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Practicando este arte, todo chino encuentra el ritmo de su ser profundo y entra en comunión con los elementos. A través de los trazos significantes, se entrega completamente

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Cuando un calígrafo aborda un poema, no se limita a un simple acto de copia. Al caligrafiarlo resucita todo el movimiento gestual y todo el poder imaginario de los signos. Es su propia manera de penetrar en la realidad profunda de cada uno de ellos, de incorporar la cadencia propiamente física del poema, y finalmente, de recrearlo.

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El arte caligráfico, apuntando a restituir el ritmo primordial y los gestos vitales implicados por los trazos de los caracteres, ha liberado al artista chino de la preocupación de describir fielmente el aspecto exterior del mundo físico y ha suscitado muy tempranamente una pintura “espiritual”, que, más que buscar el parecido y calcular las proporciones geométricas, intenta imitar “el acto del Creador” fijando las líneas, las formas y los movimientos esenciales de la naturaleza.

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A los ojos de un artista chino, ejecutar una obra (pictórica o caligráfica), es un ejercicio espiritual; es para él una ocasión de diálogo entre lo visible y lo invisible, lo activo y lo pasivo, es el surgimiento de un mundo interior, el ensanchamiento sin fin del mundo externo, regido por la ley dinámica de la transformación. En un cuadro, el “vacío” introduce el infinito y el “soplo rítmico” que anima el universo.

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A través de la papelería, lugar y catálogo de las cosas necesarias para escribir, uno se introduce en el espacio de los signos; en la papelería es donde la mano encuentra el instrumento y la materia del trazo; en la papelería es donde se inicia el comercio del signo, antes incluso de que sea trazado. Cada nación tiene su papelería característica.

Francois Cheng, Caligrafía china