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Tierra

Que florezcan cien plantitas, que se abran

Chlorophytum como sum Variegatum o Phalangium, también conocida como Lazo de Amor, Holandé Errante o Cola de Novia, que en largos vástagos colgando…
Dembo, Botánica

Los lazos de amor en el patio son un poco de baldío,
les brotan hijos que primero se alzan hacia el cielo
y se inclinan después, dominan la gravedad tan dulcemente
que se acunan en el viento, cabecean con las primeras lluvias de abril
y sólo insinúan pequeñas raíces en el aire donde nacen.
Nacen sabiendo, eso sí, sabiendo esperar la tierra donde arraigarse
y echar nuevos hijos al mundo, nuevos lazos de amor:
de alguna manera, no sé cómo, los brotes sospechan
que abajo hay baldosas y que vivir no es sólo largarse:
tienen la ventaja de esperar, avanzar, retroceder,
sin jugarse a todo o muerte en cada primavera.
Mientras tanto, hay que saber hamacarse y ellos lo saben:
en toda coyuntura siempre habrá un poco de baldío para nuevos lazos de amor,
también la tenacidad de abrazar toda la tierra
y pequeños yuyos, imperceptibles combates que socaven
y hagan saltar las baldosas, den que nacer.

Alberto Szpunberg, en Su fuego en la tibieza

No sé si muchos hicieron este descubrimiento -sé que yo lo hice. También sé que descubrir la tierra es un lugar común que hace mucho se separó de lo que expresa. Pero todo hombre en algún momento debería redescubrir la sensación que está debajo de descubrir la tierra.
A mí me ocurrió en Italia, durante un viaje en tren. No es necesario que sea Italia. Podría ser en Jacarepaguá. Pero era Italia. El tren avanzaba y, después de una noche mal dormida en compañía de una sueca que sólo hablaba sueco, después de una taza de café ordinario con olor a estación ferroviaria, he ahí la tierra a través de los vidrios. La dulzura de la tierra italiana. Era a comienzos de primavera, mes de marzo. Tampoco sería necesario que fuera primavera. Necesita ser sólo tierra. Y en cuanto a ésta, todos la tienen bajo los pies. Era tan extraño sentirse vivir sobre una cosa viva. Los franceses, cuando están nerviosos, dicen que están sur le quivive. Nosotros estamos perpetuamente sobre lo que vive.
Y a la tierra volveremos. Ah, por qué no nos dejaron descubrir solos que a la tierra retornaremos: fuimos avisados antes de descubrir. Con gran esfuerzo de recreación descubrí que: a la tierra retornaremos. No era triste, era excitante. De sólo pensarlo, ya me sentía rodeada de ese silencio de la tierra. De ese silencio que prevemos y que procuramos antes de que el tiempo lo concrete.
En cierta forma todo está hecho de tierra. Un material precioso. Su abundancia no lo vuelve menos raro de sentir -tan difícil es sentir realmente que todo está hecho de tierra. Qué unidad. ¿Y por qué no también el espíritu? Mi espíritu está tejido por la tierra más fina. ¿La flor no está hecha de tierra?
Y por el hecho de que todo esté hecho de tierra, qué gran futuro inagotable tenemos. Un futuro impersonal que nos excede. Así como la raza nos excede.
Qué don nos hace la tierra separándonos en personas, que don nosotros le hacemos no siendo más que: tierra. Somos inmortales. Y yo estoy emocionada y cívica.

 

Clarice Lispector, en Descubrimientos

Fugaz, rara, la vida

Cabra entre las cabras, cedro
entre los cedros; agua fresca
en el chubasco, terrón reseco
en la sequía; carancho
tras el conejo, cuis en el buche
de la culebra; brote en el plantío,
remolino en la borrasca; pez
en el pico de la grulla, ratón
entre las patas de la tarántula.
Flor que nace de la flor, jabalí
que embiste bajo la lluvia, ardilla
que rápida asoma y se oculta.
Mi propio cuerpo germinando
en la tierra húmeda; mi alma…
que va en la brisa, que se precipita
con el aguacero, que susurra en
el disturbio del río, en la mudez
del presagio. Caravana salvaje
de la que somos parte; un día aves,
otro ciervos, otro hormigas, otro leones,
o vendaval o alud o luna llena…
Vanos, triviales, breves, leves,
somos chispazo, apenas un gesto
en el descomunal y secreto ajetreo.

