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Palabra

Tu palabra es de pájaro
pero tu mundo es silencio
y tu aire es nube
Nos besamos
en el hueco de la sombra
Ya el símbolo no es la sombra
es la memoria de un campo lejano

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Reportaje a J.L.Ortiz
Rescates: Juan L. Ortiz
La intemperie sin fin

En el Nº 67, 1989, la revista Crisis publicó una entrevista que Jorge Conti le había realizado a Juan L. Ortiz el 9 de febrero de 1972. Dice Conti “De la grabación de esa repetida circunstancia, queda esta transcripción casi literal. Literalidad que se ha respetado, para no perder el ritmo imperceptible, evanescente, del discurso de Juan”. Hoy, elegimos restacar un fragmento de aquella entrevista que duplicará, para muchos, la voz del poeta. Pero a la vez hemos considerado el placer que esta repetición podría provocar en los lectores de poesía y, en especial, de los lectores de Juanele.

 

¿Qué es para usted un poeta, Juan?
Claro… la pregunta es grave porque, si nos remontamos a las primeras expresiones -cuando la poesía era asumida por el “vate” o “cantor”, el intérprete de la comunidad- entonces tenía que ver con cierta sabiduría o intuición natural de los pueblos, cuando todavía no se había producido la división del trabajo.
¿Entonces?
Si nos remitimos a esa fecha, claro, la poesía era la voz de la comunidad, pero en un sentido que trascendía la relación con los intereses inmediatos, que relacionaba a esa comunidad con todo lo que era operante en ella, quiero decir, cierta dependencia con todo el universo. En ese sentido podemos decir que el poeta es la voz de un pueblo. Si pienso al poeta en todas sus figuras o funciones, no es lo que ahora entendemos y acentuamos como sus relaciones con el entorno social o nacional ¿no? Aunque, claro, también tenía funciones casi religiosas, el poeta era el hombre que comunicaba con un poder o instancia superior…
Y la poesía venía a ser una manera de poner en marcha una serie de operaciones que servían para el conocimiento y la identificación con las fuerzas del mundo en un sentido, diríamos, mágico…
Allí comenzó lo que ahora señalamos como “magia” de la palabra, lo que va más allá de la pura significación y alude a ciertos poderes que no son los del significado estricto. La palabra era lo que Mallarmé señala como el nombre, lo que en la cultura hebrea se llamó el verbo y que se refería al génesis, a la creación…

Hoy estamos bastante alejados de ese concepto, ¿verdad Juan? ¿Cuál es su experiencia personal como poeta? Una vez se definió como un “vigílico”, alguien que está en vigilia, que está alerta…
Yo me refería a dos estados: de vigilia y de lo otro, que aparece como oponente pero que no lo es, el sueño. El poeta es un descubridor que pone en función todas sus potencialidades intelectuales pero en una tensión muy especial, en la que esa misma razón -que es patrimonio de todos- está como diríamos “ardiendo” y en otra dimensión que va más allá de la razón. La poesía es vigilia en cuanto es descubrimiento de cierta zona a la que no puede acceder el conocimiento común o racional. Entonces queda ese modo de aprenhensión previa, una disposición especial, cierta apertura que está muy bien expresada en la doctrina Zen, ese vacío previo para que las cosas, el universo, la realidad, impregnen la sensibilidad, el alma, como quiera llamarse… Y la poesía es también enajenación, éxtasis, sueño, en cuanto tiene que despersonalizarse para poder aprehender eso que es -en cierto modo- inefable. John Keats decía que el poeta estaba siempre perdiéndose, porque al nombrar cualquier cosa de la realidad tenía que identificarse con ella. Pero eso, a lo largo de la historia de la poesía ha habido como un movimiento pendular entre el éxtasis -como en el misticismo- y la tensión hacia la realidad.

