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Relatos

En una tarde calurosa de principios de setiembre me encontré por primera vez con el
hombre ilustrado. Yo caminaba por una carretera asfaltada, recorriendo la última etapa de
una excursión de quince días por el Estado de Wisconsin. Al atardecer me detuve, comí
un poco de carne de cerdo, unas habas y un bizcocho. Me preparaba a descansar y leer
cuando el hombre ilustrado apareció sobre la colina. Su figura se recortó brevemente
contra el cielo.
Yo no sabía entonces que era ilustrado; sólo vi que era alto, que alguna vez había sido
esbelto, y que ahora, por alguna razón, comenzaba a engordar. Recuerdo que tenía los
brazos largos y las manos anchas, y un rostro infantil en lo alto de un cuerpo macizo.
Me hablo antes de verme, como si hubiese adivinado mi presencia.
-Señor, ¿sabe usted dónde podría encontrar trabajo?
-Temo que no -le respondí.
-Cuarenta años y nunca he tenido un trabajo duradero -me dijo.
Aunque hacía mucho calor, el hombre ilustrado llevaba una camisa de lana, cerrada
hasta el cuello. Los puños de las mangas le ocultaban las anchas muñecas. La
transpiración le corría por la cara. Y sin embargo no se abría la camisa.
-Bien -me dijo al fin-, este lugar es tan bueno como cualquiera para pasar la noche.
¿No lo molesto?
-Si usted quiere, me sobra un poco de comida -le invité.
Se sentó pesadamente y lanzó un gruñido.
-Se arrepentir de haberme invitado -me dijo-. Todos se arrepienten. Por eso no paro en
ningún sitio.
Aquí estamos, a principios de setiembre, en lo mejor de la temporada de las ferias.
Tendría que estar ganando montones de dinero en el parque de diversiones de cualquier
pueblo, y aquí me tiene, sin ninguna perspectiva.
El hombre ilustrado se sacó un enorme zapato y lo examinó con atención.
-Comúnmente conservo mi empleo diez días. Luego algo ocurre, y me despiden. Hoy
ningún hombre, de ninguna feria del país se atrevería a tocarme, ni con una pértiga de
tres metros.
-¿Qué le pasa? -le pregunté.
El hombre me respondió desabotonándose lentamente el cuello apretado. Cerró los
ojos, y con movimientos muy lentos se abrió la camisa. Luego, con la punta de los dedos,
se tocó la piel.
-Es curioso -dijo con los ojos todavía cerrados-. No se las siente, pero están ahí. No
dejo de pensar que algún día miraré y ya no estarán. Camino al sol durante horas, en los
días más calurosos, cocinándome y esperando que el sudor las borre, que el sol las
queme; pero llega la noche, y están todavía ahí.
El hombre ilustrado volvió hacia mí la cabeza, mostrándome el pecho.
-¿Están todavía ahí? -me preguntó.
Durante unos instantes no respiré.
-Si -dije-, están todavía ahí.
Las ilustraciones.
-Me cierro la camisa a causa de los niños -dijo el hombre abriendo los ojos-. Me siguen
por el campo. Todo el mundo quiere ver las imágenes, y sin embargo nadie quiere verlas.
El hombre se sacó la camisa y la apretó entre las manos. Tenía el pecho cubierto de
ilustraciones, desde el anillo azul, tatuado alrededor del cuello, hasta la línea de la cintura.
-Y así en todas partes -me dijo adivinándome el pensamiento-. Estoy totalmente
tatuado. Mire.
Abrió la mano. En la mano se veía una rosa recién cortada, con unas gotas de agua
cristalina entre los suaves pétalos rojizos. Extendí la mano para tocarla, pero era sólo una
ilustración.
En cuanto al resto, no sé cómo pude quedarme quieto y mirar. El hombre ilustrado era
una acumulación de cohetes, y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta
minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que
habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban,
los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados.
Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas,
extendidos por el pecho del hombre ilustrado como una vía láctea. Las gentes se dividían
en veinte o más grupos, instalados en los brazos, los hombros, las espaldas, los
costados, las muñecas y la parte alta del vientre. Se los veía en bosques de vello,
escondidos en una constelación de pecas, o hundidos en las cavernas de las axilas, con
ojos resplandecientes como diamantes. Cada grupo parecía dedicado a su propia
actividad; cada grupo era toda una galería de retratos.
-¡Oh! ¡Son hermosas! -exclamé.
¿Cómo podría describir las ilustraciones? Si en lo mejor de su carrera el Greco hubiese
pintado miniaturas, no mayores que tu mano, infinitamente detalladas, con sus colores
sulfurosos y sus deformaciones, quizá hubiera utilizado para su arte el cuerpo de este
hombre. Los colores ardían en tres dimensiones. Eran como ventanas abiertas a mundos
luminosos. Aquí, reunidas en un muro, estaban las más hermosas escenas del universo.
El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era ésta la obra de esos ordinarios
tatuadores de feria que trabajan con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el
trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa.
-Ah, si -dijo el hombre ilustrado-, mis ilustraciones. Me siento tan orgulloso de ellas que
me gustaría destruirlas. He probado con papel de lija, con ácidos, con un cuchillo…
El sol se ponía. La luna se levantaba ya por el este.
-Pues estas ilustraciones -afirmó el hombre-, predicen el futuro.
No dije nada.
-Todo está bien a la luz del sol -continuó-. Puedo emplearme entonces en una feria.
Pero de noche… Las pinturas se mueven. Las imágenes cambian.
Creo que sonreí.
-¿Desde cuándo está usted ilustrado?
-Desde el año 1900. Yo tenía entonces veinte años y trabajaba en un parque de
diversiones. Me rompí una pierna. No podía moverme. Tenía que hacer algo para no
perder el empleo, y entonces decidí tatuarme.
-Pero ¿quién lo tatuó? ¿Qué pasó con el artista?
-La mujer volvió al futuro -dijo el hombre-. Así es. Vivía en una casita en el interior de
Wisconsin, no muy lejos de aquí. Una vieja bruja que en un momento parecía tener cien
años y poco después no más de veinte. Me dijo que ella podía viajar por el tiempo. Yo me
reí. Pero ahora sé que decía la verdad.
-¿Cómo la conoció?
El hombre ilustrado me lo dijo. Había visto el letrero al lado del camino.
¡ILUSTRACIONES EN LA PIEL! ¡Ilustraciones, y no tatuajes! ¡Ilustraciones artísticas! Y
allí había estado, toda la noche, mientras las mágicas agujas lo mordían y picaban como
avispas y abejas delicadas. A la mañana parecía un hombre que hubiese caído bajo una
prensa multicolor: tenía el cuerpo brillante y cubierto de figuras.
-He buscado a esa bruja todos los veranos, durante casi medio siglo -dijo el hombre
extendiendo los brazos-. Cuando la encuentre, la mataré.
El sol se había ido. Brillaban ya las primeras estrellas y la luna iluminaba los pastos y
las espigas. Las imágenes del hombre ilustrado resplandecían en la sombra como
carbones encendidos, como esmeraldas y rubíes con los colores de Rouault y de Picasso,
y los cuerpos enjutos y alargados del Greco.
-Cuando las imágenes empiezan a moverse, me despiden. Ocurren cosas terribles en
mis ilustraciones. Cada una es un cuento. Si usted las mira atentamente unos pocos
minutos, le contarán una historia. Si las mira tres horas, las narraciones serán treinta o
cuarenta, y usted oirá voces, y pensamientos. Todo está aquí, en mi piel; no hay más que
mirar. Pero sobre todo, hay cierto lugar de mi espalda… -El hombre ilustrado se volvió-.
¿Ve? Sobre mi omóplato derecho no hay ningún dibujo. Sólo una mancha de color.
-Si.
-Cuando he estado con alguien un rato, ese omóplato se cubre de sombras, y se
convierte en un dibujo. Si estoy con una mujer, al cabo de una hora su rostro aparece ahí,
en mi espalda, y ella ve toda su vida… cómo vivirá y cómo morirá, qué parecerá cuando
tenga sesenta anos. Y si me encuentro con un hombre, una hora después su retrato
aparece también en mi espalda. Y el hombre se ve a si mismo cayendo en un precipicio, o
aplastado por un tren… Entonces me despiden.
El hombre hablaba y al mismo tiempo movía las manos sobre las ilustraciones, como
para ajustar los marcos y sacarles el polvo, con los ademanes de un conocedor, de un
aficionado al arte. Al fin se tendió de espaldas, a la luz de la luna. Era una noche calurosa,
serena y sofocante. Nos habíamos sacado la camisa.
-¿Y nunca encontró a la vieja?
-Nunca.
-¿Y cree usted que venía del futuro?
-¿Cómo, si no, podría conocer estas historias que me pintó sobre la piel?
El hombre, fatigado, cerro los ojos.
-A veces, de noche -dijo débilmente-, siento las figuras. como hormigas sobre la piel.
Sé lo que pasa entonces y lo que tiene que pasar. Yo nunca las miro. Trato de olvidarme.
No debemos mirarlas. No las mire usted tampoco, se lo advierto. Vuélvame la espalda
cuando se vaya a dormir.
Yo estaba acostado no muy lejos. El hombre no tenía, aparentemente, un carácter
violento, y las ilustraciones eran tan hermosas… Yo me hubiese ido lejos de toda esa
charla. Pero las ilustraciones… Dejé que los ojos se me llenaran de imágenes. Con esos
cuadros sobre el cuerpo, cualquiera podía perder la cabeza.
La noche era serena. Yo podía oír la respiración del hombre ilustrado, bañado por la
luna. Los grillos cantaban dulcemente en las hondonadas lejanas. Me puse de costado
para ver mejor las ilustraciones. Pasó, quizá, una media hora. Yo no sabía si el hombre
ilustrado se había dormido, pero de pronto lo oí respirar:
-Se mueven, ¿no es cierto?
Esperé un minuto. Y luego dije:
-Sí.
Las imágenes se movían, Una por vez, uno o dos minutos. Allí, a la luz de la luna, con
el menudo tintineo de los pensamientos y las voces distantes como voces del mar, se
desarrollaron los dramas. No sé si esos dramas duraron una hora o dos. Sólo sé que me
quedé allí, inmóvil, fascinado, mientras las estrellas giraban en el cielo.
Dieciocho ilustraciones, dieciocho cuentos. los conté uno a uno.
Primero, mis ojos se posaron en una escena, una casa grande con dos personas. Vi
unos buitres que volaban en un cielo rosado y ardiente. Vi leones amarillos, y oí voces.
La primera ilustración tembló y se animó

