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Pasear

Liberación deseada

Qué gran cosa es
si llegamos de afuera
y en nuestros ojos
al venir, traemos
el vuelo de la paloma.
Si traemos también
en el yugo del alma
el suspiro de la libertad
y en nuestra piel
la salud del viento.

 

Sãso potapy

Tuichaite mba’e niko
pe okágui jajúrõ
ha ñande resápe
jaru jajukuévo
pykasu veve. Jarurõ avei
ñane ánga sãre
sãso pytuhê
ha ñande pirére
yvytu resãi (2002: 48).

 

 

 

 

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Plaza de Mayo,

20 de diciembre de 2001

 

Esta plaza tiene algo irreal

lo sospeché desde mi infancia

como si los autores

de los manuales escolares

se hubieran puesto de acuerdo

en la lluvia y el barro

en la moda de 1810

o en French y Beruti

como Batman y Robin.

Lo crucial no era más

que esa lluviosa figurita

comprada por centavos

al librero de la esquina

calcada torpemente

del Kapelusz

recortada del Billiken

a golpe de tijera

y pólvora de tiza.

Pero ¿qué había de fundamental?

¿Qué significaba la palabra revolución?

 

Mayo era fácil, porque gris

era un color y otoño

el frío que empezaba por las piernas

el cumpleaños de mi padre

olor a chocolate igual a fiesta patria.

En cuanto a revolución

algo tenía que ver

con las interminables alas del Cabildo

pero en lo más ciego de mis ojos

yace el primer encuentro

con los muñones brutales del edificio.

De esa mutilación, como de una costilla

no sé qué fe maltrecha

nacería.

 

La misma plaza, hoy

a punto de verano

pisoteados sus arriates

en lugar de aquel barro

gente con no sé qué

comunión en su diversidad

la ciudadanía en los hombros

curiosa y asombrada

como niño a babucha

 

y cuentas de festejos

del tanto mirar para otro lado

del sírvete que hay más.

Qué hago aquí, me pregunto.

Pantalón corto y claro

sandalias cómodas, por si hay que correr.     

sándwich a dos cincuenta por mazamorra de negra

mochila al hombro roja, anteojos de sol…

Pero qué instinto me llama a atestiguar

para volverme otra mancha incomprensible

de futuros manuales escolares

entre la multitud que la montada

y los hidrantes amenazan.

Y no lo sé:

he venido

como a una catedral

a tratar de creer en Dios.

 

El gas quema la garganta

me uno al éxodo

con lágrimas de bautismo

y apenas comprendo

que no se trata de huir:

 

es una romería que me arrastra

en su silencio embrionario

lo interrumpen las toses

como una plegaria

pero el ruego no sabe

dónde confiar su fe.

Entonces

la avenida de Mayo

se vuelve una visión

torpe de nitidez, como los sueños

mi silueta me abandona

se suma a la procesión como una peregrina más

entregada a ese sueño sin constancia

deambula entre lapidaciones y disparos

y humo y grito

a paso lento, lento

como si no fuera dueña

de los propios contornos

y sus músculos desdibujados

no tuvieran miedo a la emboscada

en cada bocacalle.

 

Fue en Hipólito Yrigoyen o en Alsina

donde una pareja le ofreció vinagre

para calmar el ardor en los ojos

le regalaban incluso el pañuelo, pero ella

 

(podía pensar en ese momento cosas así)

no quería ser la extraña que se llevara algo

que jamás recuperarían.

Siguió caminando

tuvo tiempo para volver sobre sus pasos

y recoger unas monedas

que se le habían caído, y en ese ruido

de las monedas contra el piso

oyó también el plomo que (después se supo)

eran los muertos multiplicándose

en distintos puntos de la ciudad y del país.

