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Objetos

Vivo juntando desechos. No puedo caminar por una playa sin echarme al bolsillo alguna piedra pulida por el mar. Suelo recordar luego, de cada una, el lugar y el momento en que me encontraron. Los fines de semana trajino los mercados de pulgas. Uno más entre la fauna callada, insondable, y protocolar, que recorre los puestos recogiendo lo que los comerciantes le guardaron en la semana. Arcaicos retratos de niños disfrazados, fotos de kermesse tras ingenuos bastidores pintados, literatura anarquista de principio de siglo, ediciones teatrales de géneros anacrónicos, títeres viejos, algún disfraz antiguo. Cosas degradadas en su función utilitaria, y cargadas de tal manera por los signos del tiempo que -de verlas con el cristal adecuado- permiten a quien se le anime, leer en ellas su otro discurso oculto. Cada tanto agrego algún tema nuevo. No colecciono. La colección tiene -una ambición de competencia, variedad y número que poco tiene que ver con mi obsesión. Simplemente junto. Elijo de entre la inmensa chatarra que el tiempo produce, y lo recorto atribuyéndole un valor propio y carente de cualquier valor cambiario.

Mezclar desechos. Nunca he hecho otra cosa al escribir mis piezas. Apilar residuos del imaginario y redimírmelos internamente con el sortilegio vulgar del acto poético. Acopiar elementos combinatorios -imágenes y palabras en su mayoría, pero también procedimientos y géneros- cuya característica excluyente ha sido la inutilidad, el anacronismo, para recombinarlos en un nuevo todo significante. Una manía. Tan inocente -o perversa- como cualquier otra. Hace tiempo que dejé de analizarme las manías. Más resignadamente, cuando puedo, las satisfago. Y cuando me dejan, como ahora -en un vano intento exorcista-, hablo de ellas.

Mezcla de palabras viejas, personajes ya borrosos en la memoria infantil, mitos del paraíso perdido, y Enrique Rodriguez (¡iah, si, la extraordinaria orquesta de todos los ritmos!). Rápido nocturno, aire de foxtrot, nace también de esta extraordinaria alquimia. De qué frasco tomar los elementos, en qué mortero molerlos, y en que retorta fundirlos, fue, como siempre, resultado del procedimiento creativo más fructuoso que conozco: el de restringir, el de acotar, el de recortar un mundo mínimo, y trabajar luego lo más libremente posible entre los límites apretados de sus fronteras Siempre he pensado en el teatro como un bonsai de novela. En un mundo de rumbosidad macro, el que un hombre dispone en un día de más información que la que un habitante de la Edad Media dispondría en toda su vida, en un mundo al que los medios escanean en minutos mostrándolo en su inmensidad boba, donde lo gigante no es monstruoso porque cabe en cualquier pantalla, quizá la única desmesura posible se encuentre poniendo la lente contra la miniatura. El animal más terrible que vi alguna vez me lo mostró mi hijo en su propia mano: un piojo tras dos lupas en foco. En todo caso, no he intentado otra cosa en esta pieza que acercar una lupa a tres vidas infinitamente mínimas. Ninguna originalidad que no haya transitado ya el arte minimalista, la literatura de Kafka, o el teatro de Chejov: “Lo menos es más”.

Desde hace ya muchos años mi imaginario pavea buscando imágenes entre los límites más o menos precisos de tres manzanas del San Andrés de mi niñez. Una geografía diminuta, también a la que -como Manzi a su Barracas, o Joyce a Dublin, por qué no -recortar a su vez en fragmentos de fragmentos, hasta que una pizca, una mota, combinada con otra, y con otra, se rearmen en un todo nuevo, desconocido, y -paradójicamente- familiar. Cuatro piezas surgieron ya de ese impulso, seguramente melancólico, y de ese recorte que no deja de seducirme con nuevos puntos de vista sobre su paisaje anclado en el tiempo.

Y aunque hayan tomado ya una nueva forma no me cuesta -y hasta me da cierto goce melancólico- el recuperar aquellos fragmentos fundantes, y esas leyes arbitrarias -culpables

del tono, el estilo, la estructura- a las que fueron sometidos para mutar en pieza teatral.