¿Y si lo relaciona con su experiencia personal, Juan? Usted podría decir que esos estados no bastan por sí mismos, ya que usted ha consagrado su vida a consignarlos en palabras…

Sí. Porque estamos muy lejos de la vida de esas comunidades. Claro, yo siento que el ideal es ése; siempre me obsesiona cómo tenemos que buscar a través de todos los intersticios de la realidad esos momentos en los que comunicamos con algo que para esos pueblos era tan fácil como respirar. La vez pasada leí en Planeta que un francés fue a un pueblo de la Malasia que vive en una etapa equiparable a la Edad de Piedra: este hombre aprendió el idioma y entró en relación con uno de los sobrevivientes de esa comunidad, ganó su confianza y pudo conversar y hacerle preguntas. Bueno, asombra la facilidad que uno encuentra en ese aborigen para responder a preguntas con un alto grado de abstracción sobre el ser, la existencia, la nada, la muerte, como podría haberlo hecho un Kant, un Hegel o un Heidegger. ¡Una comunidad sobreviviente de la Edad de Piedra, fíjese!

¿Es viable el intento de rescatar para el relato la posibilidad del lenguaje poético, Juan? Quiero decir, contar historias tendiendo a unir esos momentos privilegiados y únicos y que finalmente historia y experiencia poética sean una totalidad…
También ahí está la aventura… La sorpresa, los meandros, el tejido de la realidad pueden estar en ciertos estados que se desarrollan y se aventuran en esas zonas. La aventura podría estar, por ejemplo, en la captación de esas zonas o la aproximación a ellas… Así que es posible hablar de lenguaje poético cuando es utilizado de una manera, diríamos -claro, hay que hablar de una forma en cierto modo religiosa- equivalente a la “iluminación”… Es decir, se carga tanto, pone en función tantas virtualidades fonéticas, rítmicas y conceptuales, que paradójicamente -y a la vez- se hace transparente. Y por hacerse casi inexistente recibe ciertas esencias, ciertas atmósferas, ciertos aires de esa realidad que al hombre se le escapan… y que no puede asir.

¿Cómo tiene que vivir un poeta, Juan? Usted, que ha sabido vivir de una manera al mismo tiempo partícipe y apartada…
Yo diría, en cierto modo perogrullescamente, como pueda vivir… Tendiéndose, esforzándose en ser fiel a sí mismo. Es decir, fiel a eso que por razones azarosas del modo de distribución de la energía social -o potencia o don a veces hasta relacionado con su inserción en la sociedad- le ha tocado a él asumir… el poeta tiene en ese sentido una responsabilidad y su vida debe ser una respuesta.
La unidad de vida y poesía debe darse a través de algo que está operando en uno y de lo que uno es responsable, que va informando la vida y la poesía… Sin esfuerzo, naturalmente. Y cuando es auténtica, se da. Es difícil, yo sé que es difícil en esta sociedad. Hay tentaciones, muchas facilidades, muchos encantos o maneras de adulterar, de pervertir… el prestigio, por ejemplo, que puede ser útil para muchas cosas.
El poeta debe ser fiel. Y luego, hay una cuestión fundamental: la conformidad consigo mismo. Yo no creo que un hombre pueda ser feliz, que pueda pasar el límite -quiero decir morir- sin haber sido una cierta unidad, habiendo vivido dividido en el “hombre social”. Porque si el poeta -o quien fuere- no es fiel, quien en primer lugar se perjudica es él mismo.

Por Jorge Conti
Crisis, 1989.

Vivo juntando desechos. No puedo caminar por una playa sin echarme al bolsillo alguna piedra pulida por el mar. Suelo recordar luego, de cada una, el lugar y el momento en que me encontraron. Los fines de semana trajino los mercados de pulgas. Uno más entre la fauna callada, insondable, y protocolar, que recorre los puestos recogiendo lo que los comerciantes le guardaron en la semana. Arcaicos retratos de niños disfrazados, fotos de kermesse tras ingenuos bastidores pintados, literatura anarquista de principio de siglo, ediciones teatrales de géneros anacrónicos, títeres viejos, algún disfraz antiguo. Cosas degradadas en su función utilitaria, y cargadas de tal manera por los signos del tiempo que -de verlas con el cristal adecuado- permiten a quien se le anime, leer en ellas su otro discurso oculto. Cada tanto agrego algún tema nuevo. No colecciono. La colección tiene -una ambición de competencia, variedad y número que poco tiene que ver con mi obsesión. Simplemente junto. Elijo de entre la inmensa chatarra que el tiempo produce, y lo recorto atribuyéndole un valor propio y carente de cualquier valor cambiario.

