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Límites

Entre las cosas más importantes que se van preparando dentro de uno se cuentan los encuentros aplazados. Puede tratarse tanto de lugares como de personas, tanto de cuadros como de libros. Hay ciudades que ansío tanto ver, que es como si estuviese predestinado a pasar en ellas una vida entera, desde el comienzo. Con cien ardides evito ir a esas ciudades, y cada nueva ocasión de visitarlas que dejo pasar acrecienta tanto su importancia en mí, que cabría pensar que estoy en el mundo únicamente en razón de ellas, y que si dichas ciudades, que me siguen aguardando, no existiesen, hace ya mucho tiempo que habría yo perecido. Hay personas sobre las cuales oigo hablar con gusto, y es tanto lo que oigo, y tal la avidez con que lo oigo, que podría pensarse que sé yo más sobre ellas que ellas mismas, pero evito ver alguna foto o cualquier representación visual suya, como si hubiera una prohibición especial y justificada de conocer su rostro. También hay personas con las que durante años me he venido encontrando en un mismo camino, personas sobre las cuales reflexiono, parecidas a enigmas que me hubieran encargado resolver a mí, y no les dirijo, sin embargo, una sola palabra, paso mudo a su lado como mudas pasan ellas junto a mí, y nos miramos con una mirada que es una pregunta y mantenemos bien cerrados los labios; me imagino nuestra primera conversación, y me emociono al pensar cuántas cosas inesperadas llegaría a conocer. Y hay, finalmente, personas a las que desde hace años vengo amando sin que ellas puedan llegar a barruntarlo; yo me voy haciendo cada vez más viejo, y sin duda tiene que parecer una ilusión absurda el que alguna vez vaya a decirles que las amo, aunque siempre vivo pensando en ese instante magnífico. Sería incapaz de existir sin estos prolijos preparativos de lo futuro; y cuando me examino a mí mismo con detalle, veo que no son para mí menos importantes que las sorpresas súbitas que llegan como si no llegasen de ningún sitio y subyugan en el acto.

Elías Canetti, en El juego de ojos

Poema de la curva

No es el ángulo recto lo que me atrae,
ni la línea recta,
dura, inflexible creada por el hombre.
Lo que me atrae es la curva libre y sensual;
la curva que encuentro en las montañas de mi país,
en el curso sinuoso de sus ríos,
en las olas del mar,
en el cuerpo de la mujer preferida.
De curvas está hecho todo el universo,
el universo curvo de Einstein.

Oscar Niemeyer (1907-1912)

 

La vida es un soplo. Documental sobre Oscar Niemeyer.

Director: Fabiano Maciel
Año: 2007
País: Brasil.

«La chica de la primera fila, que era, creo, María Rosa Lojo, casi sin esperar a que se sentara, le preguntó qué significaba para él la palabra símbolo. Borges dijo que en la antigüedad no había posadas; dijo que los antiguos partían un disco y le daban una de las mitades al forastero que había llegado a la casa, o al castillo. Muchos años después, si alguien volvía con ese fragmento de disco, aunque no fuera la misma persona —podía ser un hijo, un nieto, un amigo—, era recibido como un huésped que no se hubiera ido nunca de la casa. Ese disco partido era algo más que un objeto, significaba otra cosa, y ése era el origen de la palabra símbolo. »

 

En El diario de Abelardo Castillo. Extraído de Anfibia, UNSAM. http://revistaanfibia.com/nueva/cronica/borges-usted-que-piensa-de-sartre/#sthash.4M37H4TF.dpuf

Tomemos como ejemplo un objeto aparentemente transcultural y abstracto como la línea, y consideremos su significa­do, tal y como lo describe brillantemente Robert Farish Thompson, en la escultura yoruba. La precisión lineal, nos dice Thompson, la absoluta nitidez de la línea, es una de las principales preocupacio­nes de los escultores yoruba, preocupación que captan aquellos que aprecian el trabajo de esos escultores; el vocabulario de categorías lineales que los yoruba emplean coloquialmente para una serie de intereses más amplios que la escultura, es detallado y extensivo.
Los yoruba no sólo graban líneas sobre sus estatuas, cerámicas y cosas así: hacen lo propio en sus caras. El corte, de profundidad, dirección y longitud variables, practicado en sus mejillas, se emplea como un medio de identificación del linaje, como adorno personal y como ex­presión del estatua; y las terminologías del escultor y del especialista en escarificaciones- diferencian los «cortes» de las «rasgaduras», y las «perforaciones» o «desgarramientos» de las «heridas abiertas»- Pero todavía hay más. Los yoruba asocian la línea con la civilización: «Este país ha conseguido civilizarse» significa literalmente en yoruba «que esta tierra tiene líneas sobre su cara», «Civilización», en yoruba, continúa Thompson,

