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Enojo

Le tengo rabia al silencio

Le tengo rabia al silencio por lo mucho que perdí
le tengo rabia al silencio por lo mucho que perdí,
que no se quede callado quien quiera vivir feliz
que no se quede callado quien quiera vivir feliz

Un día monté a caballo y en la selva me metí
un día monté a caballo y en la selva me metí,
y sentí que un gran silencio crecía dentro de mí
y sentí que un gran silencio crecía dentro de mí.
Hay silencio en mi guitarra cuando canto el yaraví
hay silencio en mi guitarra cuando canto el yaraví,
y lo mejor de mi canto se queda dentro de mí
y lo mejor de mi canto se queda dentro de mí.
Cuando el amor me hizo señas todo entero me encendí
cuando el amor me hizo señas todo entero me encendí,
y a fuerza de ser callado, callado me consumí
y a fuerza de ser callado, callado me consumí.

 

Siento que, al doblar,
nos encontraremos ahí,
como beduinos
incontenibles.

En los umbrales
de la civilización,
que espera
con vino
y zozobra.

Traspasaremos
con un canto arrollador
sus arcos de mármol
y muerte.

Niños hermosos,
orgullosos de su integridad,
no extraña que callen
ante el peligro.

Profundos cristales,
frías cavidades.
Muecas groseras
estafadas.

Enriquecidos
exégetas tecnocráticos,
que con tus costillas
alzan emporios.

¡Cómo olvidar
a esos cómplices del dolor
codificando su pupilaje!

Promiscua belleza
lacera tímidos cuerpos,
tu impertinencia
disuelve miedos.

¡Vive en vos!, amigo mío, ya lo sé.
La ciudad se abre a tus pasos…

Cuando el tiempo
era más que inmensidad,
tu sombra brillaba
junto al diablo.

Y en esa vigilia,
la perpetua llama
siempre arrojó luz
a otros caminos.

Si esta noche no tengo respuestas,
esta noche
te mataré.
A vos,
nene blanco sigiloso.

Ese reguero
de incontables farsas…
ya es tiempo
de expiarlas.

semi-parado en un semi-punto indefinido de la tierra
semi-fumaré un semi-cigarrillo
semi-iré a mi semi-trabajo
semi-cumpliré con mis semi-tareas
semi-descansaré
cuando semi-vuelva a mi semi-casa
semi-derrumbada
semi-haré semi-cuentas semi-inútiles

semi-leeré semi-libros
semi-beberé semi-cervezas
me semi-informaré con semi-noticias
semi-escribiré semi-poemas
semi-saldré a la semi-noche
semi-cocinaré semi-alimento
semi-escucharé semi-música
semi-amaré las semi-cosas que me semi-rodean
semi-odiaré con semi-fuerza
semì-lloraré con semi-desconsuelo
semi-fracasaré
semi-putearé
semi-pensaré

semi-discutiré con otros semi-hombres
y otras semi-mujeres
sobre la semi-situaciòn de mi semi-país
que es una semi-colonia
semi-ubicada en un semi-punto
difuso de la tierra

hasta que lo único entero
sea el hartazgo

 

 

¡Máscaras! ¡Oh máscaras!
Máscara negra, máscara roja,
máscaras blanquinegras.
Máscaras de todo horizonte
de donde sopla el Espíritu,
os saludo en silencio.
Y no a ti el último Antepasado
de cabeza de León.
Guardáis este lugar prohibido
a toda sonrisa de mujer,
a toda sonrisa que se marchita.
Destiláis ese aire de eternidad
en el que respiro el aliento de mis Padres.
Máscaras de rostros sin máscara,
despojados de todo hoyuelo y de toda arruga,
que habéis compuesto este retrato,
este rostro mío inclinado sobre el altar de blanco papel.
A vuestra imagen, ¡escuchadme!
Ya se muere el África de los imperios,
es la agonía de una princesa deplorable.
Y también Europa
a la que nos une el cordón umbilical.
Fijad vuestros ojos inmutables
en vuestros hijos dominados que dan su vida como el pobre su última ropa.
Que respondamos con nuestra presencia
al renacer del mundo,
como es necesaria la levadura a la harina blanca.
¿Pues quién enseñaría el ritmo de las máquinas
y de los cañones al mundo desaparecido?
¿Quién daría el grito de alegría para despertar
a muertos y a huérfanos al amanecer?
Decid, ¿quién devolvería el recuerdo de la vida
al hombre de esperanzas rotas?
Nos llaman los hombres del algodón,
del café, del aceite,
nos llaman los hombres de la muerte.
Somos los hombres de la danza,
cuyos pies recobran fuerza
al golpear el duro suelo.