Poco más tarde experimentó algo increíble

cruzar la 9 de Julio fue pasar a otra dimensión

tuvo que ser así de metafísico

porque ahí nomás un tipo le dijo: ¡Lindas piernas!

porque no demasiado lejos

frente a la Facultad de Medicina

esos matasanos festejaban sus títulos

extraterrestres en carnaval de harina

como cerrar los ojos

como tirar el pan.

Una historia de verano

Cuando el colibrí
hunde su pico
en la trompeta de la parra
en el embudo

de las flores
y su lengua
se hunde
palpitante

me enciendo
otra vez, me sorprendo:
pequeñas cosas, a nuestro alcance
existen en el mundo

que no están hechas
de oro
ni de poder —
que nadie posee

ni puede comprar
ni con una montaña de dinero —
que simplemente
flotan sobre el mundo

o vagan por el campo
o en los jardines
o en lo alto de las parras
y aquí estoy

perdiendo el tiempo
como quien dice, mirando
hasta que la mirada se vuelve sentimiento
y entonces, siento que soy yo misma

un pequeño pájaro
terriblemente hambriento
con su piquito explorando y sumergiéndose
y un corazón latiendo urgente

casi a punto de romperse —
soy el hambre y el alivio
y también las hojas y las flores
y, como ellas, estoy llena de goce, y me sacudo.

 

 

Mary Oliver (Maple Heights, Ohio, 1935), El pájaro rojo. Traducción: Natalia Leiderman y Patricio Foglia. Prólogo: María Teresa Andruetto. Ediciones Caleta Olivia. Buenos Aires. 2017.

Es fácil observar que un día comienza con lluvia, sólo para
volverse soleado por la tarde, que un pino permaneció en un
lugar en particular o anotar el nombre de un recodo del río.
Esto es lo que se escribe en los diarios para anotar el valor de
nada que no sea mirar con ojos inmediatos.

 

 

Matsuo Bashõ, Senda hacia el interior y otros escritos

Extraído de Diario del Delta, Alicia Genovese.

Existe un hermosísimo idioma, cuyas palabras parecen casitas hechas con hongos. A su lado, palidecen las más bellas letras rúnicas.
Lo descubrí una tarde y, no, lejos: aquí, nomás, mientras avanzaba entre las boticas de los eucaliptos, a la hora en que las paredes se colman de estrellas, y desde los árboles y el cielo, caen pastillas y perlas, vi el idioma, y lo entendí, enseguida, como si siempre, hubiera sido el mío.