Mezclar desechos. Nunca he hecho otra cosa al escribir mis piezas. Apilar residuos del imaginario y redimírmelos internamente con el sortilegio vulgar del acto poético. Acopiar elementos combinatorios -imágenes y palabras en su mayoría, pero también procedimientos y géneros- cuya característica excluyente ha sido la inutilidad, el anacronismo, para recombinarlos en un nuevo todo significante. Una manía. Tan inocente -o perversa- como cualquier otra. Hace tiempo que dejé de analizarme las manías. Más resignadamente, cuando puedo, las satisfago. Y cuando me dejan, como ahora -en un vano intento exorcista-, hablo de ellas.

Mezcla de palabras viejas, personajes ya borrosos en la memoria infantil, mitos del paraíso perdido, y Enrique Rodriguez (¡iah, si, la extraordinaria orquesta de todos los ritmos!). Rápido nocturno, aire de foxtrot, nace también de esta extraordinaria alquimia. De qué frasco tomar los elementos, en qué mortero molerlos, y en que retorta fundirlos, fue, como siempre, resultado del procedimiento creativo más fructuoso que conozco: el de restringir, el de acotar, el de recortar un mundo mínimo, y trabajar luego lo más libremente posible entre los límites apretados de sus fronteras Siempre he pensado en el teatro como un bonsai de novela. En un mundo de rumbosidad macro, el que un hombre dispone en un día de más información que la que un habitante de la Edad Media dispondría en toda su vida, en un mundo al que los medios escanean en minutos mostrándolo en su inmensidad boba, donde lo gigante no es monstruoso porque cabe en cualquier pantalla, quizá la única desmesura posible se encuentre poniendo la lente contra la miniatura. El animal más terrible que vi alguna vez me lo mostró mi hijo en su propia mano: un piojo tras dos lupas en foco. En todo caso, no he intentado otra cosa en esta pieza que acercar una lupa a tres vidas infinitamente mínimas. Ninguna originalidad que no haya transitado ya el arte minimalista, la literatura de Kafka, o el teatro de Chejov: “Lo menos es más”.

Desde hace ya muchos años mi imaginario pavea buscando imágenes entre los límites más o menos precisos de tres manzanas del San Andrés de mi niñez. Una geografía diminuta, también a la que -como Manzi a su Barracas, o Joyce a Dublin, por qué no -recortar a su vez en fragmentos de fragmentos, hasta que una pizca, una mota, combinada con otra, y con otra, se rearmen en un todo nuevo, desconocido, y -paradójicamente- familiar. Cuatro piezas surgieron ya de ese impulso, seguramente melancólico, y de ese recorte que no deja de seducirme con nuevos puntos de vista sobre su paisaje anclado en el tiempo.

Y aunque hayan tomado ya una nueva forma no me cuesta -y hasta me da cierto goce melancólico- el recuperar aquellos fragmentos fundantes, y esas leyes arbitrarias -culpables

del tono, el estilo, la estructura- a las que fueron sometidos para mutar en pieza teatral.

Voy a hablar de ellos, ya que es lo que se me pide, pero de intentar armonizarlos en un todo orgánico, o lógico (si algo intenta armonizarlos, o fracasa en ello, es la obra misma), voy a enunciarlos en su desorden, y contar en lo que recuerde el proceso de su entretejido. Me pregunto si le interesará a alguien. En todo caso (sería hora de confesarlo), no será diferente que con la obra de uno: el interés de los demás termina siendo un importe menor al lado de otros valores más íntimos y menos confesables. No es que uno no disfrute de la aprobación de los amigos, de la crítica elogiosa, o la liquidación de Argentores, pero nada -créanme que nada- puede compararse al placer inaudito de cumplir esa manía, esa obsesión, de crear un nuevo mundo con lo muerto, juntar lo incombinable sacado del caos e inventarle un cosmos, someterło a las leyes bizarras -diosecito vulgar hasta el bochorno, al fin- de lo que al artista se le canta.

