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Gritos

¡Máscaras! ¡Oh máscaras!
Máscara negra, máscara roja,
máscaras blanquinegras.
Máscaras de todo horizonte
de donde sopla el Espíritu,
os saludo en silencio.
Y no a ti el último Antepasado
de cabeza de León.
Guardáis este lugar prohibido
a toda sonrisa de mujer,
a toda sonrisa que se marchita.
Destiláis ese aire de eternidad
en el que respiro el aliento de mis Padres.
Máscaras de rostros sin máscara,
despojados de todo hoyuelo y de toda arruga,
que habéis compuesto este retrato,
este rostro mío inclinado sobre el altar de blanco papel.
A vuestra imagen, ¡escuchadme!
Ya se muere el África de los imperios,
es la agonía de una princesa deplorable.
Y también Europa
a la que nos une el cordón umbilical.
Fijad vuestros ojos inmutables
en vuestros hijos dominados que dan su vida como el pobre su última ropa.
Que respondamos con nuestra presencia
al renacer del mundo,
como es necesaria la levadura a la harina blanca.
¿Pues quién enseñaría el ritmo de las máquinas
y de los cañones al mundo desaparecido?
¿Quién daría el grito de alegría para despertar
a muertos y a huérfanos al amanecer?
Decid, ¿quién devolvería el recuerdo de la vida
al hombre de esperanzas rotas?
Nos llaman los hombres del algodón,
del café, del aceite,
nos llaman los hombres de la muerte.
Somos los hombres de la danza,
cuyos pies recobran fuerza
al golpear el duro suelo.

 
Léopold Sédar Senghor

Hoy volveré a nacer: pido permiso.
Permiso útero, permiso cordón prieto.
Permiso agua, placenta, oscuridades.
No podrá retenerme la tibieza
plácida y calma del vientre cobijante.
No podrán disuadirme las presiones
de este túnel de carne que hoy me puja.

Con decisión inequívoca y sagrada
determino nacer: me doy permiso.
Y aquí estoy, desnudo de corazas,
dispuesto a recibir besos y abrazos
(no la palmada que provoque el grito:
ya no permitiré que me golpeen.)

Parteros de quien vengo renaciendo,
miren quién soy: soy digno. Los recibo.
Miren quién soy: adultamente niño.
Miren quién soy: vengo a ofrecer mi entrega.
Miren quién soy: apenas si respiro,
pero, de pie, me yergo y me estremezco,
dándome a luz en mi realumbramiento.

Tengo coraje para empezar de nuevo:
fortalecido en mis fragilidades
lloro de dicha, de dolor… Lloro de parto.
Lloro disculpas a quienes no me amaron,
por el maltrato, el frío, el abandono:
lloro la herida de todo lo llorable.
Y lloro de ternura y de alegría
por tanto recibido y encontrado:
lloro las gracias por el amor nutricio,
por la bondad de los que me ampararon.

Lloro de luz, y lloro de belleza
por poder llorar: lloro gozoso.
Bienvenida es vuestra bienvenida.

Sin más queja, dolido y reparado
por la caricia de este útero abrazante,
aquí estoy: recíbanme. Soy digno.
Me perdono y perdono a quien me hiriera.
Vengo a darles y a darme íntimamente
una nueva ocasión de parimiento
a la vida que siempre mereciera.
Me la ofrezco y la tomo. Me redimo.
Con permiso o sin él, YO me lo otorgo:
me doy permiso para sentirme digno,
sin más autoridad que mi Conciencia.

Pablo Neruda

Grito

Madre, aunque te haga llorar,
amo al herrero fogoso,
con todo mi cuerpo blanco,
por todo su cuerpo rojo.

En el baile, frente a mí,
qué alegre estaba y qué hermoso.
Quise no bailar con él;
no pude bailar con otro.

Cuando me abrazó, en los suyos,
puse a calentar mis ojos.
Sentí el hierro en mi cintura;
hierro y humo en mi contorno.

De su pelo me caían
estrellas sobre los hombros,
de su pelo ensortijado,
con algo de fuego y oro.

Y me llené de un temblor
mezcla de miedo y de gozo;
el mismo temblor del agua
con un carbón en el fondo.

Madre, hacia el lado del fuego;
madre, hacia los altos hornos
se vuelve todo mi cuerpo
como un girasol redondo.

Madre, hacia el lado del fuego
donde está el herrero torvo,
desnudo de espalda y de pecho,
con una maza en el hombro.

¡Ay, que los campos están
ardiéndose en el bochorno!
mi boca llena de sed;
mi pelo lleno de polvo.

Madre, porque ya no sueño
sino con flores de aromo;
madre, porque sólo veo
espigas y pechirrojos.

Por el ocio de mis pechos
pesados, como de plomo;
por el frío de mis pies
que no quieren dormir solos.

Por mi vestido enredado;
por mi palidez de hongo.
¡Madre, déjame casar
con el herrero fogoso!

Forjada a mano mi cama,
toda de hierro redondo.

 

 

 

En El pan nuestro.