Voy a hablar de ellos, ya que es lo que se me pide, pero de intentar armonizarlos en un todo orgánico, o lógico (si algo intenta armonizarlos, o fracasa en ello, es la obra misma), voy a enunciarlos en su desorden, y contar en lo que recuerde el proceso de su entretejido. Me pregunto si le interesará a alguien. En todo caso (sería hora de confesarlo), no será diferente que con la obra de uno: el interés de los demás termina siendo un importe menor al lado de otros valores más íntimos y menos confesables. No es que uno no disfrute de la aprobación de los amigos, de la crítica elogiosa, o la liquidación de Argentores, pero nada -créanme que nada- puede compararse al placer inaudito de cumplir esa manía, esa obsesión, de crear un nuevo mundo con lo muerto, juntar lo incombinable sacado del caos e inventarle un cosmos, someterło a las leyes bizarras -diosecito vulgar hasta el bochorno, al fin- de lo que al artista se le canta.

La música de Enrique Rodríguez es una cosa extraordinaria. Cuando con mi hermano atendíamos nuestro puesto en el Abasto, el vinilo rayado no paraba de sonar una y otra vez en la madrugada fría de aquella bruta nave de cemento. Japonesita, ven, que quiero yo libar tus dulces ósculos de miel… En los últimos años solía ponerlo en casa para acompañar algún vaso de vino trasnochado. Debe haber sido en una de esas noches que apareció la imagen de aquel guardabarreras, galán berreta, bailando con la que yo sé en la penumbra de su casilla mítica: el matadero. Mirando una vez, azarosamente, otra casilla de guardabarreras allá por Agronomía se me ocurrió pensar en la posibilidad teatral de ese espacio. Un territorio aislado y nocturnal. Gente en la noche iluminada cada tanto por trenes que pasan llevando sus propias historias. Una poética del riel. Recordé ahí, seguramente, aquel mito suburbano de la infancia: aquel loco de falso uniforme ferroviario que habría barreras clausuradas y hacía pasar a confiados conductores hasta el instante mismo del

o del tren. Un raro aprendiz de Dios que creaba sus propias sus propios permisos, mientras jugaba con la vida de los otros hasta su límite justo. Lo tomé con enorme cuidado. Amo y protejo a los mitos: son delicados como mariposas: si se los manosea ya no pueden volar. Para ese entonces necesitaba más elementos con los que construir la pieza, y fui a dar con el libro que se transformó luego en leitmotiv, y analogía estructural, de la obra: el Reglamento Interno Técnico Operativo del Ferrocarril Central Argentino. Una biblia de la vía.

En la casilla observaba ya, en esos días de pergeñar la pieza, a Norma/Titina -nombres salidos, claro, de los clásicos de la Orquesta de Todos los Ritmos-, aquella piba de la zona que decía la fábula, se había cogido a quince basquetbolistas en una misma noche. Chapita siempre fue Chapita. El loco Chapita. Preso de su rol, nunca pudo ser otra cosa. Se me aparecía una y otra vez con un traje polvoriento y un misterioso paquete manoseado. Un día en un mercado de pulgas encontré un “Cerebro Mágico”, y lo compré sin saber para qué. Al llegar a casa comprendí que era eso lo que guardaba aquel paquete El “Cerebro Mágico” y Chapita pasaron a ser una misma cosa.

Y vislumbrando entre las sombras de esa noche los limites ahora algo más diáfanos de ese lugar, las siluetas algo más precisas de sus habitantes, no hizo falta más que dejar encendido el oído esperando -como cualquier cazador- la aparición de las palabras para apresarlas medio taimadamente en parlamentos. Palabras polvorientas, arrugadas por el desuso, exigentes: capaces de rechazar cualquier sintaxis que no le sea familiar, exigiendo la presencia de otras palabras compañeras.

