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Ventanas

Dibujaba ventanas en todas partes.
En los muros demasiado altos,
en los muros demasiado bajos,
en las paredes obtusas, en los rincones,
en el aire y hasta en los techos.

Dibujaba ventanas como si dibujara pájaros.
En el piso, en las noches,
en las miradas palpablemente sordas,
en los alrededores de la muerte,
en las tumbas, los árboles.

Dibujaba ventanas hasta en las puertas.
Pero nunca dibujó una puerta.
No quería entrar ni salir.
Sabía que no se puede.
Solamente quería ver: ver.

Dibujaba ventanas.
En todas partes.

 

Roberto Juarroz, Duodécima poesía vertical

Ventanas iluminadas

Abre los ojos. Su mano cae sobre los libros
apilados junto a la cama, toma uno al azar
y lee un poema: es como abrir una ventana
en una casa desconocida, a la que llegamos por la noche,
agotados de caminar bajo la lluvia helada.
Aún somnoliento, su cerebro organiza el trabajo:
¿puede aprovechar algo de sus sueños?
El asno que cae de lo alto de la montaña
o aquella voz que, en la oscuridad, afirmaba:
“la muerte es una silla en una habitación vacía”.
Escribe. Corrige. Vuelve a escribir. La tarde despliega
la pregunta de siempre y, al anochecer, cree encontrar
una respuesta en otro libro abierto al azar:
debo escribir poemas, la más fatigante de las ocupaciones.
Enciende la luz. Se acerca a la ventana. Otras luces
resplandecen a lo lejos, entre las copas de los árboles.
Algunas permanecerán encendidas hasta la madrugada.

 

Diego Muzzio, Inédito

Liliana Villagra llevaba un buen rato queriendo dormir, queriendo y no pudiendo, y tras mucho dar vueltas en la cama y mucho pelear con la almohada, escuchó las tres campanadas del reloj y necesitó aire: se levantó. abrió la ventana de par en par.
Toda la nieve de todos los inviernos había caído sobre París. El barrio de Pigalle era siempre bullanguero, resonante de juergas y peleas, alborotado por el ir y venir de las putas y los travestis; pero aquella noche Pigalle se había convertido en un desierto blanco, marcado por las huellas de los pasos idos.
Y entonces una canción subió hasta la ventana, desde la nieve: una voz de pajarito estaba entonando alguna antigua melancolía. Mientras esperaba clientes, recostada contra la pared, una mujer cantaba. Algunos copos de nieve caían todavía sobre la calle Houdon y caían sobre el abrigo de piel, comprado en el mercado de las pulgas, que esa mujer abría ofreciendo su cuerpo en la calle sin nadie. Empinada en la ventana, Liliana ofreció café: —–––¿No quiere entrar?
–Gracias, pero no puedo. Estoy trabajando.
–Linda canción –dijo Liliana.
–Yo canto para no dormirme –dijo la mujer.

Eduardo Galeano, Bocas de tiempo

Quien mira desde fuera a través de una ventana abierta, no ve nunca tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por una candela. Lo que se puede ver a la luz del sol es siempre menos interesante que lo que se pasa detrás de un cristal. En ese agujero oscuro o luminoso vive la vida, sufre la vida. Más allá de la oleada de tejados, entreveo a una mujer madura, ya con arrugas, pobre, siempre inclinada sobre algo, y que nunca sale a la calle. Con su rostro, con su ropa, con su gesto, con casi nada, he reconstruido la historia de esa mujer, o más bien su leyenda, y a veces me la cuento, llorando, a mí mismo.
Si se hubiera tratado de un hombre viejo y pobre, habría reconstruido la suya con la misma facilidad.
Puede que me digáis: “¿Estás seguro de que es verdad esa leyenda?”. ¿Qué importa lo que pueda ser la realidad que hay fuera de mí, si me ha ayudado a vivir, a sentir que existo y lo que soy?

Charles Baudelaire, Pequeños poemas en prosa