es iláju -rostro surcado por señales-. El mismo verbo que civiliza el rostro con señales de identidad en los linajes urbanos y rurales también civiliza la tierra: Ó sá kéké; Ó sáko (Él traza las escarificaciones; el desbroza el monte). El mismo verbo que designa las señales yoruba sobre un rostro sirve para designar aquellos caminos y lindes que se practican en la selva: Ó linón; Ó lá áálá; Ó lapa (Él practicó un nuevo camino; trazó una nueva una nueva vía; abrió un nuevo sendero) De hecho, el verbo básico que indica cicatrizar (lá) tiene múltiples asociaciones con la imposición del modelo humano sobre el desorden de la naturaleza: tanto los trozos de madera como el rostro humano y la selva son «abiertos» al admitir la igualdad interna de la sustancia que ha de conquistarse.

 

En Conocimiento local, Clifford Geertz

«Aquella gran ciudad… No se veía el final… / El final, si es tan amable, ¿podría indicarme el final? / Y el ruido / En aquella malditísima escalerilla… todo era muy hermoso… y yo me sentía grande con aquel abrigo, estaba dando un gran espectáculo, y no tenía dudas, estaba garantizado que iba a bajar, no había ningún problema / Con mi sombrero azul / Primer escalón, segundo escalón, tercer escalón / Primer escalón, segundo escalón, tercer escalón / Primer escalón, segundo / No fue lo que vi lo que me detuvo / Fue lo que no vi / ¿Puedes comprenderlo, hermano?, fue lo que no vi…, lo busqué, pero no existía, en toda aquella inmensa ciudad había de todo excepto / Había de todo / Pero no había un final. Lo que no vi es dónde terminaba todo aquello. El final del mundo / Imagínate: un piano. Las teclas empiezan. Las teclas acaban. Tú sabes que hay ochenta y ocho, sobre eso nadie puede engañarte. No son infinitas. Tú eres infinito, y con esas teclas es infinita la música que puedes crear. Ellas son ochenta y ocho. Tú eres infinito. Eso a mí me gusta. Es fácil vivir con eso. Pero si tú / Pero si yo subo a esa escalerilla, y frente a mí / Pero si yo subo a esa escalerilla, y frente a mí se extiende un teclado con millones de teclas, millones y trillones / Millones y trillones de teclas, que nunca se terminan y ésa es la verdad, que nunca se terminan y que ese teclado es infinito / Si ese teclado es infinito, entonces / En ese teclado no hay una música que puedas tocar. Te has sentado en un taburete equivocado: ése es el piano en el que toca Dios / ¡Por los clavos de Cristo!, pero ¿tú viste aquellas calles? / Contando sólo las calles, las había a millares, ¿cómo os las arregláis para escoger una?/ Para escoger una mujer / Una casa, una tierra que sea la vuestra, un paisaje para mirar, una forma de morir / Todo ese mundo / Ese mundo encima que ni siquiera sabes dónde acaba / Y cuánto hay / ¿No tenéis miedo de acabar destrozados sólo con pensar en esa enormidad, sólo con pensar en ella? Y para vivirla… / Yo nací en este barco. Y por aquí pasaba el mundo, pero a razón de dos mil personas cada vez. Y aquí había también deseos, pero no más de los que caben entre una proa y una popa. Tocabas tu felicidad sobre un teclado que no era infinito. Así lo aprendí yo. La tierra es un barco demasiado grande para mí. Es un viaje demasiado largo. Es una mujer demasiado hermosa. Es un perfume demasiado intenso. Es una música que no sé tocar. Perdonadme. Pero no voy a bajar. Dejadme volver atrás. Por favor /»

 

Alessandro Baricco, en Novecento