Hacer cosas con palabras viejas. A eso me he dedicado con devoción en todos estos años. Como las fotos, como esos añosos objetos limados por el uso que guardan en su desgaste el ademán mismo de su hacer, tienen las palabras viejas el don de contener, eternamente congelados, a sus propios gestos En el teatro de texto duerme el sentido de las historias, y más aún sus sentidos, lo que se siente. Su existencia sensorial. La palabra planta me transmite su concepto, pero es magnolia la que me produce una explosión de sensaciones: su nombre -uno de los diez vocablos más bellos de la lengua, según Borges-,su blancura carnosa, su perfume a siesta. La mejor imagen de un negro atacado de furia podría quizá ilustrar a un moro celoso pero no alcanzaría para poner a vivir a Otelo. Porque el lugar donde Otelo vive es en las palabras con que -y en las que el poeta que lo encarnó, lo animó (le dio anima: alma). Una reserva poética. Eso es un texto teatral. Un parque nacional, de palabras en las que hibernan gestos, imágenes, esperando la temporada en la que volver a la luz, Acaso no sea el teatro un ritual puramente, en el que se adora a la palabra. Una liturgia su puesta. Oficiantes, sus actores, y sus poetas dramáticos a los que la mediocridad apática de los nuevos tiempos busca condenar a un monaguillo dialoguista.

 

Mauricio Kartun, en Escritos (1975-2005)

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¡Qué misterio el pasado! ¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.¡Y cuán verdad es que nos damos a nosotros mismos a los objetos que nos rodean! Los creemos inanimados y, no obstante, viven; viven con la vida misteriosa que nosotros les hemos dado. En cada fase de nuestra vida nos despojamos de nuestro ser entero y lo olvidamos en un rincón del mundo. Todo este conjunto de cosas inefables que hemos sido nosotros mismos queda allí en la oscuridad, no siendo más que uno con los objetos que hemos impregnado sin saberlo. Un día, por fin, por casualidad, volvemos a ver estos objetos; surgen ante nosotros bruscamente y helos aquí que, en el acto, con el todopoder de la realidad, nos restituyen nuestro pasado. Es como una luz súbita; nos reconocen, hacen que les reconozcamos, nos vuelven a traer, completo y deslumbrante, el poso de nuestros recuerdos, y nos devuelven un maravilloso fantasma de nosotros mismos, el niño que jugaba, el joven que amaba.

Victor Hugo, en Los Pirineos

De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos.
Éstas son las formas
que me parecen más nobles.
Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.

Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.

Me gustan incluso los fragmentos de esculturas
con los brazos cortados. Vivieron
también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;
si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.
Las construcciones casi en ruinas
parecen todavía proyectos sin acabar,
grandiosos; sus bellas medidas
pueden ya imaginarse, pero aún necesitan
de nuestra comprensión. Y, además,
ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas
me hacen feliz.

B.B., 1932.

Basura

Se encuentran en el área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se hablan.
– Buenos días…
– Buenos días.
– La señora es del 610
– Y, el señor del 612
– Sí.
– Yo aún no lo conocía personalmente…
– De hecho…
– Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura…
¿Mi qué?
– Su basura.
– Ah…
– Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña…
– En realidad sólo soy yo.
– Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.
– Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar.
– Entiendo.
– Y usted también…
– Puede tutearme.
– También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así…
– Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra…
– Usted… ¿Tú no tienes familia?
– Tengo, pero no son de aquí.
– Son de Espírito Santo.
¿Cómo lo sabe?
– Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.
– Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.
¿Ella es profesora?
¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?
– Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.
– Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.
– Así es.
– Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.
– Así fue.
¿Malas noticias?
– Mi padre. Murió.
– Lo siento mucho.
Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
¿Fue por eso que volviste a fumar?
¿Cómo es que sabes?
– De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.
– Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.
– Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
– Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura…
– Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.
¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?
¿Eso, también lo descubriste en la basura?
– Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.
– Es que lloré mucho, pero ya pasó.
– Pero incluso hoy vi unos pañuelitos…
– Es que estoy un poquito resfriada.
– Ah.
– Veo muchos crucigramas en tu basura.
– Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.
¿Polola?
– No.
– Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.
– Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.
– No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.
¡Tú estás analizando mi basura!
– No puedo negar que tu basura me interesó.
– Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.
¡No! ¿Viste mis poemas?
– Vi y me gustaron mucho.
– Pero, ¡si son tan malos!
– Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.
– Si yo supiera que los ibas a leer…
– Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?
– Creo que no. Basura es de dominio público.
– Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?
– Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que…
– Ayer, en tu basura…
¿Qué?
¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?
– Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.
¡Me encantan los camarones!
– Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos…
¿Cenar juntos?
– Por qué no.
– No quiero darte trabajo.
– No es ningún trabajo.
– Pero vas a ensuciar tu cocina.
– Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.
¿En tu basura o en la mía?