La verdad extática

Leo el corazón humano. Es una parte importante de mi profesión. A leer el corazón humano no se aprende, sólo la experiencia lo puede enseñar. Hablo de experiencias muy elementales. ¿Qué significa estar preso? ¿Qué es tener hambre? ¿Qué es criar hijos? ¿Qué es la soledad en el desierto? ¿Qué significa estar enfrentando a un verdadero peligro? Experiencias básicas, lo más elemental que existe. Pero la mayoría de nosotros ignora esas experiencias, excepto la de tener hijos. No veo a nadie en Francia o en España que haya tenido la experiencia del hambre. Yo sí. No veo casi a nadie que haya sido maltratado en prisión. Yo sí. En Africa, dos o tres veces. ¿Han hecho largas caminatas? De experiencias así provienen mis capacidades como cineasta.
Sigo vivo como cineasta porque cambio. No sigo creyendo que vivo en los años ’70. Muchos cineastas se quedaron bloqueados en los años ’70, como Syberberg. Muchos desaparecieron. No evolucionaron. También hay una coherencia en mis films. Hay ciertos motivos, cierta insistencia en la visión. Cierta dramática en la dirección. Estoy seguro de ello. Al mismo tiempo es una obra abierta en todas las direcciones. Si consideran a Buñuel, su visión permanece coherente, aun cuando sus films surrealistas del comienzo, sus films de los años ’50 en México y luego los de los años ’60 en Francia sean muy diferentes. Bastan veinte segundos de imágenes para reconocer una película de Buñuel.
Soy tan cinéfilo como es posible serlo. Adoro el cine. Pero no necesito ver tres películas por día. Me basta con ver tres buenos films al año. En un año que sea de una buena cosecha para el cine, se producen cinco o seis buenos films en el mundo. No más. Se ha convertido en el mayor problema de los festivales: su número creció hasta alcanzar, no sé, la cifra de 2800. Puede estar bien ver cinco o seis películas. A veces también puede estar bien contentarse con lo peor que haya. Precisamente para aprender lo que no hay que hacer. Los malos films son siempre más instructivos que los buenos.
En mi cine, el estilo no prevalece sobre el tema. El estilo no se fija en un rictus. Me burlo del estilo. La sustancia de mis films está en otra parte. Si nunca me preocupé por el estilo es porque el estilo, inevitablemente, se impone a través de mí. No por el tema, sé que hay muchas maneras de tratar un mismo tema.
No me considero un artista. Ni siquiera sé lo que es un artista. Me cuesta atenerme a una definición. El cine es un oficio, en la medida en que gano dinero. En la medida en que trabajo profesionalmente. Sé que es un trabajo profesional. Soy un verdadero profesional. Me gano la vida. No paso hambre, tengo bastante dinero para pagarme un café. Bastante dinero para pagar el alquiler. En ese aspecto, sí, puedo entender que lo que hago sea una profesión. Pero “artista” es una palabra que me cuesta mucho entender. Y eso se torna más difícil con los años en la medida en que cada vez desconfío más del arte. Sobre todo desde hace veinte años. Es muy difícil de explicar. Quisiera hablar, entre comillas, del arte moderno. Podemos comprender en qué situación está el arte observando el mercado del arte, las subastas, el mundo de las galerías. Hay algo ahí profundamente inquietante y extremadamente sospechoso. ¿Cómo pueden los “artistas” dejar que el arte sea eso en lo que se ha convertido? Asistimos a una completa distorsión de los valores. Ir a una vernissage –lo que me ha ocurrido una o dos veces en mi vida– es la experiencia más desalentadora que se pueda imaginar. Tan desalentadora que no la volveré a tener nunca. La manera en que se presenta el trabajo, el público que va a esos eventos, el mercado del arte, todo eso da náuseas.
Me cuesta acatar las categorías “documental” y “ficción”. Todos mis documentales son estilizados. En nombre de una verdad más profunda, una verdad más extática –el éxtasis de la verdad– contienen partes inventadas. A veces puedo decir entonces que se trata de ficciones disfrazadas. La expresión tampoco es del todo apropiada. Pero es la explicación que se me ocurrió. Grizzly man es muy diferente a El pequeño Dieter necesita volar o a El país del silencio y la oscuridad o Lecciones de oscuridad. He dejado de plantearme la cuestión de su clasificación.
Detrás de las imágenes, detrás de la visión, detrás de la historia, detrás de la gramática de la narración y la gramática de la imagen hay algo cuya experiencia el cine puede ofrecer en muy raras ocasiones, se toca entonces una verdad más profunda. No pasa muy a menudo, pasa en poesía. Aun cuando me haya alejado un tanto de él con los años –es un poeta para los que tienen quince, dieciséis o diecisiete años–, al leer a Rimbaud se siente instantáneamente que hemos rozado algo extático. Tocamos una verdad que está detrás de las cosas. Algo que no necesitamos analizar. Lo sabemos de inmediato. Rimbaud obviamente se interesaba mucho en las iluminaciones. Pero los hechos no iluminan. Los hechos crean normas. Sólo la verdad ilumina.
Estas declaraciones de Werner Herzog fueron tomadas del libro Manual de supervivencia, una extensa entrevista al cineasta realizada por Hervé Aubron y Emmanuel Burdeau en 2008 y que El Cuenco de Plata acaba de traducir y editar en su colección Extraterritorial/Cine.
Nota publicada en Página 12, 30 de Junio del 2013