La música de Enrique Rodríguez es una cosa extraordinaria. Cuando con mi hermano atendíamos nuestro puesto en el Abasto, el vinilo rayado no paraba de sonar una y otra vez en la madrugada fría de aquella bruta nave de cemento. Japonesita, ven, que quiero yo libar tus dulces ósculos de miel… En los últimos años solía ponerlo en casa para acompañar algún vaso de vino trasnochado. Debe haber sido en una de esas noches que apareció la imagen de aquel guardabarreras, galán berreta, bailando con la que yo sé en la penumbra de su casilla mítica: el matadero. Mirando una vez, azarosamente, otra casilla de guardabarreras allá por Agronomía se me ocurrió pensar en la posibilidad teatral de ese espacio. Un territorio aislado y nocturnal. Gente en la noche iluminada cada tanto por trenes que pasan llevando sus propias historias. Una poética del riel. Recordé ahí, seguramente, aquel mito suburbano de la infancia: aquel loco de falso uniforme ferroviario que habría barreras clausuradas y hacía pasar a confiados conductores hasta el instante mismo del

o del tren. Un raro aprendiz de Dios que creaba sus propias sus propios permisos, mientras jugaba con la vida de los otros hasta su límite justo. Lo tomé con enorme cuidado. Amo y protejo a los mitos: son delicados como mariposas: si se los manosea ya no pueden volar. Para ese entonces necesitaba más elementos con los que construir la pieza, y fui a dar con el libro que se transformó luego en leitmotiv, y analogía estructural, de la obra: el Reglamento Interno Técnico Operativo del Ferrocarril Central Argentino. Una biblia de la vía.

En la casilla observaba ya, en esos días de pergeñar la pieza, a Norma/Titina -nombres salidos, claro, de los clásicos de la Orquesta de Todos los Ritmos-, aquella piba de la zona que decía la fábula, se había cogido a quince basquetbolistas en una misma noche. Chapita siempre fue Chapita. El loco Chapita. Preso de su rol, nunca pudo ser otra cosa. Se me aparecía una y otra vez con un traje polvoriento y un misterioso paquete manoseado. Un día en un mercado de pulgas encontré un “Cerebro Mágico”, y lo compré sin saber para qué. Al llegar a casa comprendí que era eso lo que guardaba aquel paquete El “Cerebro Mágico” y Chapita pasaron a ser una misma cosa.

Y vislumbrando entre las sombras de esa noche los limites ahora algo más diáfanos de ese lugar, las siluetas algo más precisas de sus habitantes, no hizo falta más que dejar encendido el oído esperando -como cualquier cazador- la aparición de las palabras para apresarlas medio taimadamente en parlamentos. Palabras polvorientas, arrugadas por el desuso, exigentes: capaces de rechazar cualquier sintaxis que no le sea familiar, exigiendo la presencia de otras palabras compañeras.

Hacer cosas con palabras viejas. A eso me he dedicado con devoción en todos estos años. Como las fotos, como esos añosos objetos limados por el uso que guardan en su desgaste el ademán mismo de su hacer, tienen las palabras viejas el don de contener, eternamente congelados, a sus propios gestos En el teatro de texto duerme el sentido de las historias, y más aún sus sentidos, lo que se siente. Su existencia sensorial. La palabra planta me transmite su concepto, pero es magnolia la que me produce una explosión de sensaciones: su nombre -uno de los diez vocablos más bellos de la lengua, según Borges-,su blancura carnosa, su perfume a siesta. La mejor imagen de un negro atacado de furia podría quizá ilustrar a un moro celoso pero no alcanzaría para poner a vivir a Otelo. Porque el lugar donde Otelo vive es en las palabras con que -y en las que el poeta que lo encarnó, lo animó (le dio anima: alma). Una reserva poética. Eso es un texto teatral. Un parque nacional, de palabras en las que hibernan gestos, imágenes, esperando la temporada en la que volver a la luz, Acaso no sea el teatro un ritual puramente, en el que se adora a la palabra. Una liturgia su puesta. Oficiantes, sus actores, y sus poetas dramáticos a los que la mediocridad apática de los nuevos tiempos busca condenar a un monaguillo dialoguista.