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Convalecencia y fantasías
 
Me enfermo. La cuenta final dirá que han sido 12 días en cama, con dolores –de a ratos– insoportables. Lo más inquietante fueron los primeros días, con una fiebre altísima. Recuerdo solo tramos. Momentos en que un paño frío en la frente funcionaba como una especie de salvavidas; el aturdimiento; la sensación de estar atrapada bajo un piso de hielo, un hielo desconocido que quemaba y dejaba la boca seca.
La fiebre cedió y sólo quedó un dolor permanente en cada hueso, en cada articulación. Y la certeza de que alguien me había vaciado la cabeza. No es metáfora. Sobre el cuello sentía un globo lleno de aire turbio, repleto de palabras que no significaban.
Imposible leer. Imposible fijar la vista en algo. Como un modo de hacer correr ese tiempo detenido, un televisor al que apenas miro trae algunos sonidos a la pieza. La extraña cadena de sinsentidos que pasan por televisión. Todo mezclado en mi cabeza vacía. Un cocinero que grita frenéticamente. Un noticiero en el que hablan de animales y anécdotas familiares. Una publicidad con una cabra corriendo en una pileta, compitiendo con perros. Un panel de gente muy extraña que discute sobre una separación, los que acaban de separarse acusándose mutuamente, supuestos periodistas que hablan uno encima de otro. Una presencia amable se acerca hasta mi cama, acomoda las almohadas, me tapa, trae un té, un plato de sopa, pregunta algo, me abriga: todo lo contrario a la gente que sigue hablando en la pantalla.
Duermo. Más tarde (u otro día, no lo sé) en la televisión hay historias repetidas: aunque cambie de canal siempre es lo mismo: mujeres sometidas, forzadas a hacer cosas que no quieren. Una nena obligada a casarse con un desconocido. Una mujer obligada a casarse con el hermano de su esposo muerto. Una mujer agonizante obligada a atender a su marido. Novelas extranjeras que parecen filmadas hace cuarenta años; historias en las que un hombre, para seguir la tradición, debe asesinar a su hermana si ella deja de ser “virtuosa” pero en las que se pixela la imagen si alguien bebe una botella de alcohol. ¿Es la fiebre? No.  A la mujer agonizante la viene a ayudar la señora Ingalls. ¿La familia Ingalls? ¿Cuántos años tengo? Me duermo.
Trabajo
 
Cuando la fiebre bajó pude empezar a responder algunos de los mensajes que hacían vibrar el teléfono. Leer, sólo unos minutos. El dolor de cabeza seguía ahí. La sensación de una realidad distorsionada, algo familiar que se va transformando hasta lo desconocido o viceversa.
Agotamiento. Una amiga médica me explica que tengo muy pocas plaquetas, que los glóbulos blancos han bajado muchísimo. Todo lo que oigo y lo que veo se acomoda en una especie de cuarto acolchado y, a la vez, filoso: mi propia cabeza.
En uno de los mensajes que llegan, una amiga pregunta cómo estoy. Cuando menciono la fiebre, el aturdimiento, la sensación de alucinar, me dice que todo delirio puede ser creativo, que escriba, que aproveche.
Miro el portalápices que hay siempre al lado de mi cama. Miro el block de papel sobre la mesa de luz. La pila de libros. Suspiro. La sola idea de incorporarme y agarrar un lápiz me ha dejado exhausta. Duermo. De a ratos se meten en mis sueños todas esas mujeres brotadas de las novelas de la siesta. El resto de los sueños repiten siempre lo mismo; hago dormida lo que no puedo hacer despierta: doy clases, corrijo los prácticos de mis alumnos, elijo lecturas para los talleres, escribo reseñas sobre libros, pienso en preguntas para entrevistas en la radio, atiendo gente que llega a la biblioteca. Sueño que trabajo. Pienso en esa educación que me tocó en suerte. Trabajar, como sea. Sin quejarse. Caló tan hondo que incluso enferma parte de mí cumple con el mandato. Me duermo pensando en cuántos años puede llevarnos liberarnos de las prisiones construidas en la infancia.
Materia prima
 
Me siento un poco mejor. Eso quiere decir que no tengo energías para moverme pero que, al menos, la cabeza puede hilar algo. Cuento los días que llevo sin poder leer. Siete. Me quedo pensando en el mensaje de mi amiga. Aprovechar el delirio de la fiebre como materia creativa. Una escritora a la que admiro (¿Marguerite Duras? ¿Patricia Highsmith?) dijo alguna vez que para un escritor toda experiencia es valiosa. Siempre me dejó perpleja esa frase. ¿Por qué “para un escritor” y no para todos? Supongo que la idea base es que para un escritor (o para un actor) lo vivido puede convertirse en materia prima. No lo sé. Puede inferirse de esa frase que todo lo que uno escribe tiene un sustrato autobiográfico, una idea con la que estoy totalmente en desacuerdo.
Mi perplejidad no se basa sólo en el rechazo a enlazar autobiografía con escritura (la literatura sería mortalmente pobre si sólo escribiéramos sobre lo que hemos vivido) sino también en que la frase tiene una suerte de espíritu de abnegación: soportar algo desagradable en nombre de una supuesta productividad creativa.  “Por lo menos esto puede servirme para escribir después”.
Mi cabeza sigue moviéndose a los tumbos. Pienso en la pregunta más frecuente que recibe alguien que escribe: “¿De dónde saca sus ideas?” Infaltable en toda entrevista, en todo encuentro con los lectores, en toda charla.
Otros mundos posibles
 
