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Dar

A cambio

Nos fue dado un día
A un paso del sol,
Casi nada.

Nos fue quitado un día
A un paso del sol,
Casi todo

 

Beatriz Vallejos

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Los justos

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Sediento

Érase una vez un rey que tenía sed. No sabía cuál era exactamente la causa, pero dijo:
-Se me ha secado la garganta.
En el acto echaron a correr los criados, en busca de algo adecuado para darle alivio al
rey. De regreso traían aceite lubricante. Al ingerirlo, el rey dejó de sentir sequedad en su
garganta, pero se daba cuenta de que algo no andaba bien.
El aceite le causó un gusto raro en la boca y lanzando una especie de gruñido, el rey se
quejó:
-Tengo una horrible sensación en la lengua; un sabor extraño, la noto resbaladiza…
El médico inmediatamente recetó pickles y vinagre. El rey los ingirió.
Poco después sintió dolor en el estómago y para colmo de males, empezaron a manarle
lágrimas de los ojos.
-Creo que debo tener sed- expresó en voz baja, pues el sufrimiento lo había incitado a
pensar un poco.
-La sed jamás hizo llorar a nadie- comentaron sentenciosamente los cortesanos entre sí.
Pero como a menudo los reyes son caprichosos, se precipitaron en busca de agua de rosas y de vinos perfumados y melosos, dignos de un monarca.
El rey bebió todo eso, pero tampoco así se sintió mejor, y comprobó que, además, se le
había estropeado la digestión.
Un hombre sabio, que casualmente apareció allí en mitad de la crisis, manifestó:
-Lo que Su Majestad necesita es agua, agua común y corriente.
-¡Un rey jamás debería beber agua común! -clamaron los cortesanos.
-¡Claro que no! -dijo el rey-. Y a decir verdad, me siento bastante ofendido con ese
ofrecimiento de agua común, tanto en mi condición de rey como en mi condición de
paciente. Después de todo no es posible que una dolencia tan espantosa y cada día más
complicada, como la mía, pueda tener un remedio tan simple. Semejante idea se contradice con la lógica; es un desprestigio para el que la concibió y una afrenta para el enfermo.
A partir de entonces el sabio fue rebautizado. Se le llama «El Idiota».

 

En “El monasterio mágico”

 

Nota: estos textos vienen de Por favor planta este libro, editado por Barba de abejas. Cada poema está en un sobre que tiene adentro semillas de lo que nombra. La edición es una joya, al cuidado del propio traductor, Eric Schierloh

 

Margarita

Ruego para que dentro de treinta y dos años
estas flores y vegetales
rieguen el Siglo Veintiuno
con sus voces diciendo que
ellos una vez fueron un libro que se volvió
vida gracias a manos llenas de amor.

 

 

Lechuga

La única esperanza que nos queda son nuestros
niños y las semillas que les damos
y los jardines que plantemos juntos

 

 

Caléndula

Mis amigos se preocupan y me
lo dicen. Hablan del fin
del mundo, de las tinieblas y del desastre.
Yo siempre los escucho tranquilo, y después
les digo: No, no va a terminar. Esto
es sólo un comienzo, como este libro
que es sólo un comienzo.

 
Calabaza

Es el tiempo justo para mezclar sentencias
sentencias con la tierra y el sol
con la puntuación y la lluvia y
los verbos, y para los gusanos de atravesar
las incógnitas marcadas y para
las estrellas de brillar bajo incipientes
nombre, y para el rocío de formar
párrafos.

 

 

Richardo Brautigan, en Por favor plante este libro, editorial Barba de Abejas (traducción de Eric Schierloh)

Mamá Rosa canta y conversa con la tierra, arrodillada frente al hoyo: “Para que vuelva a los potreros el novillo perdido. Para que la nieve y las heladas no perjudiquen los pastos… Para que los changos sean grandes y buenos. Para que el tigre y la víbora no mermen el ganado en los montes. Para que ella, Mamá Rosa, vieja, enferma y casi ciega, pueda dirigir futuras corpachadas …

Eusebio Colque también tiene algo que decir a la tierra. Se arrodilla. Y mientras habla, va depositando en el hoyo, lentamente, hoja tras hoja, la coquita de su chuspa, y algún fleco de su poncho. Por el tajo breve de sus ojos penetra, el crepúsculo montañés con su frío, su niebla y su misterio, y alimenta el espíritu de ese hombre de los caminos.

Y Eusebio murmura apenas: “Para que mis burritos no se me lo mueran. Para que mis pieses no se cansen aunque yo esté viejo. Para que mi mujer se sane de ese mal que no la deja respirar. Para que mi hijo que está en Yavi, no sea ingrato, y me lo traiga a mi nieto, así lo puedo ver, y acariciar, y contarle muchas cosas que él debe saber . . .”

Y el hoyo simbólico sigue recibiendo las ofrendas de Mamá Rosa, de Eusebio Colque, de Mamerto Mamaní, de todos, hasta de las puesteritas y de los changos del fogón, hasta del maestro de la escuelita de Molulo, abajeño que asiste, entre curioso y conmovido, a la ceremonia de la corpachada.

Dirigidos por Mamá Rosa, todos cantan la copla ritual:

“Que la Pachamama los reciba,

 regalitos de la tierra …

Que la Pacha nos ampare,

que multiplique la hacienda …

 Aunque se agrande el corral,

que se güelva cielo y tierra…”

El aire se pone más helado. El nublado se asienta, sobre el abra. Está cerrando la noche y el alma de las piedras está dolorida de murmullos. Por los listones de los ponchos, ruedan hasta temblar en la punta de los flecos, las lágrimas del ocaso.

Atahualpa Yupanqui, en El canto del viento