 

Mauricio Kartun, en Escritos (1975-2005)

La nada que nos viste – Prólogo: “A modo de vana explicación”

Roberto Malatesta

 

¿Puede un hombre ser ceñido a un puñado de palabras? Se ha intentado reducir una vida a una inscripción en la piedra, pero ¿cuántas palabras conforman a un hombre? Se ha dicho y se dirá que los poetas dominan unos pocos temas, y esto solo vale para los que mejor han cantado. Se desprende de lo anterior que dominar una sola palabra ya constituye un gran paso… ¿Hacia dónde? No nos ilusionemos ni seamos ingenuos que ya lo ha dicho J.L.B: “La meta es el olvido”.

¿Es posible sorprender a una palabra en su totalidad poética? ¿Y cuántas palabras sin que la osadía nos desbarranque el vacío? Artaud afirmó: “Somos 50 poemas,/ el resto no es nosotros sino la nada que nos viste”. Creo que con el advenimiento de un nuevo siglo el mismo número parecerá excesivo. He elegido, siguiendo quizás un criterio de humildad o tal vez prudencia, el número 30, que continúa siendo devastador. A partir de él he edificado mis treinta palabras, mis treinta poemas.

Reiterativo, monótono, abriéndome paso a través del lenguaje, en un primer momento me permití la total libertad y ella misma terminó apresándome. Lo único que escapaba al barranco era mi intento. Azarosamente di con la vieja fórmula de los catorce versos y la libertad pareció bendecirme, no la abandoné en treinta oportunidades y una más.

Vacilación, duda, incertidumbre, cada palabra plantea un riesgo. Habré olvidado no pocas más adecuadas a mi experiencia ante la aparición, irreprimible, de otras. Habré fallado, ¿quién está exento? Nadie, ni el menor ni el mayor está exento de ser hombre, esto es: insignificancia, brevedad, treinta palabras.

 

Roberto Malatesta

Le tengo rabia al silencio

Le tengo rabia al silencio por lo mucho que perdí
le tengo rabia al silencio por lo mucho que perdí,
que no se quede callado quien quiera vivir feliz
que no se quede callado quien quiera vivir feliz

Un día monté a caballo y en la selva me metí
un día monté a caballo y en la selva me metí,
y sentí que un gran silencio crecía dentro de mí
y sentí que un gran silencio crecía dentro de mí.
Hay silencio en mi guitarra cuando canto el yaraví
hay silencio en mi guitarra cuando canto el yaraví,
y lo mejor de mi canto se queda dentro de mí
y lo mejor de mi canto se queda dentro de mí.
Cuando el amor me hizo señas todo entero me encendí
cuando el amor me hizo señas todo entero me encendí,
y a fuerza de ser callado, callado me consumí
y a fuerza de ser callado, callado me consumí.

 

Dos nenas descubren
el secreto de la vida
en un súbito verso.

Yo que no sé
el secreto escribí
el verso. Ellas
me dijeron

(a través de un tercero)
que lo encontraron
pero no cuál era
ni siquiera

qué verso era. Sin duda
ahora, más de una semana
después, se hayan olvidado
el secreto,

el verso, el nombre del
poema. Las adoro
por encontrar lo que
yo no puedo encontrar,

y por adorarme
por el verso que escribí,
y por olvidársela
para que

mil veces, hasta la muerte
las encuentre a ellas, puedan
encontrarlo de nuevo, en otros
versos

en otro
acontecimiento. Y por
querer saberlo,
por

suponer que existe
tal secreto, sí,
por eso
más que nada.