Si cada uno de nosotros tuviera que asomarse a una experiencia real para poder escribir sobre ella, no escribiríamos. Salvo que la experiencia que quisiéramos  vivir fuera, justamente, la escritura.
Siempre ha habido gente que opone “vida” y “escritura”. Hace unos años, en una Feria del Libro, un escritor joven dijo que para él era muy sacrificado escribir porque tenía que renunciar a vivir las cosas que vivía la “gente común”. Alguien del público lo toreó preguntándole por qué, si era tan sacrificado, no abandonaba la literatura para dedicarse a hacer esas cosas a las que renunciaba con tristeza. Se armó una buena discusión.
Lo que quedó flotando era una pregunta: ¿a qué renunciamos para poder escribir? Hubo muchas respuestas. La mía era sencilla: a las mismas cosas que renunciamos para hacer cualquier otra actividad: jugar a las cartas o trabajar o cocinar o ir al campo. Y no me imagino a nadie parado al lado de una parrilla explicándole a sus amigos que tuvo que sacrificarse y renunciar a “otras cosas” para poder estar allí, comiendo un asado.
La escritura es parte de la vida. Una de las muchas posibles experiencias de la vida; una de las más ricas e intensas. ¿Por qué? Porque permite el ingreso del “hubiera”. De otros mundos posibles, de lo que no fue, de lo que habría podido ser. La escritura amplía las posibilidades. Eso, en mí, nunca puede leerse como sacrificio. Más bien es todo lo contrario.
¿De dónde saca sus ideas?
 
Y volvemos a la pregunta inicial. Todas mis ideas salen de pensar qué podría pasar ante determinada encrucijada; de preguntarme qué hubiera podido ser si las cosas hubieran sido de otro modo; de estar frente a una situación y continuarla, en la mente, por caminos que la realidad desechó pero que la literatura podría recuperar.
Algunos ejemplos:
Hace unos meses viajé a un encuentro literario. Los organizadores se ocuparon de comprar los pasajes de avión. Al llegar al aeropuerto de destino debía pedir un remís hasta la terminal y luego tomar un colectivo y viajar tres horas más.
Llego al aeropuerto. Busco la agencia de remís. Pago, me acompañan hasta un auto lujoso de vidrios polarizados. Le digo al chofer que vamos a la terminal, él pregunta por mi destino final, digo el nombre de una ciudad a 300 kilómetros, él se ofrece a llevarme en coche, le agradezco, le digo que mi pasaje ya está  comprado, miro los vidrios polarizados, miro una ciudad desconocida, me digo que no sé hacia dónde queda la terminal, veo casillas de chapa bordeando una ruta provincial, reconozco que este es uno de esos momentos en que las personas pueden desaparecer: grietas de tiempo en las que nadie sabe dónde estamos. Mi cabeza está escribiendo. Dos relatos. Opción uno: una mujer (de mi edad), en esta misma situación, decide atravesar esa fisura que acaba de descubrir: alejarse para siempre de lo que hasta ese día ha sido su vida. Opción dos: una mujer (muy joven) en esta misma situación. El chofer no la lleva a destino. La secuestra, la hace “desaparecer”.
Llegamos a la terminal. Faltan tres horas para que salga mi colectivo. Camino. Hay un changarín sentado sobre una bolsa de arpillera, comiendo su almuerzo. Lo veo mirar a unas chicas que están unos pasos más allá, vendiendo copias piratas de discos de cumbia. Muerde. Mastica. Detiene la mirada en una de las chicas. Vuelvo a escribir en la cabeza: ¿quién es ese changarín?¿Por qué mira a esa chica? ¿Está enamorado? ¿Es otra cosa? ¿La conoce? ¿Ella lo conoce? ¿Qué pasaría si él se acercara y le hablara? Opción uno: un reconocimiento, un gesto de alegría. O de estupor. Opción dos: ella no lo reconoce, él se enfurece, alguien saca un arma, hay una corrida. Si hubo amor ¿de dónde salió? Si hubo furia ¿cómo empezó?
El mundo sigue igual. El changarín mira a la chica, la chica mira a sus amigas, ninguno parece imaginar que yo estoy escribiendo una historia a partir de ciertos  gestos que ellos han producido. Si finalmente escribo una historia de crimen y sangre ¿sería justo decir que me he basado en ellos?
Subo al colectivo. La azafata controla los pasajes. Le cuenta a un pasajero que ayer hubo un coque en la ruta. Que una mujer policía incrustó su auto en la parte de atrás de un camión. Que seguramente se durmió, que debe haber estado de guardia y que cuando ya estaba volviendo a su casa se aflojó y se distrajo y se durmió y ahora está muerta, mirá, parece que tenía dos hijitos.
La escucho hablar y me pregunto si ella se da cuenta que está escribiendo una historia, aunque nunca la ponga sobre papel. Y pienso en todos los que, cada día, se lamentan o congratulan usando la palabra “hubiera”. También ellos escriben. Hacen ficción.
A principios de abril, en San Rafael, en Encuentro Literario Filba Nacional, el escritor Iván Moiseeff lo dijo perfectamente: “La literatura es una máquina de ampliar fronteras. Casi como una entidad a la que uno se acerca, entre otras cosas, para ser transformado.”
Eugenia Almeida
Ilustración de Juan Delfini
Publicado originalemnte en “Dias Contados”

Anímese: Cuente una historia
Quiere hacer algo imprevisto y ganarse una cuota de libertad? Cuéntese un cuento. Un cuento que a usted le contaron alguna vez, que recuerda tal vez imperfectamente. Un cuento nuevo, que improvisa mientras cuenta. Un relato de la memoria. Lo que leyó en un libro. Una película. Lo que le sucedió esta mañana mientras salía de casa. Alguna historia para contar hay siempre. Y no tema, siempre va a haber alguien que quiera escucharla, también hay hambre de historias.