 

Basura, título original “Lixo”, cuento de Luis Fernando Veríssimo, incluido en su libro de crónicas y cuentos O Analista de Bagé e, posteriormente, antologado en O Novo Conto Brasileiro por Malcolm Silverman (Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1985).

Traducción de Paula Vera.

La sequía

 

Lamin Sennah y sus hermanos habían dejado de jugar. Desde que la sequía empezó, estaban dedicados a escarbar, en vano, la tierra bombardeada por el sol.

La madre desnudó sus orejas y su cuello, vendió sus aros y sus collares, y después fue vendiendo sus ropas y las cosas de la casa.

En el centro de la casa sin nada, ella encendía el fuego, cada día, para lo poquito que nadaba en la olla.

Comieron los últimos granos.

La madre seguía encendiendo el fuego, para que los vecinos vieran el humo.

Largo estado de sitio: cercados por la sequía, Lamin y sus hermanos pasaban las noches con los ojos abiertos y pasaban los días bostezando sin parar y temblando como si hiciera frío. Sentados alrededor del fuego, los brazos escuálidos sobre las rodillas, ya ni siquiera suplicaban lluvia al cielo.

Entonces la madre se fue y regresó sin la cucharita de plata que ella guardaba, escondida, bajo el piso.

La cucharita, su secreto tesoro, su única herencia, había sido de los abuelos de sus abuelos, mucho antes de que Gambia, su país, fuera un país.

Esa última venta les dio algún bocado que comer.

–Pero ella se apagó –cuenta Lamin.

La madre ya no pudo levantarse más. Ya no hubo fuego en el centro de la casa.

 

Eduardo Galeano, en Bocas del tiempo

Mujer del barro

Todo sucedió en un pueblo de alfareros. Uno de esos pueblos que todavía sobreviven cuestionando al hombre cotidiano, a lo largo y a lo ancho de la cordillera andina.
Todos sus habitantes trabajaban el barro como si fueran pequeños dioses dando vida a las cosas. Porque el barro está ligado al hombre desde su origen, se reconozca o no su paternidad.
En este pueblo del que hablo, vivía una mujer que fabricaba los mejores cacharros, las mejores y mas cantarinas vasijas, una suerte de pájaros sonoros que parecían encerrar luz.
Como sucede en todas partes desde que el mundo es mundo y sinó que va a ser, otra alfarera envidiaba los cacharros que fabricaba la mujer del milagro.
Entonces resolvió adoptar una actitud acorde a sus sentimientos: se convirtió en espía, para saber si existía algún secreto, alguna forma especial en la obra de la mujer del barro.
Pacientemente, durante horas y horas, las mismas y pacientes horas que emplean los espías y delatores, vigiló el taller de su rival.
Nada: no pudo descubrir nada.
Porque el barro era el mismo y la mujer lo amasaba cantando, la mezcla era la misma y la mujer la trabajaba cantando; el cocido era el mismo y la mujer encendía la leña cantando.
Nada, ni los colores que semejaban sangre y oro y que la mujer pintaba cantando, tenía la mas mínima diferencia.
Desesperada, la otra alfarera envidiosa robó un cántaro de la mujer y lo llevó a su casa para descubrir el secreto.
Una vez sola, encerrada como se encierran los que carecen del sentido del homenaje a la vida, del diálogo, de semejanza y del humor, rompió la vasija de un solo golpe.
El hombre, en definitiva, no es tanto misterio.
Lo que sucede es que a veces no alcanza a comprender las cosas y se altera su forma de vivir. Un pensamiento es más fuerte que la historia, porque es capaz, precisamente, de torcer el curso. Y todo porque entonces, del interior de la vasija, de cada pedazo roto, salió el canto de la mujer que trabajaba cantando. Y ya sabemos, el amor a lo que se hace produce lo mejor de la vida. Eso lo conoce hasta mi tía vieja. Ella dice que cuando Dios hizo al hombre, seguramente aprendió a cantar.