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Tierra

“Porque todo tiene su kespic.
Los ruidos del mundo son palabras.
El que calla, empecinado,
echa su kespic del cuerpo.”

Malamí Kipa (poeta yámana)

 

Poco, muy poco, sé de lo que enseña
el Gran Libro del Mundo, ese texto infinito
cuyas palabras son las criaturas
de la tierra y el aire,
de la piedra y el agua.

Porque ellas dicen. Todas ellas dicen,
y nosotros tenemos que aprender con paciencia
a escuchar esas voces,
las que quizás un niño comprenda de inmediato,
o algunos hombres y mujeres logran
alcanzar y conservan cerca del corazón.

Debemos transitar esa senda olvidada,
y con tacto sutil
ir descubriendo
la propia sintonía con cada ser, o con cada
presencia: nube o pájaro,
manantial o racimo, mariposa o muchacha.

Me gusta ver amanecer. Cultivo
la amistad del lucero,
y en el limpio silencio que precede a la aurora
-si el ángel es propicio.,
suelo oír
ciertas voces…

Algunas llegan lerdas, desde tanta lejura como abarca el recuerdo,
y otras vienen del patio o de las calles
todavía en penumbras,
diciendo simplemente algo que no es tan simple:
“aquí estoy, aquí soy, aquí perduro”,
y el alma las acoge como el surco recibe a la semilla.

Azar o recompensa,
quién sabe de qué germen brotará,
conforme hagan su oficio
el sol, la lluvia, la matriz gredosa
de los valles del Sur, el libre viento sagrado de la vida.

 

Edgar Morisoli

 

 

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“Este mundo, este paraíso sobre el que apenas había echado hasta entonces una ligera ojeada, el sol y la luna, los otros mundos que pueblan el espacio con sus brillantes constelaciones y los otros soles y sistemas tan absolutamente remotos y tan inconcebibles en número como para parecer una simple neblina luminosa en el cielo, todo ese universo que existía desde hacía millones y billones de siglos o desde la eternidad…”

“un reino encantado, natural y sobrenatural al mismo tiempo! Estaba convencido de que pronto empezaría a desvanecerse imperceptiblemente día tras día, año tras año, a medida que yo fuera sumiéndome en la opacidad de la vida hasta que se perdiera tan efectivamente como si hubiera dejado de ver, oír y palpitar y mi cuerpo caliente se hubiera enfriado y puesto tieso por la muerte y —como los muertos y los vivos— no tuviera ya conciencia de la pérdida”.

Guillermo E. Hudson

 

en el pasto quemado de enero
yacer

que pase el cielo
toda la vida
cien años llueva
y las raíces bordadas en mi pelo
cien veces trescientos sesenta y cinco
días que el sol
lleve la cuenta
abra y cierre mis ojos
la palma de la mano destejida
la espalda fermentada en las hormigas
desgajada del viento la lengua
zumbando en las hebras
oreja y corazón para esa lengua

y no esperar por la muerte cincuenta años
en una pensión de Londres
sobre mis cuadernos
limpio como las uñas de las monjas

yacer
en el pasto helado de julio
cruja la helada en mis huesos
las estrellas en cruz esperen
asidas a mi frente
la señal del chajá
para llevarme
pesado y ciego en círculos
entre los panaderos
deshecho en el vacío luminoso

saber mi país
perdido y ajeno
como en las visiones
de la fiebre

 

Laura Forchetti, en Libro de horas

 

Dios hunde sus dedos
como un niño en la tierra
amasando el barro
en el jardín de nuestra casa
el movimiento de sus manos
agita la llama de la vida
y el calor resplandece por el cielo
moldeando la forma
de las nubes

en la noche del espanto
dios regresa
mi hermano mayor patea
su pelota de cuero azul
que se desliza sobre el pasto
rebotando en el tronco del limonero
el creador le tiende la mano, y juntos
se alejan
pisoteando las plantas, envueltos
en el perfume de las flores

yo aún no existo
pero ya amo a mis padres
que sobre la tierra revuelta
de raíces y tallos partidos flotan
en los surcos del dolor y sé
que cada tanto caerá la lluvia
como una gracia divina
sobre el pozo que dios
jugando un día dejó en el jardín
de nuestra casa

Río de la Plata, el más ancho del mundo, ocupa la mitad de la página ochenta y siete,
donde una línea temblorosa como el dibujo de todas las aguas de todos los ríos
baja hasta ensancharse y desaparecer “en la mar que es el morir”.
El dedo que sigue esa línea también tiembla como si bogara sobre las aguas,
por encima de los bagres, la mugre, los barcos y el atardecer.
El hombre que después de años ha vuelto a abrir este libro, aunque tarde, recuerda la lección para mañana
y cierra los ojos un instante para repasar:
¿Ya se han sumado a esta línea los cuerpos arrojados desde un avión?
¿Cambia mucho el curso de un río cuando un corazón se deposita en el fondo de las aguas?
¿Qué ola de barro se encrespa inútilmente a la altura del codillo del Río de la Plata?
El hombre deja correr las páginas y acaricia el libro, se despide,
a través de la ventana observa la geografía por donde habrán de venir.
Szpunberg Alberto
en Su fuego en la tibieza, 1981.
XV
Después de la lluvia,
el sol trasluce la nervadura de las hojas
y en la noche más cerrada de la tierra
se entibian las raíces
que nos dan de vivir y nos sostienen.
Aun la más cercada, apisonada, desaparecida y olvidada,
es una raíz que tiembla de amor
como un cuerpo agradecido
que agita en el viento nuestras huellas.

Alberto Szpunberg, de “El libro de Judith”, en Como solo la muerte es pasajera – Poesía reunida

El verde

Amanece con lluvia
los primeros sonidos de la casa
son los crujidos de la madera
y su perfume, el primer olor;
hay árboles aunque aún no estén
abiertas las ventanas
Cualquier gajo brota
bajo este régimen de mareas
y humedad persistentes:
un fresno
macheteado
casi al ras del suelo
ha vuelto a crecer;
una rama de álamo usada
como estaca para colgar
una boya, se reabre en hojas,
vuelve a ser un álamo;
un sauce caído
hizo otra raíz con su tronco
y convierte la entrada
en un arco de sauce
El desmonte es continuo:
zumbidos de machete,
la sierra que resuena
desde lejos y sin claros
ni camino de sirgas
un escondido territorio
salvaje reaparece:
brotes dormidos
de malezas y enramadas,
un secreto
de semillas al calor;
las crecidas, las lluvias
el agua socavante de las islas
al verde, lo devuelven.