Es cierto que últimamente es poco lo que contamos. Nos falta la confianza, o la ocasión, o el deseo. Los que cuentan son siempre otros, a nosotros parece tocarnos el papel de espectadores lejanos. Pero usted no haga caso, cuente. No se deje amedrentar por el ruido, por los fragmentos que nos caen encima desde los medios de comunicación, redundantes y perentorios, como lluvia, que llegan sin pedir permiso, sin darnos resuello ni dejarnos espacio para el recogimiento. Usted haga a un lado todo eso, y cuente.

Tómese tiempo. Pida cuentos también, como hace un niño. Aprenda de él. Sólo un niño, en su radiante prepotencia de niño, sabe pedir un cuento. Dramáticamente, como cosa de vida o muerte, sin pudor ni mezquindades. Piense que el niño sabe bien de qué se trata, aunque usted lo haya olvidado.

Cuente, porque contando usted estará horadando los muros de la prisión, ganando espacio. Contar es un acto de libertad muy apreciable. Más todavía: contar y pedir que a uno le cuenten es, en medio de la industria cultural, un acto revolucionario, no previsto y al margen del mercado. Encontrar laboriosamente, después de alguna introspección, algo para contar y tejer desde ahí un pequeño relato personal, que no tenga formato televisivo, constituye una aventura extraordinaria.

Antes parecía más sencillo, menos arduo. El que había viajado, el que había leído, el que había vivido podía contar. Tenía para contar, traía historias en el morral, y tenía confianza en poder contarlas. Hoy no entendemos muy bien cómo hay que hacer acopio. Ni cuáles son las historias que vale la pena conservar. Tanto más valiente entonces el que cuente. Y el que pida que le cuenten y pare la oreja y se disponga a la espera.

Cuente, vuelva a contar. Piense que, cuando usted cuenta, el tiempo está a sus pies. El tiempo, el gran ogro general, lo obedece. Usted está ahí —una persona entre muchas— y de pronto empieza a contar. La escena es seguramente trivial, una escena cotidiana, porque usted está de sobremesa, o viajando en tren, o esperando en la vereda. Pero usted empieza a contar y, de pronto, se abre una fisura en la escena. El tiempo de todos los días, el tiempo “natural” digamos (el tiempo dentro del cual su narrar acontece, con su decorado tan conocido) se abre y deja paso a “otro tiempo”, su propio tiempo artesanal, el que usted está fabricando palabra a palabra con su relato.

Aparentemente no ha sucedido nada y, sin embargo, la suya ha sido una pirueta extraordinaria. Usted ha dado un salto, se ha montado sobre las palabras y tomado las riendas. Se mantiene en equilibrio, tensa la cuerda. Si lo hace más o menos bien, el que escucha penderá de usted, usted será el dueño del cuento y del tiempo por un rato.
El poder de la palabra

Piense que se trata de un poder muy apreciable, no habría que desperdiciarlo. Con ese poder especulaba Scherezada para demorar la sentencia del rey Schariar. Sabía, como buena narradora que era, que nada malo le sucedería mientras pudiera seguir contando y comprometiendo a su público en el cuento, puesto que ahí, adentro del cuento, eran otras las reglas. De cuento en cuento el alfanje se mantendría en vilo, de cuento en cuento se podría seguir viviendo.

Claro que tal vez su relato no alcance para hechizar a nadie, puede ser una pequeña anécdota, algo muy breve. De todas formas, mientras dure, usted mantendrá lo fatal a raya.

Es cierto que hay virtuosos, gente que parece hecha para contar y que, mientras cuenta, lo sostiene a uno en el aire. Pero no todas las formas de contar tienen que ser verbosas. Hay formas mínimas que tienen filo y fuerza. Un ex seminarista me contó una vez la historia de cómo fue que abandonó los hábitos luego de presenciar el apareamiento entre un potro y una yegua desde la ventana de su celda. Fue una espléndida narración de veinte minutos. El Negro Díaz, que era un magnífico narrador y podía contar lo que veía, fue capaz de convertir una breve escena de Venecia rojo shocking —el arquitecto en la escalera, restaurando el mural— en un relato de suspenso.

Pero también me contaron una historia de amor trunco en estos términos: “«él quiso abrazarme pero yo me escapé, me metí entre las cañas. «él me buscó un rato y después se fue. ¡Mire si me encontraba!” Justamente, también por ahí pasa lo revolucionario de contar y de darle ocasión al cuento: vuelve la variedad, las distintas voces, las miradas.

¿Será posible contar una historia sin refugiarse en el formato talk-show, flash de noticias o teleteatro? A veces parecería que no, que ya hemos capitulado, rendido todo discurso. Cuando hay un asalto y los noteros entrevistan a los testigos ocasionales, estos testigos dan su versión en términos de noticia de último momento, y es posible que hayan percibido los acontecimientos así, en términos de noticia, como si eso que acaba de suceder fuese historia vieja, contada ya muchas veces. La forma dominante se interpone, incluso reemplaza a la experiencia.

Contar, volver a contar no es un gesto menor, afloja las soldaduras, introduce una cuña en lo establecido. Parte de lo que la escuela tendría que ofrecer hoy es la ocasión de contar. No pienso en grandes historias fantásticas, en relatos prestigiosos, no sólo en eso sino, mucho antes, en el relato mínimo. Una ocasión de contar. Una pequeña brecha.
Que le den a uno la palabra y le insuflen confianza en poder contar.

