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Bolivia

Martín Uyardo, vecino de Totora, me confesó hace cinco días que durante el temblor que asoló esta población en 1998 sintió un profundo olor a quemado. Y luego el ron Terremoto que probé en una casa del lugar me trajo a la memoria el olor a coco. Detalle que me sorprendió. Jamás imaginé que el olor de una tragedia pudiera ser tan dulce. Pero a veces las cosas no son como nosotros las pensamos.

¿A qué huelen los recuerdos?

Los míos huelen ahora a crema para bebé, al incienso de casa, al pelo de mi mujer, a la guitarra de Shannon. Porque cuando se está de viaje se extraña. Y la nostalgia tiene olores raros. Pero siempre familiares. Un preso extraña el olor de la libertad. Una prostituta, el del beso sincero. Un aviador, el de tierra firme. Un boxeador jubilado, el de la sangre fresca. Y un catador de sudores —que los hay—, el de un cuerpo jabonado.

Mi hija Maitane, de seis meses y medio, prefiere, sin embargo, chupar las cosas antes que olerlas. Chupa la mamadera y juega con ella. Chupa sus sonajeros y sus muñecos. Y cuando la imagino así, ahora que estoy lejos, me pongo triste. Porque no se me ocurre qué chupar para estar más cerca de ella.

Álex Ayala

En: http://alexayala.blogspot.com (de Viaje al corazón de Bolivia)

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