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Presente

Entonces

Antes, mucho antes
en el tiempo del que te estoy hablando
cuando era chica
cuando mi madre era chica
mi abuela
cuando la guerra
cuando la Depresión la Ley Seca
cuando el rito mozárabe bate en ordalia doble
la cátara herejia
cuando llegaron a América
cuando Erik
cuando la Tetralogia
cuando se estrena Traviata en el Colón, a sólo cinco años
del estreno en Paris
aproximadamente cuando
abrió Cartier y el país salía
recién de la mazorca
——————————–(¿ves…
que nada es garantía?)
Cuando todo asi de aproximado, erróneo
equivocado, evocado
como las citas de Curtius durante la guerra o Borges
en su memoriosa ceguera o Paz
y tantos otros en lo ciego
————————–de su apurada ambición

——————————–

o cuando
los egipcios o cuando
construyeron las pirámides
los aztecas
solían
cuando
la Capilla Sixtina o el metro
de Moscú
solian
cuando
el califa Omar o los soldados de César
destruyeron
la biblioteca de Alejandria
o Nerón Roma
o Dios
la Torre de Babel
o la hierba
el caballo de Atila
——————————–(¿dónde quedó, María,
tan ardua, la flecha suspendida
como el aliento en la boca
del padre de Tristán? Siempre duele la espera,
¿no? Hasta esperar
el final de una frase, un argumento, duele,
no?)
cuando
———–cada cual lo suyo
destruyó y hubo
destruido
o armado o hecho o fraguado o erigido

 

o cuando el detective va y encuentra el cuerpo y
o cuando el marido va y la ve y ve que el chico
o cuando la amiga se da cuenta y

Entonces

cuando cae
cuando la noche
cuando viene
todo lo que viene
después
todo lo que por lo general sucede en presente
histórico o no necesariamente
después de
algo
sólo aparentemente conclusivo
que sin embargo se abre

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Todo poema es una presencia. Algo que ahora está ahí y antes no estaba. Algo que acompaña la soledad del hombre, convirtiendo las ausencias en presencias, sin que dejen por ello de ser ausencias.

 

Roberto Juarroz, en “Casi razón” (Poesía Vertical II, Emecé)

“Este mundo, este paraíso sobre el que apenas había echado hasta entonces una ligera ojeada, el sol y la luna, los otros mundos que pueblan el espacio con sus brillantes constelaciones y los otros soles y sistemas tan absolutamente remotos y tan inconcebibles en número como para parecer una simple neblina luminosa en el cielo, todo ese universo que existía desde hacía millones y billones de siglos o desde la eternidad…”

“un reino encantado, natural y sobrenatural al mismo tiempo! Estaba convencido de que pronto empezaría a desvanecerse imperceptiblemente día tras día, año tras año, a medida que yo fuera sumiéndome en la opacidad de la vida hasta que se perdiera tan efectivamente como si hubiera dejado de ver, oír y palpitar y mi cuerpo caliente se hubiera enfriado y puesto tieso por la muerte y —como los muertos y los vivos— no tuviera ya conciencia de la pérdida”.

Guillermo E. Hudson

 

en el pasto quemado de enero
yacer

que pase el cielo
toda la vida
cien años llueva
y las raíces bordadas en mi pelo
cien veces trescientos sesenta y cinco
días que el sol
lleve la cuenta
abra y cierre mis ojos
la palma de la mano destejida
la espalda fermentada en las hormigas
desgajada del viento la lengua
zumbando en las hebras
oreja y corazón para esa lengua

y no esperar por la muerte cincuenta años
en una pensión de Londres
sobre mis cuadernos
limpio como las uñas de las monjas

yacer
en el pasto helado de julio
cruja la helada en mis huesos
las estrellas en cruz esperen
asidas a mi frente
la señal del chajá
para llevarme
pesado y ciego en círculos
entre los panaderos
deshecho en el vacío luminoso

saber mi país
perdido y ajeno
como en las visiones
de la fiebre

 

Laura Forchetti, en Libro de horas

 

No te detengas alma sobre el borde De esta armonía
que ya no es sólo de aguas, de islas y de orillas.
¿De qué música?

¿Temes alma que sólo la mirada
haga temblar los hilos tan delgados
que la sostienen sobre el tiempo
ahora, en este minuto, en que la luz
de la prima tarde
ha olvidado sus alas
en el amor del momento
o en el amor de sus propias dormidas criaturas:
las aguas, las orillas, las islas, las barrancas de humo lueñe?
¿O es que temes, alma, su silencio,
o acaso tu silencio?
Serénate, alma mía, y entra como la luz
olvidada, hasta cuándo?
en este canto tenue, tenuísimo, perfecto.

Los temas de peso

Después de varios años dedicados a la minucia,
al enfermante relevamiento de los detalles,
decidí abocarme a los temas de peso:
el amor, la política, la trascendencia, la gloria.
Finalmente convencido de que el mundo
era más amplio que mi departamento
compré una pila de tarjetas magnéticas
y salí a recorrer la ciudad en colectivo
atento al paisaje y al rumor sordo
en el que se convertía la parla simultánea
de mis contemporáneos. La bruma gris
que se levanta en los barrios de la quema
y la otra, prístina, que emerge rosa del agua
del río león, envolvían mis paseos en un aura
de ensueño y todo se aparecía corrido
de su justa dimensión.

 

Martín Prieto, en revista Hablar de poesía

“Las cosas obedecen al soplo vital. Se nace para gozar. Y gozar ya es nacer. En cuanto a mí nada sé. Lo que tengo me entra por la piel y me hace actuar sensualmente.
No quiero sacrificar mi día de hoy por el de mañana. Estoy un poco asustada. No sé adónde me llevará esta alegría suelta como un caballo.
Quisiera sacarle una foto a este instante.
Hoy es martes y este martes está hecho del más puro aire y la más pura felicidad. Cada minuto que pasa es un milagro que no se repite”.