La noche

Es un oro imposible de comprender, un acabado
silencio que renace y se incorpora.
Las manos de la noche buscan el aire, el aire
se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto
en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano…
El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo, el cielo
a estrellas. La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma, inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderoso, el triste,
el que contempla,
conoce su poder que crea, ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.

Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos,
el peso del silencio, ese arco, ese abandono,
enciéndeme las manos,
ahóndame la vida
con la dádiva dulce que te pido.
Dame la luz sombría, apasionada y firme
de esos cielos lejanos, la armonía
de esos mundos sellados,
dame el límite mudo, el detenido
contorno de esas lunas de sombra,
su contenido canto.
Tú, el negado, da todo,
tú, el poderoso, pide,
tú, el silencioso, dame la dádiva dulcísima
de esa miel inmediata y sin sentido.

Estás solo, lo mismo.
Yo no toco tu vida, tu soledad, tu frente,
yo no soy en tu noche más que un lago, una copa,
más que un profundo lago,
en que puedes beber aun cerrados los ojos,
olvidado.
soy para ti como otra oscuridad, otra noche,
anticipo de la muerte,
lo que llega en el día frío el hombre espera, aguarda,
y llega y él se entrega a la noche, a una boca,
y el olvido total lo ciega y lo anonada.
Sin límites la noche,
pura, despierta, sola,
solícita al amor, ángel de todo gesto…
Estás solo, lo mismo.
Ebrio, lúcido, azul, olvidado del alma,
concédete a la hora.

