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Archivo de la etiqueta: Juan L. Ortiz

El Río
En Gualeguay, Entre Ríos, nació mi padre, don Juan José Herrero. Para esa ciudad viajábamos todos los veranos en tren, desde Villaguay Este hasta la Estación de la ciudad de Larroque. Allí nos esperaban mis parientes, y en auto nos íbamos hasta Gualeguay. Era una fiesta para mí y mis hermanos, era el río en todo su esplendor de juego, de siestas y de travesuras. Mucho más tarde comencé a comprender algo de esos antiguos días infantiles, leyendo con entusiasmo la poesía de Juan L. Ortiz, quien también había nacido en una ciudad cercana a Gualeguay, en Puerto Ruíz. Comprender quiere decir, en este caso, dejarme estar en la incertidumbre y en el enigma del río, en el derivar de las cosas; en definitiva, esa forma esquiva que el tiempo toma para hacernos creer que su paso no es tal. Comprender que “sus costas están solas y engendran el verano” como dice Carlos Mastronardi en Luz de Provincia. En esos años de la infancia, el tiempo no ocurre. La siesta en el río es expansión y arrullo; es la espacialidad misma, más bien la que se apropia de su forma, se extiende y es infinita. En los días posteriores, el río es tiempo y se lleva lo que tenemos, pero nos deja en sus zigzagueos la enorme esperanza de encontrar en ellos el escondite de todos los tiempos. Precisamente el poeta, compositor y navegante rosarino Chacho Müller, urgido por la fatalidad de explicar el universo metafísico del río y de las islas, escribió en una de sus innumerables canciones: “el río pasa, lleva, algo nos deja y algo se va”. El río nos deja y se lleva entonces también las canciones, las melodías y los ritmos de un país que llora, grita, gime, ríe y festeja.  Yo encuentro en los ríos entrerrianos, que es mi tierra, la patria. Palabra imprecisa si la hay, pero exquisita en su misteriosa formulación y por lo tanto en su potencialidad de querer explicar lo que somos. Juan L. Ortíz lo dijo de innumerables modos. Uno de los que a mí más me place es el siguiente:

De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río.

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