabas a mí como la torre
De mármol del Orgullo,
Minada por un monstruo de tristeza,
A la hermana solemne de su sombra…
Te inclinabas a mí como si fuera
Mi cuerpo la inicial de tu destino
En la página oscura de mi lecho;
Te inclinabas a mí como al milagro
De una ventana abierta al más allá.

¡Y te inclinabas más que todo eso!

Y era mi mirada una culebra
Apuntada entre zarzas de pestañas,
Al cisne reverente de tu cuerpo.
Y era mi deseo una culebra
Glisando entre los riscos de la sombra
A la estatua de lirios de tu cuerpo!

Tú te inclinabas más y más… y tanto,
Y tanto te inclinaste,
Que mis flores eróticas son dobles,
Y mi estrella es más grande desde entonces.
Toda tu vida se imprimió en mi vida…

Yo esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico; un abrazo
De cuatro brazos que la gloria viste
De fiebre y de milagro, será un vuelo!
Y pueden ser los hechizados brazos
Cuatro raíces de una raza nueva:

Y esperaba suspensa el aletazo
Del abrazo magnífico…
¡Y cuando,
te abrí los ojos como un alma, vi
Que te hacías atrás y te envolvías
En yo no sé qué pliegue inmenso de la sombra!

En memoria de Kiepja

Siempre que miro la luna veo la cara de Kiepja.
Kiepja la más anciana de los últimos selk’nam.
Aquellos que desaparecieron o murieron
o que fueron matados hace ya cien años
en Tierra del Fuego.

La oigo cantando a la luna, “Kreeh”,
imitando el llamado del águila
mientras su espíritu se eleva en la noche
para rendir homenaje a la luna.

Luna la potente, temible matriarca
vencida por los hombres, aliados del Sol.

Derribada, golpeada por el Sol, huyó al nocturnal vacío.

Luna aliada de las mujeres.
Luna temperamental, estéril por falta de hombres.
Luna furiosa y vengativa en eclipse.
Luna menguante, humilde y fugitiva
delineando sus oceánicos confines.
Luna creciente, preñada con la fuerza de cósmica gravitación
dueña de las turbulentas mareas.
Luna llena de la gloriosa hermosura de los cielos nocturnos
empapando la Tierra con su suave, apaciguante resplandor.
Luna retirándose a su secreta morada
sólo para reaparecer súbitamente
como una delgada, furtiva insinuación.

Kiepja, cuya vida fue semejante, tan semejante,
al ciclo de la luna;
tímida, creciendo en pasión,
llena de impulso magnético, deseo e intelecto
entonces lentamente decreciendo
aunque siempre en simétrica armonía.
Anne Chapman

En Culturas Tradicionales – Patagonia:
Fin de un mundo, los selknam de Tierra del Fuego, 2002