ALGUNAS IDEAS SOBRE EL LENGUAJE DE LA
TRANSDISCIPLINARIEDAD
Roberto Juarroz

Esta tarde, desearía hablarles de algunas ideas en relacionadas con el lenguaje y sobre todo con el lenguaje transdisciplinario. Quizá hable un poco a la luz de una afirmación de Emerson que dice que el hombre es solamente la mitad de él mismo, siendo la otra mitad su lenguaje. Es decir, que hablaré a la luz de aquel que ha visto en el lenguaje el elemento esencial, fundamental e inseparable del hombre entero. El lenguaje, se ha dicho, es la morada del hombre, la morada del ser, la morada del conocimiento – cualquiera sea este. Pienso esta tarde en la morada del reencuentro de los conocimientos que está en el centro del pensamiento transdisciplinario. Primero diré que todo cambio de visión (pues pienso que vivimos un cambio de visión) presupone un cambio de lenguaje. No se puede, con las palabras de visiones antiguas, continuar hablando de esta visión inaugural, de esta nueva visión a la cual pretendemos acceder y que pretendemos expresar a partir de la actitud y del lenguaje transdisciplinarios. Aquí desearía presentarles un matiz. Si es verdad que todo cambio de visión es un cambio de lenguaje, a su vez, todo cambio de lenguaje presupone un cambio de visión. No creo que ninguno de nosotros pueda afirmar una cosa por la otra. No se si se da primero un cambio de visión o un cambio de lenguaje. En verdad, pienso que es un cambio de paradigma. Todo cambio de modelo en la ciencia, todo cambio de modelo en la vida cambia el lenguaje y exige un nuevo lenguaje. Wittgenstein ha dicho en sustancia: Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo y los límites de mi realidad. Es decir, que si se trabaja en los límites del lenguaje, se trabaja para ampliar o hacer retroceder las fronteras de la realidad del mundo. Me pregunto si no se podría decir lo contrario: si los límites de mi mundo no son los límites de mi lenguaje. Pero tengo la esperanza de que trabajando con pasión en los límites del lenguaje (con la vida subyacente) y que expandiendo sus límites, la realidad –siempre parcialmente velada– podría también ampliarse. Creo y debo decirlo que hay ejemplos de lenguaje transdisciplinario, ejemplos que no son nuevos. Creo que el ejemplo más puro, el más importante del lenguaje transdisciplinario en acción (lenguaje transdisciplinario que puede hacernos acceder al lenguaje global que buscamos) es el lenguaje del arte y sobre todo el lenguaje de la poesía. La poesía no puede actuar en los límites del lenguaje, en los límites de la imaginación, en los límites de la realidad. Para la poesía, la realidad es infinita. Esto no quiere decir que la poesía conozca todo. Esto significa, desde esta perspectiva, una actitud ejemplar, una actitud hacia la totalidad, un aprendizaje, un humilde aprendizaje, de la realidad sin fronteras, una disponibilidad sin la cual no hay verdadero lenguaje ni verdadero espíritu hacia la totalidad. Una disponibilidad difícil de obtener y que no se podría definir si se llegara a obtenerla. Finalmente, todo esto en el espíritu fundamental de una verdadera apertura con respecto a las cosas, las diferencias y similitudes, que son la definición misma de la realidad. Rilke ha hablado con belleza de lo Abierto. Pensó que lo Abierto era la clave, no solamente del lenguaje, sino también de la realidad espiritual y del conocimiento. Pienso que si se quiere establecer ciertas condiciones y ciertos principios de esta actitud transdisciplinaria, se debe inevitablemente acceder a la idea de lo Abierto. Creo que la necesidad fundamental es abrir la voluntad (despertar el deseo) de conocer la realidad bajo cualquier ángulo, en cualquier especialidad, cualquier tipo de conocimiento, pero reconociendo todo indicio de verdad en cualquier género de realidad. Debemos tener el coraje de decirlo: el lenguaje de los especialistas (la terminología de las ciencias y de las técnicas), el lenguaje de las ciencias y de las tecnologías son lenguajes auxiliares, necesarios pero auxiliares. Creo y debo decirlo –y me alegro de que uno de ustedes lo haya dicho antes que yo–, que el lenguaje de las matemáticas es un lenguaje auxiliar en comparación con el lenguaje total. El lenguaje transdisciplinario, que se trata de encontrar y sobre el que trabajamos, es el lenguaje globalizante, holístico, como lo ha dicho uno de ustedes. Un lenguaje axial, un lenguaje orientado al centro de todos los otros lenguajes. Un lenguaje que, para crearse, debe necesariamente dejar de lado ciertas cosas. El espíritu de exclusividad, por ejemplo. Otro ejemplo: el espíritu de jerga. También, como lo he dicho hace tres años en París, la primera condición metodológica relativa al lenguaje (sobre todo en lo que concierne a los grandes lenguajes: lenguaje poético, lenguaje transdisciplinario) es la de limpiar el lenguaje. Esto no significa que busquemos un lenguaje puro. No hay lenguaje puro. No hay nada en el hombre de puro ni de completo. Esto significa, una vez más, una nueva actitud. Esto significa una ecología en el sentido más neutro del término, una ecología del espíritu, una ecología del alma, una ecología de la cultura. Estas son las palabras que frecuentemente tenemos miedo de utilizar. Se trata entonces de limpiar nuestro modo de vida y nuestra manera de hablar para alcanzar una verdadera ecología del lenguaje y de la palabra. Octavio Paz ha dicho esto: Cuando una sociedad se corrompe, la primera cosa que se corrompe es el lenguaje. Eso se torna evidente desde que observamos la sociedad, el medio y el contexto en los cuales vivimos. Esto es verdad tanto para la poesía como para la transdisciplinariedad. La contemplación del lenguaje es más necesaria que su análisis. Se trata de comprender que el lenguaje es una cosa viviente, más esencial que todos los demás poderes del mundo. Es necesario evitar la tentación de inventar otro lenguaje de laboratorio. Es necesario comprender que todo verdadero lenguaje está hecho de palabras, de hablas, pero también de silencios. A propósito del lenguaje y de sus niveles superiores, voy a referirles unas palabras de Elie Wiesel cuya belleza debería conmoverlos. Desde mi punto de vista, las referencias religiosas de este texto son secundarias. Cuando el Mesías venga, nos será dado comprender no sólo las letras de la Torah, sino también los blancos que las separan, dice un maestro jasídico. Este es el secreto de toda escritura, el secreto de todo lenguaje y el del lenguaje que buscamos. El secreto, es este: el profano escribe con palabras mientras que el poeta o el creador escribe con el silencio. Elie Wiesel concluye este bello texto