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Instante

La tormenta

Giorgione se inspiraba en la tormenta
para exaltar la calma pensativa.
La atención hace igual: no se lamenta,

se vuelca en la mirada detenida,
como una fuente. Arriba,
el rayo, abajo el esplendor

de la tarde dorada, suspendida
como una flor.
La mujer amamanta, el caminante

respira resplandor.
Todo vibra sereno y delicado
sin límites precisos. Una ruina

es un único ahora del color,
como el árbol, el puente o la cortina
de nubes. La atención

es su fuente:
el mundo es diferente,
ahora o nunca.

 
Hugo Padeletti, en Guirnaldas para un luto

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“Toda protesta política profunda es invocar una justicia ausente, y la acompaña la esperanza de que en el futuro esa justicia quede establecida; esta esperanza, sin embargo, no es la razón primera para protestar.La gente se manifiesta porque no hacerlo es demasiado humillante, demasiado aplastante, demasiado letal. La gente protesta (monta una barricada, toma las armas, se va a huelga de hambre, se toma de las manos para gritar o escribe) con el fin de salvar el momento presente, sin importar lo que traiga el futuro.”

“Las cosas obedecen al soplo vital. Se nace para gozar. Y gozar ya es nacer. En cuanto a mí nada sé. Lo que tengo me entra por la piel y me hace actuar sensualmente.
No quiero sacrificar mi día de hoy por el de mañana. Estoy un poco asustada. No sé adónde me llevará esta alegría suelta como un caballo.
Quisiera sacarle una foto a este instante.
Hoy es martes y este martes está hecho del más puro aire y la más pura felicidad. Cada minuto que pasa es un milagro que no se repite”.

 

Ver la poesía

Mi primer poema hablaba del mar. La maestra preguntó como al pasar si alguien me había ayudado en casa y recuerdo haber pasado buen rato con los puños apretados debajo del banco.
Escribía y recitaba en las fiestas familiares. Torturaba a mis primos disfrazándolos de pastores o reyes, haciéndoles memorizar pequeños parlamentos.
Luego fue la lucecita de una radio Spica en las noches escuchando a Tom Luppo recitar en el Subamarino Amarillo.
Una tarde sobre la calle Corrientes compré mis dos primeros libros de poesía. Hotel pájaro de Enrique Molina y Antología poética de Olga Orozco; fue una revelación. Como una advertencia en la puerta de acceso a mi cuarto podía leerse:

¨Corrompidos por un resplandor de ríos y de grandes sorpresas
hemos perdido
para siempre la paciencia de las familias.
Fuimos demasiado lejos. Libres y sin esperanza como despúes del veneno y del amor
nuestra fuerza es ahora una garra de sol
los labios mas infieles
y apenas nos reconocemos por esas extrañas costumbres
de tatuarnos el
alma con la corriente¨

Esos versos de Molina fueron casa y talismán. Compré 22 de esos libritos del Centro Editor para repartir entre los amigos. Con la poesía de Orozco comenzó un diálogo para toda la vida.
Pero la experiencia que más me acerca a la poesía no está vinculada a los libros sino a mi padre. Íbamos en su camioneta roja hacia el sur atravesando una zona de sierras y atardecía. De pronto él apagó el motor de la F100 que siguió la pendiente suave hasta detenerse. En la radio sonaba Mozart.
Vi la silueta de mi padre cruzando el sol, danzando recortadas sobre los violetas del cielo.
Él me enseñó que la poesía es detenerse a mirar.

 

Marisa Negri. Poesía en la Escuela. Septiembre 2011.

http://poesiaenlaescuela.blogspot.com.ar/

Lo pequeño, lo ínfimo, lo que se quiebra delante de un mínimo roce; aquello que es inútil, inservible; lo que dura poco menos que un instante que de por sí ya es mínimo, lo que deshecha el oro, la turbia civilización y la blasfemia; incluso lo que no se recuerda demasiado, lo impar, lo insuficiente, el zapato suelto sin cordones, lo incompleto, lo débil, la manzana a medio comer, la fragilidad del tiempo, de la sílaba y de la arena; lo dócil, lo que no se pronuncia porque todavía no es palabra, lo que no se calla porque por ahora no es silencio, el árbol o la flor que quizá brote, o un niño demasiado arropado o en desamparo: éste es el mundo.