 
Léopold Sédar Senghor

El que atrasó el reloj

¡Che, Pepino!
Levantate ´e la catrera
Que se ha roto la tijera
De cortar el bacalao.
¿Qué te has créido?
¿Qué dormís pa´ que yo cinche?
¡Andá a buscar otro guinche
si tenés sueño pesao!
¡Guarda, que te cacha el porvenir!
¡Ojo! Que hoy anda el vento a la rastra,
El que tiene guita, lastra
Y el que no, se hace fakir!

¿Querés que me deschave
y diga quién sos vos?
¡Vos sos, che, vagoneta
el que atrasó el reloj!

¿Con qué herramienta te ganás la vida?
¿Con qué ventaja te ponés mi ropa?
¡Se me acabó el reparto ´e salvavidas!
Cachá esta onda: ¡Se acabó la sopa!
A ver si cobrás un poco ´e impulso
Pa´ que esta vida de ojo no se alargue,
Ya estoy en yanta de llevarte a pulso
Buscate un changador pa´ que te cargue.

Si hasta creo…
Que naciste de un carozo,
¡Sos más frío que un bufoso!
¡Ya no te puedo aguantar!
En la sangre…
Me pusiste un bombiya
Y hoy me serruchás la silla
Cuando me quiero sentar.
¡De esta, ya no te salva ni el gong!
¡Guarda, que se me pianta la fiera!
¡Levantáte ´e la catrera
que voy a quemar el colchón!

¿Querés que me deschave
y diga quién sos vos?
¡Vos sos, che, vagoneta
el que atrasó el reloj

Mujer del barro

Todo sucedió en un pueblo de alfareros. Uno de esos pueblos que todavía sobreviven cuestionando al hombre cotidiano, a lo largo y a lo ancho de la cordillera andina.
Todos sus habitantes trabajaban el barro como si fueran pequeños dioses dando vida a las cosas. Porque el barro está ligado al hombre desde su origen, se reconozca o no su paternidad.
En este pueblo del que hablo, vivía una mujer que fabricaba los mejores cacharros, las mejores y mas cantarinas vasijas, una suerte de pájaros sonoros que parecían encerrar luz.
Como sucede en todas partes desde que el mundo es mundo y sinó que va a ser, otra alfarera envidiaba los cacharros que fabricaba la mujer del milagro.
Entonces resolvió adoptar una actitud acorde a sus sentimientos: se convirtió en espía, para saber si existía algún secreto, alguna forma especial en la obra de la mujer del barro.
Pacientemente, durante horas y horas, las mismas y pacientes horas que emplean los espías y delatores, vigiló el taller de su rival.
Nada: no pudo descubrir nada.
Porque el barro era el mismo y la mujer lo amasaba cantando, la mezcla era la misma y la mujer la trabajaba cantando; el cocido era el mismo y la mujer encendía la leña cantando.
Nada, ni los colores que semejaban sangre y oro y que la mujer pintaba cantando, tenía la mas mínima diferencia.
Desesperada, la otra alfarera envidiosa robó un cántaro de la mujer y lo llevó a su casa para descubrir el secreto.
Una vez sola, encerrada como se encierran los que carecen del sentido del homenaje a la vida, del diálogo, de semejanza y del humor, rompió la vasija de un solo golpe.
El hombre, en definitiva, no es tanto misterio.
Lo que sucede es que a veces no alcanza a comprender las cosas y se altera su forma de vivir. Un pensamiento es más fuerte que la historia, porque es capaz, precisamente, de torcer el curso. Y todo porque entonces, del interior de la vasija, de cada pedazo roto, salió el canto de la mujer que trabajaba cantando. Y ya sabemos, el amor a lo que se hace produce lo mejor de la vida. Eso lo conoce hasta mi tía vieja. Ella dice que cuando Dios hizo al hombre, seguramente aprendió a cantar.