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Objetos

¡Qué misterio el pasado! ¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.

Victor Hugo, en Los Pirineos

De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos.
Éstas son las formas
que me parecen más nobles.
Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.

Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.

Me gustan incluso los fragmentos de esculturas
con los brazos cortados. Vivieron
también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;
si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.
Las construcciones casi en ruinas
parecen todavía proyectos sin acabar,
grandiosos; sus bellas medidas
pueden ya imaginarse, pero aún necesitan
de nuestra comprensión. Y, además,
ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas
me hacen feliz.

B.B., 1932.

Basura

Se encuentran en el área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se hablan.
– Buenos días…
– Buenos días.
– La señora es del 610
– Y, el señor del 612
– Sí.
– Yo aún no lo conocía personalmente…
– De hecho…
– Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura…
¿Mi qué?
– Su basura.
– Ah…
– Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña…
– En realidad sólo soy yo.
– Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.
– Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar.
– Entiendo.
– Y usted también…
– Puede tutearme.
– También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así…
– Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra…
– Usted… ¿Tú no tienes familia?
– Tengo, pero no son de aquí.
– Son de Espírito Santo.
¿Cómo lo sabe?
– Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.
– Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.
¿Ella es profesora?
¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?
– Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.
– Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.
– Así es.
– Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.
– Así fue.
¿Malas noticias?
– Mi padre. Murió.
– Lo siento mucho.
Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
¿Fue por eso que volviste a fumar?
¿Cómo es que sabes?
– De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.
– Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.
– Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
– Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura…
– Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.
¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?
¿Eso, también lo descubriste en la basura?
– Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.
– Es que lloré mucho, pero ya pasó.
– Pero incluso hoy vi unos pañuelitos…
– Es que estoy un poquito resfriada.
– Ah.
– Veo muchos crucigramas en tu basura.
– Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.
¿Polola?
– No.
– Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.
– Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.
– No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.
¡Tú estás analizando mi basura!
– No puedo negar que tu basura me interesó.
– Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.
¡No! ¿Viste mis poemas?
– Vi y me gustaron mucho.
– Pero, ¡si son tan malos!
– Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.
– Si yo supiera que los ibas a leer…
– Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?
– Creo que no. Basura es de dominio público.
– Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?
– Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que…
– Ayer, en tu basura…
¿Qué?
¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?
– Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.
¡Me encantan los camarones!
– Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos…
¿Cenar juntos?
– Por qué no.
– No quiero darte trabajo.
– No es ningún trabajo.
– Pero vas a ensuciar tu cocina.
– Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.
¿En tu basura o en la mía?

 

Basura, título original “Lixo”, cuento de Luis Fernando Veríssimo, incluido en su libro de crónicas y cuentos O Analista de Bagé e, posteriormente, antologado en O Novo Conto Brasileiro por Malcolm Silverman (Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1985).

Traducción de Paula Vera.

La sequía

 

Lamin Sennah y sus hermanos habían dejado de jugar. Desde que la sequía empezó, estaban dedicados a escarbar, en vano, la tierra bombardeada por el sol.

La madre desnudó sus orejas y su cuello, vendió sus aros y sus collares, y después fue vendiendo sus ropas y las cosas de la casa.

En el centro de la casa sin nada, ella encendía el fuego, cada día, para lo poquito que nadaba en la olla.

Comieron los últimos granos.

La madre seguía encendiendo el fuego, para que los vecinos vieran el humo.

Largo estado de sitio: cercados por la sequía, Lamin y sus hermanos pasaban las noches con los ojos abiertos y pasaban los días bostezando sin parar y temblando como si hiciera frío. Sentados alrededor del fuego, los brazos escuálidos sobre las rodillas, ya ni siquiera suplicaban lluvia al cielo.

Entonces la madre se fue y regresó sin la cucharita de plata que ella guardaba, escondida, bajo el piso.

La cucharita, su secreto tesoro, su única herencia, había sido de los abuelos de sus abuelos, mucho antes de que Gambia, su país, fuera un país.

Esa última venta les dio algún bocado que comer.

–Pero ella se apagó –cuenta Lamin.

La madre ya no pudo levantarse más. Ya no hubo fuego en el centro de la casa.

 

Eduardo Galeano, en Bocas del tiempo

Mujer del barro

Todo sucedió en un pueblo de alfareros. Uno de esos pueblos que todavía sobreviven cuestionando al hombre cotidiano, a lo largo y a lo ancho de la cordillera andina.
Todos sus habitantes trabajaban el barro como si fueran pequeños dioses dando vida a las cosas. Porque el barro está ligado al hombre desde su origen, se reconozca o no su paternidad.
En este pueblo del que hablo, vivía una mujer que fabricaba los mejores cacharros, las mejores y mas cantarinas vasijas, una suerte de pájaros sonoros que parecían encerrar luz.
Como sucede en todas partes desde que el mundo es mundo y sinó que va a ser, otra alfarera envidiaba los cacharros que fabricaba la mujer del milagro.
Entonces resolvió adoptar una actitud acorde a sus sentimientos: se convirtió en espía, para saber si existía algún secreto, alguna forma especial en la obra de la mujer del barro.
Pacientemente, durante horas y horas, las mismas y pacientes horas que emplean los espías y delatores, vigiló el taller de su rival.
Nada: no pudo descubrir nada.
Porque el barro era el mismo y la mujer lo amasaba cantando, la mezcla era la misma y la mujer la trabajaba cantando; el cocido era el mismo y la mujer encendía la leña cantando.
Nada, ni los colores que semejaban sangre y oro y que la mujer pintaba cantando, tenía la mas mínima diferencia.
Desesperada, la otra alfarera envidiosa robó un cántaro de la mujer y lo llevó a su casa para descubrir el secreto.
Una vez sola, encerrada como se encierran los que carecen del sentido del homenaje a la vida, del diálogo, de semejanza y del humor, rompió la vasija de un solo golpe.
El hombre, en definitiva, no es tanto misterio.
Lo que sucede es que a veces no alcanza a comprender las cosas y se altera su forma de vivir. Un pensamiento es más fuerte que la historia, porque es capaz, precisamente, de torcer el curso. Y todo porque entonces, del interior de la vasija, de cada pedazo roto, salió el canto de la mujer que trabajaba cantando. Y ya sabemos, el amor a lo que se hace produce lo mejor de la vida. Eso lo conoce hasta mi tía vieja. Ella dice que cuando Dios hizo al hombre, seguramente aprendió a cantar.