 

Carlos Skliar, publicado en su muro de facebook

Jornal do Brasil, 28 de diciembre de 1968
Thoreau era un filósofo que, entre otras cosas más difíciles de asimilar de golpe, en una lectura de diario, escribió muchas otras que tal vez puedan ayudarnos a vivir de un modo más inteligente, más eficaz, más lindo, menos angustiado.
Thoreau, por ejemplo, se desesperaba al ver a sus vecinos sólo ahorrando y economizando para un futuro lejano. Que se pensara un poco en el futuro estaba bien. Pero “mejore el momento presente”, exclamaba. Y agregaba: “Estamos vivos ahora”. Y comentaba con disgusto: “Ellos están juntando tesoros que las polillas y la herrumbre van a roer y los ladrones robar”.
El mensaje era claro: no sacrifique el día de hoy por el mañana. Si usted se siente infeliz ahora, adopte alguna medida ahora, pues sólo en la secuencia de los ahora es donde usted existe.
Cada uno de nosotros, por otra parte, al hacer un examen de conciencia, recuerda al menos varios ahoras que se perdieron y que no volverán más. Hay momento en la vida en que el arrepentimiento de no haber tenido o no haber sido o no haber resuelto o no haber aceptado, hay momentos en la vida en que el arrepentimiento es profundo como un dolor profundo.
Él quería que hiciéramos ahora lo que queremos hacer. La vida entera Thoreau pregonó y practicó la necesidad de hacer ahora lo que es más importante para cada uno de nosotros.
Por ejemplo: a los jóvenes que querían ser escritores pero que contemporizaban – o esperando inspiración o diciéndose que no tenían tiempo a causa de estudios o trabajo – les ordenaba ir ahora a su cuarto y empezar a escribir.
Se impacientaba también con los que emplean tanto tiempo estudiando la vida que nuca llegan a vivir. “Sólo cuando olvidamos todos nuestros conocimientos empezamos a saber.”
Y decía esto tan fuerte que nos llena de valor: “¿Por qué no dejamos penetrar el torrente, abrimos los portones y ponemos en movimiento todo nuestro engranaje?”. Sólo con pensar en seguir su consejo, siento que una corriente de vitalidad me recorre la sangre. Ahora, mis amigos, es en este mismo instante.

Thoreau creía que el miedo era la causa de la ruina de nuestros momentos presentes. Y también las temibles opiniones que tenemos de nosotros mismos. Decía: “La opinión pública es una tirana débil si la comparamos con la opinión que tenemos de nosotros mismos”. Es claro que las personas llenas de una seguridad aparente se juzgan tan mal que en el fondo están alarmadas. Y eso, en la opinión de Thoreau, es grave, “lo que un hombre piensa de sí mismo determina, o mejor revela, su destino”
Y, por inesperado que eso sea, decía: ten pena de ti mismo. Eso cuando se llevaba una vida de desesperación pasiva. Entonces aconsejaba un poco menos de dureza consigo mismo. “Creo”, escribió, “que podemos confiar en nosotros mismos mucho más de lo que confiamos. La naturaleza se adapta tan bien a nuestra debilidad cuanto a nuestra fuerza.” Y repetía mil veces a los que complicaban inútilmente las cosas – ¿y quién de nosotros no lo hace? -, como iba diciendo, él casi gritaba a quien complicaba las cosas: “¡simplifique!, ¡simplifique!”.
Y hace unos días, al abrir un diario y leer un artículo firmado por un hombre cuyo nombre lamentablemente olvidé, me encontré con citas de Bernanos que en verdad complementan a Thoreau, aunque aquél jamás lo haya leído.

En determinado punto del artículo (sólo recorté ese fragmento) el autor dice que la marca de Bernanos estaba en la vehemencia con que nunca dejó de denunciar la impostura del “mundo libre”. Además buscaba la salvación por el riesgo – sin el cual la vida no valía la pena – “y no por el encogimiento senil, que no es sólo de los viejos, sino de todos los que no defienden sus posiciones, incluso ideológicas, incluso religiosas” (la bastardilla es mía)
Para Bernanos, decía el artículo, el mayor pecado sobre la tierra era la avaricia, bajo todas sus formas. “La avaricia y el tedio dañan al mundo.” “Dos ramas, en fin, del egoísmo”, agrega el autor del artículo.
Repetir por pura alegría de vivir: ¡la salvación es por el riesgo, sin el cual la vida no vale al pena!

Feliz Año Nuevo