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Palabra

Renü

Mülefuy kiñe renü, tüye kimeleyew engün chi llum ñi üñfituam che mew kam ñi doy kümengeam küdaw mew… iney kimi chew muley tüfeychi renü. Trürkechi kiñe che azmaeyew wüla pepilan kimniekan chew mülefuy. Feychi

pichikechengefuiñ  pieiñ mew,¡ amukilmün fey püle!

                                                                                   we nütram

perimontu reke akun

tüfey trafn rüpü mew

kiñe rüpü Diadema püle

ka fill mapu püle

meñkufun kutranpiuke

wirarüfuli wezwez zungun pun mew

mongelwey

femngechi lelümwün

pu nemül mew

kiñe nemül

mütrowfi pülli

kiñe wëlngiñ nülawi

guitarra ñi züngun

mangelkonüenew

konün

kimkülen müte

fentrenchengeiñ

kimniefiñ kiñekeche

welu upen ñi pu üi

kiñe pengelwe mew wüluwi

pepilfekekuzaw

ülkantufengen kiñe rockbanda mew

trokiñülkantufengen nengemuwn fitruñkalül mew

zünguln chi cumbia ñi kom purruam

külafan kashni

zewman püllü zonüpülata mew

llochokünun kayulelu cuerda

ülkantun treike ñi llaufen mew

wente pülli koñmalelu

nien mapu kachu mew

mamull ka lewfü mew

ñomümün aukakawel

wirafülu ngeno witrantükuwe

kachutulu mi pu kuw mew

umautun pu namun inal mew

tüfey mew chalintükuwn

montuy tüfachi apill

katrülu rangiñ ñi mollfüñ

küpa ngümafiñ pu nemül

ngütrawfiñ ñi epe charcharüam

ñi küme nümün choyüwun yayü reke

trawüln iñche ñi trüran nelülelu

llapümn tüfachi yafü allfen em

kakülkünuley

rangiñ pu nemül ñi namuntun

kimlan müten

kimllükan

atregkenge

kiñekenüpeyüm nüyfingun neyen

waglüketrewa chefküingun pu lengleng

…..

ayüwiiñ yu ñuke

wirarümu femngechi rume

kimelfingu iñche ñi epu püñeñ

kiñe rupa miawuli

ñuili

petuenew iñche mew

femngechi rume

rangiñ kiñe püllau

nülalefuiñ pu nemül

lien chüngarün mew.

renü

Había unas cuevas de los brujos, allí les enseñaban el secreto para hacer daño a la gente o para ser el mejor en los oficios… Vaya a saber dónde estaban esas cuevas. Igual si alguno la encontraba después no recordaba. De chiquitos nos decían, no va a andar pasando por ahí…

                                                                                                           Testimonio oral reciente

como aparecida llegué

hasta ese cruce:

un camino a Diadema

el otro, al mundo

cargaba un dolor que se aliviaba

con gritarle extravíos a la noche

así fue que me solté en palabras

y en una de esas

se sacudió la tierra

una puerta se abrió

una voz de guitarra

me convidó a pasar

y entré

sin atenuantes.

éramos tantos ahí

algunos conocidos

pero olvidé sus nombres

en un mostrador se ofertaban

los oficios de la fama

vocalista en la banda de rock

ser una del coro y moverse con un cuerpo de humo

tocar la cumbia que haga bailar a todos

clavar la taba

hacer la suerte de billetes arrugados

desafinar la sexta cuerda

cantar a la sombra de los sauces

sobre la tierra regada

tener un territorio con pasto

leña y río

amansar potros

hacerlos galopar sin riendas

que vengan a comer el pasto de tus manos

ponerte a dormir a la orilla de sus cascos

y ahí me entregué

dejé escapar el deseo

que andaba coagulado por mi sangre

quiero llorar palabras

condensarlas a punto de estallar

que sus aromas me broten como en celo

juntar los pedazos de mí

que siguen sueltos

curar esta dura cicatriz

que se atraviesa en el andar

de las palabras

no supe más

aprendí el miedo

los ojos congelados

unas garras aferrándose del aire

y un aullido de perros rebotando por el cráneo

………..

“te amamos

 nuestra mamá”

 que me gritaran así

les enseñé a mis hijas

por si anduviera alguna vez

perdida

así me hallaron

en el medio de un charco

abriendo las palabras

con cuchillos de plata.

Tomado de https://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/poema-que-vuelve-liliana-ancalao

Una comitiva inglesa llega a Marruecos a filmar un documental. Uno de sus integrantes no trabaja en la producción, está allí invitado por un amigo, el ricachón que produce la película, que lo llevó con él para distraerlo de la depresión: el susodicho lleva treinta años escribiendo el mismo libro y viviendo casi sin dinero en el exilio inglés, desde que huyó del nazismo, antes de la guerra. Su nombre es Elias Canetti y faltan todavía casi treinta años para que reciba el Premio Nobel de Literatura.