como sigue: ¿Cómo se hace para transformar signos en palabras, palabras en hablas, hablas en visión? ¿Cómo se hace para hacer del lenguaje un refugio antes que una prisión, un hotel antes que un cementerio? El poeta lo sabe pero se calla. Queda esperar que él no se calle siempre. Creo que el poema o la creación poética viene a nutrir cierta cosa secreta que espera al hombre en su verdadera creación de sí mismo. Pienso que, al buscar un lenguaje transdisciplinario y globalizante frente a la totalidad y no frente a un segmento que llamaríamos realidad y que no sería sino un fragmento minúsculo, debemos acordarnos de todo eso. Hace algunos años, un célebre filósofo español, Don Ramón Menéndez Pidal, dijo esto: Hay elementos que el diccionario no puede registrar. Dio un ejemplo de ello (y qué formidable ejemplo para el lenguaje que utilizamos todos los días y para ese lenguaje transdisciplinario que buscamos) al decir en substancia: Aún no podemos señalar los valores emocionales de los cambios que las significaciones de las palabras experimentan. De la misma manera, creo que es necesario resistir una de las grandes tentaciones del ser humano que se aventura en la búsqueda del conocimiento: evitar la tentación de la definición cerrada. Es preciso rechazarla. Porque ningún diccionario, ninguna filología, ninguna gramática pueden integralmente dar cuenta de la variedad, la riqueza, la polisemia, la grandeza, la vitalidad de una sola palabra. Me complace recordar esta tarde un fenómeno que observé hace algunos meses, pues nos indica que avanzamos en el verdadero sentido, en el sentido que debemos avanzar. Se trata de un universitario de mi país que tuvo la idea de concluir su obra científica con tres poemas que él mismo había escrito. Otro desafío (o cómo unir antropología y poesía): hace poco recibí de Estados Unidos una obra titulada Antropología poética que también termina con dos o tres poemas. Otra ejemplo inolvidable: el artículo publicado hace tres o cuatro años por Basarab Nicolescu en la revista Phréatique, donde él cita un poema para señalar lo que ese poema es capaz de revelar. Cito estos ejemplos para evocar las posibilidades de unión y encuentro, así como las posibilidades de reconocernos los unos a los otros, a pesar de la falta de reconocimientos, a pesar de los diversos lenguajes disciplinarios, a pesar del temor de los investigadores de acceder a un lenguaje transdisciplinario. A propósito del paradigma del que hablábamos, creo que hay otra cosa difícil de comprender –no solamente para los científicos. Como hay un paradigma científico, hay un paradigma de vida, un paradigma ético, un paradigma estético. Esto es, en cierto modo, el modelo del cual uno puede esperar aquello que la realidad le verifica. Pero, más allá del análisis y de la inteligencia, hay otra función del paradigma, la de la imaginación sin la cual no hay lenguaje. Me acuerdo de un libro inolvidable, Juan de Mairena, del gran poeta español de este siglo, Antonio Machado, en el que una especie de maestro imaginario conversa con sus alumnos que sin duda no son imaginarios. Uno de sus alumnos le pregunta un día: – Maestro, cree usted en los modelos, cree en el paradigma? – Sí, responde el maestro, ¡creo en ellos para olvidarlos! Olvidarlos; esto significa que el trabajo de la imaginación, de la inteligencia y del lenguaje, que ha permitido, ese paradigma es operativo aún cuando ese paradigma fuese reemplazado por otra cosa. Finalmente, no creo en la posibilidad de una verdadero lenguaje transdisciplinario sin una triple ruptura. (Entre paréntesis, ¿con qué lenguaje hay que romper? ¿Qué hay que rechazar para acceder a un nuevo lenguaje? Ningún lenguaje es fácil de adquirir. Al lenguaje transdisciplinario hay que conquistarlo, experimentarlo.) Tres rupturas dije: 1. La ruptura con la escala convencional de lo real, la ruptura con la creencia de que la totalidad de la realidad se limita a la realidad sensible que vemos y percibimos con nuestros sentidos. 2. La ruptura con el lenguaje estereotipado, repetitivo, con ese lenguaje ingenuo por el que limitamos la realidad. Ese lenguaje ordinario, ese lenguaje de comodidad, es poesía fósil, decía Borges en una entrevista poco antes de morir. Las cosas esenciales que la poesía y los hombres visionarios han descubierto a través de los siglos, nosotros las reducimos y las utilizamos exclusivamente de una manera pragmática. 3. La ruptura con el modo esclerosado de vivir, ruptura sin la cual no es lenguaje nuevo ni lenguaje transdisciplinario. No podríamos aspirar al verdadero lenguaje ni trabajar en él si la vida continuara siendo para nosotros una especie de material predefinido y convencional. Hace dos años, durante el Festival Internacional de Poesía en Rotterdam, uno de los más importantes de Europa, descubrí algo de lo cual saqué una enseñanza que ahora voy a compartir con ustedes. Este Festival organiza cada año una programa de traducciones, en varias lenguas, de fragmentos de la obra de un poeta escogido por el jurado. Tuve la sorpresa de ser elegido ese año. Los poetas extranjeros presentes en el Festival fueron encargados de la traducción de algunos de mis poemas en su propia lengua. Una mañana, un indígena Mapuche de Chile se dirigió hacia mí y me dijo: Hay en su poema una palabra que no existe en mi lengua. ¿Qué se hace?. En todas las lenguas, en la más perfecta de las lenguas, falta siempre una palabra, pensé. Además, ocurre que nosotros experimentábamos el sentimiento de que faltan palabras en nuestro propio idioma. La palabra faltante en la lengua del Mapuche, era la palabra “espejo”. Le pregunté, si la palabra “reflejo” existía en su lengua. Sí, respondió, “reflejo” se dice con dos palabras: “el agua después de la lluvia”. Es decir, que existe una especie de encuentro, encantado por la realidad, gracias al cual una lengua descubre la palabra, o las posibilidades de palabras, que le faltan. Este lenguaje está en todas las lenguas. Este primer lenguaje es siempre transdisciplinario. La poesía es siempre transdisciplinaria. El verdadero lenguaje es siempre una lucha contra los mitos y contra la falta de palabras o de hablas que dan cuerpo al silencio que, todos llevamos en nosotros, en lo profundo de nuestro interior, desde el principio. Para dar un ejemplo de ello antes de terminar, me permitiré citarme leyendo un breve poema en relación con la idea de que todo lenguaje está frente al vacío: A veces parece que estamos en el centro de la fiesta, pero en el centro de la fiesta no hay nadie, en el centro de la fiesta hay el vacío, pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

