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Objetos

Un día rompemos una taza.
Hacemos un mal movimiento bajo el chorro de agua
y la taza está rota.
Resbaló de nuestras manos y cayó de mal modo.
Su asa se partió.
En silencio cerramos la canilla y observamos los trozos, irrecuperables.
No podremos arreglarla, hacer de ella un utensilio más propio y entrañable,
si cabe, al hacerlo único, fallido y restaurado.
Entonces, en su condición de taza inservible, nos habla
de su falsedad anterior.
La taza es una pieza industrial. Imposible saber
cuántas hay como ella, cuantos miles
en casas distintas, puesta a la venta en anaqueles, olvidadas en depósitos, en hileras.
Sin embargo, la creímos única por nuestra. La usamos durante años en cada desayuno.
Elegimos esa taza, ese color, ese diseño y ya nadie
en la casa la usó.
Nos sentamos con ella a escribir, a mirar televisión,
a conversar.
Era nuestra, parte de nuestro cotidiano, de nuestra identidad;
donde quedaba ella, ahí habíamos estado.
Y no era nada.
Solo al romperse se hizo única.
Miguel Gaya, publicado en Facebook
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La rebelión de las cosas

¿Escuchaste a las cosas hablar?
¿murmurarte su calma
cuando entrás a tu casa?
vasijas, libros, piedras recogidas
una muchedumbre por los estantes
te interpela.
¿Las escuchás rebelarse?
¿decirte de tu alteración
al manipularlas?
se vuelca la sartén
se derrama el aceite y pudo
haber sido
una catástrofe.
¿Escuchaste a las cosas hablar?
a veces incluso dar lecciones,
de termodinámica con la vibración
que las desliza,
con el calor
que las hace intratables,
o de astronomía
cuando una planta te indica
por su palidez el exceso
de luz, las entradas
del sol, según las épocas.
Maestras silenciosas del azar
y los cambios, en la repetición:
es julio y ya están abriendo
los pimpollos de jazmín.
Limpiaste de hojas el cantero
y sin buscarlo creció un helecho.
Un círculo de irregularidades
a cada instante te convoca;
verdadera academia
socrática de la convivencia.
Cada perla hallada, un mundo
completo y orgánico.
Cada día afinar
la escucha.

Alicia Genovese
(de La línea del desierto, Gog y Magog 2018)

»Cualquier objeto, solía decir mi padre, es también un concepto. Si colocas una cosa al lado de otras dos cosas, o tres o diez, que nunca han estado juntas, se producirá una pregunta nueva. Y nada prueba la existencia del futuro tanto como una pregunta… »Mis padres, como sabes, se vieron por primera vez en un tren en Escocia. Habían recorrido a pie la misma carretera hasta la misma estación rural, era una carretera de polvo espeso, y las botas y las perneras de los pantalones de mi padre estaban cubiertas de un fino polvillo. Pateó el suelo con frustración, porque el polvo seguía allí pegado. Levantó la mirada para ver a una joven que le observaba divertida. Pensó que ella llevaba la falda salpicada de barro, pero al mirarla más de cerca vio que el material estaba bordado con diminutas abejas. Calzaba zapatos inmaculados y relucientes. ¿Había llegado flotando a la estación? “No seas bobo”, contestó ella. Le contó que se cepillaba los zapatos con un betún casero especial que “repelía” el polvo. Tenía algo que ver con la electricidad estática. ¿No había oído hablar de la electricidad estática? Mi padre respondió que, en efecto, de electricidad sabía bastante, después de todo, había empezado como ingeniero eléctrico, pero que tal vez no hubiera dedicado demasiado tiempo a pensar en zapatos. “Eso no me sorprende”, contestó mi madre. “Hace falta que llegue una mujer para relacionar dos cosas tan prácticas”. Y así fue como mi padre aprendió una idea que le guiaría el resto de su vida, y que me legaría a mí: “No hay dos hechos lo bastante separados como para que no puedan unirse”.

 

Anne Michaels, en La cripta de invierno

En Mourioux, en mi infancia, a veces mi abuela, para divertirme cuando estaba enfermo o tan sólo inquieto, iba a buscar los Tesoros. Así llamaba yo dos cajas de hojalata ingenuamente pintadas y llenas de abolladuras, que antaño habían contenido galletas, pero que entonces escondían alimentos muy diferentes: lo que mi abuela sacaba de ellas eran objetos llamados preciosos y su historia, una de esas joyas transmitidas que son la memoria de la gente humilde. Complicadas genealogías colgaban con los abalorios de las cadenillas de cobre; había relojes detenidos en la hora de un antepasado; entre anécdotas que se desgranaban siguiendo las cuentas de un rosario, había monedas que llevaban, con el perfil de algún rey, el relato de una donación y el nombre plebeyo del donante. El mito inagotable autentificaba su prenda limitada; la prenda brillaba débilmente en el hueco de la mano de Élise, en su delantal negro, amatista desportillada o anillo sin pedrería; el mito que se derramaba dulzonamente de su boca suplía el engaste de los anillos y depuraba el brillo de las piedras, prodigaba toda la joyería verbal que estalla en los extraños nombres de los abuelos, en la centésima variante de una historia conocida, en los motivos oscuros de los matrimonios, de las muertes. En el fondo de una de esas cajas, para mí, para Élise, para nuestras interminables conversaciones secretas, estaba la Reliquia de los Peluchet.