Canetti llegó con lo puesto a Londres en 1938, como tantos otros intelectuales y artistas de lengua alemana, en su mayoría judíos. Canetti había publicado un único libro, tres años antes en Viena, la novela Auto de fe, que le había valido el respeto instantáneo de gigantes como Robert Musil, Hermann Broch y hasta el mismísimo Thomas Mann (que en un principio se negó a leer el manuscrito porque le parecía muy largo), pero sólo dos personas en Inglaterra habían leído el original alemán y siguieron siendo igual de escasos sus lectores cuando se publicó en inglés en 1946. De tanto en tanto, al notar su pronunciación en alguna reunión, alguien le preguntaba al pasar si conocía a ese tipo Kafka y si valía la pena leerlo. Así padeció Canetti el proverbial provincianismo inglés frente a todo lo europeo, mientras se quemaba las pestañas día tras día en la British Library, tomando notas para un libro que venía escribiendo desde 1925 y que sólo lograría terminar en 1960: su monumental, hipnótico ensayo Masa y poder.

Pero estamos todavía en el año 1954. Canetti lleva meses preguntándose si tiene sentido persistir en aquel esfuerzo sobrehumano cuando acepta la invitación a Marruecos. La potencia del sol lo intimida en sus primeros dos días en Marrakesh, pero al tercer día se aventura en la ciudad (imagínenlo de impenitente traje oscuro y corbata, con su macizo metro cincuenta de estatura y su leonina, febril cabezota, abriéndose camino por las estrechas calles del zoco) y de pronto se frena en seco al desembocar en una plaza donde convergen las más diversas actividades: “Yo estuve aquí alguna vez”, siente. “Estuve hace cuatrocientos años y me había olvidado”. Ha llegado caminando por las suyas hasta la Mellah, el barrio judío de Marrakesh, que se ha despoblado un poco desde la creación del Estado de Israel en 1948, pero sigue siendo el histórico barrio judío de la ciudad.

Es momento de decir que Canetti había nacido en la lejana Ruschuk: “Si digo que Ruschuk queda en Bulgaria no doy una imagen adecuada. Cuando alguien de Ruschuk se embarcaba hacia Viena decía que se iba a Europa”, escribió Canetti en el primer tomo de sus fabulosas memorias. En las calles de Ruschuk había turcos, griegos, albanos, rumanos, armenios, gitanos y judíos, todos llegados de otra parte, y todos hablando en su propio idioma, en el caso de los judíos el ladino, porque eran sefardíes llegados desde España vía África cuatrocientos años antes.

Canetti habló y vivió en ladino hasta que sus padres se lo llevaron“a Europa”, y después de elegir el idioma alemán y la cultura vienesa como patria espiritual relegó su ascendencia judía a las pocas frases que cruzaba en ladino con su esposa Veza cuando no querían que nadie los entendiera. Pero ya en los tiempos de Viena, mucho antes de Londres, era un judío errante, aunque se empecinara en ignorarlo (“Todo lo judío me llena de miedo, porque podría hacer presa de mí: los nombres familiares, el viejo destino, el tipo de preguntas y respuestas que penetran hasta la médula misma de mi espíritu”). Así estaban las cosas aquel mediodía en la Mellah de Marrakesh, cuando de golpe descubrió que lo sefardí era la clave, no sólo de su identidad sino de la manera de darle forma de libro a la miríada de material que llevaba treinta años acumulando.

En aquella plaza de la Mellah, entre mercaderes tuertos que vendían un solo limón reseco o un puñado de piedras, Canetti vio a unos niños recitando aplicadamente el alfabeto hebreo con su joven maestro y una decena de metros más allá a los cuenteros, rodeados de gente en un doble círculo que seguía el relato pendiente de cada palabra. Su admiración ante semejante poder narrativo fue inmediata. “Los sentí como hermanos más viejos y más sabios. Yo hacía o quería hacer algo así, pero en lugar de vivir de la confianza de mi relato lo había hipotecado todo a la pluma y al papel, a la elucubración interior, solitaria, pusilánime. En cambio ellos, desprovistos de libros y de todo conocimiento superfluo, sin ambiciones ni sed de prestigio, ejercían con impune plenitud la magia de nuestro oficio”.