Babilonia pretende declararse independiente y no hay en ello nada de extraño. Situada en el cruce de las rutas que unen Oriente con Occidente y el Norte con el Sur, es conocida como la mayor y la más dinámica ciudad del planeta. Es el centro de la cultura y la ciencia universales. Goza de especial fama como foco en que se concentran la matemática y la astronomía, la geometría y la arquitectura. Aún tendrá que pasar un siglo antes de que el papel de la ciudad-mundo lo herede la griega Atenas. De momento, los babilonios —sabiendo que desde hace tiempo en la corte persa reina un gran desbarajuste, que el imperio ha estado gobernado por unos magos impostores, los cuales, finalmente, han sido depuestos en un golpe de palacio perpetrado por un grupo de notables persas que justo acaban de nombrar rey a uno de ellos, Darío— preparan una sublevación antipersa y la declaración de independencia. Heródoto anota que muy de antemano se habían preparado los babilonios para lo que intentaban. A buen seguro, escribe, se proveyeron de todo lo necesario para sufrir un dilatado sitio, sin que se echara de ver lo que iban organizando. Y a renglón seguido aparece en el texto de Heródoto este pasaje: Cuando declaradamente se quisieron rebelar, tomaron una resolución más bárbara que extraña, como fue la de juntar en un lugar mismo a todas las mujeres y hacerlas morir estranguladas, exceptuando solamente a sus madres y reservándose cada cual una sola mujer, la que fuese más de su agrado: el motivo de reservarla no era otro sino el de tener panadera en casa, y el ahogar a las demás, el de no querer tantas bocas que consumieran su pan. No sé si Heródoto se da cuenta de lo que escribe. ¿Habrá reflexionado sobre sus palabras? La Babilonia de entonces, en el siglo VI, cuenta con al menos doscientos o trescientos mil habitantes. El cálculo más simple lleva a la conclusión de que fueron condenadas a morir por estrangulación decenas de miles de mujeres: esposas, hijas, hermanas, abuelas, primas, amadas… Nada más dice nuestro griego de esa masacre. ¿Quién tomó la decisión? ¿La Asamblea Popular? ¿El ayuntamiento de la ciudad? ¿El Comité de Defensa de Babilonia? ¿Hubo una discusión en torno a este asunto? ¿Protestó alguien? ¿Expuso otra opinión? ¿Quién decidió el método del exterminio de las mujeres? ¿Por qué precisamente por estrangulación? ¿No hubo otras propuestas? ¿Atravesarlas con lanzas? ¿Matarlas a sablazos? ¿Quemarlas en la hoguera? ¿Arrojarlas al Éufrates, que pasa por la ciudad? Hay muchas más preguntas. Las mujeres que esperan en casa a sus hombres, que precisamente acaban de volver de la reunión en la que se ha decidido su suerte, ¿pueden leer algo en sus rostros? ¿Perplejidad? ¿Vergüenza? ¿Dolor? ¿Locura? Las niñas pequeñas por supuesto no se dan cuenta de nada. Pero ¿y las mayores? ¿El instinto no les dicta nada? ¿Y los hombres? ¿Todos al unísono se han sometido a la ley del silencio? ¿No hay ni uno solo que sienta la voz de la conciencia? ¿A ninguno le da un ataque de histeria? ¿Ninguno empezará a correr por las calles gritando a voz en cuello? ¿Y luego? Luego las reunieron a todas y las estrangularon. Así que debió de existir un lugar de concentración en el cual tenían que comparecer todos y donde se llevaría a cabo la selección. A continuación, las que siguieran con vida se colocarían a un lado, ¿y las otras? ¿Había por allí guardias municipales que cogían a las niñas y las mujeres que les ponían delante y las estrangulaban una tras otra? ¿O tenían que hacerlo sus propios padres y maridos, sólo que vigilados por la atenta mirada de unos jueces destinados a supervisar la ejecución? ¿Reinaba el silencio? ¿Se oían gemidos? ¿Los gemidos de ellos? ¿Sus súplicas por la vida de las recién nacidas, de sus hijas, sus hermanas? ¿Qué se hizo después con los cuerpos? ¿Con las decenas de miles de cadáveres? Pues un entierro digno era condición de una vida ulterior tranquila, de lo contrario los espíritus de las víctimas volverían en plena noche para martirizar a sus verdugos. A partir de aquello, ¿las noches de Babilonia llenaban de pavor a los hombres? ¿Se despertaban? ¿Tenían pesadillas? ¿No podían conciliar el sueño? ¿Notaban que los espectros los cogían por la garganta?

 

Ryszard Kapuscinski, en  (Viajes Con Herodoto)

Cuando recuerdo
las caricias de tus manos
ya no soy la muchacha
que tranquila peina sus cabellos
ordena las ollas de barro
sobre el estante de pino
Desamparada siento
cómo las llamas de tus dedos
encienden el cuello los hombros
Me paro a veces así
en el medio del día
sobre la calle blanca
y me tapo los labios con la mano
No puedo caramba
ponerme a gritar

Malgorzata Hillar, trad. Bárbara Gill

Si no me deshago
del peso de aquellos días
que sigo soportando

Si no quiebro el silencio
que me agarrota la garganta
como los dedos del torturador
que exige un falso testimonio

Si no comienzo a hablar
en voz alta
en la calle en el tranvía

Si no lanzo una carcajada
aunque fuere una vez
simple alegremente

Ya no escribiré ningún verso
sobre el pájaro rojo
sobre las cerezas
sobre el amor

 

MALGORZATA HILLAR / Trad. Bárbara Gill

En: http://www.poetaspolacas.com.ar