 

Pierre Michon, en Vidas minúsculas

 

Vivo juntando desechos. No puedo caminar por una playa sin echarme al bolsillo alguna piedra pulida por el mar. Suelo recordar luego, de cada una, el lugar y el momento en que me encontraron. Los fines de semana trajino los mercados de pulgas. Uno más entre la fauna callada, insondable, y protocolar, que recorre los puestos recogiendo lo que los comerciantes le guardaron en la semana. Arcaicos retratos de niños disfrazados, fotos de kermesse tras ingenuos bastidores pintados, literatura anarquista de principio de siglo, ediciones teatrales de géneros anacrónicos, títeres viejos, algún disfraz antiguo. Cosas degradadas en su función utilitaria, y cargadas de tal manera por los signos del tiempo que -de verlas con el cristal adecuado- permiten a quien se le anime, leer en ellas su otro discurso oculto. Cada tanto agrego algún tema nuevo. No colecciono. La colección tiene -una ambición de competencia, variedad y número que poco tiene que ver con mi obsesión. Simplemente junto. Elijo de entre la inmensa chatarra que el tiempo produce, y lo recorto atribuyéndole un valor propio y carente de cualquier valor cambiario.

Mezclar desechos. Nunca he hecho otra cosa al escribir mis piezas. Apilar residuos del imaginario y redimírmelos internamente con el sortilegio vulgar del acto poético. Acopiar elementos combinatorios -imágenes y palabras en su mayoría, pero también procedimientos y géneros- cuya característica excluyente ha sido la inutilidad, el anacronismo, para recombinarlos en un nuevo todo significante. Una manía. Tan inocente -o perversa- como cualquier otra. Hace tiempo que dejé de analizarme las manías. Más resignadamente, cuando puedo, las satisfago. Y cuando me dejan, como ahora -en un vano intento exorcista-, hablo de ellas.

Mezcla de palabras viejas, personajes ya borrosos en la memoria infantil, mitos del paraíso perdido, y Enrique Rodriguez (¡iah, si, la extraordinaria orquesta de todos los ritmos!). Rápido nocturno, aire de foxtrot, nace también de esta extraordinaria alquimia. De qué frasco tomar los elementos, en qué mortero molerlos, y en que retorta fundirlos, fue, como siempre, resultado del procedimiento creativo más fructuoso que conozco: el de restringir, el de acotar, el de recortar un mundo mínimo, y trabajar luego lo más libremente posible entre los límites apretados de sus fronteras Siempre he pensado en el teatro como un bonsai de novela. En un mundo de rumbosidad macro, el que un hombre dispone en un día de más información que la que un habitante de la Edad Media dispondría en toda su vida, en un mundo al que los medios escanean en minutos mostrándolo en su inmensidad boba, donde lo gigante no es monstruoso porque cabe en cualquier pantalla, quizá la única desmesura posible se encuentre poniendo la lente contra la miniatura. El animal más terrible que vi alguna vez me lo mostró mi hijo en su propia mano: un piojo tras dos lupas en foco. En todo caso, no he intentado otra cosa en esta pieza que acercar una lupa a tres vidas infinitamente mínimas. Ninguna originalidad que no haya transitado ya el arte minimalista, la literatura de Kafka, o el teatro de Chejov: “Lo menos es más”.

Desde hace ya muchos años mi imaginario pavea buscando imágenes entre los límites más o menos precisos de tres manzanas del San Andrés de mi niñez. Una geografía diminuta, también a la que -como Manzi a su Barracas, o Joyce a Dublin, por qué no -recortar a su vez en fragmentos de fragmentos, hasta que una pizca, una mota, combinada con otra, y con otra, se rearmen en un todo nuevo, desconocido, y -paradójicamente- familiar. Cuatro piezas surgieron ya de ese impulso, seguramente melancólico, y de ese recorte que no deja de seducirme con nuevos puntos de vista sobre su paisaje anclado en el tiempo.

Y aunque hayan tomado ya una nueva forma no me cuesta -y hasta me da cierto goce melancólico- el recuperar aquellos fragmentos fundantes, y esas leyes arbitrarias -culpables

del tono, el estilo, la estructura- a las que fueron sometidos para mutar en pieza teatral.

Voy a hablar de ellos, ya que es lo que se me pide, pero de intentar armonizarlos en un todo orgánico, o lógico (si algo intenta armonizarlos, o fracasa en ello, es la obra misma), voy a enunciarlos en su desorden, y contar en lo que recuerde el proceso de su entretejido. Me pregunto si le interesará a alguien. En todo caso (sería hora de confesarlo), no será diferente que con la obra de uno: el interés de los demás termina siendo un importe menor al lado de otros valores más íntimos y menos confesables. No es que uno no disfrute de la aprobación de los amigos, de la crítica elogiosa, o la liquidación de Argentores, pero nada -créanme que nada- puede compararse al placer inaudito de cumplir esa manía, esa obsesión, de crear un nuevo mundo con lo muerto, juntar lo incombinable sacado del caos e inventarle un cosmos, someterło a las leyes bizarras -diosecito vulgar hasta el bochorno, al fin- de lo que al artista se le canta.