Unos pasos más allá, Canetti se reconcilia con la pluma y el papel cuando ve, acomodados contra la pared de la recova, a los escribientes. No hacen nada por atraer a la gente, están ahí sentados, enjutos, con su pequeño escritorio delante, a cierta distancia unos de otros para tener intimidad cuando un cliente se les sienta enfrente y contrata sus servicios. “Escuchaban con una rara intensidad, ajenos al bullicio de la plaza. Esperaban al final sin escribir una palabra, luego se quedaban con la mirada perdida meditando cómo expresar cabalmente lo que les pedían escribir. Desde mi lugar no oía nada, sólo veía la electricidad de la transmigración de esos susurros en palabra escrita. Y el increíble cambio de los rostros cuando el escribiente leía lo que había escrito”.

Canetti volvió a la Mellah todos los días de su breve estancia en Marrakesh y retornó con otro ánimo a Londres, donde logró por fin encontrarle a Masa y poder la forma literaria que necesitaba. “Nunca he podido leer seriamente a Aristóteles o a Hegel, desconfío de ellos”, había escrito un año antes. “Cuanto más riguroso y consecuente es su pensamiento, más distorsionada es la visión que ofrecen del mundo. Yo quiero escribir y pensar de una manera diferente. No por arrogancia sino por una indestructible pasión por el ser humano y su necesidad de comunicación”.

Masa y poder es un libro único en su rubro por su inclusividad: envuelve siempre al lector, nunca se aleja ni se hace inextricable, envuelve e invade de conocimiento, si se me permite el exabrupto. Canetti es de esos maestros de la palabra que parecen leer nuestra mente mientras escriben. Quienes lo conocieron en Viena y en Londres dicen que, a pesar del rechazo inicial que generaba su altanería, lograba subyugar siempre a su interlocutor por su fabulosa capacidad de escuchar al dialogar. Canetti escribió al respecto: “Me resulta natural entrar y moverme dentro de otras personas y no tengo apuro en hallar el camino para salir de ellas”. También dijo, en sus formidables memorias, que siempre odió que a los mitos se los llame ampulosamente mitos y a los cuentos, infantilmente, cuentos. Sólo por esa frase yo lo voy a adorar siempre. Pero mi favorita absoluta de toda su obra es una frase que garabateó en 1954, en una libreta, en su cuarto de hotel en Marrakesh: “Quizá toda alma tenga que ser alguna vez judía, para encontrar el corazón perdido de las cosas”.

Juan Forn, en Página 12

azufre 

Ser cartógrafa de una casa implica conocer sus objetos
secretos: una red agujereada de pesca en el depósito
de las herramientas, señuelos con dibujos de peces
rojos y negros, el cuadrante roto de una brújula
que marca siempre el norte, olor a humedad que recuerda
imperfectamente el mar. Como si alguien de la familia
hubiera fallado en los preparativos de una travesía larguísima
y ahora te tocara reconstruir el itinerario de esa expedición
que nunca se hizo.
Se debería partir cuando el mapa esté completo,
cada ciudad en su sitio y de cada una los datos necesarios:
la velocidad máxima de sus vientos, la profundidad de sus ríos,
su época de tormentas. A veces pensaste en diseñar
un mapa deliberadamente errático, por la sola belleza
de extraviarte en dibujos que no llevan a ninguna parte.
O tal vez para obligarte a permanecer en el mismo sitio
preparando para siempre una partida,
tu propia vida el lugar donde aprender la palabra viaje.
Todas las cosas hermosas, al principio, son palabras.
¿Viste alguna vez cómo el sol atraviesa
el ala de un insecto en vuelo? ¿Con qué delicado
y fugaz dibujo la rellena? Así hubieras querido que se viera
tu cuerpo en la transparencia de la tarde:
una chispa de azufre, azulada. Materia inflamable
que al menor roce recuerda su pertenencia a los volcanes,
su ansia de desprenderse y arder en el aire.
¿Adivinaste ya que no es ese tu oficio? ¿Pudo tu cuerpo
amar lo que le ha sido encomendado? Que otros se vayan.
Lo tuyo es escribir la historia de ese viaje.
 
 
(de “Geologías”, Nusud, Buenos Aires, 2001.)

Podría darles decenas de ejemplos de mediadores que, cada uno con su reflexión
propia, hacen que la lectura sea un arte profundamente vivo. Todos saben que lo que está actuando es una transmisión de experiencia. Transmitir el gusto por la lectura es un asunto relacionado con la propia apetencia del mediador por esta actividad; con su disponibilidad hacía el otro, su capacidad de observar y de interrogar sus propias maneras de actuar; con la reflexión, los conocimientos y la intuición a la hora de sentir cuales son las obras que van a resonar para tal o cual persona; pero también con una calidad de presencia, una energía, un deseo, una vitalidad; una habilidad que permite recuperar, detrás del texto, la voz de su autor, un ritmo, un movimiento, una melodía, unas «tierras adentro» de sensaciones, de emociones, un cuerpo.
En todas las partes del mundo, quizá sean una minoría los que estén interesados en la
experiencia de la lectura y en el contacto con las obras de arte, pero se trata de una minoría muy activa y a menudo muy inventiva. En estos tiempos tan brutales, preservan unos momentos de transmisión cultural que escapan a la obsesión cuantitativa y al barullo ambiente para proteger un espacio de pensamiento, una dignidad y una parte de libertad, de sueño, de algo inesperado.