Quién es quién

Una biografía común y corriente dará todos los datos:
el padre le pegaba, y se escapó de casa;
tuvo peleas en su juventud, y actos
que lo convirtieron en el hombre más grande de sus días;
luchó, pescó, cazó, trabajó la noche entera;
aunque agotado, escaló nuevas montañas, y dio nombre a un océano.
Algunos estudiosos más recientes dicen, incluso,
que por amor derramó algunas lágrimas, igual que tú y yo.

Con todos sus honores, suspiraba por alguien
que, según los atónitos críticos, vivía en su casa,
alguien que hacía sus labores con esmero
y nada más, que silbaba, se sentaba a descansar
o trabajaba en el jardín. Que contestó algunas
de sus largas y magníficas cartas, sin guardar ninguna.

 

W. H. Auden (York, 1907-Viena, 1973), W.H. Auden: Los primeros años, traducciones de Rolando Costa Picazo, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1994

Who’s Who
A shilling life will give you all the facts:/ How Father beat him, how he ran away,/ What were the struggles of his youth, what acts/ Made him the greatest figure of his day;/ Of how he fought, fished, hunted, worked all night,/ Though giddy, climbed new mountains; named a sea;/ Some of the last researchers even write/ Love made him weep his pints like you and me.// With all his honours on, he sighed for one/ Who, say astonished critics, lived at home;/ Did little jobs about the house with skill/ And nothing else; could whistle; would sit still/ Or potter round the garden; answered some/ Of his long marvellous letters but kept none.