 

César Bandín Ron

“Tal vez pintáramos sobre nuestra propia piel, con ocre y carbón, mucho antes de pintar sobre la piedra. Pero hace cuarenta mil años, en todo caso, dejamos huellas de manos pintadas en las paredes de las cuevas de Lascaux, de Ardennes, de Chauvet.
El pigmento negro utilizado para pintar los animales estaba compuesto por dióxido de manganeso y cuarzo molido, y casi la mitad de la mezcla era fosfato de calcio. Para hacer fosfato de calcio hay que calentar huesos a cuatrocientos grados centígrados, y luego molerlos.
Fabricábamos pinturas con los huesos de los animales que pintábamos.
Ninguna imagen olvida este origen.”

“El futuro proyecta su sombra sobre el pasado. Así, los primeros gestos lo contienen todo; son una especie de mapa. Los primeros días de una ocupación militar, la concepción de un hijo, semillas y tierra.
El dolor es la más pura destilación del deseo. Con la primera tumba, con esa primera siembra de un nombre en la tierra, se invento la memoria.
Ninguna palabra olvida este origen.”

 

Anne Michaels, en La cripta de invierno

De esta tierra, ¿cuánto es carne? Esto no tiene un sentido metafórico. ¿Cuántos seres humanos han sido «entregados a la tierra»? ¿Desde qué momento empezamos a contar a los muertos, desde el surgimiento del Homo erectus, o del Homo habilis o del Homo sapiens? ¿Desde las primeras tumbas sobre las que tenemos certeza, la compleja tumba de Sangir, o el lugar de descanso del Hombre de Mungo en Nueva Gales del Sur, enterrado hace cuarenta mil años? Dar una respuesta requiere de antropólogos, paleopatólogos, paleontólogos, biólogos, epidemiólogos, geógrafos… ¿Cuántas poblaciones antiguas hubo y cuándo exactamente tuvieron su inicio las generaciones? ¿Empezamos a hacer estimaciones desde antes de la última glaciación —aunque haya muy pocos registros humanos— o empezamos a hacer estimaciones a partir del hombre de Cromañón, un periodo del que hemos heredado una gran abundancia de pruebas arqueológicas pero evidentemente ningún dato estadístico? O ¿qué tal si, sólo por «certidumbre» estadística, empezamos a contar a los muertos a partir de hace más o menos dos siglos, cuando empezaron a elaborarse los primeros registros? Formulado como una pregunta el problema resulta demasiado esquivo; tal vez deba quedarse en afirmación: de esta tierra cuánto es carne.

 

Anne Michaels, en La cripta de invierno

“Porque todo tiene su kespic.
Los ruidos del mundo son palabras.
El que calla, empecinado,
echa su kespic del cuerpo.”

Malamí Kipa (poeta yámana)

 

Poco, muy poco, sé de lo que enseña
el Gran Libro del Mundo, ese texto infinito
cuyas palabras son las criaturas
de la tierra y el aire,
de la piedra y el agua.

Porque ellas dicen. Todas ellas dicen,
y nosotros tenemos que aprender con paciencia
a escuchar esas voces,
las que quizás un niño comprenda de inmediato,
o algunos hombres y mujeres logran
alcanzar y conservan cerca del corazón.

Debemos transitar esa senda olvidada,
y con tacto sutil
ir descubriendo
la propia sintonía con cada ser, o con cada
presencia: nube o pájaro,
manantial o racimo, mariposa o muchacha.

Me gusta ver amanecer. Cultivo
la amistad del lucero,
y en el limpio silencio que precede a la aurora
-si el ángel es propicio.,
suelo oír
ciertas voces…

Algunas llegan lerdas, desde tanta lejura como abarca el recuerdo,
y otras vienen del patio o de las calles
todavía en penumbras,
diciendo simplemente algo que no es tan simple:
“aquí estoy, aquí soy, aquí perduro”,
y el alma las acoge como el surco recibe a la semilla.

Azar o recompensa,
quién sabe de qué germen brotará,
conforme hagan su oficio
el sol, la lluvia, la matriz gredosa
de los valles del Sur, el libre viento sagrado de la vida.

 

Edgar Morisoli