La música de Enrique Rodríguez es una cosa extraordinaria. Cuando con mi hermano atendíamos nuestro puesto en el Abasto, el vinilo rayado no paraba de sonar una y otra vez en la madrugada fría de aquella bruta nave de cemento. Japonesita, ven, que quiero yo libar tus dulces ósculos de miel… En los últimos años solía ponerlo en casa para acompañar algún vaso de vino trasnochado. Debe haber sido en una de esas noches que apareció la imagen de aquel guardabarreras, galán berreta, bailando con la que yo sé en la penumbra de su casilla mítica: el matadero. Mirando una vez, azarosamente, otra casilla de guardabarreras allá por Agronomía se me ocurrió pensar en la posibilidad teatral de ese espacio. Un territorio aislado y nocturnal. Gente en la noche iluminada cada tanto por trenes que pasan llevando sus propias historias. Una poética del riel. Recordé ahí, seguramente, aquel mito suburbano de la infancia: aquel loco de falso uniforme ferroviario que habría barreras clausuradas y hacía pasar a confiados conductores hasta el instante mismo del

o del tren. Un raro aprendiz de Dios que creaba sus propias sus propios permisos, mientras jugaba con la vida de los otros hasta su límite justo. Lo tomé con enorme cuidado. Amo y protejo a los mitos: son delicados como mariposas: si se los manosea ya no pueden volar. Para ese entonces necesitaba más elementos con los que construir la pieza, y fui a dar con el libro que se transformó luego en leitmotiv, y analogía estructural, de la obra: el Reglamento Interno Técnico Operativo del Ferrocarril Central Argentino. Una biblia de la vía.

En la casilla observaba ya, en esos días de pergeñar la pieza, a Norma/Titina -nombres salidos, claro, de los clásicos de la Orquesta de Todos los Ritmos-, aquella piba de la zona que decía la fábula, se había cogido a quince basquetbolistas en una misma noche. Chapita siempre fue Chapita. El loco Chapita. Preso de su rol, nunca pudo ser otra cosa. Se me aparecía una y otra vez con un traje polvoriento y un misterioso paquete manoseado. Un día en un mercado de pulgas encontré un “Cerebro Mágico”, y lo compré sin saber para qué. Al llegar a casa comprendí que era eso lo que guardaba aquel paquete El “Cerebro Mágico” y Chapita pasaron a ser una misma cosa.

Y vislumbrando entre las sombras de esa noche los limites ahora algo más diáfanos de ese lugar, las siluetas algo más precisas de sus habitantes, no hizo falta más que dejar encendido el oído esperando -como cualquier cazador- la aparición de las palabras para apresarlas medio taimadamente en parlamentos. Palabras polvorientas, arrugadas por el desuso, exigentes: capaces de rechazar cualquier sintaxis que no le sea familiar, exigiendo la presencia de otras palabras compañeras.

Hacer cosas con palabras viejas. A eso me he dedicado con devoción en todos estos años. Como las fotos, como esos añosos objetos limados por el uso que guardan en su desgaste el ademán mismo de su hacer, tienen las palabras viejas el don de contener, eternamente congelados, a sus propios gestos En el teatro de texto duerme el sentido de las historias, y más aún sus sentidos, lo que se siente. Su existencia sensorial. La palabra planta me transmite su concepto, pero es magnolia la que me produce una explosión de sensaciones: su nombre -uno de los diez vocablos más bellos de la lengua, según Borges-,su blancura carnosa, su perfume a siesta. La mejor imagen de un negro atacado de furia podría quizá ilustrar a un moro celoso pero no alcanzaría para poner a vivir a Otelo. Porque el lugar donde Otelo vive es en las palabras con que -y en las que el poeta que lo encarnó, lo animó (le dio anima: alma). Una reserva poética. Eso es un texto teatral. Un parque nacional, de palabras en las que hibernan gestos, imágenes, esperando la temporada en la que volver a la luz, Acaso no sea el teatro un ritual puramente, en el que se adora a la palabra. Una liturgia su puesta. Oficiantes, sus actores, y sus poetas dramáticos a los que la mediocridad apática de los nuevos tiempos busca condenar a un monaguillo dialoguista.

 

Mauricio Kartun, en Escritos (1975-2005)

¡Qué misterio el pasado! ¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.

Victor Hugo, en Los Pirineos

De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos.
Éstas son las formas
que me parecen más nobles.
Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.

Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.

Me gustan incluso los fragmentos de esculturas
con los brazos cortados. Vivieron
también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;
si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.
Las construcciones casi en ruinas
parecen todavía proyectos sin acabar,
grandiosos; sus bellas medidas
pueden ya imaginarse, pero aún necesitan
de nuestra comprensión. Y, además,
ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas
me hacen feliz.

B.B., 1932.