 
Leer y hacer uso de una biblioteca escolar:
¿y eso, para qué sirve hoy en día?
Michèle Petit. Santiago de Compostela, 2011

 

https://leer.es/documents/235507/353837/Michele_Petit.pdf/243b4211-5311-4c74-8476-f381815a5a4f

Palabras poderosas, recuperadas
Liliana Ancalao

Las palabras del poder y el poder de las palabras

La palabra del poder es olvido.
Por eso la palabra memoria tiene tanto poder

La palabra del poder es ignorancia
Por eso la palabra conocimiento tiene tanto poder

La frase del poder es solamente hoy
Por eso se tejen juntas las palabras pasado presente y futuro, con tanta persistencia de raíz.

La palabra del poder es yo
Por eso la palabra nosotros tiene tanto poder

La palabra del poder es distracción
Por eso la palabra poesía tiene tanto poder.

La palabra de la identidad bastardeada es mapuche, una piedra palabra depositada en el fondo del lago, cubierta por la historia de fango que otros escribieron.
Newentuy kürruf el viento que en el 92 agitó las aguas turbias y devolvió a la playa el cadáver de los barcos de cinco siglos oxidados
Piedra palabra kura zungun mapuche, encontrada en el lago, para limpiarla y pulirla con conocimiento, darle la forma de una flecha kimun.
Palabras como flechas nos atravesaron el presente y nos hirieron de vida en Comodoro Rivadavia waria, Ñamkulawen lof el nacimiento entre relojes y distancias de ripio.

Hicimos memoria, encendimos el fuego y convocamos la presencia de nuestros abuelos, los antiguos, futakeche que nos trajeron al león, pangue lamngen, cazando guanacos para alimentarnos cuando la huida. Nos trajeron al tigre, nahuel lamngen, y sus lágrimas que se deslizaban lentamente escuchando el relato de nuestra muerte.
Nahuelpalabras, guiándonos de regreso al territorio, señalando la aguada del descanso cuando el malón winka.

Palabras pañuelo nos ajustaron el cabello en el rocío de la madrugada, trarilonko, trapelakucha, lien palabras zomo concentraron la cabeza, y nos cubrieron el pecho, cuando el mushay nos ablandó los tahilles en la lengua de la Mapu.
Trawn palabras y nos amuchamos como los pájaros de Elal, ¡ marichi wew! ¡ marichi wew! el saludo al territorio y la memoria recuperados

Purrun palabras danzando el círculo en la tierra, el ciclo renovado en nuestros hijos, mañana serán del mundo, dice Maribel, pero con memoria lamngen. Epu piñein, epu ke pichi wentru mis newenes.
Purrun palabras aún cuando casamiquela, benetton, hanglin o colabelli
Palabras en el idioma de la Mapu reparando el daño que nos hicieron, ñamku palabras mapuche ta iñche

Kütral palabras encendidas como leños de molle en el estómago, mawun que cae suavemente, akuy we tripantu akuy we tripantu aifiñkuley Mapu aifiñkuley Mapu choz rayen plan rayen kalfu rayen kolürayen

Palabras Charqui en la mochila camino a casa en la waria

“Tal vez pintáramos sobre nuestra propia piel, con ocre y carbón, mucho antes de pintar sobre la piedra. Pero hace cuarenta mil años, en todo caso, dejamos huellas de manos pintadas en las paredes de las cuevas de Lascaux, de Ardennes, de Chauvet.
El pigmento negro utilizado para pintar los animales estaba compuesto por dióxido de manganeso y cuarzo molido, y casi la mitad de la mezcla era fosfato de calcio. Para hacer fosfato de calcio hay que calentar huesos a cuatrocientos grados centígrados, y luego molerlos.
Fabricábamos pinturas con los huesos de los animales que pintábamos.
Ninguna imagen olvida este origen.”

“El futuro proyecta su sombra sobre el pasado. Así, los primeros gestos lo contienen todo; son una especie de mapa. Los primeros días de una ocupación militar, la concepción de un hijo, semillas y tierra.
El dolor es la más pura destilación del deseo. Con la primera tumba, con esa primera siembra de un nombre en la tierra, se invento la memoria.
Ninguna palabra olvida este origen.”

 

Anne Michaels, en La cripta de invierno